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6ª parte de la 5ª conferencia del
Cenáculo de París en febrero de 1971.
Retoma: "No se trata de
materializar la presencia de nuestros difuntos después de la
muerte, como tampoco hay que materializarla durante la vida, pues ya en esta vida es emergencia, nos saca del
determinismo carnal en esta vida y unifica todo el ser en la intimidad interior
donde comunica con la Fuente divina".
Continuación: "El que
resucita es pues el rostro interior centrado en ese punto focal donde
justamente irradia todo el ser. No hace falta imaginarlo bajo una u otra forma,
como cuando beneficiamos en esta vida de encuentros de luz tampoco tratamos de
fijarlos bajo rasgos precisos o en formas geométricas. El rostro es un ser que
tiene lazos cósmicos y vocación divina, es todo ese conjunto el que debe
liberarse, es todo el conjunto el que debe vencer la muerte y resucitar.
Con frecuencia he comparado precisamente
el cuerpo a una melodía, a un número, a esa música (que es) la más profunda expresión de nosotros mismos, y esa música
es la que debe permanecer eternamente y que podemos reconocer como re-conocemos las voces amadas.
Pero todo eso no será
evidente para nosotros sino en la medida en que venzamos la muerte en la vida
de cada día. Y,
vencer la muerte en lo cotidiano es no solo vencer nuestra muerte, sino todas las muertes, primero la muerte de
los seres queridos con quienes podemos reunirnos en Dios más allá del
acontecimiento que nos separa, como nos reunimos con ellos en Dios aquí en la
tierra en las horas estrelladas en que los encontramos verdaderamente. Podemos
reunirnos, podemos acompañarlos, podemos crecer con ellos en la luz y el amor,
podemos concurrir a su crecimiento.
Yo digo siempre a las mujeres que
han abortado, al menos a las que han tenido abortos voluntarios y pasionales,
les digo siempre: "¡Ustedes siguen siendo responsables de esa vida! ¡Ella
continúa, bautícenla en la vida de ustedes! ¡Esa vida, no pudieron echarla a la
basura! Ella sigue viva, ustedes son responsables de ella, ustedes pueden
continuarla, bautizarla en sus vidas, re-engendrarla en el espíritu, porque en Dios todo es recuperable.
Finalmente, nada se
acaba, la última palabra jamás está dicha,
entonces con mayor razón, cuando las relaciones fueron transparentes, cuando
han sido purificadas más profundamente de todo egoísmo, subsisten con mayor
razón en una comunión recíproca que nos permite reunirnos con los seres queridos,
acompañarlos y vivirlos en el santuario interior que es el verdadero cielo.
Desde luego, el cielo no está allá arriba, detrás de las estrellas, sino en
el espíritu, dentro de nosotros, y ahí es donde nos encontraremos con los seres
amados, ahí los encontramos de verdad como los encontramos ahí durante la
existencia terrestre, en los momentos raros, y tanto más preciosos, cuando
descubrimos el rostro de su espíritu y de su corazón.
Tenemos pues una inmensa
esperanza y una profunda certeza, tanto más fundada cuanto más atención prestemos
en la vida cotidiana a evitar la diversión, a escuchar la música interior de
las almas y a comulgar con los demás en lo que tienen de más humano. De otro
modo la muerte sería intolerable, y el signo de que todo esto es a priori
verosímil es justamente la capacidad que tenemos de mirar más allá del muro.
Los animales no tienen esa
capacidad, según parece. Ellos tienen como nosotros la capacidad de sentir la
muerte con terror y huir de ella con todas sus fuerzas pero no tienen esa
capacidad de mirar más allá, que sería terrible y monstruosa si no hubiera nada
después. Sería horrible, horrible, tener que considerar un fin que uno tiene
que soportar ineluctablemente, pero a sabiendas.
Pero justamente, nuestra visión de la muerte se transforma a
medida que profundizamos la visión de la vida. Ya no se trata de hacer de ella
un espectro aterrador sino de hacer un estímulo para vencerla, es decir
para establecernos en la autenticidad de nuestra vida. Y la presencia de los
seres queridos en el fondo de nosotros mismos puede ayudarnos, justamente, en
la medida en que la muerte nos ha vuelto a lo esencial, en que las relaciones
con ellos son relaciones centrales, en la medida en que sólo podemos llegar a
ellos como en las horas estrelladas de intimidad suprema.
Los alcanzamos verdaderamente en
lo que tienen de más personal, en la eternidad de su ser, y la exigencia de
alcanzarlos en la eternidad de su ser nos invita a una purificación. No podemos
llegar a ellos en estado de impureza, no podemos llegarles en estado de
posesión, sólo podemos llegar a ellos
recuperando la transparencia de las horas supremas que nos los revelaron,
de modo que las relaciones que tenemos con los difuntos que realizaron su
tarea, que no están muertos, que están vivos y viviendo para nosotros; esta
comunión con ellos se inscribe en el corazón de la vida". (Continuará)