Lausana.“Para mí, la vida es Cristo”. “Ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí”. “El yo es odioso”, dice Pascal, y nos presenta con humor cáustico un retrato de nuestra vanidad estúpida. Confieso que siento cierto malestar ante los análisis de Pascal sobre la estupidez del yo, pues finalmente, si el hombre está solo, si estamos solos, solos con nosotros mismos, solos en nosotros, ¿cómo seguir viviendo sin creer en el valor de la vida? No se puede vivir sin creer en el valor de lo que hacemos y de lo que somos.Ante todas las dificultades de la vida, ante todos los sufrimientos, ante todas las catástrofes, ante todas las amenazas, ante la muerte, ¿cómo perseverar en la existencia sin concederle cierto valor al propio ser? Muchos que uno acusa de vanidad y orgullo son solamente hombres que tratan de permanecer de pie cuando quisieran dimitir de la vida y renunciar a responsabilidades que los aplastan.El hombre sólo puede escapar al amor de sí mismo, a su adoración, encontrando en su interior una Presencia que lo libere de sí mismo y justamente san Pablo (con el cual hemos pasado el día de hoy, cuya liturgia se desarrollaba en Roma en la basílica del gran apóstol), san Pablo nos hizo la profunda confidencia de su vida en la frasecita tan conmovedora, tan plena, tan sobresaliente, de la epístola a los filipenses en que nos dice: “Para mí, la vida es Cristo”. ¡Qué admirable confidencia! “Para mí, la vida es Cristo”…¡No está solo! Ni nosotros tampoco, si somos discípulos del Evangelio, y todos los corazones sinceros lo son. No estamos solos, Cristo vive en nosotros. Y por eso san Pablo, desarrollando en la Epístola a los gálatas la confesión hecha a los filipenses, dice: “Ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí”. Y en el centro de la misma epístola a los gálatas, ese versículo admirable que se canta en las liturgias orientales en el tiempo pascual: “Todos ustedes que han sido bautizados, se han revestido de Cristo”.Se han revestido de Cristo: ya no son ustedes, ya no están solos, su vida ya no es un monólogo sino un diálogo. En lo más íntimo, ustedes son dos, Cristo está con ustedes, Cristo está en el centro de su intimidad, y eso justamente hace e ustedes un valor, una presencia y una libertad.Es algo admirable, si llegamos a vivirlo de verdad. No estoy solo dentro de mí. Dentro, somos dos, Jesús y yo, y ya no estoy aplastado por el yo que recibí el día del nacimiento, ese yo que no escogí. En adelante, mi vida íntima es una mirada hacia Él, un impulso hacia Él, un descanso en Él, una liberación de mí mismo en el espacio infinito que es Él.Y ahí está todo para san Pablo que no cesa de repetir esas palabras, o equivalentes, que vienen hasta 164 veces en una carta: “Mi vida está en Cristo Jesús”. Cristo Jesús es para él el medio en que su vida discurre, él respira en Jesús, ama en Jesús, sufre en Jesús. En fin, jamás está solo porque siempre está frente al Rostro impreso en su corazón, ese Rostro cuya herida lleva y cuyo Amor no cesa de cantar.Y ahí está todo el cristianismo: el Bien es la vida de Jesús en nosotros. El Bien es tener a Cristo, en el pensamiento, en la voluntad, en la sensibilidad, en todas las fibras de nuestro ser. El Bien es Alguien, Alguien para amar, Alguien que vive en nosotros, Alguien que se nos confía.Ustedes recuerdan las palabras magníficas del Padre Pío al hombre que le decía: "Padre, yo no creo en Dios”, y le respondió: “Pero Dios cree en usted”. Dios cree en usted… Dios cree en usted… Eso basta. Tanto cree Dios en nosotros, en efecto, en la perspectiva de san Pablo, que se entregó totalmente en nuestras manos: siendo la Vida de nuestra vida, de suerte que nuestra intimidad consiste sólo en el diálogo con Él, en que Él está comprometido, comprometido de por vida hasta la muerte, comprometido hasta el punto que cada decisión nuestra repercute primero, repercute primero en Él y no en nosotros.Es un descubrimiento por hacer continuamente. El Bien es Alguien, el Bien es una Persona, el Bien es una Vida, el Bien es un Amor y toda la santidad consiste en eso: dejar vivir en nosotros ese Otro que está confiado a nuestro amor, retirarnos ante Él, ser para Él un espacio, serle cada vez más transparentes, a fin de que nuestra vida sea la revelación de la Suya.Es una liberación inmensa. Si el bien fuera un impuesto por pagar, si el Bien fuera un mandamiento, una obligación, si estuviéramos bajo el terror de un juicio que nos amenaza, sería imposible. Dios sería una carga suplementaria, una desgracia más. Pero justamente no es así en el Evangelio que es la Buena Nueva: el Bien es Él mismo, Él que es el Amor, Él que es el espacio en que respira nuestra libertad. El Bien es Él que vive en nosotros.Se trata pues de no dispersar los esfuerzos y de ver en cada tentación una nueva invitación al Centro interior en que se constituye nuestra libertad porque sólo existimos de verdad, somos hombres, somos fuente, nos hacemos creadores, a partir del momento en que pasamos del monólogo en que nuestro yo está pegado a sí mismo, al diálogo en que el yo se convierte en impulso hacia Jesús, en mirada hacia Dios, en don de todo nuestro ser al Eterno Amor.No hay pues que perder el tiempo luchando contra nosotros mismos, pues luchar contra nosotros es mirar hacia nosotros y con frecuencia la lucha exasperada contra nosotros mismos sólo hace más violenta la tentación y más fascinante. Se trata más bien de escapar a sí mismo para unirse a Dios, recogiéndose en Su Presencia, cesando de hacer ruido consigo mismo.Y creo que prácticamente en eso se resume la maravillosa revelación del Apóstol: “Para mí, la vida es Cristo”. “Ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí”. A eso se debe llegar concretamente: al silencio de nosotros mismos. El que no hace ruido consigo mismo, el que escucha, escucha la voz de Dios, oye esa música misteriosa, está abierto a esa plenitud, es poco a poco liberado de sí mismo, ya no se ve a sí mismo y se vuelve transparente a la Presencia de Dios, la comunica sin pensarlo, porque la respira.No en vano nos da San Pablo la maravillosa imagen del matrimonio diciendo en la segunda epístola a los corintios: “Os he desposado con un esposo único, para presentaros a Cristo como una virgen pura”. Se trata de un matrimonio de amor entre Dios y nosotros. No hay obligaciones ni amenazas, no hay nada que temer, ¡nada, sino el no amarlo lo suficiente! Porque Él nos amará siempre, nos amará eternamente, hagamos lo que hiciéremos. Pero nosotros podemos ofenderlo, podemos crucificarlo, ya que está totalmente entregado a nuestro amor.Finalmente, eso es el Bien: cuidar en nosotros la Presencia Divina de que estamos encargados. No traicionar esa Vida, no interceptar ese Rostro, ser la sonrisa de esa Bondad.Eso le vamos a pedir a Nuestro Señor, por intercesión del Apóstol Pablo: amarlo sencillamente, amarlo alegremente, amarlo con confianza inquebrantable, amarlo sin temor, amarlo sabiendo que cree en nosotros, que nos tiene confianza y sólo nos invita a la generosidad, tratando de ya no hacer ruido con nosotros mismos, a fin de escuchar en medio del silencio la Voz del Eterno Amor que es justamente el diálogo en que se constituye nuestra intimidad, en que nos hacemos hombres de verdad en el don de nosotros mismos, en que con San Pablo nos perdemos en Cristo Jesús.
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