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14/11/09. Dios realiza en lo secreto más íntimo de su ser la pobreza que es la primera bienaventuranza.

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Breve homilía sobre la Trinidad, misterio de pobreza y de don, en Ginebra, en septiembre de 1969.

Dios es Trinidad, su divinidad no es otra cosa que su despojamiento y su pobreza.

“Ustedes recuerdan las palabras de Nietzsche: “Si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser dios?” Él podría encontrar su liberación en el evangelio de la Trinidad: “Id y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

En efecto, si Dios fuera como pensaba Nietzsche en su crisis y su rebelión, si Dios fuera un poder del que dependemos radicalmente, que nos impone su voluntad sin estar en modo alguno comprometido con nosotros, si Dios fuera esa realidad invulnerable totalmente encerrada en sí misma, si Dios fuera un ser solitario que se complace eternamente en sí mismo, si Dios fuera solo, centrado del todo en sí mismo, no se comprendería en efecto por qué, no teniendo diferencia caritativa con nosotros, siendo como nosotros, centrado en un yo que se complace en sí mismo, no se comprendería que Él fuera Dios más que nosotros.

Lo que Nuestro Señor nos aporta, la revelación esencial que cambia todo, que nos libera esencialmente, es precisamente la confidencia inefable e inagotable en que aprendemos, por el testimonio de Jesucristo, que Dios no es un ser solitario, que en su unicidad puede dirigirse a Otro, que Dios es realmente más sencillo y más inmediatamente accesible, que Dios es una comunión de amor, ¡una comunión de amor!, que en Él no han nada más que Amor, que Él se vacía eternamente de sí mismo: el Padre en el Hijo, el Hijo en el Padre, y el Espíritu santo en el Uno y el Otro, y que la Vida Divina no hace sino circular como don eterno, pues en Dios cada persona es sólo relación a la Otra, en una desapropiación total de sí misma, ya que Dios realiza en lo secreto más íntimo de su ser la pobreza que es la primera bienaventuranza, la pobreza que tanto amó San Francisco y la cantó en todos los caminos de la tierra porque sabía que la pobreza es el gran secreto de Dios.

Y no era necesario, precisamente hoy, que ella suba hacia Dios a través del misterio de la Trinidad Santa, que suba hacia Dios porque Dios es Trinidad, porque Dios es comunión de amor, porque Dios no tiene nada, porque Él da todo, porque justamente su divinidad no es otra cosa que su despojamiento y su pobreza.

Y entonces se abren de repente ante nosotros los argumentos inagotables: ya no estamos bajo un yugo, ya no estamos en la esclavitud, ya no somos súbditos de un soberano que nos domina sin que tengamos la posibilidad de una aspiración más grande justamente por su Amor que además es interior a nosotros. Él nos toca solamente por su Amor, al que solo podemos llegar mediante nuestro amor, que es una infinita respiración interior, que es el campo ilimitado en que se revela nuestra libertad.

Y como no ceso de repetirlo: … estaríamos perdidos en caminos sin salida si no hubiéramos encontrado el Rostro de la Trinidad, si no hubiéramos comprendido que Dios mismo es la Infinita libertad por ser libre de sí mismo, pues no tiene ningún apego a sí mismo, y la libertad es precisamente no tener ninguna adherencia a sí mismo, no estar apegado a sí mismo, no soportarse sino hacer de toda la vida un don en un puro impulso de Amor.

¡Ese encuentro con la Trinidad es el comienzo de un mundo nuevo! Ese encuentro con la Trinidad nos conduce al centro íntimo del corazón, al santuario que somos en lo más íntimo de nosotros y donde Dios no deja nunca de esperarnos para comprometerse con nosotros en el matrimonio de amor de que habla San Pablo en su carta a los Corintios: “Os he desposado con un Esposo Único a fin de presentaros a Cristo como una virgen pura” (2 Co. 11,2).

Y eso deseamos hacer entrar en nuestro corazón de cristianos: tenemos que dar gracias por el privilegio inmenso de encontrar al Señor por haber aprendido del Señor que Él es el Amor y solo el Amor, por haber aprendido por medio del Señor los caminos de la libertad en el despojamiento, la desapropiación y la pobreza. Por medio de Cristo hemos entrado en el inmenso espacio interior en que se reconstituye el mundo y adquiere su verdadero rostro.

Queremos pues escuchar durante esta liturgia la confidencia esencial de la Trinidad. Queremos penetrar en la comunión de amor que es la eternidad de Dios, para encontrar en ella a todos los que nos han precedido, todos los que reposan en Cristo, todos aquellos que llevamos en nuestro corazón, y que viven en el Dios Vivo. Queremos reunir todos nuestros mayores que están colmados de su liberación, queremos reunir toda la historia, toda la humanidad, todo el Universo en la ofrenda que debe consumar la Creación, que debe conferirle su dimensión de libertad y de amor reuniendo todos los seres alrededor de la mesa del Señor.

Entremos en esa dimensión en que Cristo va a acogernos llevando nuestra ofrenda que es todo el Universo, que es toda la historia, que es toda la humanidad, dando gracias por todas las criatura, porque Dios es Amor, porque Dios es Trinidad, porque Dios es pobreza, porque Dios es Libertad, porque en Él, justamente, podemos llegar hasta nosotros mismos y aprender el secreto maravilloso que Jesús inscribió para siempre en el lavatorio de los pies; que la grandeza no consiste en colocarse por encima, que la grandeza no es exigir, que la grandeza no consiste en mandar, que la grandeza de ser consiste en darse, y que el más grande es el que más se da, y que si Dios es infinitamente grande es porque existe en el don de Sí mismo, arrodillado eternamente ante sus criaturas en el lavatorio de los pies”. (Fin de la homilía.

 

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