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Zundel

15/12/09 – El conocimiento en el Dios Trino. En corazón del misterio del conocimiento. Los bienes del espíritu son imposeíbles.

Zundel dio tres conferencias en Londres el 16 de febrero de 1964. La primera la publicamos el 19/10/06. La segunda que vamos a publicar ahora retoma temas bien conocidos, pero muy importantes y fundamentales del pensamiento místico cristiano.2ª conferencia de Londres, en el Centro Charles Peguy, el 16 de febrero de 1964.“Una niñita que seguía el catecismo muy escrupulosamente había oído hablar del poder de Dios, de la grandeza de Dios, de la riqueza de Dios, de la alegría de Dios que puede todo lo que quiere, a quien nada resiste, al que nada puede perturbar, porque es glorificado tanto por los que se pierden como por los que se salvan… Decía: “¡Tiene suerte el buen Dios! ¿Qué hizo para merecer todo eso? Nada. Entonces no es justo. Todos deberían poder ser Dios, cada uno a su turno”. Y esperaba su turno para ser Dios.Tenía mil veces razón la niñita, porque sin saberlo estaba de acuerdo con la objeción, o mejor, la afirmación de Nietzsche, que proclamaba: “Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser dios?” En efecto, si Dios está allá arriba, instalado en una felicidad imperturbable, si él lo puede todo, si nada le resiste, si se embriaga eternamente de sí mismo, ¿porqué yo no? En las mismas condiciones, yo haría lo mismo.Inmediatamente vemos surgir la imposibilidad de aceptar un monoteísmo unitario. Si Dios es único y solitario, ¿a quién puede amar sino a sí mismo? Sólo puede contemplarse, alabarse, admirarse, y pedirnos que hagamos lo mismo. Y nos recuerda singularmente el mito de Narciso, ese joven imaginado por la mitología griega, seducido por su propia belleza: busca por todas partes su propia imagen, se mira en todos los espejos, en todos los estanques y en todas las fuentes capaces de reflejar su belleza, hasta que un día, pasando al bordo de un estanque donde su imagen le aparece con un esplendor irresistible, se arroja al agua y perece. Y sobre su cadáver brotan las flores que llamamos narcisos. Mito admirable que muestra que los antiguos habían comprendido la esterilidad de un amor solitario, que sólo puede conducir a la muerte.Y para nosotros, un monoteísmo solitario llegará siempre a ese escándalo, pues un Dios que se mira, un Dios que se ama a sí mismo, es un Dios que no tiene ninguna especie de semejanza con lo que nosotros llamamos virtudes, la grandeza, la santidad humanas, en que justamente todo el valor de la vida viene de no mirarse uno mismo, sino ser todo atención a los demás y todo impulso hacia los demás.En suma, nos es perfectamente indiferente que Dios sea único o múltiple, si no representa una perfección análoga a la que admiramos en los mejores hombres. Si Dios se mira, mejor que haya varios, que se hagan la guerra y nos dejen en paz.El monoteísmo del Islam retoma esta dificultad precisamente cuando dice el Corán: “Dios no engendra ni es engendrado”. Proclama con total buena fe desde luego, el monoteísmo espiritual más perfecto y más espiritual y se opone al cristianismo donde ve un politeísmo, una asociación de varios dioses, es decir una verdadera idolatría. Los cristianos son asociadores, es decir politeístas, en el fondo, renegados y paganos.Claro que el profeta del Corán, que merece todo respeto por otra parte, conoce sólo de oídas al Dios de los cristianos. Estaba mal informado por cristianos que no sabían otra cosa y no habían entendido nada de las riquezas el monoteísmo evangélico, que es algo totalmente nuevo.El monoteísmo cristiano es monoteísmo trinitario. Dios es único pero no solitario, lo cual es muy diferente. Quiere decir que Dios no es alguien que se mira, quiere decir que en Dios el conocimiento no es un repliegue sobre sí mismo, una admiración de sí mismo, una ebriedad consigo mismo, sino al contrario, el conocimiento es una mirada hacia el otro.El conocimiento está suspendido entre el impulso que llamamos el Padre y el impulso que llamamos el Hijo en un despojamiento infinito, pues justamente el Padre no es sino esa mirada hacia el Hijo, el Hijo no es sino esa mirada hacia el Padre. Y esto nos recuerda, o mejor, nos vuelve a poner en el centro del misterio del conocimiento, pues el conocimiento de sí mismo sólo es posible en una mirada hacia otro.Cuando al admirar la música, la arquitectura, la pintura, la naturaleza o el amor, ustedes se sienten liberados de sí mismos, su mirada se dirige a la belleza, y se pierden de vista a sí mismos, se sienten existir con una plenitud incomparable, y justamente en ese momento alcanza la vida su cumbre, cuando cesando de mirarse,  no son sino mirada hacia el otro. Entonces, sin volver a sí mismos, ustedes están ahí, existen como nunca en un gozo inmenso pero muy puro y despojado, un gozo ofrecido a la belleza en que se abisman.Y todo el gozo de la verdad, todo el gozo del conocimiento, está justamente en que es un nacimiento, como dice Claudel después de muchos otros: “Conocer es nacer”. El verdadero conocimiento es un nacimiento, un nacimiento a nosotros mismos, en otro y para él. Y jamás podremos conocernos auténticamente sino en la mirada que nos suspende a otro.En Dios hay algo análogo. En Dios, el conocimiento no es una mirada hacia sí mismo, sino una mirada hacia otro. Toda la luz divina, todo el gozo divino es reconocido en la comunicación que el Padre hace al Hijo y que el Hijo restituye al Padre. Es decir que el acto de conocer subsiste en Dios, brota en Dios bajo forma de desapropiación; no bajo forma de posesión en que uno se aferra a sí mismo, se fija en sí mismo, se embriaga de sí mismo, sino bajo forma de una desapropiación total, absoluta y eterna.En Dios es conocimiento no es posesión sino desposesión. Y lo mismo el amor. En Dios, el amor no es tentativa de poseer al otro en que el Padre trata de poseer al Hijo o el Hijo al Padre, no es una embriaguez de sí mismo en el otro y por el otro, sino una nueva forma de dimisión en que el Padre y el Hijo son una respiración hacia el Espíritu Santo, el cual es una respiración hacia el Padre y el Hijo. De suerte que el amor en Dios, como el conocimiento, subsiste, brota eternamente en forma de desapropiación.Observen que esto, que es sencillo, se ilustra magníficamente en la trinidad humana que es la familia, la cual constituye la más bella parábola de la eterna Trinidad. Pues ¿qué es una familia idealmente hablando, sino el hombre, la mujer y el hijo, es decir un hombre que es una mirada hacia su mujer, una mujer que es una mirada hacia su marido, un padre y una madre que son una mirada hacia el hijo, el cual es una mirada hacia sus padres?¿Qué es el gozo, la felicidad, la unidad de una familia, sino justamente una respiración común, en una armonía indivisible en que cada uno vive en el otro y por el otro? ¿Y a quién pertenece la felicidad de una familia feliz? A nadie. El padre no puede decir: “El centro, la fuente, el origen soy yo”, y ni tampoco la madre, ni el hijo, pueden monopolizar la unidad y el amor. La felicidad sólo existe circulando, comunicando en una desapropiación continua.Eso quiere decir que la verdadera felicidad, la felicidad de la persona, la felicidad del espíritu, en fin, todas las felicidades que tienen su origen en la inteligencia y el corazón son bienes que no pueden ser poseídos.Si queremos poseer la verdad, la perdemos. Si queremos monopolizarla, la limitamos a una caricatura, si queremos poseer el amor, nos le hacemos extranjeros.Los bienes del espíritu son bienes “imposeíbles” y Dios, que es el soberano bien, es soberanamente imposeíble. Dios es la anti-posesión, Dios es el anti-narciso, la vida divina no es de nadie, ni del Padre que es únicamente la comunicación al Hijo, ni del Hijo que es sólo su restitución al Padre, ni del Espíritu Santo, que es sólo su respiración hacia el Padre y el Hijo, los cuales aspiran hacia él. En la Trinidad, la vida divina es pues una vida dada, una vida de amor, una vida de generosidad, una vida desposeída, una vida de pobreza”. (Continuará). 

 

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