5ª parte de la 5ª conferencia del Cenáculo de París en enero de 1965. Retoma: “A través de la revelación cristiana llegamos precisamente a la luz en que nos personificamos aprendiendo mediante la desapropiación divina que toda la grandeza está en el don de sí mismo. Es decir que todo lo que buscan los sabios, todo lo que buscan los artistas mediante intuiciones innumerables pero que tienen todas su centro en la misma Presencia sugerida por el arte y vehiculada por los fenómenos, todo aquello hacia lo que tienden todos los hombres dignos de ese nombre, es decir todos los que se aplican a hacerse “hombres”, todo lo que buscan todos los hombres, precisamente el personalismo en que la luz es Alguien, en que la luz es un Rostro, un Corazón, un Amor. Y la revelación no es otra cosa que la comunicación de esa luz en persona a través del rostro de Jesucristo”. Continuación: “En la revelación no se trata entonces de un “porque sí” sino de Alguien, de Alguien que es una persona querida, de Alguien que nos ama, de Alguien que nos revela a nosotros mismos, de Alguien que nos libera de nosotros, de Alguien que nos enraíza en la generosidad, de Alguien que por su propia desapropiación, hace estallar nuestras fronteras y le da a nuestra vida una dimensión infinita.A priori se concibe que el dogma, del que dijimos todas las riquezas y toda la fecundidad, a priori se concibe que el dogma no pueda provocar menos entusiasmo en nosotros, ni realizar menos libertad, ni abrir a nuestras mentes un horizonte menos amplio, que el arte con su equilibrio de formas, y que la ciencia, fascinada justamente por ese Rostro presentido en la búsqueda inagotable. Se concibe que la Verdad no pueda ser sino un rostro de amor y que sea totalmente inefable, y que no se pueda hablar de ella sino con palabras sacramentos, con palabras que no tienen sentido para el que no está comprometido en esa reciprocidad de amor.Todo este aspecto del testimonio, del testimonio cristiano, no puede consistir en llenarles los oídos a los demás con un rígido “porque sí”. No existe un “porque sí”. No existe ni en el arte ni en la ciencia. Con mayor razón, tampoco existe en la fe.En la suprema luz, que es el resplandor mismo de la intimidad divina, sólo puede existir el espacio de amor en que se respira una libertad infinita en la medida en que se pronuncia el “sí” nupcial que sella el matrimonio de amor que Dios quiere contraer con nosotros.Bajo este aspecto, no se ve dónde podría residir la obligación, qué privilegio se podría reclamar en nombre de qué, cómo se podría rehusar a alguien el derecho de ser sincera y honestamente lo que es, (lo cual incluye la libertad religiosa), puesto que un matrimonio de amor es un acontecimiento que excluye toda obligación, que supone un encuentro en que se pasa precisamente de afuera a dentro de tal suerte que el único testimonio eficaz sólo puede ser aquél en que uno se eclipsa totalmente para dejar que la Presencia única se descubra virginalmente”. (Continuará).