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27/11/09 – El mal.

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"La esencia del espíritu consiste en la imposibilidad de sufrir el universo prefabricado y de sufrirse a sí mismo. El espíritu debe tener de sí mismo todo lo necesario, mediante la ofrenda de sí mismo. Aunque el mundo fuera organizado a la perfección, y la vida creada en tubos de ensayo, sería todavía necesario a la humanidad, a los hombres geniales, hacerse hombres, es decir espíritus; todavía tendrían que crearse en la dimensión del Amor. Nadie está dispensado de hacerse hombre, nos haremos tales encontrando otro yo en Dios. A cada instante podemos anular nuestra liberación o decidir pasar de afuera a dentro. Esta experiencia no implica ninguna construcción artificial sino el encuentro con nosotros mismos.

Nada hiere más al amor que descubrir a los que amamos como inferiores a ellos mismos. No se puede amar sin apoyarse sobre un origen en una relación entre la creación y la divinidad. La presencia interior es responsable del origen del universo, el mundo prefabricado no es obra de la interioridad. Si somos fieles a la conciencia tendremos horror del sufrimiento infligido a cualquier otro ser; todo sufrimiento gratuito, inútil, deberá ser excluido. Un hombre hecho hombre, que ha hecho la experiencia del espíritu, no se rebajará a provocar un sufrimiento.

¿Cómo concebir que un microbio pueda destruir un ser de genio? Un ser interior nos pide intervenir en ayuda de los demás seres.

Dios podría ser simbolizado como un difusor que difunde la mejor música, pero necesita un receptor perfectamente sintonizado. El difusor permanece intacto, es perfecto, pero el hombre está mal sintonizado...

Entrevemos una creación que sería un dúo de Amor, pero que podría abortar por culpa de un receptor mal sintonizado. San Pablo, en el capítulo 8 de la epístola a los romanos, habla de la Creación desviada de su propio destino.

El Dios interior no actúa sobre nosotros si no estamos en reciprocidad, lo cual supone un diálogo, si no el impulso de amor no tendrá éxito, o terminará en fracaso.

La ayuda divina es ofrecida a todos acto humano; sólo puede estar orientada al bien y a pesar de esa ayuda, el hombre hace el mal. La colaboración entre Dios y nosotros puede terminar en desacuerdo: hay una falla, un hiato, entonces la acción divina no tiene efecto pues necesita consentimiento humano.

El mal que hiere a los inocentes es inconcebible.

Cuando Sartre toma responsabilidades, cuando se compromete, cree en un universo de valor. Si estuviera convencido del absurdo no se daría la pena de comprometer su vida. El orden de la felicidad está fundado en una dignidad que está en nosotros. Si todo fuera absurdo no tendría importancia aplastar a los hombres. El mal nos da el sentimiento de una violación de los valores, el mal no puede ser fecundo ni creador, sólo está unido a sufrimientos que hacen parte integrante de toda existencia.

Dios, presencia en nosotros de la Belleza siempre nueva, y Dios creador, nos introduce en nuestra propia intimidad.

Es difícil plantear el problema de la Creación aislándolo de la presencia del Dios interior, pues sin esa presencia el problema seguiría siendo una herida y no podría iluminar la Creación que no es belleza, amor, equilibrio y alegría y que no es creación divina. Tenemos que formar ese universo, si no, toda la Creación abortará. Es necesario un equilibrio digno de Dios, digno del hombre, y el Dios interior no aparecerá sino en esa Creación.

Es necesario tomar precauciones al considerar la presencia interior del Dios interior. Hay ahí algo patético: un mal puede ser una herida que se hace a Dios, al Amor.

El bien es el espacio de amor en que el amor se revela y se intercambia. Toda crueldad hiere el amor. El mal debe ser considerado como pisoteo de Dios y provocar compasión con Él (San Francisco) fundada sobre el misterio de la Cruz.

El amor muere por ser rehusado, sólo puede enraizarse en el otro en la generosidad, Dios puede estar presente sin que nos demos cuenta. El amor no tiene más recurso que morir de amor por los que rehúsan amarlo. La vida divina sólo puede realizarse en un espacio de amor. Ya no se trata de salvarse, sino de salvar a Dios de nosotros mismos.

Hablamos del Dios interior. Ya no podemos considerar el problema del mal sin la Cruz, remedio del mal. Palanca de toda moral mística, se trata de "Su Vida" y ya no de la nuestra. El mal inscrito en el corazón de la Cruz no es todavía una experiencia común. Extraña historia de un satanismo en el universo.

¿Cómo concebir que seamos la apuesta de Dios en este combate?¿Porqué deja Dios libre acción a Satanás? Es claro que el diálogo se sitúa entre Dios y nosotros. Dios sólo puede entrar en la Historia a través de nosotros. El Dios interior es la vida de nuestra sensibilidad, es un compromiso personal, si no, todo vuelve al universo prefabricado y Dios sólo puede subsistir como ídolo.

Separase de la Presencia Divina, de la eterna Belleza, es separarse del Sol de Dios. El problema de la Creación se plantea de nuevo, hay que añadir al universo prefabricado el hombre transfigurado. La Encarnación es la manifestación de la Presencia Divina. El único Dios real está en el corazón del universo desde que nos sintonizamos con el Amor, lo único que podemos hacer es desapropiarnos para no herir a Dios.

Experiencia de Job: no se trata del Dios interior. Job considera el mundo prefabricado como solo, resume así todas nuestras rebeliones humanas. Cuando el hombre asimila a Dios con su mirada, Dios es limitado.

Finalmente, el mal es la muerte de Dios. Dios está esperando en lo más íntimo de nosotros; la difusión de la música eterna pasa por nosotros. El universo puede hacerse sacramento si nosotros entramos en el circuito del amor. Aceptando ser la encarnación de Dios, el hombre se hace la Providencia de Dios en el corazón de la Historia.

Nuestra presencia genera una corriente procreadora donde estemos.

Es inútil hablar de Dios. Sólo cuenta la transparencia que ofrecemos a la Presencia de Dios. Debemos tomar en manos el destino de Dios y encarnarlo.

Dios es inocente de la muerte, del dolor, pero está esperando otro mundo que sólo puede surgir con nuestra colaboración. Ninguna luz puede brillar si no damos los primeros pasos revelando a los demás un rostro de luz y de amor.

Es la pobreza según el lenguaje evangélico. Las heridas de Dios sangran en nosotros, hay que tratar de crear el espacio en que respira el Amor. En esta forma humana hay lugar para un heroísmo secreto. La atención de amor que vela a que Dios no sea derrotado nunca, y a ofrecer a través de nosotros un espacio en que cada uno pueda tomar conciencia de lo que pide el mundo de hoy, en el cual vamos a descubrir al verdadero Dios cuya cuna estamos llamados a ser todos y cada uno de nosotros.

 

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