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25/12/09. El trabajo tiene como primera finalidad hacer hombres.

A todos los visitantes de este sitio, cada vez más numerosos, les deseamos una feliz Navidad.3ª parte de la 3ª conferencia de Londres.A la base del derecho de propiedad hay una desapropiación total.El trabajo no tiene por objetivo sólo producir cosas, sino ante todo hacer hombres.“Pues justamente para poder desapropiarse de sí mismo, para poder hacer de todo su ser un don a Dios y a todos como nos lo hace sentir admirablemente la mujer pobre, hay que asegurar a cada uno y a todos un espacio de seguridad donde pueda madurar el espacio de generosidad en que cada uno está llamado a convertirse.A la base del derecho de propiedad hay pues una desapropiación total, un altruismo consustancial, es decir que el derecho de propiedad está abierto esencialmente hacia los demás, como todos los derechos humanos, ya que es sólo la condición necesaria para que cada uno pueda llegar a ser un bien común, es decir una comunicación de sí mismo con todo.Es evidente que el hombre que tiene             asegurado lo necesario, como el ebanista genial que refinaba su trabajo y hacía de cada objeto una obra maestra, y que podía decirme con serenidad: “A mi me basta con lo que gano con mi trabajo”. Claro, tenía seguridad porque artista como era, siempre tenía suficientes clientes como para no tener que preocuparse por la subsistencia. Por eso podía dedicarse a cada objeto simplemente por placer, mucho más de lo que el cliente pudiera esperar o exigir, porque gozaba haciéndolo.Y su alegría podía florecer y crecer porque no lo limitaban las preocupaciones profundas de la mujer pobre ante sus marmitas vacías.Es pues necesario que cada uno tenga asegurado lo necesario para poder ser él mismo, para poder hacerse persona, para poder hacerse bien común.Hay una monstruosa hipocresía en reivindicar el derecho de propiedad como garantía de la generosidad propia dejando morir a los demás al lado, mientras uno vive en la abundancia, dejándolos morir, y dejando a Dios morir en ellos.Es evidente que estoy encargado de Dios en los demás como en mí mismo, y si tengo razón de reivindicar la seguridad que me permite ser espacio de generosidad, no estoy menos llamado a reivindicar el mismo derecho para los demás y a satisfacerlo con todo lo que me sobra. Pues todo lo que no necesito no es mío, todo lo que no necesito para ser fuente, espacio, persona, bien común, pertenece rigurosamente a los demás, mientras no estén en capacidad de satisfacer como yo la generosidad que condiciona el reino de Dios, tanto en ellos como en mí mismo.Eso quiere decir que en el derecho de propiedad, justamente por estar en relación con los demás, está incluido el Otro divino y el otro humano. En el derecho de propiedad, como acabo de decirlo, hay un altruismo consustancial, un movimiento hacia el otro. El derecho de propiedad necesita pues una reforma constante, y exige de por sí una revisión constante en función de las condiciones actuales de la humanidad.Ustedes saben que Santo Tomás de Aquino tenía ya una teoría sobre la propiedad muy avanzada para su época, pues admitía que el estado primitivo era el comunismo. El estado primitivo era la comunidad de bienes. El reparto de los bienes vino después, con miras según él a una mejor administración, porque cuando todo el mundo en general está encargado de todo, nada se hace.Para que los bienes sean mejor repartidos, se confía su administración a algunos que son más aptos para dirigirlos para el bien de todos. Pero cuando la distribución de los bienes, la gestión, confiada a los más aptos, se vuelve contra la vida, entonces el comunismo primitivo reaparece.Por eso Santo Tomás admite y declara que una persona en extrema necesidad, cuando está en peligro de muerte, tiene derecho de tomar, si nadie se lo da, lo que puede salvarlo de la muerte, y lo dice de manera extremamente conmovedora: “Toma entonces lo que es suyo”. Toma lo que le pertenece, pues se encuentra en el estado primitivo en que todos los bienes eran comunes, ya que naturalmente la primera intención de la Providencia sólo podía ser la de procurar a todos los hombres la posibilidad de subsistencia con los bienes terrenales.Si la distribución de los bienes se vuelve contra la vida, el juego queda esencialmente falseado y el hombre puede tomar lo que le pertenece.Pero, para evitar semejante extremo que es siempre finalmente peligroso y monstruoso, habría que realizar naturalmente una reforma del trabajo, llegar a la república del trabajo en que cada uno es responsable, ya que el trabajo no tiene por finalidad sólo producir bienes, sino ante todo hacer hombres. Además, las cosas serán tanto mejor producidas cuando se busca más hacer hombres, es decir, y es elemental, cuanto más se haya asociado a todos los trabajadores en la responsabilidad.Un hombre es más herido por ser mantenido fuera de toda responsabilidad que por las diferencias externas de salario u honores. Un hombre comprende muy bien que es mejor tener jefes competentes y los elegirá tanto más competentes mientras más interés tenga en el beneficio de la empresa y si tiene voz y voto, y es responsable con los demás, y se le trata como hombre.Es monstruoso considerar una democracia en que los hombres son responsables de la gestión del Estado y no de lo que los toca más de cerca, de lo que ocupa lo esencial de sus jornadas, el trabajo. Naturalmente, todos deberían estar asociados en esta responsabilidad, saber a dónde van sus productos, cuál es su destino final, cuáles los recursos, cómo procurárselos, a dónde van los beneficios, cómo se reparten los salarios. Es elemental, lo repito, en una sociedad de hombres en que no se busca ante todo producir cosas sino hacer hombres y la democracia es un engaño mientras no se llegue a la República del trabajo, a la Democracia del trabajo, dando a cada uno las mismas posibilidades de promoción.En la desigualdad de los dones humanos hay una especie de selección o de preselección. Hay algunos a quienes no les gustan las responsabilidades, ni tratarán de asumirlas, y otros que son jefes – y tanto mejor para los demás, pues no son muchos – y normalmente llegan a ser jefes por estar dotados para ello, pero tendrán tanto más influencia si son promovidos por consentimiento de los demás, si han sido elegidos en reconocimiento de su competencia y su capacidad.Es evidente que una reforma del trabajo como ésa supone toda una organización de la escuela, toda una educación enteramente nueva y centrada en los valores humanos. No se trata primero de fabricar máquinas o seres capaces de prestar servicios, sino de formar gente capaz de gobernar, gente capaz de querer con todas sus fuerzas la dignidad humana para sí mismos y para los demás, y de dedicarse a ello con toda generosidad.Pero, de todos modos, aun suponiendo realizadas estas condiciones y esa reforma indispensable del trabajo, en el derecho de propiedad existe un reformismo congénito, es decir que, por estar naturalmente abierto por entero hacia los demás, el derecho de propiedad exige ser constantemente revisado en su aplicación según las necesidades de la humanidad”. (Continuará).

 

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