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"... el disco del tiempo... representa... la distancia de nosotros a nosotros mismos". La metafora me recuerda que en una rueda el centro permanece inmovil. En la periferia del yo
en el centro.
en la dimension de la eternidad estamos en Dios
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Zundel
26-27/12/09 - ¿Qué dices de ti mismo?
Lausana, 3° domingo de Adviento.
“Ustedes acaban de escuchar la pregunta dramática que dirigen los fariseos a Juan el Bautista: “¿Qué dices de ti mismo?” Esa pregunta, ¿cómo podía Juan el Bautista responderla? ¿Cómo puede alguien decir: “He aquí lo que soy yo”? En efecto, es la pregunta más difícil que nos pueden hacer, ¡y ninguno de nosotros puede responderla!
Si nos preguntan: “¿Qué dices de ti mismo?” y nos interesa responder a la pregunta, veremos inmediatamente la imposibilidad de hacerlo, no sabemos quién somos y cuando tratamos de definirlo hallamos un ser prefabricado que puede entrar en ciertas categorías psicológicas, ¡pero nunca podremos encontrar el secreto, el misterio que somos! Es el secreto que la madre busca en su hijito: lo mira, le sonríe, y ¿qué busca ella a través de la sonrisa sino la revelación de lo que es él?
Ese es en efecto el primer impulso del amor, preguntar quién es al ser amado: la madre al hijo, el hombre a la mujer, la mujer al hombre. Y se comprende que un filósofo se haya preguntado: “¿Puede un hombre casarse con una mujer loca?” y que haya respondido: “¡No!” no podía casarse con una mujer loca porque en el amor, aun el más carnal y más oscuro, hay un deseo de alcanzar un secreto humano. El deseo de captar esa fuente, de saber quién es ese ser y de obtener la confidencia de su misterio.
Esta pregunta parece sencilla y es la más profunda de todas las preguntas, y la más insoluble, al menos cuando la hacemos a alguien preguntándole: “Y tú, ¿qué dices de ti mismo?”
Pero existe una manera en cierto modo lateral de llegar al conocimiento de nosotros mismos y por suerte, basta pensar en lo que evoca, o puede evocar, la música de Clara Haskil.
Qué era lo que unía tantos seres a esa artista incomparable, sino justamente que todos al escucharla sentían brotar en sí mismos una melodía en que se expresaba su propio misterio porque la música de Clara era tan interior y silenciosa que invitaba a todos y a cada uno a hacerse música, y cuando uno se hace música, cuando todo el ser brota como un canto es que uno se ha perdido de vista, es que ya se ha fijado en otro, es que uno está en el mundo del encanto donde brilla el rostro adorable siempre desconocido y siempre reconocido que es el rostro del Dios vivo.
Así, en la experiencia de la música, se capta la posibilidad de expresar y comunicar el secreto que somos, porque expresarnos y comunicarnos es expresarnos en otro y para él. Entonces, en su piano, Clara, lo mismo que Dinu Lipatti, y como tantos otros, como todos los verdaderos artistas, Clara Haskil al piano, hecha totalmente música para que nosotros lo seamos también, no se escuchaba, no se miraba, dejaba pasar a través de ella todo el mundo silencioso que es la cuna de todas las melodías.
Y justamente porque se eclipsaba en la música, la música se hacía presencia y vida, y nos tocaba, nos tocará siempre, en lo más profundo de nuestro ser, haciéndonos surgir en un impulso misterioso hacia la eterna Belleza a la cual podemos decirnos, porque en ella se expresa nuestro propio misterio, no para nosotros mismos, lo cual es imposible, sino para el amor, para la generosidad infinita que viene a nuestro encuentro y suscita nuestra existencia dándole la forma de amor que es la única que puede expresarnos.
Hay pues en nosotros una posibilidad – una sola – de llegar hasta nosotros mismos – una sola posibilidad de responder a la pregunta: “Y tú, ¿qué dices de ti mismo?”, y es justamente la de perdernos de vista, de mirar la eterna Belleza y decirnos a Dios, en Dios y para Él.
Por ahí alcanzamos al misterio de la Santísima Trinidad. La Trinidad nos parece con frecuencia algo tan abstracto, tan lejano, y de pronto adivinamos: ¡en efecto, Dios mismo no puede decirse a sí mismo quién es, a menos de decirlo a Otro y para otro! Hay pues en Dios toda una vida que se comunica, todo un secreto que se intercambia. ¡En Dios hay un nacimiento y una paternidad! Dios sólo puede decirse como un secreto que va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, lo mismo que Dios sólo llega al amor en una comunicación que va del Padre y del Hijo al Espíritu Santo, y del Espíritu Santo al Padre y al Hijo.
Y porque Dios es Trinidad, por ser comunicación de amor, por ser la música eterna que sólo puede brotar en un impulso de generosidad, por eso la religión de Jesús es así. Justamente Jesús viene a hacer surgir en nosotros esa música silenciosa. Viene a enseñarnos quién somos. Viene a iniciarnos en el conocimiento supremo de nosotros mismos: en el conocimiento que es un nacimiento pues justamente, para conocernos es necesario que nazcamos en Dios y que lo dejemos nacer en nosotros.
Y la maravilla es que toda la grandeza, toda la santidad cristiana está centrada en ese intercambio interior: Dios que es el amor supremo nos pide precisamente lo que pide siempre el amor. Como la madre, como la madre a través de la sonrisa de su bebecito, desea llegar al misterio de su alma, como el novio en la novia, o como el esposo en la esposa, ¡busca el secreto inagotable del ser humano! Dios nos pide, y es lo único que nos pide, que nos hagamos respuesta de luz, respuesta de generosidad, que descubramos quién somos y se lo confiemos perdiéndonos en Él, naciendo en su corazón y de su corazón y dejándolo nacer en nuestro corazón y de nuestro corazón.
¿No es eso lo que Jesús quería decir a la samaritana, a esa pecadora que vivía en el desorden? Jesús le murmura este secreto incomparable, la eleva a esas alturas supremas. ¡Le dice a ella la verdadera religión del espíritu! en ella construye y suscita el santuario eterno, el único Templo de Dios, el único Santuario del N.T. que somos nosotros en nuestro espíritu, en el corazón, en el intercambio total de nosotros mismos con Dios, que se comunica infinitamente a nosotros.
Y lo que parecía tan abstracto se vuelve supremamente concreto. ¡Nada es, finalmente, más apasionante que el ser humano! En el ser humano se sitúa toda revelación, Dios se hace conocer por medio del rostro del hombre, y en el intercambio silencioso con Dios llegamos a ser todo lo que somos capaces de ser.
Ustedes recuerdan que Ángelo Silecio comparaba los abismos del hombre y los abismos de Dios: “El abismo de mi mente no cesa de invocar en un grito el abismo de Dios. De estos dos abismos, dime, ¿cuál es el más grande?”
Ahí viene la pregunta del Evangelio de hoy: “¿Qué dices de ti mismo?” hay una infinita sabiduría cristiana, una sabiduría arrodillada, una sabiduría transparente, una sabiduría infinita, inimitable, una sabiduría fundada en el don de sí mismo, en la pobreza del espíritu, en la generosidad. Y a esa pobreza se nos invita hoy, a ese banquete de la eterna Sabiduría. ¡Ah, cómo se debe escuchar la voz del Evangelio: “Y tú, ¿qué dices de ti mismo?
Y cuando esta pregunta entre en la escena de nuestra mente, todos y cada uno sentiremos que no hay otra respuesta que escuchar la música interior e ir hasta el final del Silencio, hasta que finalmente, en las raíces de nuestro ser, encontremos el rostro amado que nos está esperando. Y entonces, como escuchando a Clara Haskil u otros grandes artistas, de repente sentiremos que nacimos, que comenzamos a existir en la plenitud del ser, porque cesando de mirarnos, nos veremos en el espejo del eterno Amor y Dios, suscitando en nosotros los inmensos espacios de luz y de generosidad, nos habrá revelado a la vez su grandeza y la nuestra, en el intercambio sin fin que es la vida de ahora, y que, en la vida de ahora está ya la única vida eterna, porque la vida eterna es justamente conocer, conocer a Dios y amarlo, y ¿cómo conocerlo y amarlo sino naciendo de Él y dejándolo nacer en nosotros y de nosotros?
Published
Dec 26 2009, 10:35 AM
by
Gustavo
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