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16/12/09 - La conversión de san Francisco de Asís.

2ª parte de la 2ª conferencia de Londres, el 16 de febrero de 1964.“Uno  de los más grandes santos de la Iglesia, Francisco de Asís, que era, como ustedes saben, la ambición encarnada, hijo de un rico comerciante, de un burgués, que aspiraba a la nobleza, Francisco que deslumbraba a sus camaradas despilfarrando piezas de oro, ya para alimentar las fiestas nocturnas, ya para hacerse notar ante la tumba de San Pedro, Francisco, el rey de la juventud de Asís, Francisco tan orgulloso de sí mismo, como su padre lo estaba de ese hijo mayor que destinaba al negocio, pero al que permitía todo porque no le disgustaba que su hijo apareciera como un señor: era la mejor prueba de su éxito.Pero Francisco no soñaba con negocios. Leía novelas de caballería, soñaba con brillar en todos los grandes campos de la historia, con llenar el mundo con su gloria, y a los 20 años estuvo prisionero durante un año; pero eso no le bastó: quería brillar en la gran guerra, en las inmensas batallas al Sur de Italia, imponerse a la admiración y llegar a ser caballero o noble y casarse con la princesa más hermosa del mundo.Pero en camino lo detiene una voz interior diciéndole: “¿Francisco, qué vale más, servirle al patrón o servirle al servidor?” Y comprende la parábola que brilló en su mente.¿Quién es él? ¡Nada! Le va a servir a un capitán, el cual le sirve a un príncipe. Va a ser servidor de un servidor. Eso no le basta.Regresa a Asís para permanecer fiel a su sueño de grandeza y ahí, después de una enfermedad que arriesgaba ser mortal, medita sobre la vanidad de su vida esperando que su camino se abra para llevarlo a su verdadero destino.Y al encontrar a las puertas de la ciudad al hermano leproso, pues hacía semanas que se conmovía con la suerte de esos hombres que vivían fuera de la ciudad, recibiendo, claro, el pan que necesitaba su cuerpo pero sin recibir jamás el pan de la amistad, comprendió lo que se le exigía: se bajó del caballo, se acercó al leproso, le puso en la mano una pieza de oro y besó esa mano llena de pus y de sangre. Volvió a montar en su caballo sobrecogido por la Presencia de Dios, seguro de que acababa de encontrar a Jesucristo.Y poco a poco el despojamiento de Francisco se acentúa en la reconstrucción de San Damiano, pues creyó escuchar una voz que le decía: “Francisco, ¡reconstruye mi casa!”, hasta que por fin, al escuchar el Evangelio de la fiesta de San Matías, comprendió que Jesús lo llamaba a seguirlo en la pobreza.Entra entonces en su carrera de mendigo, recibiendo el desprecio y todos los oprobios, tomado por loco por muchos, sufriendo la ira de su padre que se siente deshonrado por su conducta, hasta que por fin el obispo de Asís le da su abrigo, cuando hubo devuelto a su padre todo lo que había recibido de él, para en adelante tener por padre sólo al Padre celestial.Comienza entonces la inmensa procesión de la divina pobreza, canto dirigido constantemente a su dama, la dama de sus sueños, la princesa ideal que ahora reconoce bajo los rasgos de la Señora Pobreza, la pobreza que amará hasta la muerte, con una pasión única sin reconocer jamás un discípulo entre sus hijos auténticos que no esté primero esencialmente dedicado a la Señora Pobreza.Bajo el nombre de la Dama Pobreza, es Dios al que percibe. Comprendió que Dios era la pobreza, que la primera bienaventuranza: “¡Bienaventurados los que tienen alma de pobre!” era la bienaventuranza de Dios.Era el primero en comprender que el sentido de la pobreza cristiana no era un ascetismo, una privación, sino una mística, es decir una manera de semejarse a Dios y asimilarlo.Dios es Dios porque no tiene nada. Es todo porque no tiene nada. Es todo porque no puede poseer nada, porque todo lo perdió, porque es la soberana evacuación de sí mismo, porque en él, el yo es otro, porque en Dios la persona es pura relación, pura relación con el otro y porque en Dios la única posesión, lo único que distingue la persona en Dios, es la desapropiación total.La unicidad de Dios no es pues por ser un monarca único que domina todo el universo, sino que hay en él todo lo que se necesita para realizar la perfección del amor. En él está el otro, no está solo, él no se mira, no se embriaga de sí mismo, él es el total despojamiento, él es don total y, si no tiene nada que perder es porque todo lo perdió eternamente en el don absoluto, perfecto e infinito que es.Entonces comenzamos a respirar, comprendemos que hay una analogía entre la santidad humana y la divina y que, si Dios nos llama a despojarnos es porque él es el despojamiento, y que ésa es la única grandeza posible en el orden del espíritu. El lavatorio de los pies es la escala de valor auténtico, que emana del Evangelio y tiene su fuente en la Trinidad.Es una escala de generosidad y no de dominación. Dios no es dueño de nada porque se da a todo. No es sumisión, anonadamiento, humillación. ¿Qué madre se complacería con la humillación de su hijo? Eso no tiene sentido.Lo que nos pide es que nos vaciemos de nosotros mismos porque él es eternamente vacío de sí mismo, porque el yo en él es el don hecho al Otro y que es la única manera de llegar a la libertad, la única manera de ser fuente, espacio y creador.Retengamos pues la distinción fundamental entre el monoteísmo unitario y el monoteísmo trinitario. Se ha visto en la religión un enigma, un rompecabezas chino. ¡Y no! Nada hay más claro, nada más inagotable, nada más claro que esto: Dios sólo puede ser caridad, y la caridad, como dice San Gregorio, se dirige a otro.Para que Dios sea caridad, es necesario que su amor se dirija a otro, no hacia nosotros primero, pues si Dios no pudiera ser el amor sino hacia nosotros, tendría tanta necesidad de nosotros como nosotros de él. Si es Dios, es que en él hay el Otro, porque es en el fondo de él donde brota el amor, la desapropiación, el despojamiento, la pobreza, la santidad perfecta en el orden del espíritu y de la verdad.Es pues necesario que apoyemos continuamente la conducta sobre el despojamiento divino y que comprendamos que ser perfecto como el Padre celestial es perfecto, es justamente tener un alma de pobre, realizar la primera bienaventuranza en que el gozo del don es el gozo perfecto. Y esto nos introduce en el corazón del misterio de la creación”. (Continuará)   

 

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