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24-25/11/09 -¿Es odioso el yo?

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"El yo es odioso", dice Pascal, y nos pinta con humor cáustico la imagen de nuestra vanidad estúpida. Confieso que siento cierto malestar ante los análisis de Pascal sobre la estupidez del yo, pues finalmente si el hombre está solo, si estamos solos con nosotros mismos, solos en nosotros, ¿cómo mantenernos en la existencia si no creemos en el valor de la vida? No podemos vivir sin creer en el valor de lo que hacemos y de lo que somos.

Ante todas las dificultades de la vida, ante todos los sufrimientos, ante todas las catástrofes, ante todas las amenazas, ante la muerte, ¿cómo perseverar en la existencia sin darle cierto valor al ser propio? Muchos a quienes se acusa de vanidad y de orgullo son simplemente personas que tratan de mantenerse de pie cuando quisieran tanto renunciar a la vida y dimitir de responsabilidades aplastantes.

El hombre sólo puede escapar al amor de sí mismo, a la adoración de sí mismo, si encuentra dentro de sí una Presencia que lo libere de sí mismo y justamente San Pablo (con quien hemos pasado el día, cuya liturgia se desarrollaba en Roma en la basílica del gran apóstol), San Pablo nos hizo la mayor confidencia de su vida en esa frasecita tan emocionante, tan plena, que brota de la epístola a los filipenses: "Para mí, la vida es Cristo". ¡Qué admirable confidencia! "Para mí, la vida es Cristo".

Eso es. El no está solo. Y nosotros no estamos solos si somos discípulos del Evangelio, y todos los corazones sinceros lo son. No estamos solos, Cristo vive en nosotros. Y por eso San Pablo, desarrollando en la carta a los gálatas su confesión a los filipenses, dice: "ya no soy yo, ya no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí". Y en el corazón de la misma epístola a los gálatas, ese verso admirable que cantamos en las liturgias orientales en tiempo de pascua: "Vosotros, todos los que habéis sido bautizados, estáis revestidos de Cristo".

Ustedes están revestidos de Cristo: ya no son ustedes, ya no están solos, su vida ya no es un monólogo sino un diálogo. En lo más íntimo de su ser, son dos, Cristo está con ustedes, Cristo está en el centro de su intimidad, y eso hace justamente de ustedes un valor, una presencia y una libertad.

Es algo admirable, si realmente logramos vivirlo. En mí mismo, no estoy solo. En mí mismo, somos dos, Jesús y yo y ya no estoy aplastado por el yo y ya no estoy aplastado por el yo que tenía el día de mi nacimiento, un yo que no escogí. En adelante, mi vida íntima es una mirada hacia Él, un impulso hacia Él, un descanso en Él, una liberación de mí mismo en el espacio infinito que es Él.

Y ahí está todo para San Pablo que no cesa de repetir esas palabras, o equivalentes, que vuelven hasta 164 veces en una carta: "Mi vida está en Cristo Jesús". Cristo Jesús es para él el medio en que su vida se despliega, él respira en Jesús, ama en Jesús, sufre en Jesús. Finalmente nunca está solo porque está siempre ante ese Rostro impreso en su corazón, cuyas heridas lleva, y cuyo Amor no cesa de cantar.

Y ahí está todo el cristianismo: el Bien es la vida de Jesús en nosotros. El Bien es estar en Cristo en el pensamiento, en la voluntad, en el corazón, en la sensibilidad, en todas las fibras de nuestro ser. Porque el Bien es Alguien, Alguien a amar, Alguien que vive en nosotros, Alguien que se confía a nosotros.

Ustedes recuerdan lo que respondió el Padre Pío al hombre que le decía: "Padre, yo no creo en Dios", y le respondió: "Pero Dios cree en usted". Dios cree en usted… Dios cree en usted… y eso basta. Tanto cree Dios en nosotros, en efecto, en la perspectiva de San Pablo, que está totalmente puesto en nuestras manos. El que es la Vida de nuestra vida, de suerte que nuestra intimidad está sólo hecha del diálogo con Él, en que Él está comprometido, comprometido en la vida y en la muerte, comprometido hasta el punto de que cada decisión nuestra repercute primero, repercute primero en Él y no en nosotros.

Es un descubrimiento siempre por hacer. El Bien es Alguien, el Bien es una Persona, el Bien es una Vida, el Bien es un Amor y toda santidad está ahí: dejar vivir en nosotros ese Otro que está confiado a nuestro amor, retirarnos ante Él, ser un espacio para Él, serle cada vez más transparentes para que nuestra vida sea revelación de la Suya.

Es una inmensa liberación. Si el bien fuera un impuesto por pagar, si el Bien fuera un mandamiento, una obligación, si estuviéramos bajo el terror de un juicio que nos amenaza, eso sería imposible. Dios no puede aumentar nuestra carga, sería una desgracia más. Pero justamente, no es así en el Evangelio que es la Buena Nueva: el Bien es Él, el Amor, el espacio donde respira nuestra libertad. El Bien es Él que vive en nosotros.

Se trata pues de no dispersar los esfuerzos y de ver en cada tentación un nuevo llamado al Centro interior en que se constituye la intimidad ya que sólo existimos de verdad, sólo somos hombres, somos fuente, sólo somos creadores, a partir del momento en que pasamos del monólogo en que el yo se aferra a sí mismo, al diálogo en que el yo se convierte en impulso hacia Jesús, en mirada hacia Dios, en don de todo nuestro ser al Eterno Amor.

No hay pues que perder el tiempo luchando contra sí mismo, pues luchar contra sí equivale a seguir mirándose, y con frecuencia la lucha exasperada contra uno mismo sólo hace más violenta y fascinante la tentación. Se trata más bien de escapar a sí mismo reuniéndose en Dios, recogiéndose en Su Presencia, dejando de hacer ruido consigo mismo.

Y creo que prácticamente eso es resultado de la maravillosa revelación del Apóstol: "Para mí, la vida es Cristo". "Ya no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí". Ese debe ser el resultado, el silencio de nosotros mismos. El que no hace ruido consigo mismo, el que escucha oye la voz de Dios, oye la música misteriosa, está abierto a una plenitud, es poco a poco liberado de sí mismo, ya no se ve y se vuelve transparente a la Presencia de Dios, la comunica sin pensarlo porque la respira.

No por nada nos dio San Pablo la maravillosa imagen del matrimonio, diciendo en la segunda Epístola a los corintios: "Os he desposado con un Esposo único, para presentaros a Cristo como una virgen pura". Se trata de un matrimonio de amor entre Dios y nosotros. No hay obligación ni amenazas, no hay nada que temer sino el no amarlo bastante. Porque Él nos amará siempre, nos amará eternamente, hagamos lo que hagamos. Pero nosotros podemos herirlo, podemos crucificarlo ya que está totalmente entregado a nuestro amor.

Y eso es finalmente el "Bien": cuidar en nosotros la Presencia Divina de que estamos encargados. No traicionar esa Vida, no interceptar ese Rostro, ser la sonrisa de esa Bondad.

Es lo que vamos a pedir a Nuestro Señor, por intercesión del Apóstol San Pablo. Amarlo simplemente, amarlo alegremente, amarlo con una confianza inquebrantable, amarlo sin temor, amarlo sabiendo que cree en nosotros, que nos tiene confianza y sólo nos invita a la generosidad, tratando de no hacer ruido con nosotros mismos a fin de escuchar en silencio la Voz del Eterno Amor que es justamente el diálogo en que se construye nuestra intimidad, en que nos hacemos realmente hombres en el don de nosotros mismos, en que nos perdemos con San Pablo en Cristo Jesús.

 

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