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2ª conferencia en el Cenáculo de
París, en enero de 1965. Notas sucintas y muy elípticas.
"La esencia del espíritu consiste
en la imposibilidad de sufrir el universo prefabricado y de sufrirse a sí mismo.
El espíritu debe tener de sí mismo todo lo necesario, mediante la ofrenda de sí
mismo. Aunque el mundo fuera organizado a la perfección, y la vida creada en
tubos de ensayo, sería todavía necesario a la humanidad, a los hombres geniales,
hacerse hombres, es decir espíritus; todavía tendrían que crearse en la
dimensión del Amor. Nadie está
dispensado de hacerse hombre, nos haremos tales encontrando otro yo en Dios.
A cada instante podemos anular nuestra liberación o decidir pasar de afuera a
dentro. Esta experiencia no implica ninguna construcción artificial sino el
encuentro con nosotros mismos.
Nada hiere más al amor que
descubrir a los que amamos como inferiores a ellos mismos. No se puede amar sin
apoyarse sobre un origen en una relación entre la creación y la divinidad. La
presencia interior es responsable del origen del universo, el mundo
prefabricado no es obra de la interioridad. Si somos fieles a la conciencia
tendremos horror del sufrimiento infligido a cualquier otro ser; todo
sufrimiento gratuito, inútil, deberá ser excluido. Un hombre hecho hombre, que
ha hecho la experiencia del espíritu, no se rebajará a provocar un sufrimiento.
¿Cómo concebir que un microbio
pueda destruir un ser de genio? Un ser interior nos pide intervenir en ayuda de
los demás seres.
Dios podría ser simbolizado como
un difusor que difunde la mejor música, pero necesita un receptor perfectamente
sintonizado. El difusor permanece intacto, es perfecto, pero el hombre está mal
sintonizado...
Entrevemos una creación que sería
un dúo de Amor, pero que podría abortar por culpa de un receptor mal
sintonizado. San Pablo, en el capítulo 8 de la epístola a los romanos, habla de
la Creación desviada de su propio destino.
El Dios interior no actúa
sobre nosotros si no estamos en reciprocidad, lo cual supone un diálogo, si no el impulso de
amor no tendrá éxito, o terminará en fracaso.
La ayuda divina es ofrecida a
todos acto humano; sólo puede estar orientada al bien y a pesar de esa ayuda,
el hombre hace el mal. La colaboración entre Dios y nosotros puede terminar en
desacuerdo: hay una falla, un hiato, entonces la acción divina no tiene efecto
pues necesita consentimiento humano.
El mal que hiere a los inocentes
es inconcebible.
Cuando Sartre toma
responsabilidades, cuando se compromete, cree en un universo de valor. Si estuviera
convencido del absurdo no se daría la pena de comprometer su vida. El orden de
la felicidad está fundado en una dignidad que está en nosotros. Si todo fuera
absurdo no tendría importancia aplastar a los hombres. El mal nos da el
sentimiento de una violación de los valores, el mal no puede ser fecundo ni
creador, sólo está unido a sufrimientos que hacen parte integrante de toda
existencia.
Dios, presencia en nosotros de la
Belleza siempre nueva, y Dios creador, nos introduce en nuestra propia intimidad.
Es difícil plantear el
problema de la Creación aislándolo de la presencia del Dios interior, pues sin esa presencia el problema seguiría siendo una herida y no
podría iluminar la Creación que no es belleza, amor, equilibrio y alegría y que
no es creación divina. Tenemos que formar ese universo, si no, toda la Creación
abortará. Es necesario un equilibrio digno de Dios, digno del hombre, y el Dios
interior no aparecerá sino en esa Creación.
Es necesario tomar precauciones al
considerar la presencia interior del Dios interior. Hay ahí algo patético: un
mal puede ser una herida que se hace a Dios, al Amor.
El bien es el espacio de
amor en que el amor se revela y se intercambia. Toda crueldad hiere el amor. El mal debe ser
considerado como pisoteo de Dios y provocar compasión con Él (San Francisco)
fundada sobre el misterio de la Cruz.
El amor muere por ser
rehusado, sólo puede enraizarse en el otro en la generosidad, Dios puede estar presente sin que nos demos cuenta. El amor no tiene
más recurso que morir de amor por los que rehúsan amarlo. La vida divina sólo puede realizarse en un espacio de
amor. Ya no se trata de salvarse, sino de salvar a Dios de nosotros mismos.
Hablamos del Dios interior. Ya no podemos considerar el problema del
mal sin la Cruz, remedio del mal. Palanca de toda moral mística, se trata
de "Su Vida" y ya no de la nuestra. El mal inscrito en el corazón de
la Cruz no es todavía una experiencia común. Extraña historia de un satanismo
en el universo.
¿Cómo concebir que seamos la
apuesta de Dios en este combate?¿Porqué deja Dios libre acción a Satanás? Es
claro que el diálogo se sitúa entre Dios y nosotros. Dios sólo puede entrar en
la Historia a través de nosotros. El Dios interior es la vida de nuestra
sensibilidad, es un compromiso personal, si no, todo vuelve al universo
prefabricado y Dios sólo puede subsistir como ídolo.
Separase de la Presencia Divina,
de la eterna Belleza, es separarse del Sol de Dios. El problema de la Creación se
plantea de nuevo, hay que añadir al universo prefabricado el hombre
transfigurado. La Encarnación es la manifestación de la Presencia Divina. El
único Dios real está en el corazón del universo desde que nos sintonizamos con
el Amor, lo único que podemos hacer es desapropiarnos para no herir a Dios.
Experiencia de Job: no se trata
del Dios interior. Job considera el mundo prefabricado como solo, resume así
todas nuestras rebeliones humanas. Cuando el hombre asimila a Dios con su
mirada, Dios es limitado.
Finalmente, el mal es la muerte
de Dios. Dios está esperando en lo más íntimo de nosotros; la difusión de la
música eterna pasa por nosotros. El universo puede hacerse sacramento si
nosotros entramos en el circuito del amor. Aceptando ser la encarnación de
Dios, el hombre se hace la Providencia de Dios en el corazón de la Historia.
Nuestra presencia genera
una corriente procreadora donde estemos.
Es inútil hablar de Dios. Sólo
cuenta la transparencia que ofrecemos a la Presencia de Dios. Debemos tomar en
manos el destino de Dios y encarnarlo.
Dios es inocente de la muerte,
del dolor, pero está esperando otro mundo que sólo puede surgir con nuestra
colaboración. Ninguna luz puede brillar si no damos los primeros pasos
revelando a los demás un rostro de luz y de amor.
Es la pobreza según el lenguaje
evangélico. Las heridas de Dios sangran
en nosotros, hay que tratar de crear el espacio en que respira el Amor. En
esta forma humana hay lugar para un
heroísmo secreto. La atención de amor que vela a que Dios no sea derrotado
nunca, y a ofrecer a través de nosotros un espacio en que cada uno pueda tomar
conciencia de lo que pide el mundo de hoy, en el cual vamos a descubrir al
verdadero Dios cuya cuna estamos llamados a ser todos y cada uno de nosotros.