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Breve homilía sobre la Trinidad, misterio de
pobreza y de don, en Ginebra, en septiembre de 1969.
Dios es Trinidad, su
divinidad no es otra cosa que su despojamiento y su pobreza.
“Ustedes recuerdan las palabras
de Nietzsche: “Si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser dios?” Él podría
encontrar su liberación en el evangelio de la Trinidad: “Id y enseñad a
todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo”.
En efecto, si Dios fuera como
pensaba Nietzsche en su crisis y su rebelión, si Dios fuera un poder del que
dependemos radicalmente, que nos impone su voluntad sin estar en modo alguno
comprometido con nosotros, si Dios fuera esa realidad invulnerable totalmente
encerrada en sí misma, si Dios fuera un ser solitario que se complace
eternamente en sí mismo, si Dios fuera solo, centrado del todo en sí mismo, no
se comprendería en efecto por qué, no teniendo diferencia caritativa con
nosotros, siendo como nosotros, centrado en un yo que se complace en sí mismo,
no se comprendería que Él fuera Dios más que nosotros.
Lo que Nuestro Señor nos aporta,
la revelación esencial que cambia todo, que nos libera esencialmente, es
precisamente la confidencia inefable e inagotable en que aprendemos, por el testimonio de Jesucristo, que Dios no es un ser
solitario, que en su unicidad puede dirigirse a Otro, que Dios es realmente más
sencillo y más inmediatamente accesible, que Dios es una comunión de amor, ¡una
comunión de amor!, que en Él no han nada más que Amor, que Él se vacía
eternamente de sí mismo: el Padre en el Hijo, el Hijo en el Padre, y el
Espíritu santo en el Uno y el Otro, y que la
Vida Divina no hace sino circular como don
eterno, pues en Dios cada persona es sólo relación a la Otra, en una desapropiación
total de sí misma, ya que Dios realiza
en lo secreto más íntimo de su ser la pobreza que es la primera bienaventuranza,
la pobreza que tanto amó San Francisco y la cantó en todos los caminos de la
tierra porque sabía que la pobreza es el gran secreto de Dios.
Y no era necesario, precisamente
hoy, que ella suba hacia Dios a través del misterio de la Trinidad Santa, que suba hacia
Dios porque Dios es Trinidad, porque Dios es comunión de amor, porque Dios no
tiene nada, porque Él da todo, porque justamente su divinidad no es otra cosa que su despojamiento y su pobreza.
Y entonces se abren de repente
ante nosotros los argumentos inagotables: ya no estamos bajo un yugo, ya no estamos
en la esclavitud, ya no somos súbditos de un soberano que nos domina sin que
tengamos la posibilidad de una aspiración más grande justamente por su Amor que
además es interior a nosotros. Él nos
toca solamente por su Amor, al que solo podemos llegar mediante nuestro amor,
que es una infinita respiración interior, que es el campo ilimitado en que se
revela nuestra libertad.
Y como no ceso de repetirlo: …
estaríamos perdidos en caminos sin salida si no hubiéramos encontrado el Rostro
de la Trinidad,
si no hubiéramos comprendido que Dios mismo es la Infinita libertad por ser
libre de sí mismo, pues no tiene ningún apego a sí mismo, y la libertad es precisamente no tener ninguna adherencia a sí mismo, no
estar apegado a sí mismo, no soportarse sino hacer de toda la vida un don en un
puro impulso de Amor.
¡Ese encuentro con la Trinidad es el comienzo
de un mundo nuevo! Ese encuentro con la Trinidad nos conduce al centro íntimo del
corazón, al santuario que somos en lo más íntimo de nosotros y donde Dios no deja nunca de esperarnos para comprometerse con nosotros
en el matrimonio de amor de que habla San Pablo en su carta a los Corintios:
“Os he desposado con un Esposo Único a fin de presentaros a Cristo como una
virgen pura” (2 Co. 11,2).
Y eso deseamos hacer entrar en
nuestro corazón de cristianos: tenemos
que dar gracias por el privilegio inmenso de encontrar al Señor por haber
aprendido del Señor que Él es el Amor y solo el Amor, por haber aprendido por
medio del Señor los caminos de la libertad en el despojamiento, la
desapropiación y la pobreza. Por medio
de Cristo hemos entrado en el inmenso espacio interior en que se reconstituye
el mundo y adquiere su verdadero rostro.
Queremos pues escuchar durante
esta liturgia la confidencia esencial de la Trinidad. Queremos penetrar en la comunión de amor que es la
eternidad de Dios, para encontrar en ella a todos los que nos han precedido,
todos los que reposan en Cristo, todos aquellos que llevamos en nuestro
corazón, y que viven en el Dios Vivo. Queremos reunir todos nuestros mayores que están colmados de su
liberación, queremos reunir toda la historia, toda la humanidad, todo el
Universo en la ofrenda que debe consumar la Creación, que debe conferirle su dimensión de
libertad y de amor reuniendo todos los seres alrededor de la mesa del Señor.
Entremos en esa dimensión en que
Cristo va a acogernos llevando nuestra
ofrenda que es todo el Universo, que es toda la historia, que es toda la
humanidad, dando gracias por todas las criatura, porque Dios es Amor,
porque Dios es Trinidad, porque Dios
es pobreza, porque Dios es Libertad, porque en Él, justamente, podemos llegar hasta nosotros mismos y aprender
el secreto maravilloso que Jesús inscribió para siempre en el lavatorio de los
pies; que la grandeza no consiste en colocarse por encima, que la grandeza no
es exigir, que la grandeza no consiste en mandar, que la grandeza de ser
consiste en darse, y que el más grande es el que más se da, y que si Dios es
infinitamente grande es porque existe en el don de Sí mismo, arrodillado
eternamente ante sus criaturas en el lavatorio de los pies”. (Fin de la
homilía.