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Homilía pronunciada en Lausana,
en los años 1954/1956
"El yo es odioso", dice
Pascal, y nos pinta con humor cáustico la imagen de nuestra vanidad estúpida. Confieso
que siento cierto malestar ante los análisis de Pascal sobre la estupidez del
yo, pues finalmente si el hombre está solo, si estamos solos con nosotros
mismos, solos en nosotros, ¿cómo mantenernos en la existencia si no creemos en
el valor de la vida? No podemos vivir sin creer en el valor de lo que hacemos y
de lo que somos.
Ante todas las dificultades de la
vida, ante todos los sufrimientos, ante todas las catástrofes, ante todas las
amenazas, ante la muerte, ¿cómo perseverar en la existencia sin darle cierto
valor al ser propio? Muchos a quienes se acusa de vanidad y de orgullo son
simplemente personas que tratan de mantenerse de pie cuando quisieran tanto
renunciar a la vida y dimitir de responsabilidades aplastantes.
El hombre sólo puede escapar al
amor de sí mismo, a la adoración de sí mismo, si encuentra dentro de sí una
Presencia que lo libere de sí mismo y justamente San Pablo (con quien hemos
pasado el día, cuya liturgia se desarrollaba en Roma en la basílica del gran
apóstol), San Pablo nos hizo la mayor confidencia de su vida en esa frasecita
tan emocionante, tan plena, que brota de la epístola a los filipenses:
"Para mí, la vida es Cristo". ¡Qué admirable confidencia! "Para mí,
la vida es Cristo".
Eso es.
El no está solo. Y nosotros no estamos solos si somos discípulos del Evangelio,
y todos los corazones sinceros lo son. No estamos solos, Cristo vive en
nosotros. Y por eso San Pablo, desarrollando en la carta a los gálatas su
confesión a los filipenses, dice: "ya no soy yo, ya no soy yo el que vive,
es Cristo el que vive en mí". Y en el corazón de la misma epístola a los
gálatas, ese verso admirable que cantamos en las liturgias orientales en tiempo
de pascua: "Vosotros, todos los que habéis sido bautizados, estáis
revestidos de Cristo".
Ustedes están revestidos de
Cristo: ya no son ustedes, ya no están solos, su vida ya no es un monólogo sino
un diálogo. En lo más íntimo de su ser, son dos, Cristo está con ustedes,
Cristo está en el centro de su intimidad, y eso hace justamente de ustedes un
valor, una presencia y una libertad.
Es algo admirable, si realmente
logramos vivirlo. En mí mismo, no estoy solo. En mí mismo, somos dos, Jesús y
yo y ya no estoy aplastado por el yo y ya no estoy aplastado por el yo que
tenía el día de mi nacimiento, un yo que no escogí. En adelante, mi vida íntima
es una mirada hacia Él, un impulso hacia Él, un descanso en Él, una liberación
de mí mismo en el espacio infinito que es Él.
Y ahí está todo para San Pablo
que no cesa de repetir esas palabras, o equivalentes, que vuelven hasta 164 veces
en una carta: "Mi vida está en Cristo Jesús". Cristo Jesús es para él
el medio en que su vida se despliega, él respira en Jesús, ama en Jesús, sufre
en Jesús. Finalmente nunca está solo porque está siempre ante ese Rostro
impreso en su corazón, cuyas heridas lleva, y cuyo Amor no cesa de cantar.
Y ahí está todo el cristianismo: el
Bien es la vida de Jesús en nosotros. El Bien es estar en Cristo en el
pensamiento, en la voluntad, en el corazón, en la sensibilidad, en todas las
fibras de nuestro ser. Porque el Bien es Alguien, Alguien a amar, Alguien que
vive en nosotros, Alguien que se confía a nosotros.
Ustedes recuerdan lo que
respondió el Padre Pío al hombre que le decía: "Padre, yo no creo en
Dios", y le respondió: "Pero Dios cree en usted". Dios cree en
usted… Dios cree en usted… y eso basta. Tanto cree Dios en nosotros, en efecto,
en la perspectiva de San Pablo, que está totalmente puesto en nuestras manos.
El que es la Vida de nuestra vida, de suerte que nuestra intimidad está sólo
hecha del diálogo con Él, en que Él está comprometido, comprometido en la vida
y en la muerte, comprometido hasta el punto de que cada decisión nuestra
repercute primero, repercute primero en Él y no en nosotros.
Es un descubrimiento siempre por
hacer. El Bien es Alguien, el Bien es una Persona, el Bien es una Vida, el Bien
es un Amor y toda santidad está ahí: dejar vivir en nosotros ese Otro que está
confiado a nuestro amor, retirarnos ante Él, ser un espacio para Él, serle cada
vez más transparentes para que nuestra vida sea revelación de la Suya.
Es una inmensa liberación. Si el
bien fuera un impuesto por pagar, si el Bien fuera un mandamiento, una
obligación, si estuviéramos bajo el terror de un juicio que nos amenaza, eso
sería imposible. Dios no puede aumentar nuestra carga, sería una desgracia más.
Pero justamente, no es así en el Evangelio que es la Buena Nueva: el Bien es
Él, el Amor, el espacio donde respira nuestra libertad. El Bien es Él que vive
en nosotros.
Se trata pues de no dispersar los
esfuerzos y de ver en cada tentación un nuevo llamado al Centro interior en que
se constituye la intimidad ya que sólo existimos de verdad, sólo somos hombres,
somos fuente, sólo somos creadores, a partir del momento en que pasamos del
monólogo en que el yo se aferra a sí mismo, al diálogo en que el yo se
convierte en impulso hacia Jesús, en mirada hacia Dios, en don de todo nuestro
ser al Eterno Amor.
No hay pues que perder el tiempo
luchando contra sí mismo, pues luchar contra sí equivale a seguir mirándose, y
con frecuencia la lucha exasperada contra uno mismo sólo hace más violenta y
fascinante la tentación. Se trata más bien de escapar a sí mismo reuniéndose en
Dios, recogiéndose en Su Presencia, dejando de hacer ruido consigo mismo.
Y creo que prácticamente eso es
resultado de la maravillosa revelación del Apóstol: "Para mí, la vida es
Cristo". "Ya no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en
mí". Ese debe ser el resultado, el silencio de nosotros mismos. El que no
hace ruido consigo mismo, el que escucha oye la voz de Dios, oye la música
misteriosa, está abierto a una plenitud, es poco a poco liberado de sí mismo,
ya no se ve y se vuelve transparente a la Presencia de Dios, la comunica sin
pensarlo porque la respira.
No por nada nos dio San Pablo la
maravillosa imagen del matrimonio, diciendo en la segunda Epístola a los
corintios: "Os he desposado con un Esposo único, para presentaros a Cristo
como una virgen pura". Se trata de un matrimonio de amor entre Dios y
nosotros. No hay obligación ni amenazas, no hay nada que temer sino el no
amarlo bastante. Porque Él nos amará siempre, nos amará eternamente, hagamos lo
que hagamos. Pero nosotros podemos herirlo, podemos crucificarlo ya que está
totalmente entregado a nuestro amor.
Y eso es finalmente el
"Bien": cuidar en nosotros la Presencia Divina de que estamos encargados.
No traicionar esa Vida, no interceptar ese Rostro, ser la sonrisa de esa
Bondad.
Es lo que vamos a pedir a Nuestro
Señor, por intercesión del Apóstol San Pablo. Amarlo simplemente, amarlo
alegremente, amarlo con una confianza inquebrantable, amarlo sin temor, amarlo
sabiendo que cree en nosotros, que nos tiene confianza y sólo nos invita a la
generosidad, tratando de no hacer ruido con nosotros mismos a fin de escuchar
en silencio la Voz del Eterno Amor que es justamente el diálogo en que se construye
nuestra intimidad, en que nos hacemos realmente hombres en el don de nosotros
mismos, en que nos perdemos con San Pablo en Cristo Jesús.