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Homilía en sus 50 años de
sacerdocio. Ginebra septiembre de 1969. Con las antiguas del hogar.
¡Es tan extraordinario descubrirlo como una presencia en lo más íntimo de
nosotros…!
"Hay tantas cosas sucedidas
y que no pasan. Y desde luego, el día de hoy es una prueba de que en nuestra
vida hay manifestaciones de lo eterno, y lo
que se funda en Dios no muere jamás, ¡no pasa jamás! Más aún, no cesa de crecer y desarrollarse en vida
más abundante.
Y es claro que este día lo
considero ante todo como un milagro de fidelidad. Es realmente algo inaudito
que 50 años después estemos como el primer día y nos sintamos tan jóvenes como
entonces, si se puede decir, tan jóvenes como entonces. Todo lo que aprendimos
juntos, ¡todo lo que descubrimos, lo seguimos descubriendo aún más
profundamente ahora!
Nada ha pasado – eso es lo
maravilloso – ¡nada ha pasado, todo
persiste! Y, en efecto, ese querido hogar de que hablaban ahora no he
dejado de vivirlo, como tampoco ustedes mismas, porque justamente reinaba allá
una especie de inserción de nuestra vida en la vida divina. Y claro, siempre es
nuevo, siempre es joven, y ese hogar sigue siendo para nosotros, a la vez de
una humanidad que permanece asociada a todas las demás humanidades, y al mismo
tiempo una liberación cada vez más profunda que nos permite en cierto modo
experimentar el Infinito.
¡Y es muy cierto que ese descubrimiento de Dios está siempre
comenzando! Y puedo decir con toda sinceridad que ahora comienzo yo a
entrever lo que podría ser una vida humana, una vida cristiana y una vida sacerdotal.
Pero como tenemos la eternidad para profundizar esos descubrimientos, como no
cesaremos jamás de hundirnos en esos abismos de luz y de amor, como Dios será
siempre nuevo, no hay razón de pensar que nuestra
vida esté atrás, ya que está
infinitamente adelante.
Siempre nos volveremos a
encontrar en la búsqueda, ¡siempre estaremos unidos en la búsqueda de Dios que
es inagotable, y lo que sabemos de Su amistad es una garantía de nuestra
eternidad! En Él nos hacemos eternos desde ahora, justamente por eso podemos
vivir hoy nuestros orígenes, podemos
revivir el pasado como una realidad presente. Hay tantas cosas que decir,
pero quisiera decirles una, y es gracias, ¡gracias por lo que han hecho de sus
vidas! ¡Gracias por lo que han hecho de
sus vidas!
Ustedes, la mayoría, creo que
todas o casi todas, eran de condición muy modesta, tenían pocos recursos, se
vieron obligadas a dar su vida muy temprano, ninguna de las antiguas del hogar,
si no me equivoco, pudo hacer estudios secundarios, para los cuales tenían
ciertamente las capacidades y el deseo! Pero su vida urgía, había necesidades
urgentes, tuvieron que contribuir al presupuesto familiar y lo hicieron
admirablemente, e inclusive en muchos casos, heroicamente.
Y la cultura que asimilaron
ustedes no era esnobismo, no era un pasatiempo diletante. Absorbieron,
asimilaron con esfuerzo la cultura, con sufrimiento, en el trabajo, en una
santa pobreza, la asimilaron admirablemente, y sus inteligencias se abrieron
maravillosamente, tanto que no hay diferencia entre hablarles a ustedes o a
profesores de universidad, justamente porque esa cultura no se apoya en palabras sino en contacto verdadero y
auténtico con la Verdad que es Alguien, con la Belleza que es Alguien y que
se ha convertido en la compañera diaria de su existencia, en sus hogares, en su
interior.
Sucedió algo verdaderamente
extraordinario y admirable, claro, gracias a concursos diversos. No necesito
recordar la presencia de las Señoritas de Aranjo, Henri y Prigioni, y de la Sra.
Broisin. Sabemos lo que les debemos, precisamente porque todo eso sigue vivo en
nosotros, y puesto que son ustedes las que están aquí, sólo puedo rendirles homenaje por lo que han hecho de sus vidas. Lo
han hecho con sencillez, humildemente, decididamente, y eso es realmente
admirable. ¡Y, claro, en todo estaba Dios a la obra!
No tengo la menor ilusión sobre
lo que pude ser o hacer. Es evidente que sólo fui, y muy, muy imperfectamente,
una especie de signo de la Presencia de
Dios que tuve que descubrir lo mismo que ustedes a lo largo de mi vida por
caminos que no siempre fueron fáciles pero que estuvieron siempre llenos de
bendiciones.
Mi vida ha sido siempre una
especie de aventura bastante imprevista. Jamás hubiera pensado, cuando estaba con
ustedes en el hogar o en las diferentes obras de apostolado de la región,
estaba muy lejos de pensar que erraría un día – afortunadamente además – que
iba a errar en los caminos de Oriente y que iba a tener parroquia en Beirut, en
el Cairo, en Alejandría, en París y en otras partes más, sin salir del apego
siempre muy fiel al comienzo de mi sacerdocio en la Parroquia de San José y en
la ciudad de Ginebra.
A través de la errancia, que es
escuela de desapego extremamente preciosa, ha
habido siempre una presencia que no puedo dejar de nombrar, y es la de la Santísima Virgen. El monasterio
de Einsiedeln me marcó de por vida. En cierto modo todavía estoy en él. Hay en
mí una especie de monje que aspira siempre a la contemplación, pero es cierto
que la gracia primera fue el encuentro con la Virgen María desde antes de mis
15 años…
Sin intervención mía, simplemente
he sido siempre protegido, y esa presencia me acompaña a lo largo de mi vida, me
acompaña cada vez más, y por eso estoy seguro de que jamás he hecho nada sin ella, y de que todo el mal que he podido
hacer fue precisamente porque ella no estaba bastante presente en mi
pensamiento y en mi corazón.
¡Ojalá pueda rendirle un homenaje
profundo! Justamente, mediante la Virgen Madre de Dios, el mundo se hizo virgen
y yo pude descubrir, quizá cada vez mejor, la fuente que brota hasta la vida
eterna y que está dentro de nosotros.
Hubo muchas etapas, ¡muchas! Hubo
que soltar lastre, hubo que desapegarse de tantas fórmulas para llegar a lo
único necesario y comprender por fin que todo era sencillo: ¡había que salir de sí mismo! ¡La
fórmula es fácil de pronunciar pero es muy difícil vivirla a fondo!
En fin, gracias a esa
predilección, a esa ayuda, a esa luz, a esa ternura, a esa virginidad
incomparable, gracias a ella, no digo que pasé la vida porque sigue presente.
No digo que la viví porque todavía estoy vivo. Digo que se ha presentado como
una aventura increíblemente bella, como una aventura creadora que me lleva
siempre a descubrir algo nuevo, y en que el secreto del eterno amor aparecía
como siempre más en el universo.
Y ese ha sido finalmente el lazo
entre nosotros, entre ustedes y yo. En las diferentes etapas me encontré con
algunas de manera constante, con otras me encontré un poco más tarde, y hubo también
los amigos de otras partes, los amigos de Oriente, todos los que yo amo, en
fin, tantas presencias, unas de las cuales ya murieron, otras siguen en vida todavía,
y todas son presencia inmortal en el fondo de nuestro corazón.
Así pues, lo que nos reúne hoy es
una inmensa acción de gracias para
los amigos que permanecen en nosotros, para
la amada Presencia que es la Vida de nuestra vida, porque fue en Él donde
nos encontramos. En el fondo, si no hubiera sido sacerdote, jamás habría tenido
el honor de conocerlas a ustedes. – ¡Fue a causa del sacerdocio que tuve la
experiencia de la paternidad universal, sin fronteras de raza, de sexo, ni de
lengua! Fue porque Dios quiso servirse de mi, ¡a pesar de mí, a pesar de mis
debilidades, a pesar de todos mis límites! Precisamente por ser sacerdote tuve
el gozo de encontrarme con ustedes, y por eso nuestros lazos son tan profundos
y no pueden envejecer. Ustedes siguen siendo niñitas o niñitos, ustedes siguen
tan jóvenes como cuando nos encontramos, y su experiencia, su madurez sólo hace
más precioso a mis ojos ese encanto.
Entonces, una vez más, todo eso
es Dios el que lo escribe. Y ni un instante me permitiré tomar algo, tomar para
mí todo lo que acaban de decir tan admirablemente los unos y las otras, ¡no! ¡Se trata de Dios! Y es una gran
felicidad, se trata de Dios. Es tan
extraordinario tan real de verdad, cesar de verlo como una fórmula, como un
objeto extrapolado en un universo físico, verlo o percibirlo, descubrirlo una Presencia en lo más íntimo
de nosotros, ¡saber que uno no puede amarse a sí mismo sin pasar por Él, que no
puede amar a los demás sin comunicarles Su Presencia! ¡Ah, es muy cierto! Nada hay más cierto, pero
no la podemos expresar, sólo podemos vivirla y eso es lo mejor que podemos
desear pensando en todos los que nos han ayudado a entrar en el camino,
pensando en todos los que nos compartieron sus talentos, nos llevaron por el
camino de la belleza, pensando en todos los que ya atravesaron el velo, pero que están
precisamente en el Corazón de Dios, infinitamente vivos en nosotros, pensando
en todos los ausentes por la distancia pero presentes por el corazón y la
mente, correspondemos con ellos en la unidad maravillosa que Cristo
selló en su Sangre y en su Amor.
Por eso queremos alegrarnos con
una alegría sin fin, porque no viene del fondo cósmico, no viene del fondo
instintivo en que estamos aprisionados al comienzo, sino de que Él vino a
nuestro encuentro, de que a través del rostro de la Virgen, Él es para nosotros
la sonrisa de una ternura infinita. Entonces sabemos bien que ¡no se acabará
nunca, nunca! Nos inmortalizamos en el
Amor que es la eternidad y no hay razón de que haya término para la amistad
que ha sido enraizada en su Amor.
Queremos pues concluir con la
acción de gracias al Señor del Amor eterno, y hundirnos cada vez más en la luz,
a través del misterio de la Santísima Pobreza.
Sabemos bien que ese es el
Corazón de Dios. Sabemos bien que Dios no tiene nada y que da todo – y que para encontrarlo hay que consentir en no
tener nada, ¡absolutamente nada! Pero esto no se puede
realizar diciéndolo, hay que encontrar el silencio que evocaban ustedes ahora.
Es nuestro único bien, y cómo no estar deslumbrados pensando que el Señor
atraviesa los siglos en silencio, sin decir nada. A los gritos, a todos los
discursos, a todas las palabras que Lo martirizan, Él opone un silencio
lleno de amor, que es la respiración de todo contemplativo.
Ahí hace falta, claro, que
volvamos a ese silencio que no impide la palabra. ¡Si la palabra es silencio
también es el Verbo de Dios! pero hay que comenzar por ahí, y hay que tomar esa
orientación porque escuchándolo es como aprendemos a hablar, escuchándolo
adivinamos el corazón de los demás, escuchándolo superamos todas las
oposiciones y, finalmente, llegamos a constituir la unidad que sin hacer ruido
atraviesa toda la vida la cual se enriquece por estar llena de eternidad.
Entonces, infinitas gracias a
todas ustedes. ¡Infinitas gracias por haber venido hoy con toda la juventud de
sus corazones, por haber venido de todas partes, de todo horizonte, con tanta
bondad, con tanta generosidad, con tanta complicidad y tanta verdad!
¡Y gracias al Señor, nuestro bien
más profundo, nuestro único bien auténtico! Gracias a la Virgen bendita entre
todas las mujeres y nuestra virginidad mediante la suya, y que ella nos
conduzca al Rostro de fiesta de Cristo Jesús".