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"... el disco del tiempo... representa... la distancia de nosotros a nosotros mismos". La metafora me recuerda que en una rueda el centro permanece inmovil. En la periferia del yo
en el centro.
en la dimension de la eternidad estamos en Dios
vivimos en el tiempo
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Zundel
18/12/09. En este mundo, Dios primera víctima de todo mal: una parábola.
4ª parte de la 2ª conferencia de Londres, el 16 de febrero de 1964.
¡Dios es más madre que todas las madres, infinitamente más madre que la misma Virgen María!
“Entrevemos que Dios es víctima en este mundo y podemos
parabolizarlo
mediante esta magnífica historia.
Conocí a una mujer huérfana, la cual había perdido su padre y su madre muy temprano. No había conocido la dulzura de un hogar, y nunca había conocido la felicidad de la ternura. Había sido criada en un orfanato a golpes de matraca – como se hacía hace un siglo, (ella murió hace 20 años, a más de 80 años de edad). Y al crecer, la niñita llegó a la adolescencia, soñando sólo con una cosa: ser amada, casarse, fundar un
hogar, estar por fin en su casa.
Y muy pronto tuvo que trabajar. Entró en una fábrica de sombreros, encontró un joven que la cortejó, y le dijo por primera vez esas palabras maravillosas: “
Te quiero
”. Ella creyó en ese amor, y se casó.
Pero apenas casada, se dio cuenta de que su marido era un borrachín, que regresaba borracho todas las noches y la golpeaba, porque el alcohol lo ponía agresivo. Toda su felicidad se vino al suelo; de niña nunca tuvo hogar, y ya mujer, tampoco. Ahora sabe que su amor va a ser desgarrado y que nunca alcanzará la felicidad.
Y en ese abandono extremo, se volvió hacia Dios al que comenzaba a descubrir. Lo conocía sin las palabras y ahora se hizo para ella una
Presencia.
Y se volvió hacia él con tal fervor que su marido se dio cuenta y, furioso, celoso de que ella encontrara en Dios un consuelo, una alegría que él no podía darle, quiso pisotear su fe, aplastarla si podía. ¿Pero cómo hacer? Sólo había una manera de herirla, pues tenían un hijo: prohibirle bautizarlo, prohibirle que le comunicara su fe.
Ella será la madre dedicada, la madre nutricia, pero él, el padre, criará al hijo a su manera.
En efecto, el muchacho creció separado de su madre, desviado sistemáticamente de ella por el padre, y se hizo como su padre, un inútil. Inteligente como su padre, y mucho, sin ninguna disciplina, va de ciudad en ciudad, incapaz de fijarse en un trabajo, volvía periódicamente donde su madre para que ella pagara sus deudas y lo vistiera de nuevo, y ella lo hacía de todo corazón, sin comentar sobre sus desórdenes, porque hacía tiempo que ya no esperaba nada.
Y el milagro es que esa mujer pobre, esa mujer obrera, esa mujer supremamente inteligente, de nobleza incomparable, esa mujer estaba tan perdida en Dios que ya no pensaba en sí misma, ya no esperaba nada para sí misma, ni reconocimiento, ni afecto, y soportaba su soledad, que no era tal ya que no cesaba de dialogar con Dios, con una sonrisa que se trasmitía a los demás como garantía de la paz divina.
Ella comprendía el sufrimiento, se ocupaba de las jóvenes caídas con un tacto infinito y tenía algo de dinero ahorrado para ayudar a los pobres, los más pobres que ella, y para remediar a la miseria del hijo, cuya vergüenza soportaba con infinita compasión.
A los 35 años el hijo había quemado su vida, había consumido todas sus energías. Estaba tuberculoso, en una época en que esa enfermedad no tenía cura todavía, y tan enfermo que ningún sanatorio quiso recibirlo y, naturalmente, terminó en casa de su madre, la cual lo cuidó día y noche, con una entrega silenciosa, sonriente y ejemplar, con una sola preocupación, como ella me contó en ese momento: “
Yo no pido nada, sino que antes de morir haya un despertar en su conciencia que le permita no fracasar en la muerte como fracasó en la vida
”
.
Era todo lo que pedía, pero se guardaba bien de hablar a su hijo sobre su estado, sobre la muerte cercana, y sobre Dios, al que deseaba que encontrara. Era simplemente como una columna de oración, esperando la gracia.
Y un día el hijo, contando su vida como podía a un amigo de su madre, en medio de la debilidad en que se encontraba, dijo en el curso de la conversación: “
Nunca he tenido religión, pero ahora, quiero tener la religión de mi madre
”
.
Eran palabras que llevaba en el fondo de su ser. Fue bautizado e hizo su primera comunión. Todavía lo veo dictando a su madre las intenciones por las que deseaba que ella orara al rezar su rosario.
Como se acercaba la fiesta de Todos los santos, su madre, viendo que los sufrimientos aumentaban, y que humanamente ya no había esperanzas, pidió que muriera el día de la fiesta. Y murió el día de Todos los santos, no sin antes decir a su madre: “
Mamá, si me hubieras hablado de Él, jamás lo habría aceptado. A través de tu silencio supe todo y comprendí
”
.
¿Qué había comprendido? Había comprendido ese algo admirable, tan esencialmente cristiano:
que Dios es más madre que todas las madres, que todo lo que hay de ternura en el corazón de las madres no es sino eco lejano de la ternura infinitamente maternal de Dios
, que Dios es más madre que la Santísima Virgen misma, que
Dios es la “Madre eterna” tanto como el “Padre eterno”
. Y no queriendo quedarse atrás de ese amor que lo había esperado tanto tiempo, con un solo impulso, se dio por entero.
Y con él y con su madre, yo aprendí lo que podía ser el sufrimiento de Dios. En efecto, cuando el hijo hubo dicho a su madre que quería ser bautizado, el amor de ella no aumentó: ella lo amaba, lo amaba totalmente, su amor no podía ser más grande. Simplemente, su amor cambió de color. Porque su amor, como el sol que atraviesa un cristal, había tomado siempre los colores de los estados de su hijo.
Al hijo miserable, lo amaba en el dolor. Al hijo convertido, lo amaba en la alegría. Pero era el mismo amor. Y yo entendí que
el amor de Dios
es semejante.
Es un amor que toma el color de nuestros estados, pero es el mismo, eternamente y siempre infinito.
La madre había llevado la miseria del hijo. Había sufrido la miseria de su hijo más que él, antes de él, por él, en él, porque en la pureza en que ella vivía, sentía los desórdenes de su hijo mucho mejor que él. Ella percibía su decadencia y su indignidad, no por ella, no porque ella estuviera herida, humillada, no como el amante herido por no ser amado, sino porque él se destruía, se depravaba, se rebajaba y perdía la fuente de alegría
.
Ella no esperaba nada, lo había perdido todo, es decir, lo había dado todo.
Su amor era simplemente amor de identificación
el cual, lo repito, tomaba el color de los estados de su hijo.
Así toma el amor de Dios el color de todos los estados del ser creado. Entonces Dios puede sufrir, en Dios existe el sufrimiento, en la medida en que existe el amor
. No un sufrimiento que lo deshace, que lo priva de algo, sino
el dolor de identificación con el ser amado
, hasta el punto que hay que decir que todo lo que hiere el alma, la agonía, el sufrimiento, la enfermedad, la miseria, la soledad, la desesperación, el pecado, todo eso lo sufre Dios por nosotros, en nosotros, más que nosotros, como una madre herida por todos los estados se su hijo, por estar totalmente identificada con él”
.
Oración: ¡Dios nuestro, Dios de Jesucristo! En ti, desde toda eternidad, existe un sufrimiento, un dolor de identificación con el ser amado, un dolor de identificación con cada uno de nosotros:
¡Todo lo que nos hiere el alma, la agonía, el dolor, la enfermedad, la miseria, la soledad, el pecado, nuestro pecado, Tú lo sufres por nosotros, en nosotros, antes que nosotros, más que nosotros, como la mejor madre herida por todos los estados de miseria de su hijo!
¡Tú te has identificado con cada uno de nosotros! ¡Que cada uno de nosotros se identifique contigo, el crucificado resucitado! ¡Que en adelante, para cada uno de nosotros “vivir seas Tú, Cristo!” que vives y reinas con el Padre en el Espíritu eternamente. Amén.
Published
Dec 18 2009, 10:04 AM
by
Gustavo
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