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20/01/10 – Inmensidad de la vocación humana.

Hemos de crear el mundo de hoyInvitación a una nueva oración en este día:Dios nuestro, Dios de Jesucristo, que creaste al hombre en una admirable dignidad y lo vuelves a crear en una dignidad más grande todavía, te suplicamos nos concedas que tomemos conciencia de nuestra vocación de creadores y que lo seamos, que tomemos conciencia de la inmensidad de nuestra vida y del poder infinito de nuestra libertad y de la universalidad de nuestros actos que pueden elevar o rebajar el mundo entero.¡Te lo pedimos por la intercesión del corazón inmenso de santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz y de todos los santos del cielo y de la tierra! Final de la conferencia grabada en el convento de los carmelitas de Bruselas en 1960. Retoma: “La Pasión de Jesús concierne todo el Universo porque es la retoma y la recapitulación de toda la historia”.Continuación: “Pero aunque tiene un sentido ilimitado, infinito, cósmico, no es sólo retrospectiva, no mira sólo hacia el pasado, sino que mira mucho más hacia delante. En efecto, no se trata de sumergirnos en nuestro pasado, ni en el pasado del universo, sino, viviendo la pasión de Jesucristo, de retomar conciencia de nuestra vocación y realizarla, se trata de comenzar a ser, se trata de aceptar ser comienzo, fuente y origen, como nos lo dice con tan magnífica sobriedad la oración del ofertorio: “Oh Dios que creaste al hombre en una dignidad admirable y lo restauraste más admirablemente todavía”.Esa restauración magnífica, sobreabundante y por ende prospectiva, es la mirada hacia adelante: nos invita a entrar hoy en nuestra vocación de creador, a tomar conciencia de la inmensidad de nuestra vida, del poder infinito de nuestra libertad, a tomar conciencia de la catolicidad, de la universalidad del acto humano que resplandece con una luz tan conmovedora en la vida tan breve de santa Teresa del Niño Jesús.Esa joven comprendió la inmensidad de la vocación humana y que no se trata de santificarse para sí misma, de subir a la cumbre y esperar su beatitud. Lo que quiere, como lo dice ella cuando siente que las mortificaciones corporales no son la esencia de su vocación, lo que ella quiere ser, lo que se siente llamada a ser, es el corazón de la Iglesia. “Pues bien, ¡yo seré el corazón de la Iglesia!” Entonces, su visión abraza inmediatamente el mundo entero, es el mundo entero lo que tiene misión de llevar ella, y sabemos que efectivamente lo llevó, y que su oración de enclaustrada silenciosa, su actividad insignificante franqueó todos los muros, todas las fronteras, hizo florecer la gracia en millones de almas, justamente porque, sin emplear las palabras pero entrando plenamente en su realidad, aceptó ser origen, comienzo, creador, y esa es nuestra vocación.No estamos frente a Cristo para conmemorar una historia pasada y conmovernos superficialmente por un suplicio indecible, sino para volver a encontrar el sentido mismo del gesto creador, para terminarlo, realizarlo, darle toda su plenitud, para liberar el mundo de sus desórdenes y el universo de su gemido, para que el mundo se haga digno de Dios y de n nosotros.El Evangelio se coloca siempre bajo el signo de la grandeza. No es una especie de consolación dada a una humanidad débil y quejumbrosa. El Evangelio nos llama a una acción formidable, inmensa, discreta al mismo tiempo y silenciosa, porque justamente nosotros somos esa acción, totalmente comprometidos en el amor nupcial en que Dios nos llama solicitando eternamente nuestro sí que debe cerrar el anillo de oro de las bodas eternas.Queremos pues escuchar el llamado que resuena en lo más profundo de la historia como en lo más íntimo de nuestros corazones, el llamado a la grandeza que san León conmemoraba en Navidad: “Recuerda, cristiano, toma conciencia de tu dignidad y ahora que participas en la naturaleza divina, no recaigas por tu conducta degenerada en tu bajeza anterior. Recuerda de qué Cuerpo eres miembro y cuál es la cabeza”.Sí, eso es, todo comienza. No vamos a vivir en el pasado, sino en el presente, en el eterno presente, el eterno regalo de Dios, tratando con Teresa del Niño Jesús, de consentir con todo nuestro ser a fin de entrar también nosotros en la catolicidad del amor, para llegar a ser el corazón de la Iglesia, recordando esas grandes palabras de Bergson, que alcanzan todo su brillo a la luz de la liturgia que nos presenta la pasión de Jesucristo como una respiración: “El mundo es una máquina para hacer dioses, Dios ha creado creadores”. (Fin de la conferencia) 

 

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