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Cenáculo de Ginebra, 21 de
septiembre de 1969.
La Iglesia, sacramento de Jesucristo.
Comienzo de la instrucción.
Dios se puede revelar sólo a
través de una intimidad humana que Lo acoge y Lo deja transparentar.
El misterio más profundo, más
inviolable, es el de la persona.
Dios es persona, entera,
total e infinitamente.
"Por ser intimidad, por ser
puro interior, como dice Agustín: "Tu estabas adentro, yo afuera…", Dios no es cognoscible sino por medio de
nuestra intimidad. Dicho de otro modo, en su realidad profunda, en su
intimidad pura, Dios sólo puede revelarse a través de una intimidad humana que Lo
acoge y Lo deja transparentar. Esto tiene importancia capital porque el sentido mismo de la revelación depende
de esta perspectiva.
Y por otra parte, nada es más
fácil de entender, ya que es lo que sucede en todas las relaciones
interpersonales. Sólo conocemos una
intimidad humana en la medida que abrimos la nuestra. Y la acogida interior
es la que determina el conocimiento y el nivel del conocimiento:
"Conocemos en la medida en que amamos". Conocemos en la medida en que nos damos, y si ya no amamos, ya no
conocemos. Me refiero al orden interpersonal donde se trata precisamente de
abordar el misterio más profundo e
inviolable que es el de la persona – y Dios se sitúa justamente de manera
eminente y única en el universo interpersonal.
¡Dios es Persona, entera,
total e infinitamente! Nosotros somos personas sólo
por intermitencia, recaemos siempre en el viejo fondo de nuestra naturaleza
biológica, animal o cósmica. En Dios, la personalidad es la expresión total de
Sí mismo en la circulación de toda la Luz y de todo el Amor que Él es, entre el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Y eso es justamente lo que nos da
inmediatamente la perspectiva de la revelación. La revelación puede realizarse sólo a través de una humanidad que se
transforma. En la medida en que una humanidad se transforma, se
interioriza, se hace más "persona" es como la intimidad de Dios se
refleja, se prismatiza y se comunica. De tal modo que a priori, es decir, por
adelantado y en principio, se ve que en la medida en que la acogida del hombre
a Dios es limitada, limita forzosamente el testimonio que rinde.
Por ejemplo Jeremías. Hay en
Jeremías cosas admirables, gritos inolvidables que atravesarán los siglos, y al
mismo tiempo, ahí está la oración de Jeremías por la destrucción de sus
enemigos, la cual está lejos de entrar en el espíritu del Nuevo Testamento en
que justamente, Cristo ora por sus enemigos pidiendo al Padre que les perdone
porque no saben lo que hacen.
Entonces la Revelación, y esto
nos da la clave de la Biblia, la
revelación es proporcional a la apertura del hombre, a la liberación del
hombre que deja pasar la intimidad de Dios en la medida en que el hombre se
abre a ella, pero como jamás ningún hombre, siendo limitado, ha sido bastante
perfecto como para no limitar a Dios, la revelación será siempre imperfecta
hasta que lleguemos a la humanidad perfecta, que es la Humanidad de Jesucristo.
En Jesucristo es donde la
Revelación alcanza su cumbre, porque en
Jesucristo la humanidad está totalmente liberada de sí misma, por estar radicalmente enraizada en la
personalidad del Verbo, en la pobreza que constituye esa personalidad en su
despojamiento eterno e infinito, y por eso la Humanidad de Jesucristo está
expropiada de sí misma a un grado infinito, insuperable. Ninguna humanidad
presentará jamás la transparencia que permita a Dios expresarse en Persona a
través de ella sin encontrar límites.
Pero eso es evidente, si la
revelación supone una transformación del hombre, una purificación del hombre,
una liberación del hombre, y si la liberación es perfecta y total en
Jesucristo, la revelación no se puede
separar de su Persona. La revelación no consiste en las palabras en su
materialidad sino en la luz interior que viene de la palabra, justamente del
despojamiento del hombre". (Continuará)
Nota (1). Para los cristianos, y
según parece para la Iglesia oficial, ¡la revelación es el contenido de la
Escritura! Lo es realmente ya que, en fin de cuentas, la Escritura sólo nos
habla de Jesucristo que se identifica entonces con la revelación.