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15/16-01/10 – Recargarse en el silencio de Dios

Nuestra Sra. del Valentín, Lausana, 2 de octubre de 1960 – 17° domingo después de Pentecostés.Esta mañana a las cinco, comenzaba el día con una luz indecisa, verde o azul, como saliendo de un estuche. Las montañas se perfilaban vaporosas en la inmovilidad del lago y el silencio reinaba en la naturaleza entera. Sólo se escuchaban los primeros cantos de los pájaros. Parecía que el hombre no hubiera nacido todavía. Ningún ruido indicaba su presencia. La naturaleza parecía renovada, y respirar en el alba virginal. Y yo imaginaba que pronto los ruidos del hombre comenzarían, que los periódicos, la radio, iban a traernos todas las noticias apasionadas que indican en toda la tierra los focos de odio y resentimiento: nos hacen oír los puñetazos sobre la mesa, evocando cada día nuevas amenazas de guerra.Y pensaba que sólo el silencio, en efecto, el silencio de las cosas, el silencio de la naturaleza, el silencio de la luz, el silencio mismo del canto de los pájaros, sólo el silencio podía hacer contrapeso a toda la locura de los hombres que se sirven de sus más hermosos descubrimientos para medirse unos a otros y amenazarse.Y me parecía que la lección que se debía sacar de todo ese espectáculo era justamente que sólo el silencio, el silencio vivido, el silencio respirado, el silencio que es vida, sólo el silencio podía salvar la humanidad de la destrucción y la locura. Y pensaba en ese hombre, único quizás en nuestro siglo, ese hombre llamado Gandi, que durante 40 años por lo menos, 40 años, pudo tener en manos un pueblo de 400 millones de hombres que reclamaban justamente su libertad, sin entregarse jamás a ninguna violencia, ni en hechos, ni en palabras, tratando a sus enemigos como amigos, queriendo llevarlos a realizar la justicia que era lo único que reclamaba, y sacando toda su fuerza de la vocecita que no cesaba de escuchar en el fondo de sí mismo.Porque la grandeza inmensa de esa aventura única de nuestra época, en que un hombre frágil de salud, manifestara tanto poder, y pudiera vencer un imperio y preservando todo un pueblo de la injusticia y violencia, porque escuchaba continuamente en su interior el silencio de Dios.En efecto, en el silencio de Dios es donde pueden desapasionarse los debates, porque en el silencio de Dios se aprende la dignidad del hombre, se aprende que sólo una cosa es importante, ser auténtico, ser justo, que el Reino de Dios es el hombre mismo cuando está abierto a la Luz y al Amor y que todos los hombres tienen en sí la capacidad de hacerse Reino de Dios.Y eso era justamente lo que quería Gandi: no quería que su pueblo llegara por el resentimiento y el odio a una libertad ilusoria. Sabía que sólo merece la libertad, la dignidad humana que es la fuente de todo lo grande y hermoso que hay en el mundo. Él sabía que la dignidad humana reposa sobre un sentido agudo de la justicia y del amor, y que el hombre que ha conquistado esa dignidad, el hombre que está por encima de la violencia y del odio, obtendrá necesariamente sus derechos, es decir el derecho de ser espacio de luz y de amor en la humanidad.Y nosotros, si queremos conservar el equilibrio y ser en el mundo el fermento de una paz cristiana, es absolutamente indispensable que volvamos continuamente al silencio. Es imposible leer los periódicos, imposible escuchar la radio, sin tener la impresión de que todas las noticias están envenenadas, pues son presentadas siempre bajo un aspecto u otro como un conflicto que a través de los pueblos que buscan afirmar hoy su libertad, opone continuamente los dos bloques facticios, artificiales, en que los hombres se oponen y se desgarran, olvidando que tienen un interés esencial en común, justamente el de ser hombres, y poder alcanzar la misma dignidad e intercambiar unos con otros los tesoros de la verdad y el amor.Haríamos algo infinitamente más útil para la paz del mundo recogiéndonos cada día, buscando en lo más íntimo de nosotros la Fuente Eterna, escuchando como Gandi la vocecita que no cesa de hablar al que la escucha. Haríamos algo infinitamente más útil que lanzándonos en vanas discusiones, en palabras estériles que no hacen sino envenenar las pasiones.Porque los hombres podrían infaliblemente encontrarse como hermanos, justamente en la medida en que cada uno consienta en renunciar a sí mismo escuchando el llamado de la vida interior.Santa Teresa del Niño Jesús debe justamente toda su grandeza, inmensa, al hecho de que dio su vida escondiéndose en el silencio de Dios. Ella había comprendido el llamado del mundo, había escuchado el grito de todas las angustias humanas, había escuchado más profundamente aún el grito del dolor divino y quería con toda la fuerza de su fe y de su amor, colaborar al establecimiento del Reino de Dios; y por eso se escondía en el silencio de Cristo. Y dese el convento, realizando los trabajos más ordinarios, más insignificantes, difundía sobre el mundo todas las ondas de luz y amor, las oleadas de luz y amor que lo levantaría hacia Dios.Ustedes ven que cuando un niño juega al bordo del lago arrojando un guijarro al agua, la caída de la piedra provoca la formación de círculos que se amplían más y más y acaban por llegar, visibles apenas, a la otra orilla. Así también nuestra vida es justamente el centro desde el cual si difunden sobre el mundo entero ondas de luz o de tinieblas, según lo que escojamos. Al leer el periódico o escuchar la radio, pidamos a Dios que haga saltar todas las barreras que separan los pueblos, haciendo caer primero todas las fronteras que impiden que el alma y el corazón sean universales.Porque si logramos cada día encontrar el tesoro del silencio, si cada día vamos hasta el fondo, hasta el encuentro con la Fuente Eterna, si la oración es primero escucha de la palabra interior, atención a la vocecita de Dios en lo más profundo del corazón, también nosotros, como santa Teresa, llevaremos la Luz del mundo, difundiremos esas ondas de claridad y de amor que poco a poco purificarán la atmósfera de los debates pasionales y llevarán los hombres a comprender que pueden encontrarse en el respeto del Bien Infinito que está confiado a toda conciencia humana.Queremos pues esa mañana, en este país maravilloso en que nos es dado descubrir todo el esplendor del mundo, queremos pedir a Dios entrar en el silencio del alba, cuya luz comienza a renacer, entrar en el silencio de los cantos de los pájaros, entrar en el silencio de Gandi, en el silencio de santa Teresa del Niño Jesús, en el silencio infinitamente profundo y conmovedor de Cristo Eucaristía, para que escondidos en la luz de Dios, llevemos al mundo el fermento de paz y amor único que puede salvarlo.Qué maravilla si cada uno de nosotros pudiera esta mañana, recogiéndose en lo más íntimo de sí mismo, recargarse con toda la Luz de Cristo y escuchar, como dice san Ignacio de Antioquia, los misterios de clamor que tienen lugar en el silencio de Dios. 

 

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