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12/11/09 – Tenemos que hacer de la muerte un estímulo para vencerla, es decir para establecernos en la autenticidad de nuestra vida.

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Retoma: "No se trata de materializar la presencia de nuestros difuntos después de la muerte, como tampoco hay que materializarla durante la vida, pues ya en esta vida es emergencia[1], nos saca del determinismo carnal en esta vida y unifica todo el ser en la intimidad interior donde comunica con la Fuente divina".

Continuación: "El que resucita es pues el rostro interior centrado en ese punto focal donde justamente irradia todo el ser. No hace falta imaginarlo bajo una u otra forma, como cuando beneficiamos en esta vida de encuentros de luz tampoco tratamos de fijarlos bajo rasgos precisos o en formas geométricas. El rostro es un ser que tiene lazos cósmicos y vocación divina, es todo ese conjunto el que debe liberarse, es todo el conjunto el que debe vencer la muerte y resucitar.

Con frecuencia he comparado precisamente el cuerpo a una melodía, a un número, a esa música (que es) la más profunda expresión de nosotros mismos, y esa música es la que debe permanecer eternamente y que podemos reconocer como re-conocemos las voces amadas.

Pero todo eso no será evidente para nosotros sino en la medida en que venzamos la muerte en la vida de cada día. Y, vencer la muerte en lo cotidiano es no solo vencer nuestra muerte, sino todas las muertes, primero la muerte de los seres queridos con quienes podemos reunirnos en Dios más allá del acontecimiento que nos separa, como nos reunimos con ellos en Dios aquí en la tierra en las horas estrelladas en que los encontramos verdaderamente. Podemos reunirnos, podemos acompañarlos, podemos crecer con ellos en la luz y el amor, podemos concurrir a su crecimiento.

Yo digo siempre a las mujeres que han abortado, al menos a las que han tenido abortos voluntarios y pasionales, les digo siempre: "¡Ustedes siguen siendo responsables de esa vida! ¡Ella continúa, bautícenla en la vida de ustedes! ¡Esa vida, no pudieron echarla a la basura! Ella sigue viva, ustedes son responsables de ella, ustedes pueden continuarla, bautizarla en sus vidas, re-engendrarla en el espíritu, porque en Dios todo es recuperable.

Finalmente, nada se acaba, la última palabra jamás está dicha, entonces con mayor razón, cuando las relaciones fueron transparentes, cuando han sido purificadas más profundamente de todo egoísmo, subsisten con mayor razón en una comunión recíproca que nos permite reunirnos con los seres queridos, acompañarlos y vivirlos en el santuario interior que es el verdadero cielo.

Desde luego, el cielo no está allá arriba, detrás de las estrellas, sino en el espíritu, dentro de nosotros, y ahí es donde nos encontraremos con los seres amados, ahí los encontramos de verdad como los encontramos ahí durante la existencia terrestre, en los momentos raros, y tanto más preciosos, cuando descubrimos el rostro de su espíritu y de su corazón.

Tenemos pues una inmensa esperanza y una profunda certeza, tanto más fundada cuanto más atención prestemos en la vida cotidiana a evitar la diversión, a escuchar la música interior de las almas y a comulgar con los demás en lo que tienen de más humano. De otro modo la muerte sería intolerable, y el signo de que todo esto es a priori verosímil es justamente la capacidad que tenemos de mirar más allá del muro.

Los animales no tienen esa capacidad, según parece. Ellos tienen como nosotros la capacidad de sentir la muerte con terror y huir de ella con todas sus fuerzas pero no tienen esa capacidad de mirar más allá, que sería terrible y monstruosa si no hubiera nada después. Sería horrible, horrible, tener que considerar un fin que uno tiene que soportar ineluctablemente, pero a sabiendas.

Pero justamente, nuestra visión de la muerte se transforma a medida que profundizamos la visión de la vida. Ya no se trata de hacer de ella un espectro aterrador sino de hacer un estímulo para vencerla, es decir para establecernos en la autenticidad de nuestra vida. Y la presencia de los seres queridos en el fondo de nosotros mismos puede ayudarnos, justamente, en la medida en que la muerte nos ha vuelto a lo esencial, en que las relaciones con ellos son relaciones centrales, en la medida en que sólo podemos llegar a ellos como en las horas estrelladas de intimidad suprema.

Los alcanzamos verdaderamente en lo que tienen de más personal, en la eternidad de su ser, y la exigencia de alcanzarlos en la eternidad de su ser nos invita a una purificación. No podemos llegar a ellos en estado de impureza, no podemos llegarles en estado de posesión, sólo podemos llegar a ellos recuperando la transparencia de las horas supremas que nos los revelaron, de modo que las relaciones que tenemos con los difuntos que realizaron su tarea, que no están muertos, que están vivos y viviendo para nosotros; esta comunión con ellos se inscribe en el corazón de la vida". (Continuará)

 



[1] Emergencia, resultado y acto de emerger.

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