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15-16/11/09. Una inmensa acción de gracias la amada Presencia que es la vida de nuestra vida.

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¡Es tan extraordinario descubrirlo como una presencia en lo más íntimo de nosotros…!

"Hay tantas cosas sucedidas y que no pasan. Y desde luego, el día de hoy es una prueba de que en nuestra vida hay manifestaciones de lo eterno, y lo que se funda en Dios no muere jamás, ¡no pasa jamás! Más aún, no cesa de crecer y desarrollarse en vida más abundante.

Y es claro que este día lo considero ante todo como un milagro de fidelidad. Es realmente algo inaudito que 50 años después estemos como el primer día y nos sintamos tan jóvenes como entonces, si se puede decir, tan jóvenes como entonces. Todo lo que aprendimos juntos, ¡todo lo que descubrimos, lo seguimos descubriendo aún más profundamente ahora!

Nada ha pasado – eso es lo maravilloso – ¡nada ha pasado, todo persiste! Y, en efecto, ese querido hogar de que hablaban ahora no he dejado de vivirlo, como tampoco ustedes mismas, porque justamente reinaba allá una especie de inserción de nuestra vida en la vida divina. Y claro, siempre es nuevo, siempre es joven, y ese hogar sigue siendo para nosotros, a la vez de una humanidad que permanece asociada a todas las demás humanidades, y al mismo tiempo una liberación cada vez más profunda que nos permite en cierto modo experimentar el Infinito.

¡Y es muy cierto que ese descubrimiento de Dios está siempre comenzando! Y puedo decir con toda sinceridad que ahora comienzo yo a entrever lo que podría ser una vida humana, una vida cristiana y una vida sacerdotal. Pero como tenemos la eternidad para profundizar esos descubrimientos, como no cesaremos jamás de hundirnos en esos abismos de luz y de amor, como Dios será siempre nuevo, no hay razón de pensar que nuestra vida esté atrás, ya que está infinitamente adelante.

Siempre nos volveremos a encontrar en la búsqueda, ¡siempre estaremos unidos en la búsqueda de Dios que es inagotable, y lo que sabemos de Su amistad es una garantía de nuestra eternidad! En Él nos hacemos eternos desde ahora, justamente por eso podemos vivir hoy nuestros orígenes, podemos revivir el pasado como una realidad presente. Hay tantas cosas que decir, pero quisiera decirles una, y es gracias, ¡gracias por lo que han hecho de sus vidas! ¡Gracias por lo que han hecho de sus vidas!

Ustedes, la mayoría, creo que todas o casi todas, eran de condición muy modesta, tenían pocos recursos, se vieron obligadas a dar su vida muy temprano, ninguna de las antiguas del hogar, si no me equivoco, pudo hacer estudios secundarios, para los cuales tenían ciertamente las capacidades y el deseo! Pero su vida urgía, había necesidades urgentes, tuvieron que contribuir al presupuesto familiar y lo hicieron admirablemente, e inclusive en muchos casos, heroicamente.

Y la cultura que asimilaron ustedes no era esnobismo, no era un pasatiempo diletante. Absorbieron, asimilaron con esfuerzo la cultura, con sufrimiento, en el trabajo, en una santa pobreza, la asimilaron admirablemente, y sus inteligencias se abrieron maravillosamente, tanto que no hay diferencia entre hablarles a ustedes o a profesores de universidad, justamente porque esa cultura no se apoya en palabras sino en contacto verdadero y auténtico con la Verdad que es Alguien, con la Belleza que es Alguien y que se ha convertido en la compañera diaria de su existencia, en sus hogares, en su interior.

Sucedió algo verdaderamente extraordinario y admirable, claro, gracias a concursos diversos. No necesito recordar la presencia de las Señoritas de Aranjo, Henri y Prigioni, y de la Sra. Broisin. Sabemos lo que les debemos, precisamente porque todo eso sigue vivo en nosotros, y puesto que son ustedes las que están aquí, sólo puedo rendirles homenaje por lo que han hecho de sus vidas. Lo han hecho con sencillez, humildemente, decididamente, y eso es realmente admirable. ¡Y, claro, en todo estaba Dios a la obra!

No tengo la menor ilusión sobre lo que pude ser o hacer. Es evidente que sólo fui, y muy, muy imperfectamente, una especie de signo de la Presencia de Dios que tuve que descubrir lo mismo que ustedes a lo largo de mi vida por caminos que no siempre fueron fáciles pero que estuvieron siempre llenos de bendiciones.

Mi vida ha sido siempre una especie de aventura bastante imprevista. Jamás hubiera pensado, cuando estaba con ustedes en el hogar o en las diferentes obras de apostolado de la región, estaba muy lejos de pensar que erraría un día – afortunadamente además – que iba a errar en los caminos de Oriente y que iba a tener parroquia en Beirut, en el Cairo, en Alejandría, en París y en otras partes más, sin salir del apego siempre muy fiel al comienzo de mi sacerdocio en la Parroquia de San José y en la ciudad de Ginebra.

A través de la errancia, que es escuela de desapego extremamente preciosa, ha habido siempre una presencia que no puedo dejar de nombrar, y es la de la Santísima Virgen. El monasterio de Einsiedeln me marcó de por vida. En cierto modo todavía estoy en él. Hay en mí una especie de monje que aspira siempre a la contemplación, pero es cierto que la gracia primera fue el encuentro con la Virgen María desde antes de mis 15 años…

Sin intervención mía, simplemente he sido siempre protegido, y esa presencia me acompaña a lo largo de mi vida, me acompaña cada vez más, y por eso estoy seguro de que jamás he hecho nada sin ella, y de que todo el mal que he podido hacer fue precisamente porque ella no estaba bastante presente en mi pensamiento y en mi corazón.

¡Ojalá pueda rendirle un homenaje profundo! Justamente, mediante la Virgen Madre de Dios, el mundo se hizo virgen y yo pude descubrir, quizá cada vez mejor, la fuente que brota hasta la vida eterna y que está dentro de nosotros.

Hubo muchas etapas, ¡muchas! Hubo que soltar lastre, hubo que desapegarse de tantas fórmulas para llegar a lo único necesario y comprender por fin que todo era sencillo: ¡había que salir de sí mismo! ¡La fórmula es fácil de pronunciar pero es muy difícil vivirla a fondo!

En fin, gracias a esa predilección, a esa ayuda, a esa luz, a esa ternura, a esa virginidad incomparable, gracias a ella, no digo que pasé la vida porque sigue presente. No digo que la viví porque todavía estoy vivo. Digo que se ha presentado como una aventura increíblemente bella, como una aventura creadora que me lleva siempre a descubrir algo nuevo, y en que el secreto del eterno amor aparecía como siempre más en el universo.

Y ese ha sido finalmente el lazo entre nosotros, entre ustedes y yo. En las diferentes etapas me encontré con algunas de manera constante, con otras me encontré un poco más tarde, y hubo también los amigos de otras partes, los amigos de Oriente, todos los que yo amo, en fin, tantas presencias, unas de las cuales ya murieron, otras siguen en vida todavía, y todas son presencia inmortal en el fondo de nuestro corazón.

Así pues, lo que nos reúne hoy es una inmensa acción de gracias para los amigos que permanecen en nosotros, para la amada Presencia que es la Vida de nuestra vida, porque fue en Él donde nos encontramos. En el fondo, si no hubiera sido sacerdote, jamás habría tenido el honor de conocerlas a ustedes. – ¡Fue a causa del sacerdocio que tuve la experiencia de la paternidad universal, sin fronteras de raza, de sexo, ni de lengua! Fue porque Dios quiso servirse de mi, ¡a pesar de mí, a pesar de mis debilidades, a pesar de todos mis límites! Precisamente por ser sacerdote tuve el gozo de encontrarme con ustedes, y por eso nuestros lazos son tan profundos y no pueden envejecer. Ustedes siguen siendo niñitas o niñitos, ustedes siguen tan jóvenes como cuando nos encontramos, y su experiencia, su madurez sólo hace más precioso a mis ojos ese encanto.

Entonces, una vez más, todo eso es Dios el que lo escribe. Y ni un instante me permitiré tomar algo, tomar para mí todo lo que acaban de decir tan admirablemente los unos y las otras, ¡no! ¡Se trata de Dios! Y es una gran felicidad, se trata de Dios. Es tan extraordinario tan real de verdad, cesar de verlo como una fórmula, como un objeto extrapolado en un universo físico, verlo o percibirlo, descubrirlo una Presencia en lo más íntimo de nosotros, ¡saber que uno no puede amarse a sí mismo sin pasar por Él, que no puede amar a los demás sin comunicarles Su Presencia! ¡Ah, es muy cierto! Nada hay más cierto, pero no la podemos expresar, sólo podemos vivirla y eso es lo mejor que podemos desear pensando en todos los que nos han ayudado a entrar en el camino, pensando en todos los que nos compartieron sus talentos, nos llevaron por el camino de la belleza, pensando en todos los que ya atravesaron el velo, pero que están precisamente en el Corazón de Dios, infinitamente vivos en nosotros, pensando en todos los ausentes por la distancia pero presentes por el corazón y la mente, correspondemos con ellos en la unidad maravillosa que Cristo selló en su Sangre y en su Amor.

Por eso queremos alegrarnos con una alegría sin fin, porque no viene del fondo cósmico, no viene del fondo instintivo en que estamos aprisionados al comienzo, sino de que Él vino a nuestro encuentro, de que a través del rostro de la Virgen, Él es para nosotros la sonrisa de una ternura infinita. Entonces sabemos bien que ¡no se acabará nunca, nunca! Nos inmortalizamos en el Amor que es la eternidad y no hay razón de que haya término para la amistad que ha sido enraizada en su Amor.

Queremos pues concluir con la acción de gracias al Señor del Amor eterno, y hundirnos cada vez más en la luz, a través del misterio de la Santísima Pobreza.

Sabemos bien que ese es el Corazón de Dios. Sabemos bien que Dios no tiene nada y que da todo – y que para encontrarlo hay que consentir en no tener nada, ¡absolutamente nada! Pero esto no se puede realizar diciéndolo, hay que encontrar el silencio que evocaban ustedes ahora. Es nuestro único bien, y cómo no estar deslumbrados pensando que el Señor atraviesa los siglos en silencio, sin decir nada. A los gritos, a todos los discursos, a todas las palabras que Lo martirizan, Él opone un silencio lleno de amor, que es la respiración de todo contemplativo.

Ahí hace falta, claro, que volvamos a ese silencio que no impide la palabra. ¡Si la palabra es silencio también es el Verbo de Dios! pero hay que comenzar por ahí, y hay que tomar esa orientación porque escuchándolo es como aprendemos a hablar, escuchándolo adivinamos el corazón de los demás, escuchándolo superamos todas las oposiciones y, finalmente, llegamos a constituir la unidad que sin hacer ruido atraviesa toda la vida la cual se enriquece por estar llena de eternidad.

Entonces, infinitas gracias a todas ustedes. ¡Infinitas gracias por haber venido hoy con toda la juventud de sus corazones, por haber venido de todas partes, de todo horizonte, con tanta bondad, con tanta generosidad, con tanta complicidad y tanta verdad!

¡Y gracias al Señor, nuestro bien más profundo, nuestro único bien auténtico! Gracias a la Virgen bendita entre todas las mujeres y nuestra virginidad mediante la suya, y que ella nos conduzca al Rostro de fiesta de Cristo Jesús".

 

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