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Zundel

January 2010 - Posts

  • 31/01/10 – Necesidad de un cambio radical del yo.

    2ª parte de la 1ª conferencia del convento de las dominicanas, Beirut, 1965.“Se trata de que pasemos de la biología abierta a la realización de un verdadero infinito que sólo puede realizarse mediante un cambio radical del yo…”Retoma: “La biología no tiene derechos, ya que la biología es precisamente una resultante y una esclavitud”.Continuación: “La biología sólo tendrá valor humano cuando haya sido transformada y completamente re-creada en una experiencia liberadora, lo cual supone – y ese es todo el problema – cambiar de yo, ¡cambiar de yo!” Mientras no hayamos revestido el yo superior, el yo universal, el yo divino, no somos sino algo del mundo, un pedazo y un instante de universo, no existimos con existencia humana real y auténtica, y ese es todo el problema humano, todo el problema religioso, todo el problema místico, todo el problema de la verdad, todo el problema de la cultura, todo el problema de la justicia social y todo el problema de la paz entre los pueblos.Mientras el hombre no exista, ¿cómo quieren que existan soluciones humanas? Se trata pues de que el hombre exista, de que llegue a ser él mismo a partir de su biología que es abierta.La biología de un animal es cerrada, no puede juzgarla, no puede dominarla, no puede superarla, y entonces no puede despegarse de ella, es decir que es incapaz de transformarla, está encerrado en su biología de manera irrevocable. El hombre por su parte tiene una posibilidad de salir, pues justamente su biología no es cerrada, él puede tomar distancia respecto a ella, puede suicidarse. Puede rehusar el juego. Puede rehusar vivir. Puede hacer huelga a la vida porque puede pesarla y encontrarla demasiado liviana, puede pesar la vida y encontrarla indigna de ser vivida – como hace Hamlet al final de la tragedia de Shakespeare declarando que la vida es un cuento contado por un idiota.¡El hombre puede pues cuestionarse porque su biología no lo contiene totalmente! Él puede salir de ella, y debe, porque si no, si se encierra en su biología, se destruye y la destruye, ya que la biología no es capaz de realizar el infinito sugerido por la apertura misma.Y los que tienen temperamento, gente como Musolini, como Hitler o Stalin, que marcaron nuestra época con el sello de su individualidad, la gente que tiene un temperamento enorme, sólo puede vivir en su biología haciendo saltar todo porque la biología justamente es incapaz de responder a los llamados mismos de la pasión, porque la pasión no puede encerrarse en una biología abierta, quiere otra cosa, quiere el infinito del cual está contaminada precisamente por el vecindario de la razón.Y por eso la biología humana tiene ese carácter tan particular, el carácter explosivo y destructor que no tiene la biología animal, la cual generalmente no reacciona cuando no está amenazada y no va más allá de las necesidades presentes. Al contrario, la biología humana, no pede ser satisfecha en la necesidad presente. Si usted está seguro de comer ahora, pero no de comer mañana, su comida de hoy está envenenada ya por la angustia de mañana, justamente porque nuestra biología es abierta, y su apertura no tiene límites.Se trata pues de que pasemos de la biología abierta a la realización de un verdadero infinito, el cual sólo puede realizarse mediante un cambio radical del yo, por el paso del yo biológico al yo valor, al yo personal, al yo universal, al yo generosidad, es decir finalmente al yo divino.Porque es necesario nada menos que el encuentro con Otro en lo más íntimo de nosotros para que se realice el paso y es la medida que experimentemos la Presencia es como se realizará la liberación.Eso es perfectamente lógico además. Es absolutamente imposible no apegarse a sí mismo cuando uno está solo. Si en mí sólo está el yo, ¿a quien puedo adherir sino a mí mismo? Sólo puedo vencer naturalmente la adherencia a mí mismo, el narcisismo trágico y destructor, si hay en mí otro que yo, al cual pueda darme, en quien realizarme, que me libere del yo porque Él es la Libertad fuente. Y en esa Libertad fuente, precisamente, encontramos a Dios y a nosotros, reconocemos a Dios y a nosotros mismos.Ése es el sentido de toda la revelación. Toda la revelación se concentra finalmente en la experiencia liberadora, en el encuentro con una Presencia que es el espacio infinito en que se revela a sí misma y se realiza nuestra libertad. El cristianismo está totalmente en la pobreza divina, totalmente en la Trinidad Divina que es lo mismo que la Caridad o la Pobreza divina. El cristianismo nos liberó del Dios faraón, del Dios propietario, del Dios que es un monstruo análogo al yo de Hitler, de Stalin o de Musolini.Es curioso que me venga a la mente en este instante una saboyanita que escuchó en una misión – esas misiones ruidosas que hacen los redentoristas en ciertos campos de Europa – y naturalmente el tema central era el infierno con todas sus amenazas y suplicios, y la saboyanita que tenía el sentido de las alturas, de la grandeza y de la majestad más profunda de la naturaleza, al salir de la prédica en que el orador había sacado todo su juego mayor, la saboyanita dijo: “Pues si Dios es así, si Él es verdaderamente el vengador que ha preparado tales suplicios, ¡Hitler no le da a los tobillos!” Ella había perfectamente comprendido que eso era imposible y monstruoso.El Dios cristiano es el Dios Trinitario, el Dios comunicación, el Dios que no tiene nada, que no puede poseer nada, es el Dios que es espacio infinito porque en Él el yo es puro impulso hacia el Otro. Su vida brota totalmente en la comunicación sin retorno y sin reserva, y por eso justamente, Él puede evacuar en nosotros el yo propietario, puede ampliarlo, desactivarlo, darle salida realizadora”. (Continuará)   

     

  • 30/01/10 - La biología no tiene derechos.

    Convento de las dominicanas, Beirut, junio de 1965. 1ª conferencia.“¿Cómo miran a los niños? ¿Cómo miran a sus hijos? Es evidente que miran a sus hijos buscando en ellos la expresión de su rostro, el misterio de su vida interior. Ustedes saben muy bien que eso es lo que les interesa, y toda su ansiedad está precisamente en que no pueden actuar directamente sobre su vida interior.Pueden percibir las fallas de su comportamiento, las fallas de su carácter, pero son absolutamente incapaces e impotentes de actuar sobre los mecanismos profundos de su personalidad.Y sin embargo eso es lo que buscan apasionadamente. Ese es el objetivo de todos sus esfuerzos, llegar, por el exterior, por los fenómenos, por las apariencias, por el comportamiento, llegar a la fuente profunda que está al origen de todos los valores.La mayor parte del tiempo fracasa y se establece una especie de arreglo, una especie de convención en que el hijo sabe lo que puede pedir y lo que puede rehusar, y los padres terminan por resignarse y dejar la vida del hijo a las inspiraciones de la gracia o de la suerte.Pero es claro que sólo pueden amar a un hijo prestando atención a las fuentes profundas de su vida, tratando de descubrir el misterio de su personalidad – sin violarlo claro está, pero únicamente para dejarlo aparecer.Y eso es verdad sobre todo en el amor conyugal, evidentemente. Esa es la gran promesa del amor – rara vez realiza además – revelar a otro lo más íntimo de sí mismo. Es lo que le da al amor el punto de partida, esa especie de temblor maravilloso de esperanzas infinitas, como si la felicidad estuviera ya al alcance de la mano y pudiera disponer de una fuente inagotable.Generalmente las decepciones no tardan en producirse. Encontramos los límites del otro, nos damos cuenta de que no es una divinidad, que es un ser como millones de otros – que quizá le convenía a él más que a nosotros. Pero puesto que la unión ya está sellada y es real, buscamos siempre la fuente que creímos descubrir en él, y los únicos momentos de armonía profunda son precisamente aquellos en que las almas comunican y el interior se expresa al exterior, es decir en que se produce justamente la adecuación perfecta del exterior y del interior. Ésas son las horas estrelladas, tanto más preciosas cuanto que son escasas.Buscamos pues instintivamente – y ese instinto es el movimiento más profundo de la mente – buscamos pues espontáneamente en los demás y en nosotros mismos, y sobre todo en los que nos están confiados, en los que tenemos a cargo y que constituyen lo más precioso de nuestro universo, buscamos en ellos la fuente única, el secreto no intercambiable que los constituye en su personalidad eterna.Es la misma cuestión que nos planteábamos delante de la muerte. Si un hombre muere en la cuarentena – digamos Merleau-Ponty – o alguien como él, de más o menos la misma edad, en un accidente si se trata de Camus, ¿qué habría podido realizar si hubiera vivido 40 años más? ¿Habría encontrado o descubierto más cosas y mejores? ¿Habría sido más constructiva su acción? ¿Cómo saberlo? pero esa es ciertamente la cuestión. ¿Realizó su vida? ¿Dio todo lo que podía? ¿Pudo llegar hasta sí mismo? ¿Descubrió el secreto que era el centro de su misterio? ¿Llegó a ser realmente él mismo?La Madre Bruno murió a los 42 años. Era el centro de esta casa, ella sostenía toda su vida. Su sonrisa era el sol de todas las existencias aquí reunidas. Y su muerte nos parece sin duda una catástrofe irreparable, a menos que, justamente, ella siga viva como lo hace ciertamente por el brillo de una vida perfectamente realizada, que dio todo lo que podía dar, que lo dio todo, y por lo mismo realizó todo y sigue siendo una presencia viva y vivificante.Y siempre es ésa la cuestión: llegar a la verdadera humanidad, al foco central, al corazón de la personalidad. Ése es el verdadero problema, el único, y sigue no resuelto. Lo perdemos de vista, y basta con prestar atención a las conversaciones que constituyen la trama de la existencia de la inmensa mayoría de los hombres para darse cuenta de que no viven. Viven por intermitencia, rara vez. La mayor parte del tiempo observan la vida de los demás, la juzgan, la critican, la condenan, ven generalmente con claridad sus límites, pero rara vez perciben su drama. Casi nunca se identifican con la vida de los demás. No comprenden que los demás son exactamente el mismo problema no resuelto que ellos y finalmente, lo que es más raro todavía, es que alguien llegue hasta sí mismo.Si no llega hasta sí mismo, es porque está detenido por el yo biológico. El yo biológico es tan invasor, tan activo, tan eficaz, tan en el centro de todo que no nos damos cuenta de ello. Tan poquito nos damos cuenta que casi nadie lo cuestiona.Defendemos el yo cuando lo atacan, lo defendemos con uñas y dientes, lo defendemos bajo todas sus formas. Lo defendemos en la raza, lo defendemos en la cultura, lo defendemos en la lengua, lo defendemos en los ascendientes, lo defendemos en la religión que tenemos sin haberla escogido, como tampoco escogimos la herencia, defendemos el yo bajo todas sus formas, en todas sus raíces y al defenderlo confirmamos nuestras adhesiones, es decir nuestras esclavitudes.Y finalmente nos identificamos verdaderamente con algo que no somos. Porque el “yo”, como he tenido con frecuencia la ocasión de anotarlo, el “yo” no es nosotros, y toda la psicología infantil nos enseña que ese “yo” es la resultante de influencias que hemos recibido pasivamente, que hemos sido perfectamente incapaces de controlar y se han sedimentado en el universo subterráneo que constituye nuestro inconsciente.Y ese dinamismo extraordinariamente poderoso, inagotable y omnipresente, está a la base de todas nuestras actividades, de todas nuestras costumbres, de toda nuestra conducta. Nos esforzamos por rectificar en ciertos momentos las tendencias y los impulsos que emanan de ese subterráneo, pero como ya lo he dicho con frecuencia, lo aceptamos.Nos las arreglamos para adaptarnos socialmente, es decir, nos ponemos la máscara social adaptada a las circunstancias que se nos imponen, y nos la quitamos cuando las circunstancias ya no requieren la actitud convencional esperada, y detrás de la fachada social, detrás de los discursos, a través de todos los programas está el yo biológico, el egocentrismo profundo, radical, que es como la oscura voluntad de vivir de la araña caída en una bañera y que no puede volver a subir porque la pared es tan lisa que no encuentra asperidad alguna en qué apoyarse.Y va a luchar infatigablemente horas y horas para salir del abismo porque quiere vivir – no que lo quiera conscientemente, sino que ésa es la raíz misma de la biología – toda biología quiere mantenerse en el ser y la nuestra lo quiere tanto más apasionadamente cuanto que la biología puede tomar de la razón una especie de infinitud.La razón misma está enraizada en la biología, la cual no puede nada sin ser rectificada y purificada. La razón da a la biología un motivo más para defenderse porque justamente introduce en ella biología una especie de mimetismo del infinito.Se habla de los derechos humanos, de los derechos de las naciones, de los derechos de las clases. Y claro está que los derechos humanos existen, pero el hombre no existe todavía. Esos derechos sólo están fundados en las exigencias y responsabilidades de una libertad realizada y que emerge al final de una evolución en que el hombre justamente vuelve a crearse a sí mismo pasando por el nuevo nacimiento.Pero hasta ese momento, esos derechos no tienen sentido ya que, finalmente, se le atribuyen a una biología absolutamente incapaz de fundarlos. Entonces precisamente, la biología prolongada por todas esas condiciones y garantías, por todas las reivindicaciones racionales, inteligentes, en que se trata de dignidad y de personalidad, la biología se siente tanto más justificada para defenderse y negarse a dimitir.Por eso finalmente quedamos sin salida. Las fronteras son herméticas, infranqueables, pues cada uno defiende – en nombre de los mismos principios e invocando los mismos derechos – una biología que no tiene ningún derecho.La biología no tiene derechos, ya que la biología es precisamente una resultante y una esclavitud”. (Continuará)  

     

  • 29/01/10 – ¡Amigo, sube más arriba!

    Ustedes apreciarán ciertamente como yo estos votos de Zundel para sus amigos la víspera de Navidad de 1929.  Podrán ser los que hagamos al comienzo del retiro de 2010 en Timadeuc.Podemos hacerlos ya desde hoy, al final de este mes de enero de 2010.Londres miércoles de Navidad de 1929
    Hermanos y hermanas mías, muy amados en nuestro Señor,
    Les debo demasiado para no expresarles hoy mis sinceros agradecimientos y mi afecto inexpresable.Ustedes están siempre en mis oraciones, y de todo corazón les deseo una hermosa Navidad cuando Él nace en medio de nosotros para nacer dentro de nosotros.Que el Señor esté con ustedes, conforme al deseo repetido sin cesar en la Santa Liturgia, o como dice san Pablo, que sean revestidos de Jesucristo.Que Dios les conceda entrar a fondo en la realidad expresada en estas palabras, para que las bienaventuranzas nos iluminen en el surgimiento inefable de la vida eterna.La vida eterna que debe ser hoy la fusión de nuestra vida la suya, para sustraernos a la dispersión del espacio y del correr del tiempo.¿Y qué significa eso sino que debemos hacer lo que hace él, y amar lo que él ama? “Como se disputaban sobre quién sería el más grande, Jesús tomó un niñito y poniéndolo en medio de ellos, les dijo: si no se hacen semejantes a este niño, no entrarán en el Reino de los cielos” (Mt 18, 1-2)¿No tenemos ante los ojos el muy extraño espectáculo de cristianos que reivindican a veces, y en nombre de Cristo mismo, los primeros puestos en el reino de las tres concupiscencias?¿El reino divino en el que participamos, no es para nosotros, al contrario, un título especial de pobreza, de sufrimiento, de soledad, de desprecio?Sentarse en el último lugar, sin esperanza de compensación posible, esperando que venga y nos diga en el interior, introduciéndonos en las riquezas de su Amor: “Amigo, más arriba” (Lc 10/14).Entonces comprenderemos mejor el sentido real de la promesa: nueva tierra y nuevos cielos (Ap.21, 1).Que Él nos dé la mirada que contempla lo que los ojos no pueden ver.Que en la Cruz, amorosa, discreta, simple y alegremente soportada, nos dé la paz que el mundo, es decir la esclavitud del yo, no puede darnos.Estos son los votos más sinceros que le pido cumplir en ustedes, para que sean felices, como Él quiere que lo sean, y que ustedes, hermanos lo reconozcan en sí mismos.A Dios, hermanos, hermanas e hijos muy amados, pídanle para mí la misma gracia, y a ustedes les ruego que acepten todo el Amor de
    su Hermano Benito (Nombre que Zundel se dio durante mucho tiempo, porque era benedictino de corazón…)
     

     

  • 27-28/01/10 - ¿El yo es odioso?...

    Lausana.“Para mí, la vida es Cristo”. “Ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí”. “El yo es odioso”, dice Pascal, y nos presenta con humor cáustico un retrato de nuestra vanidad estúpida. Confieso que siento cierto malestar ante los análisis de Pascal sobre la estupidez del yo, pues finalmente, si el hombre está solo, si estamos solos, solos con nosotros mismos, solos en nosotros, ¿cómo seguir viviendo sin creer en el valor de la vida? No se puede vivir sin creer en el valor de lo que hacemos y de lo que somos.Ante todas las dificultades de la vida, ante todos los sufrimientos, ante todas las catástrofes, ante todas las amenazas, ante la muerte, ¿cómo perseverar en la existencia sin concederle cierto valor al propio ser? Muchos que uno acusa de vanidad y orgullo son solamente hombres que tratan de permanecer de pie cuando quisieran dimitir de la vida y renunciar a responsabilidades que los aplastan.El hombre sólo puede escapar al amor de sí mismo, a su adoración, encontrando en su interior una Presencia que lo libere de sí mismo y justamente san Pablo (con el cual hemos pasado el día de hoy, cuya liturgia se desarrollaba en Roma en la basílica del gran apóstol), san Pablo nos hizo la profunda confidencia de su vida en la frasecita tan conmovedora, tan plena, tan sobresaliente, de la epístola a los filipenses en que nos dice: “Para mí, la vida es Cristo”. ¡Qué admirable confidencia! “Para mí, la vida es Cristo”…¡No está solo! Ni nosotros tampoco, si somos discípulos del Evangelio, y todos los corazones sinceros lo son. No estamos solos, Cristo vive en nosotros. Y por eso san Pablo, desarrollando en la Epístola a los gálatas la confesión hecha a los filipenses, dice: “Ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí”. Y en el centro de la misma epístola a los gálatas, ese versículo admirable que se canta en las liturgias orientales en el tiempo pascual: “Todos ustedes que han sido bautizados, se han revestido de Cristo”.Se han revestido de Cristo: ya no son ustedes, ya no están solos, su vida ya no es un monólogo sino un diálogo. En lo más íntimo, ustedes son dos, Cristo está con ustedes, Cristo está en el centro de su intimidad, y eso justamente hace e ustedes un valor, una presencia y una libertad.Es algo admirable, si llegamos a vivirlo de verdad. No estoy solo dentro de mí. Dentro, somos dos, Jesús y yo, y ya no estoy aplastado por el yo que recibí el día del nacimiento, ese yo que no escogí. En adelante, mi vida íntima es una mirada hacia Él, un impulso hacia Él, un descanso en Él, una liberación de mí mismo en el espacio infinito que es Él.Y ahí está todo para san Pablo que no cesa de repetir esas palabras, o equivalentes, que vienen hasta 164 veces en una carta: “Mi vida está en Cristo Jesús”. Cristo Jesús es para él el medio en que su vida discurre, él respira en Jesús, ama en Jesús, sufre en Jesús. En fin, jamás está solo porque siempre está frente al Rostro impreso en su corazón, ese Rostro cuya herida lleva y cuyo Amor no cesa de cantar.Y ahí está todo el cristianismo: el Bien es la vida de Jesús en nosotros. El Bien es tener a Cristo, en el pensamiento, en la voluntad, en la sensibilidad, en todas las fibras de nuestro ser. El Bien es Alguien, Alguien para amar, Alguien que vive en nosotros, Alguien que se nos confía.Ustedes recuerdan las palabras magníficas del Padre Pío al hombre que le decía: "Padre, yo no creo en Dios”, y le respondió: “Pero Dios cree en usted”. Dios cree en usted… Dios cree en usted… Eso basta. Tanto cree Dios en nosotros, en efecto, en la perspectiva de san Pablo, que se entregó totalmente en nuestras manos: siendo la Vida de nuestra vida, de suerte que nuestra intimidad consiste sólo en el diálogo con Él, en que Él está comprometido, comprometido de por vida hasta la muerte, comprometido hasta el punto que cada decisión nuestra repercute primero, repercute primero en Él y no en nosotros.Es un descubrimiento por hacer continuamente. El Bien es Alguien, el Bien es una Persona, el Bien es una Vida, el Bien es un Amor y toda la santidad consiste en eso: dejar vivir en nosotros ese Otro que está confiado a nuestro amor, retirarnos ante Él, ser para Él un espacio, serle cada vez más transparentes, a fin de que nuestra vida sea la revelación de la Suya.Es una liberación inmensa. Si el bien fuera un impuesto por pagar, si el Bien fuera un mandamiento, una obligación, si estuviéramos bajo el terror de un juicio que nos amenaza, sería imposible. Dios sería una carga suplementaria, una desgracia más. Pero justamente no es así en el Evangelio que es la Buena Nueva: el Bien es Él mismo, Él que es el Amor, Él que es el espacio en que respira nuestra libertad. El Bien es Él que vive en nosotros.Se trata pues de no dispersar los esfuerzos y de ver en cada tentación una nueva invitación al Centro interior en que se constituye nuestra libertad porque sólo existimos de verdad, somos hombres, somos fuente, nos hacemos creadores, a partir del momento en que pasamos del monólogo en que nuestro yo está pegado a sí mismo, al diálogo en que el yo se convierte en impulso hacia Jesús, en mirada hacia Dios, en don de todo nuestro ser al Eterno Amor.No hay pues que perder el tiempo luchando contra nosotros mismos, pues luchar contra nosotros es mirar hacia nosotros y con frecuencia la lucha exasperada contra nosotros mismos sólo hace más violenta la tentación y más fascinante. Se trata más bien de escapar a sí mismo para unirse a Dios, recogiéndose en Su Presencia, cesando de hacer ruido consigo mismo.Y creo que prácticamente en eso se resume la maravillosa revelación del Apóstol: “Para mí, la vida es Cristo”. “Ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí”. A eso se debe llegar concretamente: al silencio de nosotros mismos. El que no hace ruido consigo mismo, el que escucha, escucha la voz de Dios, oye esa música misteriosa, está abierto a esa plenitud, es poco a poco liberado de sí mismo, ya no se ve a sí mismo y se vuelve transparente a la Presencia de Dios, la comunica sin pensarlo, porque la respira.No en vano nos da San Pablo la maravillosa imagen del matrimonio diciendo en la segunda epístola a los corintios: “Os he desposado con un esposo único, para presentaros a Cristo como una virgen pura”. Se trata de un matrimonio de amor entre Dios y nosotros. No hay obligaciones ni amenazas, no hay nada que temer, ¡nada, sino el no amarlo lo suficiente! Porque Él nos amará siempre, nos amará eternamente, hagamos lo que hiciéremos. Pero nosotros podemos ofenderlo, podemos crucificarlo, ya que está totalmente entregado a nuestro amor.Finalmente, eso es el Bien: cuidar en nosotros la Presencia Divina de que estamos encargados. No traicionar esa Vida, no interceptar ese Rostro, ser la sonrisa de esa Bondad.Eso le vamos a pedir a Nuestro Señor, por intercesión del Apóstol Pablo: amarlo sencillamente, amarlo alegremente, amarlo con confianza inquebrantable, amarlo sin temor, amarlo sabiendo que cree en nosotros, que nos tiene confianza y sólo nos invita a la generosidad, tratando de ya no hacer ruido con nosotros mismos, a fin de escuchar en medio del silencio la Voz del Eterno Amor que es justamente el diálogo en que se constituye nuestra intimidad, en que nos hacemos hombres de verdad en el don de nosotros mismos, en que con San Pablo nos perdemos en Cristo Jesús. 

     

  • 26/01/10 – Es esencial que tomemos conciencia de nuestra grandeza...

    Final de la conferencia sobre el corazón maternal de Dios.La Cruz nos llama al matrimonio espiritual en que todos los grandes místicos vieron el término de nuestra identificación con Dios. Retoma: “Y, en el dominio del espíritu sólo hay una exigencia, la generosidad, no hay sino una ley, la gratuidad, no hay sino una relación posible, la reciprocidad”.Continuación. “Por eso si Dios se ofende con nuestras ofensas, si se ofende por nuestras fallas, por nuestra indignidad, por nuestro egoísmo, si se ofende quizá por nuestra indiferencia, no es por él sino por nosotros. No es en él sino en nosotros.Ese amor ofendido en nosotros y por nosotros es el que se revela en la cruz de Jesús. Y el sacrificio de la cruz no es el sacrificio que aplaca la ira, que desarma la justicia, es la extraña justicia de la madre que se sustituye a su hijo culpable y que hace de todo su ser el contrapeso de luz y de amor que abre el corazón del hijo a la luz y al amor. Pues para el amor no hay más recurso, más posibilidad que esa: el amor es pura generosidad, el amor quiere hacernos entrar justamente en su ciclo de generosidad, y sólo puede liberarnos de nosotros mismos y de nuestras posesiones, y de nuestras adherencias por medio de su infinita pobreza.En la cruz de Jesús, el amor eterno tiende los brazos hacia nosotros. En la cruz de Jesús se nos quiere restituir la presencia íntima que nos habita, ofendida en nosotros y por nosotros. O mejor, quiere hacernos presentes a ella, a fin de que el bien que ella es, el tesoro infinito que constituye, sea verdaderamente para nosotros la fuente de todas las alegrías y el espacio mismo en que respira nuestra libertad.En una palabra, lo que nos enseña la cruz es la inmensa grandeza del hombre. El hombre que comienza a salir del globo terrestre, el hombre que se prepara a viajes espaciales, el hombre que ha descubierto mediante sus cálculos la inmensidad del universo y que es más grande que el universo pues como decía san Juan de la Cruz “un solo pensamiento del hombre es más grande que el mundo entero y solo Dios puede llenarlo.Al hombre de hoy, al hombre de 1960, la cruz de Cristo aparece justamente como la revelación y la realización de su propia grandeza, grandeza semejante a la de Dios, procedente de la de Dios, totalmente llena de la de Dios, grandeza de generosidad y de amor. Porque ¿de qué sirve ir hasta los astros, de qué sirve salir del planeta, si es para llevar a la luna o a Mercurio o a Venus nuestros conflictos y rivalidades?Es claro que a la conquista del espacio debe corresponder la inmensidad del alma, una expansión incomparable de nuestro amor. Y ¿cómo puede ensancharse nuestro amor sino descubriendo en cada hombre, en el más sencillo y desarmado, descubriendo en cada uno toda la extensión del Reino de Dios? Porque en adelante, como dijo Pasternak, la historia de una sola alma, la historia de un alma individual llena toda la extensión del universo.Sí, es esencial que tomemos conciencia de nuestra grandeza, que tomemos conciencia de la inmensidad del don de Dios que hace de nosotros sus hijos, hijos iguales, para crear con él un universo de luz, de alegría y de belleza. La cruz de nuestro Señor, fruto de la pasión de Dios por la humanidad, del inmenso amor que es nuestra cuna, nos revela de manera incomparable nuestra vocación de hijos ya que nos llama al matrimonio espiritual en que todos los grandes místicos vieron el fin de nuestra identificación con Dios.Y eso queremos retener al mirar la cruz: el llamado a la grandeza, el llamado a la unión, el llamado a la identificación, recordando que Dios es más madre que todas las madres, que en el corazón de Dios hay una pasión sorprendente y maravillosa y que la pasión de Dios es justamente la grandeza del hombre”. (Fin del extracto) 

     

  • 25/01/2010. La Cruz de Cristo es la manifestación más evidente de la presencia de Dios dentro de nosotros que da a la vida humana una dimensión infinita.

    Revista trimestral de espiritualidad de Bruselas, N °4 - Julio/Sept. 1960.La inmensidad del mundo interior. El corazón maternal de Dios. Comienzo.Bruselas, como todas las ciudades del mundo, crece sin cesar con nuevas casas. Cada una de ellas se prepara a acoger nuevos hogares y en cada uno de esos hogares se enciende la lámpara del amor. Porque un hogar no está constituido por los muros de la casa, por los muebles que la disponen, sino por el don misterioso que las personas se hacen una a otra. Los esposos y los hijos esperan uno de otro, y los hijos esperan de sus padres, el bien supremo que sólo una persona es capaz de comunicar.¿Qué hay en el corazón del hombre para que su felicidad dependa esencialmente del don que sólo el hombre puede hacer al hombre? Wilde, el gran poeta, cuando hubo perdido su hogar, descubrió en la prisión la órbita de su alma, la inmensidad del mundo interior que no había encontrado antes. Y cuando fue privado de la paternidad, dijo esta frase magnífica: “El corazón de un hijo es como el corazón del Señor. Yo no soy digno ni del uno ni del otro”.¿Qué hay en el hombre para que el dolor de un pequeñito haya suscitado en los grandes novelistas rusos del 19 tanta emoción y tanta pasión? Dotados de tanto genio – y pienso sobre todo en Dostoïewski – esos hombres proclamaban que en un niño inocente hay un tesoro tan sagrado e inviolable que desconocer la grandeza del niño, desconocer su carácter sagrado, es directamente un ataque contra Dios.¿Qué hay en el hombre para que Camus sienta que el hombre no pertenece al mundo, que el hombre tiene un estatuto único, que el hombre es la única criatura que rehúsa ser lo que es y aspira a otra cosa que no puede ser contenida en ninguna dimensión, que sólo puede respirar en lo infinito? A la samaritana que quería situar a Dios en una montaña, Jesús le hizo comprender: “¡No, Dios no está en una montaña, Dios está dentro de ti!” Dios está en ti como una fuente que quiere brotar hasta la vida eterna.En el hombre está pues todo lo cognoscible, todo lo imaginable, todo lo que los poetas han soñado, todo lo que los sabios han tratado de conocer, todo lo que los seres capaces de amar han buscado jamás en el amor. Todo eso está en nosotros como una fuente oculta, como un tesoro desconocido y con frecuencia despreciado.La cruz de Cristo nos hace volver ahí, justamente porque es la manifestación más evidente de la presencia interior que da a la vida humana una dimensión infinita. Ella es esa presencia en nosotros, pero herida, afligida, desconocida, crucificada en nosotros y por nosotros. Porque eso es lo que importa subrayar: el memorial de la cruz no significa un sacrificio que ofrecemos a la majestad de Dios para compensar los ultrajes, impotentes por otra parte, que le hemos infligido! El memorial de la cruz nos introduce en los abismos del amor, porque el corazón de nuestro Dios es el corazón más infinitamente maternal que podamos concebir, o mejor, que es inconcebible, como la fuente de todas las ternuras, de todos los heroísmos de que una madre humana jamás haya sido capaz. En efecto, la parábola más hermosa de Dios es el amor de la madre que se identifica con su hijo hasta vivirlo más que él mismo.Tuve el privilegio extraordinario de conocer el amor maternal llevado hasta el heroísmo insuperable. Conocí la espera del alma de una madre que estuvo esperando a su hijo por más de 30 años, tomando sobre sí misma el oprobio de él, sufriendo su deshonor, atormentada por su libertinaje y sus vicios, y no por sí misma, sino por él y en él. Conocí a esa madre que es una columna de oración y de silencio, que jamás se cansará de dejar la puerta abierta esperando a su hijo, el cual viene por fin, descubre el rostro de su madre, y en ese amor inagotable descubre la grandeza de su alma. Comprende que ella llevó toda su miseria, que ella lo engendró de nuevo porque creyó en su grandeza humana, creyó en la gracia, creyó en la presencia que es la vida de nuestra vida. Ella sabía que para darle ese tesoro, para restituirlo, para hacerlo sentir, para hacerlo conocer, se necesitaba nada menos que el don de sí misma, la larga y silenciosa inmolación que es la medida del alma de su hijo.Dios se identificó con esa madre en Isaías: “Aunque una madre pueda olvidar a sus hijos y no recordar el fruto de sus entrañas, yo, dice el Señor, no os olvidaré jamás”. En el Profeta, el amor de la madre es insuperable. Sólo el amor de Dios lo puede superar, porque Dios es infinitamente más madre que todas las madres.Dios no es alguien que alimenta la ira de un eterno resentimiento. Dios, el Dios que se revela en Jesucristo, no es un Dios vengador, Dios no necesita nuestra humillación. Dios no necesita nuestros homenajes. Su relación con nosotros y la nuestra con él se sitúan en otro plano, en el plano al que Jesús conduce la samaritana, porque Dios es espíritu y los adoradores que busca son los que lo adoran en espíritu y en verdad.Y, en el dominio del espíritu sólo hay una exigencia, la generosidad, no hay sino una ley, la gratuidad, no hay sino una relación posible, la reciprocidad”. (Continuará) 

     

  • 24/01/2010. ¿La pobreza de Dios?

    Final del texto sobre “la pobreza de Dios”. Con una nota importante.Retoma: “Dios es puro ser, puro valor, porque no tiene nada, porque no puede poseer nada, porque lo perdió todo eternamente, porque es el despojamiento subsistente, infinito, personificado y eterno”.Continuación: “Eso fue lo que descubrió Francisco, ahí vivió, eso nos comunicó, o mejor, eso nos comunicó Dios por medio de él. Se acabó ahora el Dios propietario, el Dios dueño, el Dios déspota, el Dios que está sentado en sus tesoros, que los defiende y que, como dice Lutero en una frase terrible, “no quiere abandonar las riendas del poder”. La verdad es lo contrario: Dios soltó eternamente las riendas del poder, no quiere otro poder que el de dar. En Él no hay nada más que amor. Sólo puede tocarnos con su amor, como tampoco nosotros podemos llegar a Él sino por nuestro amor.Es un Dios desconocido, un  Dios inimaginable, un Dios imprevisto, un Dios que los cristianos aún no han comenzado a reconocer. Seguimos pensando a Dios como se lo podía pensar antes de Jesucristo. Olvidamos que en Jesucristo todo fue renovado, que a través de la humanidad transparente de Jesucristo se reveló el verdadero rostro de Dios, que es el rostro de la pobreza, el rostro de la fragilidad. Porque si Dios es pobre, es frágil; si Dios es pobre, es desarmado, porque no tiene nada para defenderlo, Él es solo amor. Y basta con rehusarle nuestro amor para que nada se pueda realizar.Es lo que nos dice magníficamente el prólogo de san Juan: “En Él estaba la luz y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la reciben. Estaba en el mundo y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoce. Viene a los suyos y los suyos no lo reciben”. ¿Y qué puede hacer? Muere. Muere por todos los que rehúsan amarlo. No hay otra solución para él, eso es lo que significa la cruz. La cruz quiere decir que Dios es el amor que es solo amor, amor frágil que apela a nuestro amor pero no puede nada en nosotros sin nosotros.Por eso no se trata de salvarnos de una amenaza que vendría de Dios, sino de salvar a Dios de la menaza que somos para él, de salvarlo de nuestras tinieblas, de salvarlo de nuestra opacidad, de salvarlo de nuestros límites que lo transforman continuamente en ídolo. Por eso pudo decir magníficamente Graham Greene en “El poder y la gloria”: “Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos”. Dios es frágil tanto como es amor, frágil como la verdad. Basta con taparse los oídos y la verdad ya no puede nada. Es frágil como la música: basta golpear una cacerola y la música no puede nada. Frágil como el amor: basta cerrar el corazón y el amor no puede nada.Y aquí se une magníficamente san Juan de la Cruz, grandísimo doctor de la contemplación, a san Francisco, llamando a Dios “la música silenciosa”. Dios es una música silenciosa. No está donde hay ruido. Y por eso, cuando hacemos ruido nos separamos de él. Ya no podemos llegar a él sino por medio de fórmulas, de palabras, marcadas con nuestros límites y que hacen de él un ídolo. Para encontrarlo es necesario escucharlo, hacer de todo su ser un silencio arrodillado y entonces su voz resuena como la voz de la música silenciosa.¡Qué descubrimiento! Como la niñita, teníamos tentación de ver en Dios un poder exorbitante o, como Nietzsche, un poder que provoca rebeldía e invita a rebelarse. Y ahora, Dios nos aparece en el cántico de san Francisco como el que no tiene nada. Nos aparece como eterna privación, como la sencillez de una pobreza tan grande que jamás podremos ser tan pobres como él. Pues siempre habrá en nosotros esas adherencias por las cuales nos pegamos a nosotros mismos, el sentido de la propiedad que nos hace esclavos de nuestras posesiones. Solo Dios es libre, con una libertad infinita, que es la libertad del despojamiento total. Así, su “ser por sí mismo” quiere decir también que hay en él todas las condiciones de la pobreza absoluta, del despojamiento infinito y del amor perfecto.Debemos pues hacer silencio en nosotros para penetrar en los abismos de luz y de alegría en que nuestra libertad tiene su primer origen. Y recordando con frecuencia que Dios es la música silenciosa; que Dios es frágil, trataremos de protegerlo contra nosotros mismos.Entonces Dios tomará para nosotros otro rostro, un rostro adorable, un rostro apasionante, un rostro siempre nuevo. Pues qué descubrimiento más sorprendente que el de saber que Dios no tiene nada, que no puede poseer nada y que sólo estamos suspendidos de su amor, como está él suspendido del nuestro. Fue lo que descubrió Claudel el día de navidad de l886 cuando fue fulminado por la gracia, como Saulo en Damasco, al entrar Claudel en (la iglesia de) Nuestra Señora (de París) diletante de emociones estéticas y escuchar de repente a través de las antífonas de las vísperas de Navidad, el formidable anuncio de la eterna infancia y la desgarradora inocencia de Dios.Sí, ese es nuestro Dios. El Dios vivo, el Dios Espíritu, el Dios verdad, el Dios crucificado, el Dios silencioso, no hay otro, el Dios que resuena en lo más íntimo de nosotros como un llamado que escuchamos cuando cesamos de mirarnos y de escucharnos, y que nos aparece bajo los rasgos de su fragilidad divina como el niño eterno y la inocencia desgarradora”. (Fin del extracto) Nota, reflexiones libres: “Él me envió a anunciar la buena nueva a los pobres”, leemos al comienzo del Evangelio de Lucas que la Iglesia nos hace leer el 3er domingo del tiempo ordinario. Dicho de otro modo, no podemos recibir su buena nueva sino en la medida en que somos pobres. El texto publicado hoy nos da la razón. El Evangelio sólo puede ser recibido por los que se parecen al Dios pobre.Pero, ya lo hemos dicho muchas veces en este sitio, la palabra “pobre” está cargada de un sentido que nos hace difícil, y hasta imposible, comprender que se la pueda aplicar a nuestro Dios. Y el mismo Jesús, al explicar a sus apóstoles el sentido del lavatorio de los pies, les dice: “Ustedes me llaman maestro y Señor, y tienen razón porque lo soy”. No rehúsa pues su dominación universal, al mismo tiempo que tiene conciencia de ella y la afirma, les presta a sus apóstoles el servicio más humilde.Creo que se puede decir que, si nuestro Dios es pobreza, es porque siendo infinitamente rico en un primer tiempo, se hace eternamente el gran pobre, y eso es lo que da finalmente todo el sentido y todo el relieve infinito a la pobreza de Dios, y pone a salvo la famosa expresión de san Pablo con la cual chocaba Zundel. Hay como un “mérito” más infinito, si se puede decir, en hacerse pobre cuando uno es infinitamente rico, infinitamente más que si uno jamás ha poseído nada. Es el “mérito” del Dios infinitamente pobre que no se apropia ni por un momento sus riquezas: la creación entera que Él hizo y que le pertenece. “Porque tuyo es el reino…” 

     

  • 23/01/10 - La pobreza de Dios en la Trinidad.

    Se apreciará este texto magnífico de la Revista de los Carmelitas de Bruselas. Aunque ya se hayan dicho, estas cosas son siempre nuevas, e importantes… y aún desconocidas… “Una niñita que había estado en el catecismo y lo había seguido con asiduidad, trataba de representarse a Dios. Le habían dicho que Dios es todopoderoso, que puede todo lo que quiere, que nada le resiste, que es rico y posee todos los bienes, que es tan feliz que nuestras desgracias no pueden conmoverlo, ni ninguna alegría nuestra puede enriquecerlo y que así es desde toda eternidad. Dios es colmado, saturado de bienes, desbordante de riquezas y dotado de un poder irresistible. Y la chiquilla se decía: “¡Tiene suerte el buen Dios! Pues finalmente no lo ha merecido, siempre ha sido así. En el fondo, eso no es justo. ¡Cada uno debería ser Dios, por turnos!” y esperaba tranquilamente su turno para ser Dios.Hay algo conmovedor y admirable en la reflexión de esa niña que se une a la objeción de Nietzsche: “Si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser Dios? A esta objeción terrible no hay sino una respuesta, la que dio san Francisco de Asís. Francisco, el hijo del mercader, destinado por su padre al negocio, Francisco, rico, colmado por su padre que le deja toda la libertad, que sueña con otra cosa, Francisco, alimentado de novelas de caballería y que no piensa sino en la gloria de los campos de batalla, Francisco, comienza la carrera como hombre de guerra, durante una pequeña guerra entre Perusa y Asís. Pero tiene una ambición más grande: quiere ir a la gran guerra del sur de Italia. Y se va, magníficamente equipado, cuando lo detiene una voz que le dice interiormente: “¿Que vale más, servirle al dueño, o al servidor?” Y comprende que como guerrero, será caballero bajo órdenes de un capitán, el cual estará a órdenes de un príncipe. ¡Será sólo servidor de un servidor! ¡Es demasiado poco para él! Regresa y espera su destino. Sabe que un día llenará el mundo con su gloria y que se casará con la más hermosa princesa que pueda existir. Y espera.La enfermedad lo hace pensar, el beso al leproso le hace encontrar la intimidad de Cristo Jesús, la voz del crucifijo de San Damiano le ordena reconstruir su casa y finalmente escucha en el evangelio de san Mateo el llamado decisivo. Va a encontrar por fin la princesa a la cual se ha prometido: Dama Pobreza.La Señora Pobreza, es su único tesoro, su única herencia, y le va a cantar por todos los caminos de la tierra. Esa dama, amada y defendida con pasión, bajo cuya imagen se representa a Dios, es la inmensa aventura, la más grande de la historia cristiana. Francisco fue el primero en comprenderlo. Vivió con ardiente intensidad la identificación de Dios con la pobreza. “Bienaventurados los pobres de espíritu”, dice Jesús al comienzo de las bienaventuranzas. Es la primera bienaventuranza porque es la bienaventuranza de Dios. Dios es pobre, dice Francisco, y el pobrecillo está ante el gran pobre. Y así, Francisco, el poeta de la pobreza, nos da la clave del misterio insondable y maravilloso que es el misterio de la Santísima Trinidad. La Trinidad, que se presenta como un rompecabezas insoluble, la Trinidad sobre la que tantos teólogos han ejercido su admirable sutileza, pero sin llegar jamás al corazón de esa vida desbordante, por no haber comprendido que la clave de la Trinidad es la pobreza.Trinidad quiere decir que Dios, aunque es único, no es solitario. Dios no es alguien centrado sobre sí mismo, que se mira y se complace en sí mismo, que se alaba y nos pide que lo alabemos y adoremos, con una petición egocéntrica y posesiva. No, la vida de Dios es vida trinitaria: es decir que Dios no tiene contacto con su ser y con sus actos sino comunicandolos. Dios no se mira. En Dios el conocimiento es la mirada, el impulso del Padre hacia el Hijo y la mirada y el impulso del Hijo hacia el Padre. El conocimiento es un intercambio, un don consustancial,  un don total, porque lo que constituye al Padre es únicamente el impulso, la mirada hacia el Hijo. No tiene nada, sino el darse por entero al Hijo, el cual no tiene sino el darse al Padre y juntos, no poseen el amor, lo dan, lo comunican en una aspiración viva hacia el Espíritu Santo, el cual es una respiración viva hacia el Padre y el Hijo. De suerte que en Dios todo es eternamente dado, comunicado, despojado en una pobreza tan absoluta que es necesario decir que Dios no tiene nada, que no puede tener nada, no puede poseer nada, que la divinidad no pertenece a nadie, pues no le pertenece al Padre sino en su impulso hacia el Hijo y al Hijo en su impulso hacia el Padre, y al Espíritu en la respiración de amor hacia el Padre y el Hijo.Eso podemos entenderlo inmediatamente además por una experiencia cotidiana, la de la trinidad humana, la familia, que es la más bella imagen de la trinidad divina. En una familia hay al menos tres personas: el padre, la madre y el hijo. Y las tres viven la misma vida, la misma alegría, la misma felicidad, el mismo amor y su armonía está hecha únicamente de la mirada del uno hacia los otros dos.Cuando el hombre mira a su mujer y piensa en ella olvidándose a sí mismo, cuando la mujer mira a su marido y piensa en él olvidándose a sí misma, y cuando el hijo mira a su padre y su madre olvidándose a sí mismo, es la felicidad. La vida circula, la vida brota, la vida se comunica, la armonía es perfecta. Y lo sentimos de inmediato, esa felicidad no le pertenece a nadie. El padre no puede decir “soy yo, es mía, es para mí” pues la destruiría inmediatamente. Sería lo mismo si la madre quisiera apropiársela y si el hijo pretendiera monopolizarla. Es un bien que sólo puede existir en estado de comunicación, en estado de despojamiento, en estado de don.Entonces Dios no es un Dios solitario, sino un Dios cuya vida entera es puro surgimiento de amor sin ningún retorno posible sobre sí mismo. Nosotros podemos siempre deshacer la unión, romper la armonía, separarnos los unos de los otros. En Dios no existe adherencia a sí mismo, porque en Dios el yo es todo impulso, todo comunicación, todo altruismo, todo don, todo comunión, todo amor. En él se realiza el presentimiento de Rimbaud: “Yo es otro”. “Yo” es otro, por eso hay que decir con Francisco de Asís, o mejor a través de él que no dijo nada pero lo vivió todo, hay que decir: “Dios es Dios porque no tiene nada”. Él es puro ser, puro valor, porque no tiene nada, porque no puede poseer nada, porque lo perdió todo eternamente, porque es el despojamiento subsistente, infinito, personificado y eterno”. (Continuará) Oración: ¡Dios de Jesucristo, único Dios verdadero! ¡Padre que no tiene nada sino dar todo al Hijo! ¡Dios pobre que sólo tiene contacto con su ser comunicándolo! En ti todo es eternamente dado, comunicado, despojado en una pobreza absoluta, ¡tú no tienes ni puedes tener nada!¡Dios cuyo yo es puro impulso, pura comunicación, puro altruismo, puro don, pura comunión, puro amor! Dios todo ser, todo valor, porque no tienes nada, ya que perdiste todo eternamente.¡Concédenos, te suplicamos, penetrar cada vez más en la intimidad de tu misterio haciéndonos operadores en un don generoso y total a cada instante de nuestra vida!  

     

  • 22/01/10 – El verdadero rostro de Dios.

    Revista de los carmelitas de Bruselas, oct./dic.1960, año 1°, N° 5Fin de la conferencia.Retoma: “El rostro de Dios se revela por fin, el verdadero y único rostro de Dios, desconocido, insospechado, imprevisible y maravilloso, el que está esperando el mundo de hoy y no lo conoce todavía.Continuación: "Porque, finalmente, todo el ateísmo moderno: Marx, Nietzsche, Sartre, Camus, todos esos grandes talentos, todos esos grandes hombres, cada uno a su manera, ¿porqué rechazan a Dios? Pues finalmente, lo ven siempre bajo la imagen del faraón, como un límite para el hombre, como amenaza contra el hombre, como prohibición, como entredicho, como una barrera. Como escribe Sartre en este resumen aterrador: “Si Dios existe, el hombre no es nada. Tanto sienten que si el hombre debe mantenerse de pie, si quiere ser creador, si quiere correr una aventura que valga la pena, sólo debe contar consigo mismo, no recurrir a Dios que nos dispensa de todo trabajo, de todo esfuerzo creador, porque él ya hizo todo, porque la partida está terminada, porque la suerte está echada, porque el destino está predeterminado desde toda eternidad. Y es en nombre, de la actividad humana que reivindican su ateísmo, para que el hombre sea plenamente él mismo, para que alcance toda su grandeza, en fin, para que sea creador.No saben cuanto simpatizamos con ellos. También nosotros somos hombres, también tenemos el sentido de la dignidad, un sentido ardiente e imborrable. También sabemos que una conciencia humana es inviolable, que un hombre no es un objeto del que se puede disponer como de una mercancía, que el hombre es sujeto, que debe ser verdaderamente origen y fuente de sus actos. Y el Creador mismo, en el orden de la generosidad y del amor en que todo está fundado en la reciprocidad, nos va a dar la luz inagotable del lavamiento de los pies – y esa es la inmensa revelación.¿Delante de qué se arrodilla Jesús? Ante el Reino de Dios en que hemos de convertirnos. Y no hay otro. El Reino de Dios es el Reino de amor de Dios en lo más íntimo de nosotros. Y ese Reino, Dios no puede realizarlo Él solo. Si no, Jesús no se rodillaría delante de sus discípulos. Para que ese Reino exista realmente, es necesario nuestro consentimiento, el corazón de Judas debe abrirse, el corazón de Pedro debe aceptar, el corazón de Santiago y de Juan debe despertar, todos los demás deben salir de su sueño y pronunciar el sin el cual nada puede realizarse. Y es justamente para suscitar ese consentimiento, para hacer atento cada uno de sus discípulos y nosotros a ese Reino Interior, que Jesús está de rodillas. Jamás recibió el hombre tantos honores, jamás la libertad humana recibió tanta dimensión como en el arrodillarse del Señor delante de sus discípulos y delante de nosotros.Ese es el verdadero rostro de Dios. La grandeza, no está en dominar. A Dios no le gusta la esclavitud. Dios no tiene súbditos como un faraón, Dios no domina a nadie. La Realeza de Dios está justamente en tocarnos con su libertad para suscitar la nuestra.Un mundo nuevo, un mundo desconocido, un mundo insospechado, un mundo maravilloso, puesto que como el de la novia en un verdadero matrimonio condiciona el del novio, nuestro es condición en el matrimonio que Dios quiere contraer con nosotros. Como dice el apóstol Pablo: “Os he desposado con un esposo único, para presentaros a Cristo como una virgen pura”.Eso es nuestro Dios: no un límite, no una amenaza, no un entredicho, no una venganza, sino el amor arrodillado esperando eternamente el consentimiento de nuestro amor sin el cual el Reino de Dios no puede constituirse ni establecerse. Exactamente lo contrario de lo que uno se imagina. Uno se imagina los creyentes como pobres tipos que tienen miedo, y se entregan a un poder indiscutible para llenar los huecos de su impotencia. Sí, eso es Dios: el que llena los huecos de lo que no sabemos y de todo lo que no podemos. Entonces, eso da un Dios atrasado, un Dios y un hombre despreciables. ¡No! Justamente el Evangelio, la Buena Nueva, nos abre este horizonte prodigioso, que nuestro corazón esperaba en secreto: el Evangelio nos da a conocer, el Evangelio nos revela el corazón de nuestro Dios y nos introduce en su amistad, porque en adelante ya no hay servidores, ya no hay sino amigos. Es una revolución sin precedentes.Tenemos que escuchar este llamado, como lo desea el Papa san León en su homilía de navidad, tenemos que tomar conciencia de nuestra admirable dignidad. A Dios no le gusta la sumisión de esclavo. Está esperando nuestro amor de hijos. Está esperando nuestra confianza de amigos. Quiere hacer de nosotros colaboradores de un mundo que no puede ser terminado sin nosotros. El gran novelista Pasternak, en su libro famoso, El Doctor Jivago, tiene dos o tres páginas milagrosamente hermosas sobre la novedad del Cristianismo y opone a los milagros del Antiguo Testamento, a los grandes movimientos de pueblos bajo la conducta de Moisés, el milagro silencioso de la concepción de María. Ese milagro secreto que se realiza bajo la sombra del Espíritu Santo, ese milagro que la lengua humana es incapaz de expresar. Ese milagro en que Dios viene a nosotros, ese milagro va a brillar a través de la pobreza de María, el rostro eterno del Dios vivo. Y concluye esas páginas con este resumen prodigioso tomado de la Liturgia rusa: “Adán quiso hacerse Dios y no lo logró, no llegó a serlo. Pero ahora, Dios se hizo hombre para hacer del hombre un Dios”.No se puede oponer de manera más brutal que como lo hace la liturgia rusa las dos escalas de valores, la del Antiguo Testamento, fundada sobre la imagen de dominación en que el pecado supremo era querer robar a Dios sus derechos haciéndose Dios en vez de ser esclavo inclinado en el polvo, y la nueva escala de grandezas del Nuevo Testamento, fundada únicamente sobre la generosidad en que, como decía Atanasio y después Agustín, Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios. Porque en la escala de generosidad, ya no hay rivalidad posible, porque el que da todo no pide sino comunicar todo lo que es, para hacernos penetrar en su intimidad a fin de que su vida sea la nuestra, y la nuestra la suya.Esa es la constitución de nuestra libertad: el Evangelio nos libera de ese monarca, nos liberó de la amenaza de un Dios al que se le tenía miedo y ante el cual uno creía que iba a morir. El Evangelio nos hace entrar en la intimidad del Dios vivo, que hace sobreabundar la vida y viene a nosotros como la Buena Nueva de hoy, la más candente, la más apasionante, la más magnífica. Nos pide que nos enderecemos, que alcancemos nuestra estatura que es la de Cristo, y que seamos con Dios creadores en el mismo orden de grandeza que Él, en el orden de grandeza de la generosidad, del amor y del don de sí mismo. Porque justamente, Dios se hizo hombre para se el hombre se hiciera Dios”. (Fin de la conferencia) 

     

  • 21/01/10 - La verdadera grandeza.

    Oración: Podemos claro está ponernos en presencia de Dios creador de todas las cosas y besar el suelo en signo de adoración. También podemos ponernos en presencia del Dios Trino que habita en nuestro corazón, del Padre que engendra al Hijo y del Espíritu que surge de esa operación. Las tres Personas divinas quieren asociarnos en esa doble operación eterna que “construye” al Dios Trino. Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo para realizar como criaturas lo que hace que Dios es el Dios Trinidad.“Dios, Padre nuestro, Dios Hijo nuestro, Dios Espíritu nuestro, ¡bendito seas eternamente por amar tanto a tu criatura hasta querer asociarnos en esas operaciones sublimes en y por las cuales tú eres ese Dios, Padre, Hijo y Espíritu!” Revista de los carmelitas de Bruselas, oct./dic.1960, año 1°, N° 5El verdadero rostro de Dios“El año pasado volví a ver en Luxor y en Karnak las estatuas colosales de los faraones, los faraones cuya efigie multiplicada en centenas de ejemplares se levanta a 8 metros de altura y quiere dar la impresión de un poder divino: el faraón que domina a su pueblo, el cual no es sino polvo a sus pies.Así ha concebido la humanidad la grandeza. La humanidad jamás ha podido comprender la grandeza de otra manera que bajo la forma de la dominación. El más grande es el que aplasta, el que tiene súbditos, el que manda y exige obediencia. Es aquél para quien el pueblo es sólo polvo. Por eso divinizan a los faraones. Ellos reciben la investidura de la divinidad y exigen obediencia y reconocimiento como dioses. El faraón es Dios. Es la impresión que uno tiene inmediatamente ante el espectáculo de esas estatuas gigantescas en que el faraón multiplicó su rostro como el rostro de la divinidad. Pero si el faraón es Dios, Dios es también un faraón.Esta imagen de la grandeza divina va a atravesar la historia. Dios va a aparecer también como un monarca, como un déspota, como el dueño absoluto ante el cual nosotros no somos sino nada, y Él puede imponernos su yugo y castigarnos con castigos extremos si nos sustraemos a su voluntad. Y en la Biblia misma, en el Antiguo Testamento que por otra parte es en esencia un movimiento hacia Jesús – ése es todo su valor – es cierto que la imagen de Dios es esa imagen regia, con mayor frecuencia la de un dominador, de un déspota absoluto, cuya presencia provoca la muerte.Así, vemos a Isaías aterrorizado en su primera vocación: va a morir. Y cuando los hebreos se encuentran al pie del Sinaí, y van a afrontar la presencia de Dios, gritan a Moisés diciendo: “¡Háblanos tú! ¡Que no nos hable Dios, porque si Dios nos habla, moriremos!”Si los hombres dieron a los reyes en la antigüedad el rostro de la divinidad, también le dieron a la divinidad el rostro de los reyes. Así concebimos todos nosotros la grandeza. La grandeza consiste en dominar, en estar por encima de los demás; la grandeza está en recibir aplausos; la grandeza está en tener súbditos. En cualquier orden, la grandeza está en mirar hacia abajo una multitud que admira y ofrece el tributo de sus homenajes. Y todos estamos infectados, intoxicados con esta imagen de la grandeza, ya que devorados como estamos por el amor propio, sólo pensamos en ponernos en valor, en eclipsar a los demás, haciendo hablar de nosotros.Esta imagen corrompe nuestra mente, corrompe también la religión, pues justamente el Evangelio nos trajo otra escala de valores. A la escala de valores fundada en la dominación, en aplastar la fragilidad humana con el poder divino, según la imagen que los hombres de entonces podían hacerse, el Evangelio opone otra escala de valores, increíble y maravillosa, cuyas consecuencias todavía no hemos empezado a comprender.El jueves santo, a unas horas de la agonía, los apóstoles entraron en el Cenáculo sin comprender. A la mesa misma de la Cena se disputaban el primer lugar. Porque sólo quedan primeros puestos, y Santiago y Juan – Juan, el discípulo amado mismo – reclamaron, por medio de su madre, los primeros puestos. Sueñan con sentarse sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. No saben, como decía Jesús, de qué espíritu son. Están, como nosotros, dominados por esa imagen de dominación. Para ellos, la grandeza está en mirar desde arriba, en tener súbditos y recibir homenajes.Y Jesús va a introducirnos ahora en la verdadera grandeza. Pone agua en un recipiente, se ciñe de un lienzo y se va a arrodillar delante de ellos, les va a lavar los pies, haciendo el gesto que los esclavos hebreos mismos habrían rehusado a sus amos. Y Pedro, dominado todavía por su imagen de la grandeza, de la falsa grandeza, se escandaliza: “¡No, Señor! ¡Es imposible!” Quiere desviar a Jesús de ese acto humilde, como quería antes desviarlo de la cruz. Jesús le tiene que decir que no tendrá parte en el Reino si no se deja. Y ahora Jesús, de rodillas, le lava los pies a Judas que lo había vendido, a Pedro que lo va a negar, a Santiago y Juan que van a dormir en el huerto de la agonía, de todos los demás que van a huir cuando sea entregado y aparezca como el condenado, condenado a la infamia.Ahí es donde comienza la Nueva Alianza, ahí es donde el velo se rompe y aparece el verdadero rostro de Dios y se nos revela esa nueva e incomparable escala de grandeza: la verdadera grandeza no consiste en dominar, la verdadera grandeza es la generosidad, la generosidad… El más grande es el que más da, el que lo da todo, el que da infinitamente, el que no tiene nada, el que es sólo amor y sólo puede amar.El rostro de Dios se revela por fin, el verdadero y único rostro de Dios, desconocido, insospechado, imprevisible y maravilloso, el que está esperando el mundo de hoy y no lo conoce todavía”. (Continuará) 

     

  • 20/01/10 – Inmensidad de la vocación humana.

    Hemos de crear el mundo de hoyInvitación a una nueva oración en este día:Dios nuestro, Dios de Jesucristo, que creaste al hombre en una admirable dignidad y lo vuelves a crear en una dignidad más grande todavía, te suplicamos nos concedas que tomemos conciencia de nuestra vocación de creadores y que lo seamos, que tomemos conciencia de la inmensidad de nuestra vida y del poder infinito de nuestra libertad y de la universalidad de nuestros actos que pueden elevar o rebajar el mundo entero.¡Te lo pedimos por la intercesión del corazón inmenso de santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz y de todos los santos del cielo y de la tierra! Final de la conferencia grabada en el convento de los carmelitas de Bruselas en 1960. Retoma: “La Pasión de Jesús concierne todo el Universo porque es la retoma y la recapitulación de toda la historia”.Continuación: “Pero aunque tiene un sentido ilimitado, infinito, cósmico, no es sólo retrospectiva, no mira sólo hacia el pasado, sino que mira mucho más hacia delante. En efecto, no se trata de sumergirnos en nuestro pasado, ni en el pasado del universo, sino, viviendo la pasión de Jesucristo, de retomar conciencia de nuestra vocación y realizarla, se trata de comenzar a ser, se trata de aceptar ser comienzo, fuente y origen, como nos lo dice con tan magnífica sobriedad la oración del ofertorio: “Oh Dios que creaste al hombre en una dignidad admirable y lo restauraste más admirablemente todavía”.Esa restauración magnífica, sobreabundante y por ende prospectiva, es la mirada hacia adelante: nos invita a entrar hoy en nuestra vocación de creador, a tomar conciencia de la inmensidad de nuestra vida, del poder infinito de nuestra libertad, a tomar conciencia de la catolicidad, de la universalidad del acto humano que resplandece con una luz tan conmovedora en la vida tan breve de santa Teresa del Niño Jesús.Esa joven comprendió la inmensidad de la vocación humana y que no se trata de santificarse para sí misma, de subir a la cumbre y esperar su beatitud. Lo que quiere, como lo dice ella cuando siente que las mortificaciones corporales no son la esencia de su vocación, lo que ella quiere ser, lo que se siente llamada a ser, es el corazón de la Iglesia. “Pues bien, ¡yo seré el corazón de la Iglesia!” Entonces, su visión abraza inmediatamente el mundo entero, es el mundo entero lo que tiene misión de llevar ella, y sabemos que efectivamente lo llevó, y que su oración de enclaustrada silenciosa, su actividad insignificante franqueó todos los muros, todas las fronteras, hizo florecer la gracia en millones de almas, justamente porque, sin emplear las palabras pero entrando plenamente en su realidad, aceptó ser origen, comienzo, creador, y esa es nuestra vocación.No estamos frente a Cristo para conmemorar una historia pasada y conmovernos superficialmente por un suplicio indecible, sino para volver a encontrar el sentido mismo del gesto creador, para terminarlo, realizarlo, darle toda su plenitud, para liberar el mundo de sus desórdenes y el universo de su gemido, para que el mundo se haga digno de Dios y de n nosotros.El Evangelio se coloca siempre bajo el signo de la grandeza. No es una especie de consolación dada a una humanidad débil y quejumbrosa. El Evangelio nos llama a una acción formidable, inmensa, discreta al mismo tiempo y silenciosa, porque justamente nosotros somos esa acción, totalmente comprometidos en el amor nupcial en que Dios nos llama solicitando eternamente nuestro sí que debe cerrar el anillo de oro de las bodas eternas.Queremos pues escuchar el llamado que resuena en lo más profundo de la historia como en lo más íntimo de nuestros corazones, el llamado a la grandeza que san León conmemoraba en Navidad: “Recuerda, cristiano, toma conciencia de tu dignidad y ahora que participas en la naturaleza divina, no recaigas por tu conducta degenerada en tu bajeza anterior. Recuerda de qué Cuerpo eres miembro y cuál es la cabeza”.Sí, eso es, todo comienza. No vamos a vivir en el pasado, sino en el presente, en el eterno presente, el eterno regalo de Dios, tratando con Teresa del Niño Jesús, de consentir con todo nuestro ser a fin de entrar también nosotros en la catolicidad del amor, para llegar a ser el corazón de la Iglesia, recordando esas grandes palabras de Bergson, que alcanzan todo su brillo a la luz de la liturgia que nos presenta la pasión de Jesucristo como una respiración: “El mundo es una máquina para hacer dioses, Dios ha creado creadores”. (Fin de la conferencia) 

     

  • 19/01/2010. El pecado original sería una limitación impuesta al don de Dios...

    Conferencia grabada en el convento de los Carmelitas de Bruselas.Publicada en "Foi Vivante", abril/junio de 1962 (N°11), Revista de los Carmelitas de Bruselas El rechazo de ser origen “La psicología profunda nos ha hecho atentos a los traumatismos, las heridas mentales y morales de ciertos niños que fueron rechazados por sus padres. Es clásico el caso de perturbaciones mentales o de neurosis provenientes precisamente del rechazo del niño, de haber nacido contra la voluntad de los padres y especialmente de la madre. Y se puede decir que la mayor parte de los niños, la inmensa mayoría de los niños, nacen así, sin haber sido deseados, como hijos de la especie más que de sus padres.Y lo que pueden reprochar a sus padres los neuróticos que sufren de esos traumatismos, de esa herida original, es precisamente el no haber sido verdaderamente origen de su vida. Dejaron actuar la carne y la sangre en vez de dar ellos la vida a esa vida nacida de la ceguera del instinto. Tantos niños en este mundo podrían reprochar a sus padres el haber rehusado ser su origen.Esta herida constituida por el rechazo de los padres que rehúsan ser origen del hijo nos reporta inmediatamente al pecado original del que podemos pensar que interesa de inmediato el porvenir de la especie humana. De cierto modo, el hombre debió rehusar ser origen, comprometerse con toda su generosidad en un acto realmente creador. Pues justamente todo el porvenir de la humanidad, y todo el porvenir del mundo, y quizás también su pasado, reposaba sobre el consentimiento, sobre el don original que debía promover al plano de la libertad la creación entera.Porque eso es lo que se debe retener en la tradición bíblica del pecado original: una vocación inmensa, infinita, ilimitada, y la falta misma se debe retener no como la usurpación del hombre que trata de hacerse Dios, es decir como una especie de ambición desmedida, sino al contrario, el pecado original se debe retener como una falta de ambición, como una avaricia replegada sobre sí misma, como una limitación impuesta a Dios y al don de Dios. Y en el relato bíblico, lo que más llama la atención es precisamente la duda sobre la bondad de Dios, la transformación de Dios en Dios propietario y celoso que prohíbe a sus criaturas el uso de los dones que les ha hecho.En el fondo, el rechazo de ser origen se repercute en todo acto verdaderamente libre. Pues un acto plenamente libre, un acto que compromete y constituye la persona es siempre en cierto modo un acto original, un acto que rebasa infinitamente las circunstancias en que se lo realiza, como el trabajo de la esposa que es realmente esposa no se limita a los trabajos de la casa sino que la hace disponible en todo lo que hace, la hace disponible por entero y hace de cada una de sus acciones un nuevo acto de amor, un nuevo compromiso de su persona.Un acto humano es siempre más grande que sus circunstancias. Cuando va hasta el final, es siempre infinito en las disponibilidades que evoca y que confirma.Y todas esas experiencias, todas esas tomas de conciencia del rechazo de ser origen que constituye la primera falta, la falta original y toda falta, nos hacen tomar conciencia también de que la historia del mundo es una historia de dos. Es una historia de amor, una historia que Dios no puede realizar solo, porque Dios es espíritu, intimidad, amor, sólo puede relacionarse con el espíritu, con el amor.Por eso el centro del universo, el centro del acto creador, es el pensamiento, el corazón, el amor de la criatura inteligente y libre. A través de ella se comunica el impulso creador y, si la criatura inteligente y libre falla, si está ausente, si se rehúsa, la creación entera se “avería”, fracasa, se vuelve des-creación. Es lo que san Pablo nos da a entender en el texto magnífico de la carta a los romanos donde nos muestra toda la creación gimiendo hasta ahora en dolores de parto. La creación gime, está desgarrada porque no está terminada. Está esperando la revelación de los  hijos de Dios, está esperando que el hombre se levante, que el hombre consienta, que se haga creador a su vez.Eso es lo que debemos entender en la tradición bíblica del pecado original. La historia del mundo es una historia de dos. Es una historia de amor que se enraíza no sólo en el corazón de Dios sino también en el nuestro, pues si somos en cierto modo solidarios físicamente del universo en que estamos plantados, del que nos alimentamos y en el que respiramos, también el universo está plantado en nosotros, enraizado en nuestros pensamientos y en nuestro amor, y no puede realizarse espiritualmente sin nuestro consentimiento.Es una historia de dos y una historia de amor, y por eso el relato del pecado original nos hace escuchar el grito de la inocencia de Dios. Dios no está por nada en el mal, en el sufrimiento, no está por nada en la muerte, en los desórdenes y catástrofes cósmicas, porque siempre está presente, siempre dado, siempre amor, siempre ofrecido sin jamás imponerse. No puede hacer otra cosa que ser amor, siempre presente, pero necesariamente desarmado ante nuestros rechazos de amor, ante el rechazo de criaturas semejantes a nosotros, quizá de otros planetas, que concurren como nosotros a la creación de nuestro universo. Por eso la pasión de Jesús tiene grandeza y significado cósmicos. No concierne solamente la humanidad, sino el universo entero, porque es la retoma y la recapitulación de toda la historia”. (Continuará) Oración:¡Dios nuestro, Dios de Jesucristo, tú que acogiste en el paraíso al buen ladrón que reconoció tu inocencia!¡Dios siempre dado, siempre Amor, siempre ofrecido sin jamás imponerte, tú que no puedes hacer otra cosa que ser amor!¡Tu pasión tiene grandeza y significación cósmicas para todo el Universo, retoma y recapitula toda la historia!Haznos cada vez más sensibles al amor infinito que te llevó a soportarlo por nuestra salvación. ¡Concédenos que volvamos a tomar conciencia de nuestra vocación y aceptemos plenamente ser comienzo, fuente y origen!  

     

  • 18/01/10 – Tenemos el deber de existir universalmente, es lo que significa la Eucaristía…

    Homilía, Lausana, noviembre de 1956¿No habría que asociar siempre la Belleza a la presentación del Evangelio? ¿Qué significa la Eucaristía? El arte divino de vivir que es el Evangelio. “¿No habría que asociar siempre la Belleza a la presentación del Evangelio? Es lo que nos da a entender san Juan de la Cruz en este verso inagotable:“Mil gracias derramando pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con su sola figura, vestidos los dejó de su Hermosura”.San Juan de la Cruz mira el mundo y en el mundo busca el rastro de la mirada divina, y el mundo es magnificado porque Cristo lo miró, y Juan de la Cruz lo ama porqué está vestido de Hermosura.¿No habría que asociar siempre la Belleza a la presentación del Evangelio? ¿No es bajo ese aspecto como el Evangelio se debe propagar? ¿No es la única manera de acreditarlo ante el alma humana, de darle su verdadero rostro, el Rostro de la eterna Belleza?Es claro que, si el cristianismo debe conducirnos al más alto nivel de la existencia, si es verdaderamente un arte divino de vivir, si hace brotar la vida en la Hermosura, es claro que no necesita que lo defiendan. Resplandecerá como una obra de arte. Lo amarán como espacio donde respira la libertad. Se reconocerán en él porque toda alma humana lleva en sí misma la nostalgia de la eterna Belleza.... Gandi que leía el Evangelio y no rehusaba orar según el Evangelio, rehusaba simplemente que la India necesitara convertirse al cristianismo porque veía en el cristianismo una opción posible para el hindú, pero en modo alguno una obligación. Y porque Gandi, por culpa nuestra, no veía que el cristianismo no busca llevar una doctrina, una enseñanza, sino que lleva infinitamente más: una existencia, la existencia universal, la existencia sin fronteras, y es la única respuesta que podamos dar a Gandi si lo comprendemos y amamos como merece.Debemos existir universalmente porque sólo estamos unidos a Cristo por ser Él la fuente de una existencia universal que brota en Él infinitamente. Por eso lo amamos y tratamos de vivir de Él. Y justamente, porque debemos existir universalmente, tenemos el deber de existir por ustedes los hindúes, ustedes están incluidos en el amor sin fronteras, ¡ustedes están llamados a eso! No para limitarlos, no para renunciar a su modo de vivir o de pensar, ¡sino para ir más allá! Porque hay algo más grande que todos los conceptos y que todos los sistemas, la Presencia informulable, la existencia que ningún lenguaje puede traducir y que es el Dios vivo y el Cristo eterno.Se trata pues siempre y únicamente de la inmensidad de la mirada y del amor, se trata de liberarse de sí mismo, de no llevar ninguna especie de prejuicios, sino de ser ofrenda, disponibilidad sin reserva, ¡y de eso precisamente da testimonio la Eucaristía!Pues ¿qué quiere decir la Eucaristía? ¿Por qué se da Nuestro Señor en forma de banquete, que es el acento mismo de la Eucaristía? “Esto es mi Cuerpo, incorporado en la Comunidad. Esto es mi Cuerpo que los va a reunir en una fraternidad de Amor universal. ¡Esto es mi Presencia a la cual no podrán acceder jamás si su corazón no se libera de sus límites!” No se trata pues de tomar la hostia como algo mágico en que tenemos a Dios a nuestra disposición, la Eucaristía es una exigencia formidable de despojamiento, de universalidad y de amor. Y sólo se puede afirmar de verdad la fe en la Eucaristía en la medida en que entremos en el horizonte universal y en que llevemos a Dios un corazón totalmente disponible.Alcanzamos, y vamos más allá, prolongamos y realizamos la vocación de toda obra de arte en el arte divino de vivir que es el Evangelio. Y eso es precisamente lo emocionante: existe una concordancia absolutamente perfecta entre los presentimientos del hombre de siempre, los esfuerzos de los artistas de todos los tiempos, Y el Evangelio eterno que está más allá de todas las diferencias y cuya diferencia está en no tener ninguna.No es un azar si la misión apostólica confiada por Jesús a sus Apóstoles la noche del jueves santo tuvo como preludio el lavatorio de los pies. Significaba que son enviados al mundo, no para imponer un sistema, (Jesús murió del sistema, a través del juicio de los doctores y de los teólogos!) sino para llevar al mundo simplemente el servicio de una entrega dedicada a todos y en que cada uno tuviera la revelación de la ternura divina. Y es claro que bajo este aspecto, con la misión comprendida como dimisión total, ¡el Evangelio es algo que no puede chocar a nadie! No se trata de imponer nada, sino solamente de ofrecer, de proponer una presencia en que cada uno está en su casa dentro del cristianismo, una Presencia que es el don infinito del eterno Amor.Y esta misión, la de la Iglesia, es también la nuestra, la de cada uno de nosotros. Tenemos que hacernos espacio para los demás. No se trata de imponerles nuestra fe, nuestra manera de pensar que la traiciona continuamente, sino de vivir intensamente la fe que es la Presencia de Jesús, dejando vivir a Jesús en nosotros con tal plenitud que sea Él el que viva y no ya nosotros. En esta dirección, la Iglesia no necesita ser defendida.La Iglesia no necesita ser defendida: no se trata de defender una causa discutible, sino sólo de estar convencidos de que no hay nada mejor para el hombre que una existencia universal, ¡una existencia abierta a todas las perspectivas, una existencia que no conoce fronteras ni de tiempo, ni de razas, ni de clases, ni de continentes! Se trata solamente de ser ofrenda, de ser corazón y vida, en fin de ser Jesús, como espacio en que toda libertad se siente acogida, en que toda existencia logra la revelación y la realización de sí misma.Si yo pudiera, creo que organizaría la liturgia en un plano de inmensa Belleza, con todo el concurso posible del arte humano, sin excluir la danza, para que sea algo tan universal que ¡de todas partes acudan para beber en esa fuente! Si Dios vino en medio de nosotros, si es el huésped amado del alma, si Cristo vive para siempre, es claro que no es para disminuir la vida y empequeñecerla, sino para darle todas sus dimensiones, ¡para que sea siempre más grande y más hermosa!En la liturgia carmelita de la fiesta de santa Teresa se lee este versículo admirable que hace la apertura: “¡Dios dilató su corazón y lo hizo tan vasto como la orilla del mar!”¡El Evangelio es una invitación a partir, a despegar, un llamado a la libertad, a la grandeza! ¡Es la vocación a la existencia universal para ser la revelación del Dios que no es extranjero para nadie y que es la Vida de toda vida!“¡Que se dilaten sus corazones y se hagan tan vastos como la orilla del mar!” Oración: ¡Dios nuestro, Dios de Jesucristo, que no eres extranjero para nadie! ¡Tú eres la vida de toda vida! ¡Te suplicamos que dilates nuestro corazón, que lo hagas tan vasto como la orilla del mar! ¡Concédenos que seamos un espacio donde toda libertad se sienta acogida, y donde toda existencia encuentre su revelación y su realización! 

     

  • 17/01/10 – Estamos dentro de una inmensa historia de amor, y somos los actores…

    Pensamientos que publico vacilando. Habría que decir mejor todo esto, pero creo que es importante. La vida eterna no es primero una maravillosa liturgia celebrada desde ahora en la tierra, sino ante todo conocimiento del Dios trino, descubriendo sin fin “quién es Dios”, descubrimiento que colma de la más perfecta alegría. Y toda liturgia debe llevar a conocer cada vez mejor “quién es Dios”. Y ya en la tierra debemos esforzarnos por profundizar cada vez más este conocimiento, con la gracia del Dios Trino. El documental, muy hermoso, presentado el jueves 14 de enero por la noche en la cadena “Kto”, mostrando la vitalidad de la Iglesia ortodoxa rusa actual, me sugiere ciertos comentarios sobre la razón de ser del sitio “elan-en-trinite”, que es ahora “mauricezundel.net”.A todos nos impresionó la belleza de la liturgia ortodoxa, y no es imposible que su esplendor sea una de las razones profundas de la afluencia de seminaristas en Rusia: uno quisiera vivir esa liturgia como celebrante.Pero esa liturgia plantea una cuestión sobre qué es la vida eterna prometida por Jesús a los que lo siguen, porque la vida eterna no consiste ante todo celebrar espléndidamente las bodas del Cordero, tan bien descritas en el libro del Apocalipsis, o al menos, eso no es lo que dice el mismo Jesús en el Evangelio de Juan.La vida eterna es conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que tú enviaste, Jesucristo” (Juan 17, 3). Al final del discurso después de la Cena, Jesús dice claramente que la vida eterna es conocimiento, en el sentido más amplio de la palabra conocimiento (se trata de nacer con el Hijo), Y conocimiento del Dios Trino, con el envío del Hijo a revelar a los hombres ese conocimiento de Dios. Eso es capital. El sitio mauricezundel.net busca desde el comienzo ofrecer cada día la posibilidad de hacer una experiencia del Dios Trino, sobre todo a partir de expresiones místicas de M. Zundel.Pronto vamos a celebrar el aniversario de su comienzo, el 23 de febrero de 2005. El conjunto de los textos publicados cubre más de 5000 páginas. Pero no tiene por fin dar todo lo que Zundel pudo decir o escribir. El objetivo del sitio “mauricezundel.net” es ofrecer cada día a sus visitantes la posibilidad de una experiencia del Dios trino cada vez nueva y antigua a la vez, y eso no tendrá fin ni siquiera en el paraíso.No se trata pues de dar todas las informaciones posibles sobre la mística de M. Zundel, sino de invitar al lector, no a especular sobre el misterio trinitario, sino a entrar en su profundidad, y no buscando entenderlo cada vez mejor, por poco que se pueda, sino situándonos en su interior y viviendo el misterio (¡no tenemos existencia real fuera de ese misterio!) hasta que veamos que nuestro Dios Trino quiere que cada hombre sea llamado a ser operador de Su misterio, operador de lo que hace que Dios es ese Dios, con los dos acontecimientos que Lo “constituyen” eternamente: la generación-gestación-nacimiento del Hijo y la procesión del Espíritu.Esos dos acontecimientos, siempre antiguos y cada día nuevos para nosotros, constituyen el fundamento supremo y real de todas las realidades del cielo y de la tierra, ahí es donde todo está enraizado. La voluntad eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu es esa generación-nacimiento y esa procesión. Dios no tiene otra voluntad. Todas las demás voluntades del Dios Trino están inscritas en esa doble voluntad.En la vida eterna de Dios no hay un momento en que esas dos operaciones no se realicen. La venida del hombre sobre la tierra, la creación toda entera, es eternamente presente y se realiza en la vida eterna de Dios.En la vida eterna de Dios no hay un momento anterior a esas dos operaciones eternamente constitutivas del Dios Trino. Para nosotros, se trata de realizar esas dos operaciones, viviendo en Jesucristo la vida eterna de Dios. Hemos de hacer nacer el Hijo y dejar brotar el Espíritu de nuestra interioridad mediante un don de nosotros mismos semejante al don eterno de Dios, y como incluido en la voluntad de Dios.Estamos dentro de una inmensa historia de Amor, somos sus actores y operadores, es la historia del nacimiento del Hijo y de la procesión del Espíritu. Y el sitio “mauricezundel.net” busca invitarnos cada día a ser sus actores, haciendo cada día una nueva experiencia de la doble “operación” simplemente por la generosidad del don de nosotros mismos…La vida eterna no consiste en gozar de Dios sino en conocer al Dios Trino. La plenitud de gozo que da al que la vive, es sin duda semejante a la plenitud de gozo del sabio que acaba de hacer un descubrimiento después de un período muy largo de investigación. O al menos esto nos da una idea, y si el sabio es verdaderamente sabio, se pone inmediatamente a investigar buscando nuevos descubrimientos a partir de que acaba de hacer y que lo colma por un instante, y así continúa sin fin. ¡Le es imposible detenerse gozando del descubrimiento que acaba de hacer! Hay ciertamente algo así en el gozo indecible de la vida eterna que colma el corazón del cristiano.Y yo pienso que toda liturgia, sobre todo la eucarística, debería siempre incluir como un nuevo conocimiento de “quién es Dios”, una nueva penetración en el misterio de la Trinidad, un nuevo descubrimiento, un nuevo conocimiento del Padre y del que Él envía, con una oración apropiada, siempre antigua y siempre nueva. (A retomar o continuar)

    Oración: Dios nuestro, Dios de Jesucristo, único Dios verdadero, en tu amor infinito por el hombre vas hasta querer que él realice lo que hace que tú seas el único Dios verdadero en la Trinidad infinitamente santa, concédenos que entrando desde esta vida en ese misterio, te conozcamos a ti, único verdadero Dios y al que tú enviaste, Jesucristo nuestro Salvador.

    (P. Debains)
  • 15/16-01/10 – Recargarse en el silencio de Dios

    Nuestra Sra. del Valentín, Lausana, 2 de octubre de 1960 – 17° domingo después de Pentecostés.Esta mañana a las cinco, comenzaba el día con una luz indecisa, verde o azul, como saliendo de un estuche. Las montañas se perfilaban vaporosas en la inmovilidad del lago y el silencio reinaba en la naturaleza entera. Sólo se escuchaban los primeros cantos de los pájaros. Parecía que el hombre no hubiera nacido todavía. Ningún ruido indicaba su presencia. La naturaleza parecía renovada, y respirar en el alba virginal. Y yo imaginaba que pronto los ruidos del hombre comenzarían, que los periódicos, la radio, iban a traernos todas las noticias apasionadas que indican en toda la tierra los focos de odio y resentimiento: nos hacen oír los puñetazos sobre la mesa, evocando cada día nuevas amenazas de guerra.Y pensaba que sólo el silencio, en efecto, el silencio de las cosas, el silencio de la naturaleza, el silencio de la luz, el silencio mismo del canto de los pájaros, sólo el silencio podía hacer contrapeso a toda la locura de los hombres que se sirven de sus más hermosos descubrimientos para medirse unos a otros y amenazarse.Y me parecía que la lección que se debía sacar de todo ese espectáculo era justamente que sólo el silencio, el silencio vivido, el silencio respirado, el silencio que es vida, sólo el silencio podía salvar la humanidad de la destrucción y la locura. Y pensaba en ese hombre, único quizás en nuestro siglo, ese hombre llamado Gandi, que durante 40 años por lo menos, 40 años, pudo tener en manos un pueblo de 400 millones de hombres que reclamaban justamente su libertad, sin entregarse jamás a ninguna violencia, ni en hechos, ni en palabras, tratando a sus enemigos como amigos, queriendo llevarlos a realizar la justicia que era lo único que reclamaba, y sacando toda su fuerza de la vocecita que no cesaba de escuchar en el fondo de sí mismo.Porque la grandeza inmensa de esa aventura única de nuestra época, en que un hombre frágil de salud, manifestara tanto poder, y pudiera vencer un imperio y preservando todo un pueblo de la injusticia y violencia, porque escuchaba continuamente en su interior el silencio de Dios.En efecto, en el silencio de Dios es donde pueden desapasionarse los debates, porque en el silencio de Dios se aprende la dignidad del hombre, se aprende que sólo una cosa es importante, ser auténtico, ser justo, que el Reino de Dios es el hombre mismo cuando está abierto a la Luz y al Amor y que todos los hombres tienen en sí la capacidad de hacerse Reino de Dios.Y eso era justamente lo que quería Gandi: no quería que su pueblo llegara por el resentimiento y el odio a una libertad ilusoria. Sabía que sólo merece la libertad, la dignidad humana que es la fuente de todo lo grande y hermoso que hay en el mundo. Él sabía que la dignidad humana reposa sobre un sentido agudo de la justicia y del amor, y que el hombre que ha conquistado esa dignidad, el hombre que está por encima de la violencia y del odio, obtendrá necesariamente sus derechos, es decir el derecho de ser espacio de luz y de amor en la humanidad.Y nosotros, si queremos conservar el equilibrio y ser en el mundo el fermento de una paz cristiana, es absolutamente indispensable que volvamos continuamente al silencio. Es imposible leer los periódicos, imposible escuchar la radio, sin tener la impresión de que todas las noticias están envenenadas, pues son presentadas siempre bajo un aspecto u otro como un conflicto que a través de los pueblos que buscan afirmar hoy su libertad, opone continuamente los dos bloques facticios, artificiales, en que los hombres se oponen y se desgarran, olvidando que tienen un interés esencial en común, justamente el de ser hombres, y poder alcanzar la misma dignidad e intercambiar unos con otros los tesoros de la verdad y el amor.Haríamos algo infinitamente más útil para la paz del mundo recogiéndonos cada día, buscando en lo más íntimo de nosotros la Fuente Eterna, escuchando como Gandi la vocecita que no cesa de hablar al que la escucha. Haríamos algo infinitamente más útil que lanzándonos en vanas discusiones, en palabras estériles que no hacen sino envenenar las pasiones.Porque los hombres podrían infaliblemente encontrarse como hermanos, justamente en la medida en que cada uno consienta en renunciar a sí mismo escuchando el llamado de la vida interior.Santa Teresa del Niño Jesús debe justamente toda su grandeza, inmensa, al hecho de que dio su vida escondiéndose en el silencio de Dios. Ella había comprendido el llamado del mundo, había escuchado el grito de todas las angustias humanas, había escuchado más profundamente aún el grito del dolor divino y quería con toda la fuerza de su fe y de su amor, colaborar al establecimiento del Reino de Dios; y por eso se escondía en el silencio de Cristo. Y dese el convento, realizando los trabajos más ordinarios, más insignificantes, difundía sobre el mundo todas las ondas de luz y amor, las oleadas de luz y amor que lo levantaría hacia Dios.Ustedes ven que cuando un niño juega al bordo del lago arrojando un guijarro al agua, la caída de la piedra provoca la formación de círculos que se amplían más y más y acaban por llegar, visibles apenas, a la otra orilla. Así también nuestra vida es justamente el centro desde el cual si difunden sobre el mundo entero ondas de luz o de tinieblas, según lo que escojamos. Al leer el periódico o escuchar la radio, pidamos a Dios que haga saltar todas las barreras que separan los pueblos, haciendo caer primero todas las fronteras que impiden que el alma y el corazón sean universales.Porque si logramos cada día encontrar el tesoro del silencio, si cada día vamos hasta el fondo, hasta el encuentro con la Fuente Eterna, si la oración es primero escucha de la palabra interior, atención a la vocecita de Dios en lo más profundo del corazón, también nosotros, como santa Teresa, llevaremos la Luz del mundo, difundiremos esas ondas de claridad y de amor que poco a poco purificarán la atmósfera de los debates pasionales y llevarán los hombres a comprender que pueden encontrarse en el respeto del Bien Infinito que está confiado a toda conciencia humana.Queremos pues esa mañana, en este país maravilloso en que nos es dado descubrir todo el esplendor del mundo, queremos pedir a Dios entrar en el silencio del alba, cuya luz comienza a renacer, entrar en el silencio de los cantos de los pájaros, entrar en el silencio de Gandi, en el silencio de santa Teresa del Niño Jesús, en el silencio infinitamente profundo y conmovedor de Cristo Eucaristía, para que escondidos en la luz de Dios, llevemos al mundo el fermento de paz y amor único que puede salvarlo.Qué maravilla si cada uno de nosotros pudiera esta mañana, recogiéndose en lo más íntimo de sí mismo, recargarse con toda la Luz de Cristo y escuchar, como dice san Ignacio de Antioquia, los misterios de clamor que tienen lugar en el silencio de Dios. 

     

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