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Zundel

December 2009 - Posts

  • 26-27/12/09 - ¿Qué dices de ti mismo?

    Lausana, 3° domingo de Adviento.“Ustedes acaban de escuchar la pregunta dramática que dirigen los fariseos a Juan el Bautista: “¿Qué dices de ti mismo?” Esa pregunta, ¿cómo podía Juan el Bautista responderla? ¿Cómo puede alguien decir: “He aquí lo que soy yo”? En efecto, es la pregunta más difícil que nos pueden hacer, ¡y ninguno de nosotros puede responderla! Si nos preguntan: “¿Qué dices de ti mismo?” y nos interesa responder a la pregunta, veremos inmediatamente la imposibilidad de hacerlo, no sabemos quién somos y cuando tratamos de definirlo hallamos un ser prefabricado que puede entrar en ciertas categorías psicológicas, ¡pero nunca podremos encontrar el secreto, el misterio que somos! Es el secreto que la madre busca en su hijito: lo mira, le sonríe, y ¿qué busca ella a través de la sonrisa sino la revelación de lo que es él?Ese es en efecto el primer impulso del amor, preguntar quién es al ser amado: la madre al hijo, el hombre a la mujer, la mujer al hombre. Y se comprende que un filósofo se haya preguntado: “¿Puede un hombre casarse con una mujer loca?” y que haya respondido: “¡No!” no podía casarse con una mujer loca porque en el amor, aun el más carnal y más oscuro, hay un deseo de alcanzar un secreto humano. El deseo de captar esa fuente, de saber quién es ese ser y de obtener la confidencia de su misterio.Esta pregunta parece sencilla y es la más profunda de todas las preguntas, y la más insoluble, al menos cuando la hacemos a alguien preguntándole: “Y tú, ¿qué dices de ti mismo?”Pero existe una manera en cierto modo lateral de llegar al conocimiento de nosotros mismos y por suerte, basta pensar en lo que evoca, o puede evocar, la música de Clara Haskil.Qué era lo que unía tantos seres a esa artista incomparable, sino justamente que todos al escucharla sentían brotar en sí mismos una melodía en que se expresaba su propio misterio porque la música de Clara era tan interior y silenciosa que invitaba a todos y a cada uno a hacerse música, y cuando uno se hace música, cuando todo el ser brota como un canto es que uno se ha perdido de vista, es que ya se ha fijado en otro, es que uno está en el mundo del encanto donde brilla el rostro adorable siempre desconocido y siempre reconocido que es el rostro del Dios vivo.Así, en la experiencia de la música, se capta la posibilidad de expresar y comunicar el secreto que somos, porque expresarnos y comunicarnos es expresarnos en otro y para él. Entonces, en su piano, Clara, lo mismo que Dinu Lipatti, y como tantos otros, como todos los verdaderos artistas, Clara Haskil al piano, hecha totalmente música para que nosotros lo seamos también, no se escuchaba, no se miraba, dejaba pasar a través de ella todo el mundo silencioso que es la cuna de todas las melodías.Y justamente porque se eclipsaba en la música, la música se hacía presencia y vida, y nos tocaba, nos tocará siempre, en lo más profundo de nuestro ser, haciéndonos surgir en un impulso misterioso hacia la eterna Belleza a la cual podemos decirnos, porque en ella se expresa nuestro propio misterio, no para nosotros mismos, lo cual es imposible, sino para el amor, para la generosidad infinita que viene a nuestro encuentro y suscita nuestra existencia dándole la forma de amor que es la única que puede expresarnos.Hay pues en nosotros una posibilidad – una sola – de llegar hasta nosotros mismos – una sola posibilidad de responder a la pregunta: “Y tú, ¿qué dices de ti mismo?”, y es justamente la de perdernos de vista, de mirar la eterna Belleza y decirnos a Dios, en Dios y para Él.Por ahí alcanzamos al misterio de la Santísima Trinidad. La Trinidad nos parece con frecuencia algo tan abstracto, tan lejano, y de pronto adivinamos: ¡en efecto, Dios mismo no puede decirse a sí mismo quién es, a menos de decirlo a Otro y para otro! Hay pues en Dios toda una vida que se comunica, todo un secreto que se intercambia. ¡En Dios hay un nacimiento y una paternidad! Dios sólo puede decirse como un secreto que va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, lo mismo que Dios sólo llega al amor en una comunicación que va del Padre y del Hijo al Espíritu Santo, y del Espíritu Santo al Padre y al Hijo.Y porque Dios es Trinidad, por ser comunicación de amor, por ser la música eterna que sólo puede brotar en un impulso de generosidad, por eso la religión de Jesús es así. Justamente Jesús viene a hacer surgir en nosotros esa música silenciosa. Viene a enseñarnos quién somos. Viene a iniciarnos en el conocimiento supremo de nosotros mismos: en el conocimiento que es un nacimiento pues justamente, para conocernos es necesario que nazcamos en Dios y que lo dejemos nacer en nosotros.Y la maravilla es que toda la grandeza, toda la santidad cristiana está centrada en ese intercambio interior: Dios que es el amor supremo nos pide precisamente lo que pide siempre el amor. Como la madre, como la madre a través de la sonrisa de su bebecito, desea llegar al misterio de su alma, como el novio en la novia, o como el esposo en la esposa, ¡busca el secreto inagotable del ser humano! Dios nos pide, y es lo único que nos pide, que nos hagamos respuesta de luz, respuesta de generosidad, que descubramos quién somos y se lo confiemos perdiéndonos en Él, naciendo en su corazón y de su corazón y dejándolo nacer en nuestro corazón y de nuestro corazón.¿No es eso lo que Jesús quería decir a la samaritana, a esa pecadora que vivía en el desorden? Jesús le murmura este secreto incomparable, la eleva a esas alturas supremas. ¡Le dice a ella la verdadera religión del espíritu! en ella construye y suscita el santuario eterno, el único Templo de Dios, el único Santuario del N.T. que somos nosotros en nuestro espíritu, en el corazón, en el intercambio total de nosotros mismos con Dios, que se comunica infinitamente a nosotros.Y lo que parecía tan abstracto se vuelve supremamente concreto. ¡Nada es, finalmente, más apasionante que el ser humano! En el ser humano se sitúa toda revelación, Dios se hace conocer por medio del rostro del hombre, y en el intercambio silencioso con Dios llegamos a ser todo lo que somos capaces de ser.Ustedes recuerdan que Ángelo Silecio comparaba los abismos del hombre y los abismos de Dios: “El abismo de mi mente no cesa de invocar en un grito el abismo de Dios. De estos dos abismos, dime, ¿cuál es el más grande?”Ahí viene la pregunta del Evangelio de hoy: “¿Qué dices de ti mismo?” hay una infinita sabiduría cristiana, una sabiduría arrodillada, una sabiduría transparente, una sabiduría infinita, inimitable, una sabiduría fundada en el don de sí mismo, en la pobreza del espíritu, en la generosidad. Y a esa pobreza se nos invita hoy, a ese banquete de la eterna Sabiduría. ¡Ah, cómo se debe escuchar la voz del Evangelio: “Y tú, ¿qué dices de ti mismo?Y cuando esta pregunta entre en la escena de nuestra mente, todos y cada uno sentiremos que no hay otra respuesta que escuchar la música interior e ir hasta el final del Silencio, hasta que finalmente, en las raíces de nuestro ser, encontremos el rostro amado que nos está esperando. Y entonces, como escuchando a Clara Haskil u otros grandes artistas, de repente sentiremos que nacimos, que comenzamos a existir en la plenitud del ser, porque cesando de mirarnos, nos veremos en el espejo del eterno Amor y Dios, suscitando en nosotros los inmensos espacios de luz y de generosidad, nos habrá revelado a la vez su grandeza y la nuestra, en el intercambio sin fin que es la vida de ahora, y que, en la vida de ahora está ya la única vida eterna, porque la vida eterna es justamente conocer, conocer a Dios y amarlo, y ¿cómo conocerlo y amarlo sino naciendo de Él y dejándolo nacer en nosotros y de nosotros? 

     

  • 25/12/09. El trabajo tiene como primera finalidad hacer hombres.

    A todos los visitantes de este sitio, cada vez más numerosos, les deseamos una feliz Navidad.3ª parte de la 3ª conferencia de Londres.A la base del derecho de propiedad hay una desapropiación total.El trabajo no tiene por objetivo sólo producir cosas, sino ante todo hacer hombres.“Pues justamente para poder desapropiarse de sí mismo, para poder hacer de todo su ser un don a Dios y a todos como nos lo hace sentir admirablemente la mujer pobre, hay que asegurar a cada uno y a todos un espacio de seguridad donde pueda madurar el espacio de generosidad en que cada uno está llamado a convertirse.A la base del derecho de propiedad hay pues una desapropiación total, un altruismo consustancial, es decir que el derecho de propiedad está abierto esencialmente hacia los demás, como todos los derechos humanos, ya que es sólo la condición necesaria para que cada uno pueda llegar a ser un bien común, es decir una comunicación de sí mismo con todo.Es evidente que el hombre que tiene             asegurado lo necesario, como el ebanista genial que refinaba su trabajo y hacía de cada objeto una obra maestra, y que podía decirme con serenidad: “A mi me basta con lo que gano con mi trabajo”. Claro, tenía seguridad porque artista como era, siempre tenía suficientes clientes como para no tener que preocuparse por la subsistencia. Por eso podía dedicarse a cada objeto simplemente por placer, mucho más de lo que el cliente pudiera esperar o exigir, porque gozaba haciéndolo.Y su alegría podía florecer y crecer porque no lo limitaban las preocupaciones profundas de la mujer pobre ante sus marmitas vacías.Es pues necesario que cada uno tenga asegurado lo necesario para poder ser él mismo, para poder hacerse persona, para poder hacerse bien común.Hay una monstruosa hipocresía en reivindicar el derecho de propiedad como garantía de la generosidad propia dejando morir a los demás al lado, mientras uno vive en la abundancia, dejándolos morir, y dejando a Dios morir en ellos.Es evidente que estoy encargado de Dios en los demás como en mí mismo, y si tengo razón de reivindicar la seguridad que me permite ser espacio de generosidad, no estoy menos llamado a reivindicar el mismo derecho para los demás y a satisfacerlo con todo lo que me sobra. Pues todo lo que no necesito no es mío, todo lo que no necesito para ser fuente, espacio, persona, bien común, pertenece rigurosamente a los demás, mientras no estén en capacidad de satisfacer como yo la generosidad que condiciona el reino de Dios, tanto en ellos como en mí mismo.Eso quiere decir que en el derecho de propiedad, justamente por estar en relación con los demás, está incluido el Otro divino y el otro humano. En el derecho de propiedad, como acabo de decirlo, hay un altruismo consustancial, un movimiento hacia el otro. El derecho de propiedad necesita pues una reforma constante, y exige de por sí una revisión constante en función de las condiciones actuales de la humanidad.Ustedes saben que Santo Tomás de Aquino tenía ya una teoría sobre la propiedad muy avanzada para su época, pues admitía que el estado primitivo era el comunismo. El estado primitivo era la comunidad de bienes. El reparto de los bienes vino después, con miras según él a una mejor administración, porque cuando todo el mundo en general está encargado de todo, nada se hace.Para que los bienes sean mejor repartidos, se confía su administración a algunos que son más aptos para dirigirlos para el bien de todos. Pero cuando la distribución de los bienes, la gestión, confiada a los más aptos, se vuelve contra la vida, entonces el comunismo primitivo reaparece.Por eso Santo Tomás admite y declara que una persona en extrema necesidad, cuando está en peligro de muerte, tiene derecho de tomar, si nadie se lo da, lo que puede salvarlo de la muerte, y lo dice de manera extremamente conmovedora: “Toma entonces lo que es suyo”. Toma lo que le pertenece, pues se encuentra en el estado primitivo en que todos los bienes eran comunes, ya que naturalmente la primera intención de la Providencia sólo podía ser la de procurar a todos los hombres la posibilidad de subsistencia con los bienes terrenales.Si la distribución de los bienes se vuelve contra la vida, el juego queda esencialmente falseado y el hombre puede tomar lo que le pertenece.Pero, para evitar semejante extremo que es siempre finalmente peligroso y monstruoso, habría que realizar naturalmente una reforma del trabajo, llegar a la república del trabajo en que cada uno es responsable, ya que el trabajo no tiene por finalidad sólo producir bienes, sino ante todo hacer hombres. Además, las cosas serán tanto mejor producidas cuando se busca más hacer hombres, es decir, y es elemental, cuanto más se haya asociado a todos los trabajadores en la responsabilidad.Un hombre es más herido por ser mantenido fuera de toda responsabilidad que por las diferencias externas de salario u honores. Un hombre comprende muy bien que es mejor tener jefes competentes y los elegirá tanto más competentes mientras más interés tenga en el beneficio de la empresa y si tiene voz y voto, y es responsable con los demás, y se le trata como hombre.Es monstruoso considerar una democracia en que los hombres son responsables de la gestión del Estado y no de lo que los toca más de cerca, de lo que ocupa lo esencial de sus jornadas, el trabajo. Naturalmente, todos deberían estar asociados en esta responsabilidad, saber a dónde van sus productos, cuál es su destino final, cuáles los recursos, cómo procurárselos, a dónde van los beneficios, cómo se reparten los salarios. Es elemental, lo repito, en una sociedad de hombres en que no se busca ante todo producir cosas sino hacer hombres y la democracia es un engaño mientras no se llegue a la República del trabajo, a la Democracia del trabajo, dando a cada uno las mismas posibilidades de promoción.En la desigualdad de los dones humanos hay una especie de selección o de preselección. Hay algunos a quienes no les gustan las responsabilidades, ni tratarán de asumirlas, y otros que son jefes – y tanto mejor para los demás, pues no son muchos – y normalmente llegan a ser jefes por estar dotados para ello, pero tendrán tanto más influencia si son promovidos por consentimiento de los demás, si han sido elegidos en reconocimiento de su competencia y su capacidad.Es evidente que una reforma del trabajo como ésa supone toda una organización de la escuela, toda una educación enteramente nueva y centrada en los valores humanos. No se trata primero de fabricar máquinas o seres capaces de prestar servicios, sino de formar gente capaz de gobernar, gente capaz de querer con todas sus fuerzas la dignidad humana para sí mismos y para los demás, y de dedicarse a ello con toda generosidad.Pero, de todos modos, aun suponiendo realizadas estas condiciones y esa reforma indispensable del trabajo, en el derecho de propiedad existe un reformismo congénito, es decir que, por estar naturalmente abierto por entero hacia los demás, el derecho de propiedad exige ser constantemente revisado en su aplicación según las necesidades de la humanidad”. (Continuará).

     

  • 24/12/09 - Lo que deben preservar los derechos humanos, son los derechos de la persona.

    2ª parte de la 3ª conferencia de Londres, el 16 de febrero de 1964. La definición del derecho de propiedad. Dios sólo puede hacerse presencia humana en forma de encarnación. La realidad de Dios sólo nos llega a través de la transfiguración del hombre. Paradójicamente, el derecho de propiedad reposa totalmente sobre la pobreza evangélica.“… Ahora vamos estudiar la propiedad, verdadero problema para todos, pues se trata de cada uno de nosotros y cada uno deberá responder verdaderamente cambiando finalmente su corazón a la luz de una respuesta válida.Una mujer pobre me dijo estas palabras: “El mayor sufrimiento de los pobres es que nadie necesita su amistad. La gente viene a vernos cuando estamos agotados, se sientan en el bordo de una silla, nos dejan con que continuar nuestra miseria por unos días, y se van tranquilamente a Chamonix o a la Costa Azul. Pero nadie cree que nosotros los pobres tenemos algo que dar. Somos simplemente organismos que comen, eso es todo. Y si nos dan por fin de comer quedan en paz. Nadie se imagina que nosotros también sentimos necesidad de dar. Nadie cree en nuestra dignidad y eso es lo que más nos hiere”.Esa mujer que había perdido un hijo al que encontró ahorcado al regresar de misa y fue demasiado tarde para salvarlo. Había visto a otro de sus hijos en prisión, y ella no podía dar a sus hijos sino mala alimentación porque no tenía con que pagar otra mejor, consideraba que el mayor sufrimiento de su vida era el desprecio de su dignidad, el desprecio de los que le daban ayuda y no la creían capaz de amistad generosa y gratuita.Esa mujer pobre reclamaba pues la posibilidad de dar, la posibilidad de crear también alegría y felicidad, y de ser también para los demás un espacio donde encontraran gozo y libertad.Y esa misma mujer me decía: "¿Cómo quiere que ore y medite cuando las marmitas están vacías y tengo cinco hijos que alimentar? Yo quisiera poder orar y meditar, pero es imposible porque la meditación se puede dejar para mañana, ¡pero no puedo aplazar el alimento de mis hijos!” Le aguijoneaba pues las entrañas el hambre de sus hijos, y esa inquietud, esa amenaza física le quitaba la posibilidad de orar y de meditar.¿Qué reclamaba ella? Reclamaba un espacio de seguridad que le permitiera ser espacio de generosidad. Esa es la definición del derecho de propiedad. Y la definición de todos los derechos humanos que no son inherentes al hombre como animal o como ser biológico, sino estricta y exclusivamente fundados en la vocación del hombre a ser persona.En nosotros, sólo la persona tiene derechos. Cuando se habla pues de Derechos Humanos, no se trata del hombre que acapara, sino del hombre hecho persona, del hombre en su vocación de persona. Lo que quieren proteger los Derechos Humanos es la vocación de la persona, la vocación de grandeza, la vocación creadora, la vocación a la dignidad. Pues en fin de cuentas, ¿qué es la persona? Es el ser humano vaciado de sí mismo que se hace espacio donde el mundo entero pueda encontrar su respiración.Piensen en Gandi, hombre grande entre los más grandes, que mantuvo en sus manos un pueblo de 4 a 500 millones y por la mera luz de su conciencia le prohibía toda violencia mientras que todo ese pueblo estaba bajo dominación extranjera contra la cual tenía derecho de rebelarse habiendo recibido tantas promesas de libertad y derramado su sangre por “el imperio”, engañado con promesas nunca cumplidas, tenía derecho de rebelarse, de indignarse y entregarse a las pasiones colectivas que pueden ser atroces pero parecen legítimas en ciertos casos a causa de una injusticia demasiado larga.Gandi detiene las pasiones colectivas diciendo: "¡No! Cuando sean dignos de la libertad la tendrán, y nadie se la podrá rehusar. Sean más grandes que la desgracia, renuncien a toda violencia”. Y al gobierno extranjero le decía: “No les tengo odio, pero voy a hacer esto: rehusaremos el impuesto, el impuesto de la sal, el impuesto en general, rehusaremos sus tejidos, pero pueden caminar en medio de nosotros sin que nadie les haga daño”.Y ustedes saben que cuando había violencia, fuera de la disciplina prescrita, Gandi la expiaba ayunando. Y cuando la injusticia del poder se hacía intolerable, ayunaba hasta casi morir pero jamás se entregaba a la violencia, jamás autorizaba la violencia. Y la luz de esa conciencia fue la que iluminó durante cerca de 40 años a un pueblo de 4 a 500 millones de hombres porque todos se sentían incluidos, acogidos, iluminados y liberados en esa conciencia.La conciencia, con todas sus posibilidades de don, con la universalidad de su luz, es la única que tiene derechos, y derechos imprescriptibles, derechos inviolables, porque el único bien común de los hombres es el hombre, el hombre que ha llegado a ser verdaderamente él mismo.Cuando un hombre se hace hombre como Gandi, es un bien común, el más elevado bien común, el bien común supremo, el único bien común de todos los hombres, porque todos pueden sacar de su conciencia un fermento de liberación y grandeza. Por eso todo hombre es sagrado, no por lo que es, sino por lo que puede ser.Y tenían razón de querer salvar la vida de Chessman, ya que en todo hombre, mientras no muera de muerte natural, hay posibilidad de retorno que puede hacer de un criminal un héroe o un santo, que puede hacer de él una encarnación de Dios.Pues justamente Dios, por ser lo que es, por ser amor, sólo puede ser sensible, sólo puede hacerse experiencia humana en forma de encarnación. La Presencia de Dios es siempre encarnada, encarnada imperfectamente en los profetas, en los genios, encarnada al máximo en Jesucristo. Dios siempre se hace experiencia real en la medida en que Lo vive una vida de hombre, en la medida en que lo transparenta una presencia humana.Entonces, es para preservar la encarnación de Dios que es necesario salvar toda vida humana y en mi opinión es necesario suprimir la pena de muerte así como también la guerra. Precisamente porque en todo hombre existe hasta el último momento la posibilidad creadora, la mediación posible entre Dios y nosotros que es la única afirmación de Dios que sea verificable en nuestra experiencia.Si Dios no toma rostro humano, si una vida humana no le rinde testimonio, si no transparenta en un comportamiento humano, si es imposible encontrarlo, sólo nos quedan imágenes, fantasmas, razonamientos mecánicos. Pero justamente la realidad de Dios sólo nos llega mediante la transfiguración del hombre.Ese es el fundamento de los derechos humanos, y ése es por lo mismo el fundamento del derecho de propiedad que paradójicamente reposa totalmente sobre la pobreza evangélica”. (Continuará). 

     

  • 23/12/09 – En el centro del cristianismo está la afirmación de que Dios participa a fondo en el juego.

    A las afirmaciones publicadas ayer les faltan ciertos matices y quizás lo observaron… Bernardo me lo hizo notar. Zundel utiliza a veces la palabra revolución, que puede ser necesaria para entenderse bien, pero es quizás demasiado fuerte. Desde siglos había en la Iglesia cierta preparación, cierto comienzo de esa “revolución”…3ª conferencia del Centro Charles Peguy de Londres, el 16 de febrero de 1964.La fe crece a medida que se eleva el amor. En el centro del cristianismo está la afirmación de que Dios participa a fondo en el juego.“La radio francesa presentaba un día experiencias hechas en laboratorio sobre una gata destinada a viajes espaciales. La gata se conducía por otra parte con mucha elegancia y uno pensaba inmediatamente que el cosmonauta humano era sometido a las mismas pruebas de laboratorio, el hombre y la gata eran lo mismo.Para el físico que controla reacciones, no hay diferencia. Tampoco para el público. El hombre es un animal como los demás, no hay diferencia alguna entre el hombre y el animal. De ahí viene la tentación de considerar que todo lo que está más allá de las medidas físico-químicas es arbitrario, es mero sueño y no realidad.La radio presentaba también simultáneamente, o unos instantes después, una entrevista entre un argelino y un marroquí, a propósito de incidentes fronterizos y, naturalmente, el marroquí defendía a Marruecos y el argelino, a Argelia, aunque ambos fueran socialistas, porque hay una verdad sujetiva que es verdad de sangre, la cual es indiscutible sea cual fuere el lado de la frontera donde uno esté, es decir que los hombres están condicionados por sus genes, por sus pasiones y entonces se comportan como animales, como partes de universo.Unos días más tarde, un periódico reseñaba el libro de Anne Philipe, “El tiempo de una sonrisa”, libro admirable que probablemente leyeron ustedes. En las primeras páginas se puede leer: “Solo tú me veías, sola yo te veía, y ahora estoy en un mundo sin mirada”.Y ustedes sienten de inmediato, se sienten transportados a otro mundo. Ya no están en el laboratorio, ya no están en verdades de sangre, sino en el diálogo del amor: “Solo tú me veías, sola yo te veía y ahora estoy en un mundo sin mirada”.Había sin duda en la conversación de Anne Philipe palabras referentes al precio de las papas, de las zanahorias y de los estrenos para darle al portero, pero también había algo inefable, la luz de presencias intercambiada.El laboratorio no explica nada, la sangre no explica nada, cuando se trata de la persona. Toda la verdad está en el mundo personalista donde se intercambian intimidades a la luz del amor. En realidad, la palabra “verdad” sólo toma vida en los intercambios personales.Por tanto, hay que desconfiar de los mecanismos verbales. Cuando me oponen la Causa Primera, yo respondo: “Se trata de una experiencia humana, un razonamiento humano, y muy inferior. Entonces, permítanme discutirlo porque justamente no es absoluto: fue un hombre el que inventó esa mecánica verbal. ¿Porqué dejarme limitar por palabras? No puedo sentirme ligado por palabras, tanto menos cuando sé que finalmente sólo se llega a la verdad en el mundo nupcial, en el mundo de la persona, en el mundo de la reciprocidad”.Y todos ustedes sienten el nivel al que sitúan las palabras de Anne Philipe, válidas por siglos, de verdad irresistible y que nos hacen comprender que, en efecto, a ese nivel, nada sucede si no hay dos personas para experimentarlo, nada sucede si uno no se da.¿Quieren que las verdades divinas estén por debajo? No creo. No hay que poner a Dios por debajo de las más altas experiencias humanas. El hombre llega a las más altas verdades por medio del amor, y justamente, por el amor y en el amor es como el hombre comulga con Dios en la reciprocidad nupcial en que intercambiamos con Él. Me parece que se debe dar infinitamente más importancia a la experiencia del místico crucificado con el Señor, que recibe los estigmas para atestiguar que Dios es el amor crucificado, que pierde la vista llorando por la pasión de Dios, que a la mecánica verbal de un profesor que no está comprometido en nada y que irá a comer tranquilamente después de haber hablado de la causa primera.Se trata pues de vivir siempre la experiencia en que nos comprometemos, en que alcanzamos la luz, pues la luz no puede situarse delante de nosotros, sino sólo dentro de nosotros si nosotros entramos en ella. En el intercambio es donde se realiza la claridad, y uno conoce tanto mejor, tanto más profundamente, cuanto más se de.No existe una fe estática. La fe crece a medida que se eleva el amor: mientras más generosidad haya, más luz habrá naturalmente. Es una precisión, para que no se escandalicen por mi comportamiento: ¿cómo no salir de mí mismo cuando a la sangre de Jesús oponen un pequeño razonamiento mecánico, como si no se tratara de Dios, cuando justamente en el centro del cristianismo está la afirmación de que Dios participa a fondo en este juego, hasta la muerte de la cruz, y que no está por fuera, indiferente e inerte. Él es más madre que todas las madres, y por eso está en nuestras manos, totalmente entregado”. (Continuará) 

     

  • 22/12/2009. Una revolución.

    Balbuceos.

    Hace poco, una noche al mirar en “Arte” una secuencia de una película sobre Darwin, me pregunté yo si con Zundel no teníamos que realizar una revolución mucho más importante que la provocada por Darwin, pues con Zundel se trata quizá del porvenir de la humanidad. Él tenía claramente conciencia de ello.

    Se nos criticará fuertemente, pero será por falta de verdadero conocimiento del aporte zundeliano, por no haber prestado suficiente atención a sus numerosas palabras sobre la necesidad de la verdadera revolución que debe realizarse en la inteligencia y el corazón de la inmensa mayoría de los creyentes, y sobre los nuevos horizontes que presenta ahora un desarrollo decisivo de todos los dogmas cristianos.

    Zundel no teme afirmar categóricamente: “Ese Dios (el Dios del que habló él amplia y magistralmente) es un Dios desconocido de la inmensa mayoría de los creyentes, aferrados a ídolos como lo estaban los apóstoles a sus sueños… Ese Dios, el Dios de la experiencia agustiniana, el Dios que la samaritana está invitada a descubrir en lo más íntimo de sí misma, el Dios que se revela en Jesús arrodillado para el lavatorio de los pies, ese Dios es desconocido de la inmensa mayoría de los creyentes de todas las religiones” (extracto de la 1ª conferencia de Londres, en febrero de 1964).

    Se trata pues de una revolución por realizar.

    Miren la historia y vean cómo pudieron los grandes revolucionarios (Marx, Lenín…) hacer conocer y difundir en el mundo entero sus ideas, y cómo comenzaron esas ideas a cambiar el curso de la historia. ¿Cómo hacer para alcanzar lo mismo? ¿Cómo realizar una renovación fundamental en las mentes cristianas, sin rechazar nada de lo aprendido hasta ahora?

    Alguien se quejaba recientemente de las numerosas citas de Zundel en “Oremos en Iglesia”, ¡cuando sería necesario aumentar su número! ¡Los que se quejan no han comprendido nada todavía de la revolución zundeliana!Hoy es capital difundir el pensamiento de Zundel. Se trata del porvenir de un cristianismo claramente en peligro de extinción en nuestro país, aunque se puede ver la afluencia de comunidades nuevas, esas comunidades son marginales en la Iglesia y en el mundo de hoy en que la inteligentsia (el conjunto de gente más inteligente de nuestro país) ha llegado a ser generalmente indiferente a la fe cristiana.No son conocidas las palabras del papa Pablo VI, que veía en Zundel un genio para el mundo actual. ¿Conocen ustedes otro predicador capaz de pronunciar, sin ningún papel, 21 conferencias de casi una hora delante del papa y los cardenales de la curia? No lo hay. ¿Conocen otro predicador capaz de pronunciar el mismo domingo seis homilías diferentes en las 6 misas de una parroquia en Egipto? Tampoco lo hay, y probablemente no lo hubo jamás. Ahí tenemos ciertamente un signo de la unicidad prodigiosa de Mauricio Zundel en el siglo 20. ¿Cuántos decenios pasarán hasta que tomemos conciencia de la verdadera revolución que él invita a realizar en la Iglesia, en la manera de concebir al Dios único, manera que califica la especificidad del Dios de Jesucristo y Lo hace finalmente infinitamente amable, con las consecuencias inauditas que eso implica, de las que la Iglesia parece no tener aún conciencia, indiferente a la opinión del papa Pablo VI, que había comenzado a entrever su importancia única?De esa indiferencia y de esa ignorancia da testimonio, por ejemplo, el libro “Enraizarse” escrito recientemente por un párroco de la costa normanda.En este sitio, ustedes han visto cómo he multiplicado últimamente oraciones que retoman las palabras de Zundel mismo, porque se comprende mejor lo que decimos y repetimos en la oración. Algún día podría publicarse un libro que tenga por título “Orar con Mauricio Zundel”. Podría comenzar con esta oración del mismo Zundel:“¡Señor, ayúdame a hacerme hombre y a hacer de mi vida un espacio ilimitado donde el mundo entero pueda ser acogido, donde toda criatura se sienta ennoblecida y donde se pueda respirar finalmente Tu Presencia!” 

     

  • 21/12/09 – El misterio de la Encarnación en una dimensión insospechada todavía.

    Final de la 2ª conferencia de Londres, el 16 de febrero de 1964. El misterio de la Encarnación en una dimensión insospechada todavía.La santidad está en ser alegría de los demás. La esperanza cristiana no consiste en esperar la felicidad para sí mismo sino en liberar el amor a fin de que pueda respirar a través de nosotros…« Recuerdo siempre con admiración una mujer de 40 años enferma de cáncer del estómago, del que murió. Lo sabía y esperaba la muerte con perfecta serenidad, pero en su lecho, recibía sólo vestida con blusa de seda. Era además de condición modesta, pero no quería imponer a los demás la visión de su enfermedad. Quería ser hasta el final de rostro sonriente, acogedor, y que diera testimonio del esplendor de la vida. Eso es la santidad.La santidad consiste en ser alegría de los demás. La santidad consiste en hacer más hermosa la vida. La santidad es ser un espacio donde respira la libertad. La santidad es llevar a cada uno a descubrir la aventura increíble que tenemos, por estar encargados del destino de Dios.La pobreza evangélica es la pobreza de Dios. Y si Dios nos pide entrar en la pobreza, es porque es la única grandeza auténtica.¡La grandeza sólo está en el amor, en el don de sí mismo! Y amar es justamente vaciarse de sí mismo, ser pobre de sí mismo, hacer de sí mismo un espacio donde uno pueda respirar su vida.Pero esa pobreza, justamente por tener está en Dios su fuente infinita, pues jamás podremos ser tan pobres como Dios, jamás podremos ser la pobreza original, podremos encaminarnos hacia ese despojamiento y aumentar siempre su generosidad pero jamás seremos tan pobres como Dios mismo.Pero en fin, si Dios nos llama a la felicidad que es gozo del don total, es justamente porque quiere nuestra grandeza y llega al colmo confiándonos su vida, poniendo en nuestras manos su destino en la historia.Porque Dios sólo puede ser realidad de la historia, ser una presencia que cuenta en la historia, una presencia que camina en las calles de Londres, una presencia que cualquier hombre de la calle puede reconocer, pasando por nosotros, que somos la inserción temporal de Dios en el universo visible, y si faltamos a esta invitación, Dios es como anulado, eclipsado, inexistente en la experiencia humana.Y lo que es para mí el único motivo de la esperanza cristiana, no es esperar la felicidad para sí mismo (1), sino liberar el amor de los límites en que lo encerramos, de las caricaturas con que lo cubrimos, liberar el amor asfixiado por nuestro narcisismo, liberarlo para que pueda por fin respirar a través de nosotros y comunicarse a todos.Evitar el mal es evitar de matar a Dios, evitar crucificarlo. Hacer el bien es descrucificarlo, hacerlo nacer es revivir el misterio de la Anunciación y de la Natividad, y en palabras del Evangelio, convertirse en la madre de Dios.Pensándolo bien, quizá ninguna palabra del Evangelio es más emocionante que las palabras de Jesús: “El que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Se trata pues de ser la cuna de Jesús, de darle en nosotros una humanidad más, de permitirle que nos invada totalmente para que pueda estar hoy realmente presente en la historia.Si buscamos aventura, ahí tenemos una que nos conviene y que solicita nuestro amor, todo el día y toda la noche, pues no hay un momento en que nuestra ausencia, nuestra indiferencia o nuestro rechazo no ponga en peligro la vida de Dios en la historia. Y para los hombres, lo que no entra en la historia no existe, pues es inaccesible y no verificable.Para que Dios esté realmente Presente a los hombres de hoy, tenemos que hacerle una cuna nueva a cada latido de nuestro corazón. Y es verdad, y ahí se ve la grandeza del Evangelio, su grandeza inmensa, paradójica y magnífica, pues si el hombre es hoy creador como lo desea el marxismo, si es creador como lo deseamos nosotros, si es origen, si es comienzo, si tiene el mundo en sus manos, si tiene que terminarlo con su amor, es en la imposibilidad radical de enorgullecerse.No hay que alzarse por encima de la cabeza como el superhombre de Nietzsche, ni que humillarse con esfuerzos imposibles, pues el cristiano sabe que la única grandeza es el don de sí mismo, la única grandeza es la generosidad, y que no se trata de dominar sino de darse.Entonces, grandeza y humildad son una misma cosa, porque la grandeza consiste en vaciarse de sí mismo y la humildad es implemente no mirarse por ser sólo mirada hacia el otro.Tenemos pues una obra inmensa que realizar, porque es de urgencia infinita para que el reino de Dios se realice, que nuestro consentimiento se dé sin falla, a cada minuto, en las cosas más pequeñas. Todas las pequeñeces tienen consecuencias infinitas.El verdadero mal no es matar, violar, destruir, cosas que se hacen sólo en estado de violencia irracional. El verdadero mal está en los alfilerazos certeros que se dan bajo la hipocresía de falsa caridad. Todas las pequeñeces que anulan, que erosionan el amor, que tratan de vencerlo, y que provocan finalmente la descomposición de toda la existencia.Se trata pues, para entrar en los matices del amor, de llevar a los demás la sonrisa de Dios, de tener gracia de los pies a la cabeza para manifestar el estado de gracia, llevando por doquiera la luz de la belleza y de la bondad de Dios.En todo caso, es imposible comprender la inmensidad de la vocación cristiana y la sed de grandeza que Cristo tiene para nosotros sin dejar entrar en nosotros la palabra más conmovedora que nos haya dicho: “El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.Si cada uno de nosotros se dedica a esa divina maternidad, si cada uno comprende que tiene que convertirse en cuna de Dios, ¡entonces el misterio de la Virgen será para nosotros de candente actualidad! Y comprenderemos que es realidad actual y de cada instante de la vida, y que hoy, y cada día, cada minuto, a cada latido del corazón, a través de nosotros, el Verbo quiere hacerse carne para habitar en medio de nosotros”. (Fin de la 2ª conferencia) Nota (1). ¿¡Cómo no impresionarse al más alto nivel con el final de esta conferencia, y con toda la conferencia!?“Cada minuto, a cada latido de nuestro corazón, a través de nosotros, el Verbo quiere hacerse carne para habitar en medio de nosotros”.Ahí está el misterio de la Encarnación en toda su amplitud infinita, nunca antes desarrollada hasta ese punto, y que no concierne solamente, ni en primer lugar o principalmente la encarnación realizada en María el día de la Anunciación, sino la encarnación divina en todo hombre. Claro que el fiat de María es el que dispara, si se puede decir, la salvación de todos los hombres pero, si el Verbo de Dios se encarnó primero en ella según la carne, fue para encarnarse en todo hombre según todo su ser. ¡La gracia de la perfecta encarnación divina en María no se quiere limitar a ella! Por otra parte, ella no se queda un solo instante en su cuarto de Nazaret una vez pronunciado su fiat. El Evangelio nos dice que salió de prisa, salió para la efusión del Espíritu, para derramarlo sobre el pequeño Juan Bautista y su madre. “Toda gracia es una misión”.Ciertas teologías mariales, digamos al menos ciertas predicaciones frecuentes en la época de Teresa, pueden engañarnos. Teresa lo comprendió bien. Puede haberlas todavía. María se hizo de verdad madre de Dios y madre de todo hombre. Ella es su relación a Dios y al hombre, y todo hombre debe llegar a serlo también.Se podría decir que Zundel fue el apóstol del realismo del ser trinitario de Dios, al mismo tiempo que del realismo del sentido de la existencia de María y de todo hombre.Estamos al comienzo de la historia, la historia de la encarnación divina en todo hombre. Oración: Jesucristo, Verbo de Dios, a cada instante, a cada latido del corazón, ¡tú quieres, por medio de nosotros, hechos transparentes a tu presencia, hacerte carne, y carne de nuestra carne, para salvación y felicidad de la humanidad entera!¡Enséñanos a responder a tu amor a cada instante! que seamos cada vez más sensibles a tu encarnación en nosotros y a la presencia en nuestro corazón de ¡la humanidad entera que está esperando de cada uno de nosotros tu salvación, con la salvación de Dios en nosotros! 

     

  • 20/12/09. Al revelarnos la fragilidad de Dios, Cristo la pone en nuestras manos.

    6ª parte de la 2ª conferencia de Londres, el 16 de febrero de 1964.La fragilidad de Dios.“Se comprende mejor la fragilidad de Dios a medida que entramos más profundamente en la pobreza divina y que comprendemos mejor la alegría del que no puede guardar nada o poseer nada, la alegría de aquél cuyo conocimiento y amor están en estado de eterna comunicación y eterna desapropiación.A medida que percibimos las más altas manifestaciones del amor humano, en el heroísmo del amor maternal, a medida que percibimos el poder de identificación en que el amor hace capaz de vivir la vida de otro, por él y no para sí mismo, a medida que entramos en los abismos de la ternura, se revela la fragilidad de Dios.Dios es frágil. No es como creía la niñita, alguien que puede todo lo que quiere, a quien nada resiste, que mueve el mundo con un golpe de varita mágica. Es siempre del fondo de su pobreza, de su caridad, que brota el ser, del despojamiento infinito que es Él, y eso no basta porque todas las creaciones de Dios son creaciones de amor que suponen la reciprocidad, suponen la respuesta, el consentimiento de nuestro espíritu y corazón.Por tanto, Dios puede ser vencido. Lo sería de manera horrorosa si la humanidad pusiera fin a su historia con una guerra atómica. Dios puede ser vencido, lo es en la cruz en que muere de amor por los que rehúsan eternamente amarlo. Cualquiera puede darle muerte porque es indefenso, desarmado, como el candor de la eterna infancia.En Dios hay una infancia, como también una juventud eterna. ¡En Él hay una fragilidad infinita! La fragilidad que amaba Francisco ante el niño de Belén, es la parábola, es la manifestación, de la eterna fragilidad de Dios a través de la humanidad de Jesús.Dios es frágil y entonces finalmente no somos nosotros los que hay que salvar, hay que salvar a Dios de nosotros.¿Cómo quieren que una madre condene a su hijo, que lo juzgue? La madre iría a la prisión por él, daría su vida por él, se prestaría, se entregaría en vez de entregar a su hijo. ¿Tendrá Dios menos amor que una madre? Es imposible. Por eso Dios se entregará a la cruz, Dios muere por los que lo crucifican, muere por los que rehúsan obstinadamente amarlo. Eso hará siempre, y eso es el infierno. El infierno cristiano es que Dios muere, muere en manos del que rehúsa amarlo, y muere por él.Por eso hay que salvar a Dios de nosotros, salvar a Dios de nuestros límites, salvar a Dios de nuestra opacidad. Él está siempre ahí, se podría decir que es una emisora que difunde total, eterna y perfectamente. La emisora funciona siempre de lleno, pero nosotros, los receptores, estamos parasitados, mal sintonizadlos, recibimos mal o no recibimos todo lo que se nos ofrece continuamente.De por sí, todas las oraciones son atendidas, todos los milagros se realizan, todos los misterios de la salvación están realizados, pero nosotros no los acogemos. El don de Dios es infinito, siempre ofrecido, pero nosotros podemos siempre neutralizarlo, limitarlo y rehusarlo.Es pues absolutamente esencial que cambiemos toda la perspectiva, que comprendamos que ¡no se trata de salvarnos a nosotros! ¡Y qué sería la vida humana si estuviéramos embarcados en ese cálculo sórdido de buenas obras para ponerlas en el banco eterno para cobrar intereses compuestos! ¡Sería abominable, abyecta, una religión calculadora en que simplemente, con prudencia estrecha renunciamos a los pequeños placeres de ahora con miras a una mayor felicidad para mañana!¡No! ¡Es claro que Cristo nos coloca a otra altura! Al revelarnos la fragilidad de Dios, Cristo la pone en nuestras manos y nos confía el destino de Dios al cual debemos bajar de la cruz, dejarlo vivir en nosotros, según la admirable frase de San Pablo a los filipenses: “Para mí, la vida es Jesucristo”. Toda la perfección cristiana es eso: Jesucristo que vive en nosotros, en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestra sensibilidad, en nuestra carne, en nuestra acción, en nuestra conducta.La virtud cristiana no es un ejercicio de acrobacias en la cuerda floja del estoicismo. La virtud cristiana es la vida de Cristo que se comunica a través de nosotros a toda la humanidad, ¡a condición de que dejemos a Cristo vivir todo su poder! ¡No se trata pues de nuestra salvación sino de la vida de Dios puesta en nuestras manos!¿Pensar en la muerte? ¿Por qué? La muerte nos alcanzará lo mismo que a todos. ¿Porqué pensar en ella? No tiene importancia. ¿Pensar en las virtudes? Eso tampoco tiene importancia. ¡Si sólo se trata de nuestra elegancia moral, dejémosla para mañana si hoy estamos cansados!Pero justamente, no se trata de eso, sino de no dejar morir en nosotros la vida divina que nos está confiada, y eso no espera porque ¡en toda infidelidad, Dios es víctima inmediata!Escuchen, miren: el mal humor, el peso que ponemos en los hombros de los demás, las quejas que difundimos a nuestro derredor, rumiar los sufrimientos y contarlos a los demás, toda nuestra negatividad hace pesada la vida, debilita la esperanza, destruye el entusiasmo, intercepta el flujo de luz, y finalmente, se convierte en una pantalla en el movimiento de Dios.Al contrario, toda generosidad, todo esfuerzo por conservar la sonrisa, por difundir el entusiasmo, por hacer retroceder la vejez, por afirmar en sí mismo la eterna juventud de Dios, todo esfuerzo por ser espacio en la vida de los demás, abre todas las puertas de luz y permite a Dios revelar su rostro”. (Continuará) Nota (1). Hemos visto, veremos cada vez más, y es necesario que sintamos cada vez más cómo Dios está implicado totalmente y hasta el final en su creación, al mismo tiempo que no puede nada mientras el hombre no responda a su amor. La implicación divina, perfecta y absoluta, es una de las características esenciales de la mística de Zundel. “Él nos es más íntimo que lo más íntimo nuestro”. Por su parte, Él nos inviste totalmente, pero no puede nada sin nuestra respuesta. Él está siempre ahí. Oración: Dios nuestro, Padre, Hijo, Espíritu, que siempre estás en cada hombre. ¡Tú estás presente siempre en lo más íntimo de nosotros, y quieres realizar en cada uno lo que hace que Dios es Dios, el nacimiento del Hijo y la procedencia del Espíritu, y realizar así la unidad de todos los hombres en la unidad trinitaria!¡Padre, Hijo, Espíritu! ¡Haznos más conscientes de lo que nos es tan difícil comprender, que sólo podemos comenzar a comprender en la medida de nuestra respuesta a tu infinito amor!  

     

  • 19/12/09. “Me enfurezco” cuando dicen que Dios permite el mal.

    5ª parte de la 2ª conferencia de Londres, el 16 de febrero de 1964.Dios, primera víctima de todo mal, es incapaz inclusive de permitirlo. El Universo no puede respirar el amor sino a través de nosotros...“Sería inconcebible que creamos en el amor de Dios hacia nosotros, inconcebible que creamos que realmente desea nuestra felicidad y nuestro gozo si no creemos también que Él es el gran compasivo y el primero en ser herido por todo lo que pueda herirnos.Por eso me enfurezco cuando dicen: “Dios permite el mal”. ¡No! ¡Dios jamás permite el mal! Lo sufre y muere por él, es el primero en ser herido y si existe un mal, es porque Dios es su primera víctima.Cuando Camus expresa en “La peste”, el escándalo que hiere su corazón, el escándalo del hombre ante el sufrimiento de un niño inocente, de un niño torturado por la enfermedad, cuando Camus expresa su rebeldía, mientras mayor es el escándalo más evidente es que Dios está en causa, que es herido en plena cara, en pleno corazón, pues si no hubiera en el hombre una Presencia divina, el mal no tendría carácter horroroso.Cuando aplastan un insecto, sin crueldad, no se van a confesar de haber cometido un crimen de sangre. ¡No sería lo mismo si hubieran matado un hombre, porque insectos habrá siempre, para felicidad de todos! Pero un hombre es justamente un consentimiento posible, un poder de iniciativa. Un hombre es irremplazable porque introduce en el mundo una mirada nueva, porque todo el universo se refleja en él, porque es único. Cada uno de nosotros es único, irremplazable y constituye un foco donde el universo deja resplandecer el rostro del eterno amor en una nueva perspectiva.En el universo, pues, Dios es el amor, el amor compasivo, el amor crucificado, el amor siempre víctima, por doquiera donde haya sufrimiento, desesperación, soledad, muerte, y con mayor razón, la depresión atroz que rechaza su ayuda. Y porque Dios es víctima el mundo escandaliza, porque el mal puede herir el valor más elevado, el mal puede crucificar a Dios en una vida humana.Fue lo que comprendió Francisco al encontrar a su hermano el leproso, era más que el hombre, era Jesucristo el que sufría en sus miembros. Y por eso consignó el encuentro con el leproso en su testamento como un acontecimiento capital, porque era su primer encuentro con el Señor.La creación es una historia de dos. Dios no puede hacerla solo. El universo es un proyecto inmenso en que tenemos que entrar para asumir nuestra parte, que consiste en terminar el universo en la línea del amor.Porque Dios no quiso crear piedras, no quiso crear la tierra por la tierra. Él creó todo para el espíritu, para el pensamiento, para la verdad, para el amor y todo el universo es nuestro cuerpo al que debemos infundir un alma a su medida, porque comenzamos por ser gestados por el universo, alimentados por él, aprovisionados en oxígeno, protegidos contra los rayos cósmicos.Y si la tierra nos sostiene, nosotros tenemos que sostenerla y sostener el universo entero, ese inmenso cuerpo nuestro, que sólo puede respirar el amor a través de nosotros, y que sólo nosotros podemos terminar haciendo de él una ofrenda que responda al amor infinito del Dios vivo, el cual sólo puede ofrecerse eternamente sin jamás imponerse”. (Continuará) Oración: Dios, Dios de Jesucristo, ¡primero en compadecer con todo sufrimiento humano! Primero en ser herido por todo lo que pueda herirnos. Tú no puedes hacer solo la creación. El Universo es un proyecto inmenso al que nosotros, cada uno, somos enviados. Nos toca terminarlo en la línea del amor, terminando lo que falta a los sufrimientos de Cristo, y ¡todo falta si nadie responde!¡El Universo, cuerpo inmenso, nuestro cuerpo, sólo puede respirar el amor a través de nosotros!¡Enséñanos a hacer de él una ofrenda que responda a la infinitud de Tu amor, a la infinitud del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu!  

     

  • 18/12/09. En este mundo, Dios primera víctima de todo mal: una parábola.

    4ª parte de la 2ª conferencia de Londres, el 16 de febrero de 1964.¡Dios es más madre que todas las madres, infinitamente más madre que la misma Virgen María!“Entrevemos que Dios es víctima en este mundo y podemos parabolizarlo mediante esta magnífica historia.Conocí a una mujer huérfana, la cual había perdido su padre y su madre muy temprano. No había conocido la dulzura de un hogar, y nunca había conocido la felicidad de la ternura. Había sido criada en un orfanato a golpes de matraca – como se hacía hace un siglo, (ella murió hace 20 años, a más de 80 años de edad). Y al crecer, la niñita llegó a la adolescencia, soñando sólo con una cosa: ser amada, casarse, fundar un  hogar, estar por fin en su casa.Y muy pronto tuvo que trabajar. Entró en una fábrica de sombreros, encontró un joven que la cortejó, y le dijo por primera vez esas palabras maravillosas: “Te quiero”. Ella creyó en ese amor, y se casó.Pero apenas casada, se dio cuenta de que su marido era un borrachín, que regresaba borracho todas las noches y la golpeaba, porque el alcohol lo ponía agresivo. Toda su felicidad se vino al suelo; de niña nunca tuvo hogar, y ya mujer, tampoco. Ahora sabe que su amor va a ser desgarrado y que nunca alcanzará la felicidad.Y en ese abandono extremo, se volvió hacia Dios al que comenzaba a descubrir. Lo conocía sin las palabras y ahora se hizo para ella una Presencia. Y se volvió hacia él con tal fervor que su marido se dio cuenta y, furioso, celoso de que ella encontrara en Dios un consuelo, una alegría que él no podía darle, quiso pisotear su fe, aplastarla si podía. ¿Pero cómo hacer? Sólo había una manera de herirla, pues tenían un hijo: prohibirle bautizarlo, prohibirle que le comunicara su fe.Ella será la madre dedicada, la madre nutricia, pero él, el padre, criará al hijo a su manera.En efecto, el muchacho creció separado de su madre, desviado sistemáticamente de ella por el padre, y se hizo como su padre, un inútil. Inteligente como su padre, y mucho, sin ninguna disciplina, va de ciudad en ciudad, incapaz de fijarse en un trabajo, volvía periódicamente donde su madre para que ella pagara sus deudas y lo vistiera de nuevo, y ella lo hacía de todo corazón, sin comentar sobre sus desórdenes, porque hacía tiempo que ya no esperaba nada.Y el milagro es que esa mujer pobre, esa mujer obrera, esa mujer supremamente inteligente, de nobleza incomparable, esa mujer estaba tan perdida en Dios que ya no pensaba en sí misma, ya no esperaba nada para sí misma, ni reconocimiento, ni afecto, y soportaba su soledad, que no era tal ya que no cesaba de dialogar con Dios, con una sonrisa que se trasmitía a los demás como garantía de la paz divina.Ella comprendía el sufrimiento, se ocupaba de las jóvenes caídas con un tacto infinito y tenía algo de dinero ahorrado para ayudar a los pobres, los más pobres que ella, y para remediar a la miseria del hijo, cuya vergüenza soportaba con infinita compasión.A los 35 años el hijo había quemado su vida, había consumido todas sus energías. Estaba tuberculoso, en una época en que esa enfermedad no tenía cura todavía, y tan enfermo que ningún sanatorio quiso recibirlo y, naturalmente, terminó en casa de su madre, la cual lo cuidó día y noche, con una entrega silenciosa, sonriente y ejemplar, con una sola preocupación, como ella me contó en ese momento: “Yo no pido nada, sino que antes de morir haya un despertar en su conciencia que le permita no fracasar en la muerte como fracasó en la vida.Era todo lo que pedía, pero se guardaba bien de hablar a su hijo sobre su estado, sobre la muerte cercana, y sobre Dios, al que deseaba que encontrara. Era simplemente como una columna de oración, esperando la gracia.Y un día el hijo, contando su vida como podía a un amigo de su madre, en medio de la debilidad en que se encontraba, dijo en el curso de la conversación: “Nunca he tenido religión, pero ahora, quiero tener la religión de mi madre.Eran palabras que llevaba en el fondo de su ser. Fue bautizado e hizo su primera comunión. Todavía lo veo dictando a su madre las intenciones por las que deseaba que ella orara al rezar su rosario.Como se acercaba la fiesta de Todos los santos, su madre, viendo que los sufrimientos aumentaban, y que humanamente ya no había esperanzas, pidió que muriera el día de la fiesta. Y murió el día de Todos los santos, no sin antes decir a su madre: “Mamá, si me hubieras hablado de Él, jamás lo habría aceptado. A través de tu silencio supe todo y comprendí. ¿Qué había comprendido? Había comprendido ese algo admirable, tan esencialmente cristiano: que Dios es más madre que todas las madres, que todo lo que hay de ternura en el corazón de las madres no es sino eco lejano de la ternura infinitamente maternal de Dios, que Dios es más madre que la Santísima Virgen misma, que Dios es la “Madre eterna” tanto como el “Padre eterno”. Y no queriendo quedarse atrás de ese amor que lo había esperado tanto tiempo, con un solo impulso, se dio por entero.Y con él y con su madre, yo aprendí lo que podía ser el sufrimiento de Dios. En efecto, cuando el hijo hubo dicho a su madre que quería ser bautizado, el amor de ella no aumentó: ella lo amaba, lo amaba totalmente, su amor no podía ser más grande. Simplemente, su amor cambió de color. Porque su amor, como el sol que atraviesa un cristal, había tomado siempre los colores de los estados de su hijo.Al hijo miserable, lo amaba en el dolor. Al hijo convertido, lo amaba en la alegría. Pero era el mismo amor. Y yo entendí que el amor de Dios es semejante. Es un amor que toma el color de nuestros estados, pero es el mismo, eternamente y siempre infinito.La madre había llevado la miseria del hijo. Había sufrido la miseria de su hijo más que él, antes de él, por él, en él, porque en la pureza en que ella vivía, sentía los desórdenes de su hijo mucho mejor que él. Ella percibía su decadencia y su indignidad, no por ella, no porque ella estuviera herida, humillada, no como el amante herido por no ser amado, sino porque él se destruía, se depravaba, se rebajaba y perdía la fuente de alegría.Ella no esperaba nada, lo había perdido todo, es decir, lo había dado todo. Su amor era simplemente amor de identificación el cual, lo repito, tomaba el color de los estados de su hijo.Así toma el amor de Dios el color de todos los estados del ser creado. Entonces Dios puede sufrir, en Dios existe el sufrimiento, en la medida en que existe el amor. No un sufrimiento que lo deshace, que lo priva de algo, sino el dolor de identificación con el ser amado, hasta el punto que hay que decir que todo lo que hiere el alma, la agonía, el sufrimiento, la enfermedad, la miseria, la soledad, la desesperación, el pecado, todo eso lo sufre Dios por nosotros, en nosotros, más que nosotros, como una madre herida por todos los estados se su hijo, por estar totalmente identificada con él”. Oración: ¡Dios nuestro, Dios de Jesucristo! En ti, desde toda eternidad, existe un sufrimiento, un dolor de identificación con el ser amado, un dolor de identificación con cada uno de nosotros:¡Todo lo que nos hiere el alma, la agonía, el dolor, la enfermedad, la miseria, la soledad, el pecado, nuestro pecado, Tú lo sufres por nosotros, en nosotros, antes que nosotros, más que nosotros, como la mejor madre herida por todos los estados de miseria de su hijo!¡Tú te has identificado con cada uno de nosotros! ¡Que cada uno de nosotros se identifique contigo, el crucificado resucitado! ¡Que en adelante, para cada uno de nosotros “vivir seas Tú, Cristo!” que vives y reinas con el Padre en el Espíritu eternamente. Amén.  

     

  • 17/12/09. La Creación tiene su secreto en la pobreza radical del Dios Trino.

    3ª parte de la 2ª conferencia de Londres, el 16 de febrero de 1964, con una nota del P. Debains y una proposición de oración.El Universo es una casa que sólo puede ser construida por el amor, por un amor de reciprocidad: la creación es una historia de dos…“La creación no es un golpe de varita mágica que suscita de la nada lo que no existe. La creación tiene su secreto, su misterio, en la pobreza radical en que Dios se despoja de sí mismo, en que Dios no cesa de darse, de vaciarse para ser la plenitud del amor. Es decir que la creación es el fruto del amor. (1)Dios, que es sólo amor, Dios, que no puede poseer nada, que es el anti-narciso y la anti-posesión, Dios no nos toca sino por su amor, pero el amor no puede nada si no es consentido. El sí del novio no basta, se necesita el sí de la novia para autentificar el matrimonio. La creación no puede ser obra de Dios solo, la creación es una historia de dos.Y cuando una mujer dice sí el día de su matrimonio, ese sí hace de ella una esposa, cambia esencialmente su condición, construye su hogar. Pues ¿qué es lo que constituye la casa familial, la casa que el hijo designa diciendo: “Me voy a casa”? ¿Se construye esa casa con piedras? No. ¿Depende esa casa de un país, de un terruño? No. Los padres pueden cambiarse, siempre hay una casa, “la” casa donde al hijo lo espera el rostro del padre y de la madre. Para él, la casa es “alguien”, la casa es algo vivo, la casa tiene corazón, y cuando los padres desaparecen, aunque los muros de la casa no hayan cambiado, ya no hay casa.Es el amor el que construye la casa, y, ¡sin amor, la casa se derrumba! Cuando la mujer es adúltera, o el marido, ya no hay casa, aunque los muebles estén en el mismo orden, aunque sean mantenidos con más cuidado que nunca, ya no hay casa, porque ya no hay amor.¡Pues el universo es una casa que sólo puede ser construida por el amor! Y ese amor es necesariamente un amor de reciprocidad, una historia de dos. Dios no puede construir el mundo solo, necesita el consentimiento del hombre, o de una criatura semejante al hombre, en otros planetas, pero sólo puede haber creado el universo por medio de su amor.El universo sólo puede recibir la luz del amor de Dios por su amor. Si no hay nadie que ame, nada se hace, el mundo se deshace, el mundo se descrea y por eso es necesario decir que el mundo no existe todavía.Dios no es el creador de este mundo, de este mundo de lágrimas y sangre, de este mundo en que la muerte es la condición de la vida, Dios es inocente. ¡Dios no tiene culpa de la muerte, ni del sufrimiento, ni del mal! Y este grito de inocencia va a resonar a través de toda la Escritura hasta el gran grito de la agonía de Jesús: “Padre, que se aleje de mí esta copa”, y hasta el último grito que Jesús lanza en la cruz: “Dios mío, ¿porqué me has abandonado?.El mal está en el mundo contra Dios y a pesar de Él, porque este mundo no es el que Dios quiere. Y, como nosotros que somos bosquejos de humanidad, que rara vez somos hombres, que la mayor parte del tiempo nos dejamos llevar por la biología, por el universo, por las fuerzas físico-químicas que se despliegan en nosotros, también el universo está en construcción, está informe y san Pablo nos advierte: está en dolores de parto: “La creación gime con dolores de parto porque está sometida por el hombre a la vanidad, y está esperando la revelación de la gloria de los hijos de Dios”. (Continuará) Nota (1) de P. Debains.  Antes de Zundel, nadie había puesto en relación la pobreza de Dios y la creación. Y el secreto, el misterio de la creación está en la pobreza de Dios. El don de Dios, el don de la creación al hombre, se nos da por medio del vacío que Dios opera eternamente en sí mismo, vacío en el cual se realiza la creación, puro fruto del amor de Dios. Sólo puede ser recibida por el hombre, y tomar así todo su sentido, en la medida en que éste realice en sí mismo un vacío semejante. Oración: Dios nuestro, Padre, Hijo, Espíritu Santo, ¡Dios inocente de todo mal! ¡Tu perfecta inocencia es reconocida por el buen ladrón culpable inmediatamente justificado! ¡Tú no tienes ninguna parte en el mal y la muerte! ¡Tomas sobre ti mismo, te haces la primera víctima! ¡Bendito seas por la sublimidad y la infinitud de Tu amor!¡Nuestro mundo no es el que tú quieres! Tú te haces hombre para su restauración, imposible sin la parte tomada por el hombre: todo lo haces tú, pero nada sin nosotros.Sin ti no podemos nada, pero tú estás siempre ahí, en el interior de cada hombre, dándole el ser capaz de cumplir su tarea.¡Muéstranos cómo realizarla cada día, en interioridad contigo, Padre, Hijo y Espíritu, Dios puro amor! 

     

  • 16/12/09 - La conversión de san Francisco de Asís.

    2ª parte de la 2ª conferencia de Londres, el 16 de febrero de 1964.“Uno  de los más grandes santos de la Iglesia, Francisco de Asís, que era, como ustedes saben, la ambición encarnada, hijo de un rico comerciante, de un burgués, que aspiraba a la nobleza, Francisco que deslumbraba a sus camaradas despilfarrando piezas de oro, ya para alimentar las fiestas nocturnas, ya para hacerse notar ante la tumba de San Pedro, Francisco, el rey de la juventud de Asís, Francisco tan orgulloso de sí mismo, como su padre lo estaba de ese hijo mayor que destinaba al negocio, pero al que permitía todo porque no le disgustaba que su hijo apareciera como un señor: era la mejor prueba de su éxito.Pero Francisco no soñaba con negocios. Leía novelas de caballería, soñaba con brillar en todos los grandes campos de la historia, con llenar el mundo con su gloria, y a los 20 años estuvo prisionero durante un año; pero eso no le bastó: quería brillar en la gran guerra, en las inmensas batallas al Sur de Italia, imponerse a la admiración y llegar a ser caballero o noble y casarse con la princesa más hermosa del mundo.Pero en camino lo detiene una voz interior diciéndole: “¿Francisco, qué vale más, servirle al patrón o servirle al servidor?” Y comprende la parábola que brilló en su mente.¿Quién es él? ¡Nada! Le va a servir a un capitán, el cual le sirve a un príncipe. Va a ser servidor de un servidor. Eso no le basta.Regresa a Asís para permanecer fiel a su sueño de grandeza y ahí, después de una enfermedad que arriesgaba ser mortal, medita sobre la vanidad de su vida esperando que su camino se abra para llevarlo a su verdadero destino.Y al encontrar a las puertas de la ciudad al hermano leproso, pues hacía semanas que se conmovía con la suerte de esos hombres que vivían fuera de la ciudad, recibiendo, claro, el pan que necesitaba su cuerpo pero sin recibir jamás el pan de la amistad, comprendió lo que se le exigía: se bajó del caballo, se acercó al leproso, le puso en la mano una pieza de oro y besó esa mano llena de pus y de sangre. Volvió a montar en su caballo sobrecogido por la Presencia de Dios, seguro de que acababa de encontrar a Jesucristo.Y poco a poco el despojamiento de Francisco se acentúa en la reconstrucción de San Damiano, pues creyó escuchar una voz que le decía: “Francisco, ¡reconstruye mi casa!”, hasta que por fin, al escuchar el Evangelio de la fiesta de San Matías, comprendió que Jesús lo llamaba a seguirlo en la pobreza.Entra entonces en su carrera de mendigo, recibiendo el desprecio y todos los oprobios, tomado por loco por muchos, sufriendo la ira de su padre que se siente deshonrado por su conducta, hasta que por fin el obispo de Asís le da su abrigo, cuando hubo devuelto a su padre todo lo que había recibido de él, para en adelante tener por padre sólo al Padre celestial.Comienza entonces la inmensa procesión de la divina pobreza, canto dirigido constantemente a su dama, la dama de sus sueños, la princesa ideal que ahora reconoce bajo los rasgos de la Señora Pobreza, la pobreza que amará hasta la muerte, con una pasión única sin reconocer jamás un discípulo entre sus hijos auténticos que no esté primero esencialmente dedicado a la Señora Pobreza.Bajo el nombre de la Dama Pobreza, es Dios al que percibe. Comprendió que Dios era la pobreza, que la primera bienaventuranza: “¡Bienaventurados los que tienen alma de pobre!” era la bienaventuranza de Dios.Era el primero en comprender que el sentido de la pobreza cristiana no era un ascetismo, una privación, sino una mística, es decir una manera de semejarse a Dios y asimilarlo.Dios es Dios porque no tiene nada. Es todo porque no tiene nada. Es todo porque no puede poseer nada, porque todo lo perdió, porque es la soberana evacuación de sí mismo, porque en él, el yo es otro, porque en Dios la persona es pura relación, pura relación con el otro y porque en Dios la única posesión, lo único que distingue la persona en Dios, es la desapropiación total.La unicidad de Dios no es pues por ser un monarca único que domina todo el universo, sino que hay en él todo lo que se necesita para realizar la perfección del amor. En él está el otro, no está solo, él no se mira, no se embriaga de sí mismo, él es el total despojamiento, él es don total y, si no tiene nada que perder es porque todo lo perdió eternamente en el don absoluto, perfecto e infinito que es.Entonces comenzamos a respirar, comprendemos que hay una analogía entre la santidad humana y la divina y que, si Dios nos llama a despojarnos es porque él es el despojamiento, y que ésa es la única grandeza posible en el orden del espíritu. El lavatorio de los pies es la escala de valor auténtico, que emana del Evangelio y tiene su fuente en la Trinidad.Es una escala de generosidad y no de dominación. Dios no es dueño de nada porque se da a todo. No es sumisión, anonadamiento, humillación. ¿Qué madre se complacería con la humillación de su hijo? Eso no tiene sentido.Lo que nos pide es que nos vaciemos de nosotros mismos porque él es eternamente vacío de sí mismo, porque el yo en él es el don hecho al Otro y que es la única manera de llegar a la libertad, la única manera de ser fuente, espacio y creador.Retengamos pues la distinción fundamental entre el monoteísmo unitario y el monoteísmo trinitario. Se ha visto en la religión un enigma, un rompecabezas chino. ¡Y no! Nada hay más claro, nada más inagotable, nada más claro que esto: Dios sólo puede ser caridad, y la caridad, como dice San Gregorio, se dirige a otro.Para que Dios sea caridad, es necesario que su amor se dirija a otro, no hacia nosotros primero, pues si Dios no pudiera ser el amor sino hacia nosotros, tendría tanta necesidad de nosotros como nosotros de él. Si es Dios, es que en él hay el Otro, porque es en el fondo de él donde brota el amor, la desapropiación, el despojamiento, la pobreza, la santidad perfecta en el orden del espíritu y de la verdad.Es pues necesario que apoyemos continuamente la conducta sobre el despojamiento divino y que comprendamos que ser perfecto como el Padre celestial es perfecto, es justamente tener un alma de pobre, realizar la primera bienaventuranza en que el gozo del don es el gozo perfecto. Y esto nos introduce en el corazón del misterio de la creación”. (Continuará)   

     

  • 15/12/09 – El conocimiento en el Dios Trino. En corazón del misterio del conocimiento. Los bienes del espíritu son imposeíbles.

    Zundel dio tres conferencias en Londres el 16 de febrero de 1964. La primera la publicamos el 19/10/06. La segunda que vamos a publicar ahora retoma temas bien conocidos, pero muy importantes y fundamentales del pensamiento místico cristiano.2ª conferencia de Londres, en el Centro Charles Peguy, el 16 de febrero de 1964.“Una niñita que seguía el catecismo muy escrupulosamente había oído hablar del poder de Dios, de la grandeza de Dios, de la riqueza de Dios, de la alegría de Dios que puede todo lo que quiere, a quien nada resiste, al que nada puede perturbar, porque es glorificado tanto por los que se pierden como por los que se salvan… Decía: “¡Tiene suerte el buen Dios! ¿Qué hizo para merecer todo eso? Nada. Entonces no es justo. Todos deberían poder ser Dios, cada uno a su turno”. Y esperaba su turno para ser Dios.Tenía mil veces razón la niñita, porque sin saberlo estaba de acuerdo con la objeción, o mejor, la afirmación de Nietzsche, que proclamaba: “Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser dios?” En efecto, si Dios está allá arriba, instalado en una felicidad imperturbable, si él lo puede todo, si nada le resiste, si se embriaga eternamente de sí mismo, ¿porqué yo no? En las mismas condiciones, yo haría lo mismo.Inmediatamente vemos surgir la imposibilidad de aceptar un monoteísmo unitario. Si Dios es único y solitario, ¿a quién puede amar sino a sí mismo? Sólo puede contemplarse, alabarse, admirarse, y pedirnos que hagamos lo mismo. Y nos recuerda singularmente el mito de Narciso, ese joven imaginado por la mitología griega, seducido por su propia belleza: busca por todas partes su propia imagen, se mira en todos los espejos, en todos los estanques y en todas las fuentes capaces de reflejar su belleza, hasta que un día, pasando al bordo de un estanque donde su imagen le aparece con un esplendor irresistible, se arroja al agua y perece. Y sobre su cadáver brotan las flores que llamamos narcisos. Mito admirable que muestra que los antiguos habían comprendido la esterilidad de un amor solitario, que sólo puede conducir a la muerte.Y para nosotros, un monoteísmo solitario llegará siempre a ese escándalo, pues un Dios que se mira, un Dios que se ama a sí mismo, es un Dios que no tiene ninguna especie de semejanza con lo que nosotros llamamos virtudes, la grandeza, la santidad humanas, en que justamente todo el valor de la vida viene de no mirarse uno mismo, sino ser todo atención a los demás y todo impulso hacia los demás.En suma, nos es perfectamente indiferente que Dios sea único o múltiple, si no representa una perfección análoga a la que admiramos en los mejores hombres. Si Dios se mira, mejor que haya varios, que se hagan la guerra y nos dejen en paz.El monoteísmo del Islam retoma esta dificultad precisamente cuando dice el Corán: “Dios no engendra ni es engendrado”. Proclama con total buena fe desde luego, el monoteísmo espiritual más perfecto y más espiritual y se opone al cristianismo donde ve un politeísmo, una asociación de varios dioses, es decir una verdadera idolatría. Los cristianos son asociadores, es decir politeístas, en el fondo, renegados y paganos.Claro que el profeta del Corán, que merece todo respeto por otra parte, conoce sólo de oídas al Dios de los cristianos. Estaba mal informado por cristianos que no sabían otra cosa y no habían entendido nada de las riquezas el monoteísmo evangélico, que es algo totalmente nuevo.El monoteísmo cristiano es monoteísmo trinitario. Dios es único pero no solitario, lo cual es muy diferente. Quiere decir que Dios no es alguien que se mira, quiere decir que en Dios el conocimiento no es un repliegue sobre sí mismo, una admiración de sí mismo, una ebriedad consigo mismo, sino al contrario, el conocimiento es una mirada hacia el otro.El conocimiento está suspendido entre el impulso que llamamos el Padre y el impulso que llamamos el Hijo en un despojamiento infinito, pues justamente el Padre no es sino esa mirada hacia el Hijo, el Hijo no es sino esa mirada hacia el Padre. Y esto nos recuerda, o mejor, nos vuelve a poner en el centro del misterio del conocimiento, pues el conocimiento de sí mismo sólo es posible en una mirada hacia otro.Cuando al admirar la música, la arquitectura, la pintura, la naturaleza o el amor, ustedes se sienten liberados de sí mismos, su mirada se dirige a la belleza, y se pierden de vista a sí mismos, se sienten existir con una plenitud incomparable, y justamente en ese momento alcanza la vida su cumbre, cuando cesando de mirarse,  no son sino mirada hacia el otro. Entonces, sin volver a sí mismos, ustedes están ahí, existen como nunca en un gozo inmenso pero muy puro y despojado, un gozo ofrecido a la belleza en que se abisman.Y todo el gozo de la verdad, todo el gozo del conocimiento, está justamente en que es un nacimiento, como dice Claudel después de muchos otros: “Conocer es nacer”. El verdadero conocimiento es un nacimiento, un nacimiento a nosotros mismos, en otro y para él. Y jamás podremos conocernos auténticamente sino en la mirada que nos suspende a otro.En Dios hay algo análogo. En Dios, el conocimiento no es una mirada hacia sí mismo, sino una mirada hacia otro. Toda la luz divina, todo el gozo divino es reconocido en la comunicación que el Padre hace al Hijo y que el Hijo restituye al Padre. Es decir que el acto de conocer subsiste en Dios, brota en Dios bajo forma de desapropiación; no bajo forma de posesión en que uno se aferra a sí mismo, se fija en sí mismo, se embriaga de sí mismo, sino bajo forma de una desapropiación total, absoluta y eterna.En Dios es conocimiento no es posesión sino desposesión. Y lo mismo el amor. En Dios, el amor no es tentativa de poseer al otro en que el Padre trata de poseer al Hijo o el Hijo al Padre, no es una embriaguez de sí mismo en el otro y por el otro, sino una nueva forma de dimisión en que el Padre y el Hijo son una respiración hacia el Espíritu Santo, el cual es una respiración hacia el Padre y el Hijo. De suerte que el amor en Dios, como el conocimiento, subsiste, brota eternamente en forma de desapropiación.Observen que esto, que es sencillo, se ilustra magníficamente en la trinidad humana que es la familia, la cual constituye la más bella parábola de la eterna Trinidad. Pues ¿qué es una familia idealmente hablando, sino el hombre, la mujer y el hijo, es decir un hombre que es una mirada hacia su mujer, una mujer que es una mirada hacia su marido, un padre y una madre que son una mirada hacia el hijo, el cual es una mirada hacia sus padres?¿Qué es el gozo, la felicidad, la unidad de una familia, sino justamente una respiración común, en una armonía indivisible en que cada uno vive en el otro y por el otro? ¿Y a quién pertenece la felicidad de una familia feliz? A nadie. El padre no puede decir: “El centro, la fuente, el origen soy yo”, y ni tampoco la madre, ni el hijo, pueden monopolizar la unidad y el amor. La felicidad sólo existe circulando, comunicando en una desapropiación continua.Eso quiere decir que la verdadera felicidad, la felicidad de la persona, la felicidad del espíritu, en fin, todas las felicidades que tienen su origen en la inteligencia y el corazón son bienes que no pueden ser poseídos.Si queremos poseer la verdad, la perdemos. Si queremos monopolizarla, la limitamos a una caricatura, si queremos poseer el amor, nos le hacemos extranjeros.Los bienes del espíritu son bienes “imposeíbles” y Dios, que es el soberano bien, es soberanamente imposeíble. Dios es la anti-posesión, Dios es el anti-narciso, la vida divina no es de nadie, ni del Padre que es únicamente la comunicación al Hijo, ni del Hijo que es sólo su restitución al Padre, ni del Espíritu Santo, que es sólo su respiración hacia el Padre y el Hijo, los cuales aspiran hacia él. En la Trinidad, la vida divina es pues una vida dada, una vida de amor, una vida de generosidad, una vida desposeída, una vida de pobreza”. (Continuará). 

     

  • 13/12/09 - Dios, 1ª víctima del mal

    Lausana, tercer domingo de Adviento“La epístola a los filipenses de donde sacamos los textos de esta liturgia fue escrita por San Pablo hacia los años 57 – 58 probablemente en Éfeso, a la Iglesia de Filipos que él ama con un amor particular.En la epístola, la palabra “alegría” o “alegraos” se presenta unas doce veces. Toda la epístola es pues un himno a la Alegría, tanto más sorprendente que San Pablo está prisionero, destinado quizás al martirio pues evoca la posibilidad de su muerte, pero eso no es nada para él ya que toda su alegría estará en ir a Cristo. Pero en prisión lo siente con más intensidad: ante la contradicción, combatido por enemigos que aprovechan de su cautividad para predicar el Evangelio de manera seguramente ortodoxa pero oponiéndose a él, con la esperanza de desacreditarlo y suplantarlo. Y sin embargo, en medio de todas estas circunstancias es cuando el apóstol dirige a sus queridos filipenses este mensaje de alegría.¿Cómo puede surgir la alegría en medio de la tribulación, y cómo podemos hoy nosotros, en este mundo desgarrado… escuchando el ruido de los tumultos, participando en todos los horrores de la guerra y de la tortura, cómo podemos entregarnos a la alegría que es – dice el apóstol – el homenaje más esencial de nuestra fe como respuesta a la ternura de Dios?Para comprender cómo la alegría puede brotar en medio de la prueba, basta con recordar la extraordinaria serenidad de la mujer que, paralizada desde hacía 39 años y ciega desde hace 30, vivía sin murmurar ni quejarse, pues había conocido el más grande amor, ya que se había casado en ese estado con su novio que la había conocido antes de estar enferma, y que no retrocedió cuando ella sufrió un ataque de poliomielitis, y finalmente se casaron cuando ella quedó ciega.Esta mujer, incapaz de todo movimiento, y que no podía ni llevar la mano a la boca, ni voltearse en la cama, ni hacer cualquier movimiento, y en la que sólo estaba vivo el pensamiento, la mente, pero que había tenido la felicidad suprema de vivir un amor que le estaba destinado a ella de verdad – un amor que no era sólo de carne y de deseo – un amor destinado verdaderamente a su persona, a su secreto, a su misterio, a lo que había en ella de único. Y con ese amor toda su vida era un paraíso. Se sentía colmada a pesar de su enfermedad porque había conocido la realización más perfecta del sueño que toda mujer lleva en el corazón y que tan rara vez se realiza.El amor transfiguraba el sufrimiento dándole una resonancia armoniosa pues podía justamente hacer de todo ese sufrimiento una ofrenda, sabiendo que a la raíz de la vida estaba toda la luz de un gran amor.Pues bien, ese es el motivo de la alegría del apóstol, y debe ser el de nuestra alegría: que detrás de la prueba está el amor.La catedral de Lausana, como todas las catedrales del mundo de esta época, está puesta en la ciudad como un gran signo de cruz. ¿Y qué quiere decir el signo de la cruz sino que Dios muere, que Dios muere de amor, que muere de amor por los mismos que rehúsan amarlo, qué significa la catedral en la ciudad? ¿Qué significa la cruz inscrita en la catedral, sino justamente que, en el fondo de toda realidad, detrás de todas las catástrofes, está el amor, y más aún, que Dios sufre con el mal? ¡Dios sufre con el mal!Esa es la respuesta cristiana a las interrogaciones de tantos filósofos, de los escritores rusos de la segunda mitad del siglo 19 en particular, planteadas con tanta angustia y a veces con tanta desesperación. Esa es la respuesta al problema que dominó toda la existencia y todo el pensamiento de Camus: “¿Por qué el mal? ¿Cómo es posible?” Y Camus no tenía otra salida que decir: “Es que la persona no existe, no hay nadie, (1) y entonces no hay respuesta al mal – todo lo que podemos hacer es hacerlo menos intolerable, remediarlo en la medida de nuestras posibilidades”. La respuesta cristiana va más lejos, la respuesta cristiana es precisamente mostrar primero que el mal es infinito, que puede ser infinito, y que, en efecto, la queja de Iván Karamazov en la gran novela de Dostoïevski es fundada, que el mal tiene a veces tales proporciones que es absolutamente intolerable y que para comprenderlo hay que darle dimensiones, dimensiones propiamente divinas.Y eso significa la cruz: el mal puede tener proporciones divinas. El mal es finalmente el sufrimiento de Dios: en el mal, Dios es el que sufre y por eso el mal es tan terrible; pero si Dios es el que sufre, en medio del mal se encuentra entonces el amor que no cesará jamás de acompañarnos y de compartir nuestra suerte, y que será herido antes, dentro, y por nosotros.¿Cómo es posible? Pues es posible, y lo vemos posible de inmediato cuando recordamos el amor de las madres. Una madre humana es capaz de identificarse; una made humana puede sufrir en su hijo y por su hijo. Una madre llena de salud puede vivir la enfermedad, puede vivir la agonía de su hijo con más sufrimiento que él mismo, a causa de la identificación amorosa, de que es capaz su amor.¿Cómo quieren que el amor de Dios sea menos maternal que el amor de una madre? Todo amor de madres, inclusive el de la Santísima Virgen, no es sino una gota en el océano de la ternura maternal de Dios.Por eso, ningún ser es herido sin que Dios lo sea, en él, antes que él, más que él y por él.Pero si el mal tiene esa dimensión, existe entonces una herida divina que debemos curar, una herida divina que debemos sanar, una herida divina que no cesa de solicitar nuestra generosidad. Ustedes ven, cómo todo el cristianismo, toda la revelación desde el Génesis, es el grito de la inocencia de Dios. Dios no quiere el mal, Dios es su primera víctima. Y sufre, en la medida en que su amor no es aceptado, en la medida en que su amor es desconocido y rehusado, ya que el mundo en su armonía y su belleza no puede constituirse sino en el diálogo de amor en que Dios intercambia con nosotros y nosotros con Él. Cuando ya no hay amor ya no hay creación, o por lo menos la creación aborta y fracasa como sucede en un hogar donde la existencia se construye sobre el amor. Cuando se interrumpe el diálogo, cuando el amor se debilita, la casa se derrumba. (1) Nota de GS. “Nadie”, en francés es “personne”, lo mismo que persona. Al decir “es que no hay nadie”, la expresión equivale a “La persona no existe”.

     

  • 12/12/09. Toda la ortodoxia consiste en la fidelidad a ese amor nupcial.

    Fin de la 5ª conferencia y del retiro del Cenáculo de París en enero de 1965.Toda la ortodoxia consiste en la fidelidad a ese amor nupcial en que el conocimiento es función del don de sí mismo, y condiciona el nacimiento del hombre, el nacimiento del Universo e igualmente la encarnación de Dios.“Una pareja viene a verme y me comparte su angustia, su angustia material evidentemente urgente. No es nada, evidentemente, si tengo los 150 francos que necesita esa pareja esta noche, no es nada dárselos, pero lo que cuenta es que en el don haya el don de mí mismo, lo que importa esencialmente es que, precisamente, el lado anecdótico de la vida, ese momento de angustia, sea inmediatamente superado por un contacto humano.¡Bueno! El dinero es de todos. El mío, si yo tengo, es de ustedes, porque justamente, entre nosotros hay la comunicación esencial, porque entre nosotros existe el reino de Dios, porque entre nosotros está esa Presencia y que, si ustedes vienen esta noche con su angustia, están aquí ante todo con el hambre y la sed de dignidad, de grandeza, de libertad y de amor.¡Ustedes no están buscando un muro! ¡Están buscando un rostro, una acogida que no les haga sentir los límites de las condiciones materiales que soportan ya todo el día, sino que les muestre que eso no cuenta finalmente porque en ustedes existe una grandeza eterna y que la comunicación real se realiza por la respiración de Dios. No se necesita añadir otra cosa.¿Es necesario hablar de Dios? ¿Se puede hablar de Él si lo damos? ¿Es necesario hablar de Él si es la respiración de un encuentro? En todo caso, cuando es necesario hablar, es imposible hacerlo de otro modo que en los espacios donde transparenta y donde se revela únicamente como el Amor por el que suspira todo el universo.Me parece pues difícil superarse sin colocarse en el terreno de la Verdad persona. La Verdad es Alguien, y una persona como tal sólo puede ser conocida por otra persona, y supone, para ser reconocida, que se le ofrezca el espacio en que pueda difundir su vida.No hay otro enraizamiento posible sino el enraizamiento interior en que uno se compromete en una comunión de amor. Cuando lo estemos de manera común y general, cuando esa convicción se haya manifestado en la mente de los cristianos, y especialmente de los jerarcas responsables de la presentación, dogmática y por ende liberadora, de Cristo, cuando se vea que se trata sólo de eso, no habrá dificultad alguna para reconocer la libertad.Es absolutamente indispensable, hay que reconocer a todos los hombres este privilegio y su ejercicio, en la medida evidentemente de su sinceridad y de su honestidad de las que, por otra parte, sólo Dios es juez y nosotros no tenemos sino que entrar en la desapropiación radical que dará a Dios la posibilidad de revelarse sin limitarlo con nuestras fronteras, para que aparezca siempre a los demás como apareció a Agustín cuando por primera vez comprendió que jamás podría encontrarse a sí mismo si no entraba en ese inmenso amor que jamás había dejado de esperarlo.El conflicto entre Caridad y Verdad es pues un seudo conflicto, ya que la Verdad es la luz de una Presencia, la luz del Amor.Claro que nosotros que sólo somos responsables de nuestro testimonio, estamos infinitamente cómodos. En efecto, sabemos que no tenemos sino que eclipsarnos en la Presencia, ofreciendo a los demás, cualesquiera que sean, el espacio en que su humanidad pueda descubrirse y donde encuentren al Dios Vivo como la respiración misma de su amor, sin que haya necesidad de nombrarlo.La Verdad no es un alambre de púas que cierra el paso. La Verdad no es un “porque sí” que se profiere brutalmente, la Verdad es justamente el espacio de luz que surge ante otro a quien no poseemos, al que consideramos porque lo amamos, al que contemplamos al ofrecerlo y a través del cual no dejamos de comulgar con el primer amor.El conocimiento por sí mismo, precisamente por ser nacimiento de nosotros y del universo, se funda en la libertad, en la libertad creadora, una libertad que es liberación. No puede pues, sobre todo en su nivel supremo, cuando es la Verdad en persona, no puede ser un límite ni soportar que la proteja algún privilegio ni alguna obligación. Eso es evidente y debemos esperar que estas intuiciones maduren hasta la próxima sesión del Concilio.En todo caso, estamos seguros de que no tenemos otra cosa que hacer, y de que toda la ortodoxia consiste en la fidelidad a ese amor nupcial en que el conocimiento es función del don de sí mismo, y condiciona el nacimiento del hombre, el nacimiento del Universo e igualmente la encarnación de Dios el cual sólo puede manifestarse en la realidad como un Rostro, como una Presencia, como un Corazón”.  (Fin de la conferencia) 

     

  • 11/12/09 - Un entusiasmo por el dogma.

    5ª parte de la 5ª conferencia del Cenáculo de París en enero de 1965. Retoma: “A través de la revelación cristiana llegamos precisamente a la luz en que nos personificamos aprendiendo mediante la desapropiación divina que toda la grandeza está en el don de sí mismo. Es decir que todo lo que buscan los sabios, todo lo que buscan los artistas mediante intuiciones innumerables pero que tienen todas su centro en la misma Presencia sugerida por el arte y vehiculada por los fenómenos, todo aquello hacia lo que tienden todos los hombres dignos de ese nombre, es decir todos los que se aplican a hacerse “hombres”, todo lo que buscan todos los hombres, precisamente el personalismo en que la luz es Alguien, en que la luz es un Rostro, un Corazón, un Amor. Y la revelación no es otra cosa que la comunicación de esa luz en persona a través del rostro de Jesucristo”. Continuación: “En la revelación no se trata entonces de un “porque sí” sino de Alguien, de Alguien que es una persona querida, de Alguien que nos ama, de Alguien que nos revela a nosotros mismos, de Alguien que nos libera de nosotros, de Alguien que nos enraíza en la generosidad, de Alguien que por su propia desapropiación, hace estallar nuestras fronteras y le da a nuestra vida una dimensión infinita.A priori se concibe que el dogma, del que dijimos todas las riquezas y toda la fecundidad, a priori se concibe que el dogma no pueda provocar menos entusiasmo en nosotros, ni realizar menos libertad, ni abrir a nuestras mentes un horizonte menos amplio, que el arte con su equilibrio de formas, y que la ciencia, fascinada justamente por ese Rostro presentido en la búsqueda inagotable. Se concibe que la Verdad no pueda ser sino un rostro de amor y que sea totalmente inefable, y que no se pueda hablar de ella sino con palabras sacramentos, con palabras que no tienen sentido para el que no está comprometido en esa reciprocidad de amor.Todo este aspecto del testimonio, del testimonio cristiano, no puede consistir en llenarles los oídos a los demás con un rígido “porque sí”. No existe un  “porque sí”. No existe ni en el arte ni en la ciencia. Con mayor razón, tampoco existe en la fe.En la suprema luz, que es el resplandor mismo de la intimidad divina, sólo puede existir el espacio de amor en que se respira una libertad infinita en la medida en que se pronuncia el “sí” nupcial que sella el matrimonio de amor que Dios quiere contraer con nosotros.Bajo este aspecto, no se ve dónde podría residir la obligación, qué privilegio se podría reclamar en nombre de qué, cómo se podría rehusar a alguien el derecho de ser sincera y honestamente lo que es, (lo cual incluye la libertad religiosa), puesto que un matrimonio de amor es un acontecimiento que excluye toda obligación, que supone un encuentro en que se pasa precisamente de afuera a dentro de tal suerte que el único testimonio eficaz sólo puede ser aquél en que uno se eclipsa totalmente para dejar que la Presencia única se descubra virginalmente”. (Continuará). 
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