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Final de la conferencia sobre la
Iglesia sacramento. Cenáculo de Ginebra, septiembre 1969.
La Iglesia es Jesucristo, pero
finalmente no sabremos que la Iglesia es Jesucristo, y los de afuera, los que
no están abiertos a la mirada de la fe, no lo sabrán, si Jesucristo no
transparenta en nosotros. Y eso es lo grave, justamente. Lo vemos cuando los
cristianos quieren simplemente referirse a textos escritos en papel. Por los
esfuerzos de la exégesis contemporánea, sobre todo en los medios no católicos, vemos
que el texto acaba por diluirse y no queda prácticamente nada, pues justamente
no son las palabras, no es una doctrina, no es un lenguaje, no es un discurso lo que puede suscitar en
nosotros un encuentro con Jesucristo, sino Su Encarnación continuada en una
humanidad que se eclipsa en Él. Y en la medida en que tomamos conciencia de
que el misterio de la Iglesia es el misterio de Jesús, nos encontramos
inmediatamente contra el muro, porque se
requiere que seamos para los demás el Rostro de Jesucristo.
¡No se trata de probar,
de demostrar, es necesario mostrar! Ningún argumento podrá llevarnos a Jesucristo, a
un Cristo auténtico, si no es la plenitud de una vida hoy. Y como esa plenitud
sólo se puede realizar por el vacío que hacemos en nosotros, de nuevo es en la medida en que seamos
espacio para los demás como Jesucristo será realidad para nuestros
contemporáneos.
En el fondo, tendrán razón de desacreditarnos.
Tendrán razón de rechazarnos como seres inútiles y estériles, mientras no
seamos de verdad la manifestación visible de Jesucristo. Una vez más, en la
jerarquía apostólica, eso no impedirá a las almas de fe que buscan la luz con
todas sus fuerzas, no les impedirá que accedan a Jesucristo, más allá de los
defectos de los ministros mismos, pero de hecho, práctica y concretamente, en
la historia de hoy, en este mundo tan lleno de ideas contradictorias, la única prueba de Cristo será finalmente
nuestra transformación en Él.
Es pues necesario volver al
diálogo con Cristo en que se inflamó el corazón de Pascal el 23 de noviembre de
1654. Es necesario volver al diálogo
personal con Jesucristo para eclipsarnos totalmente en Su Persona y que nuestra
presencia sea la Suya.
Las palabras llevan cada vez
menos la vida, el lenguaje vehicula cada vez menos lo esencial. Se lo ha
utilizado demasiado, hemos oído demasiadas palabras, sus fórmulas están en la
memoria, ya no dan fruto – lo que
suscitará Vida será el Verbo en Persona.
El Verbo en Persona es Jesucristo
Vivo en nosotros. Y si vive en nosotros, ya no vivimos nosotros, como dice el
Apóstol, sino es Cristo el que vive en nosotros, y eso se verá y no habrá
necesidad de nombrarlo, o al menos, si lo nombramos, será después, cuando las
almas pidan confidencias explícitas, pero sólo las pedirán cuando hayan
encontrado a Cristo vivo en nosotros.
Justamente, ese nos parece ser el
misterio de nuestro sacerdocio, el misterio de desapropiación total que hace
que sólo somos acreditados, sólo somos recibidos porque somos sacerdotes y
porque no somos nosotros. ¡No somos nosotros! Si nos llaman "Padre"
en todas las regiones del mundo, a través de todas las razas, en todas las
lenguas, es por cuanto no somos Don Fulano, porque la ordenación a la Persona
de Jesucristo nos eclipsó en Él.
Y eso es lo maravilloso, nosotros
no somos nada, nada; nada, es Él quien actúa en nosotros, y mediante la acción
siempre actual del Señor siempre vivo se realiza en los corazones el misterio
de la Iglesia, misterio virginal e inmaculado para el que mira con los ojos de
la fe y la Luz de la Llama de Amor.
No hay pues razón para que nos
dejemos perturbar por la situación actual. La situación será superada
auténticamente en la medida en que profundicemos. Si permanecemos al exterior seremos eliminados, y será justo, y si nos concentramos en la Persona de
Jesucristo, el resplandor de Jesucristo pasará por nosotros, y el
resplandor del Amor no se puede contestar.
Se trata pues de recuperar nuestra vocación cristiana a partir de las fuentes
apostólicas, siempre vivas, con respeto, con veneración totalmente espiritual
hacia la jerarquía, y concurriendo, cada vez más eclipsados, a la difusión de
la Palabra que es el Verbo que resuena ante todo en el silencio de nosotros,
según las palabras admirables de San Ignacio de Antioquía: "Misterio de
clamor en el Silencio de Dios". (Fin de la conferencia).
Nota: Todavía hoy, (como ante el
misterio de la Trinidad), la Iglesia se contenta con toda una serie de enunciados sobre el misterio de la
Iglesia (ver el libro "Enraizarse" del P. Marie, pp. 52 y ss. ¡Como
todo el libro, son meros enunciados! No rechazamos ninguno, pero deseamos que
se vaya más lejos, como lo hace Zundel continuamente)
Aquí, como en muchas otras
enseñanzas sobre los misterios de Jesucristo, el aporte considerable del
pensamiento místico de Zundel consiste en plantearse primero la cuestión
"¿Porqué la Iglesia?" con respuestas luminosas. Jesús nos dijo que
estaría con nosotros hasta el fin de los siglos, la Iglesia asegura esa
presencia y es real.
El misterio de la Iglesia es Jesús que permanece con nosotros y en
nosotros. La Iglesia, identificándose con Jesús como Su Cuerpo místico, permite
desde el comienzo asegurar su "permanencia", su presencia real hasta
el fin de los siglos. Jesús dirá pues a Pablo que perseguía la Iglesia
naciente: "Yo soy Jesús a quien tú persigues".
Lo segundo dicho por Zundel que podemos
considerar como capital, y que no se dice claramente en la Iglesia de hoy, es
que esa identificación provoca la
necesaria dimisión de sí mismo de parte de todos los que tienen autoridad y
poder en la Iglesia, y se puede decir lo mismo de todo cristiano. Si en la
Iglesia se puede, o se debe decir que ya no podemos mirarnos, es porque estamos
sin cesar ante la presencia real de Jesús en la Iglesia, que permanece en cada
cristiano. El es ahora nuestro "Yo profundo", nuestro "Yo"
cristiano. Nuestra relación con la humanidad entera es constitutiva de nuestro
ser cristiano.
Será necesario en la Iglesia que
toda puesta en la presencia de Dios al comienzo de toda oración incluya la
conciencia de que finalmente sólo Cristo Iglesia está realmente presente a cada
uno de nosotros y de que entonces es delante de ese Cristo Iglesia, presente en
cada uno de nosotros donde se deberá aprender a ponerse en presencia,
particularmente cuando queremos entrar en oración. Y cuando recibimos como
alimento el Cuerpo de Cristo mismo, es también ese Cristo Iglesia el que
recibimos, con la exigencia de caridad que ello implica.
Prière : « Jésus,
Jésus-Christ ! Tu veux remplir le cœur de tout homme de ta présence ! Et
dans ce cœur le Père veut que tu naisses et que, du Père et de toi, le Fils,
vous en laissiez jaillir l'Esprit-Saint, et c'est en et par ton Eglise, le
sacrement de ta demeure parmi nous et en nous, jusqu'à la fin des temps, que tu
veux devenir ainsi le cœur de notre vie !
Donne-nous d'être partout et
toujours les témoins de cette présence, donne-nous de devenir les artisans dans
l'Eglise de ta toujours nouvelle naissance ! et que l'Esprit jaillisse
sans cesse de notre cœur par une vie toute donnée à ton Amour et à celui de
tous les hommes.