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21/01/10 - La verdadera grandeza.

Oración: Podemos claro está ponernos en presencia de Dios creador de todas las cosas y besar el suelo en signo de adoración. También podemos ponernos en presencia del Dios Trino que habita en nuestro corazón, del Padre que engendra al Hijo y del Espíritu que surge de esa operación. Las tres Personas divinas quieren asociarnos en esa doble operación eterna que “construye” al Dios Trino. Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo para realizar como criaturas lo que hace que Dios es el Dios Trinidad.“Dios, Padre nuestro, Dios Hijo nuestro, Dios Espíritu nuestro, ¡bendito seas eternamente por amar tanto a tu criatura hasta querer asociarnos en esas operaciones sublimes en y por las cuales tú eres ese Dios, Padre, Hijo y Espíritu!” Revista de los carmelitas de Bruselas, oct./dic.1960, año 1°, N° 5El verdadero rostro de Dios“El año pasado volví a ver en Luxor y en Karnak las estatuas colosales de los faraones, los faraones cuya efigie multiplicada en centenas de ejemplares se levanta a 8 metros de altura y quiere dar la impresión de un poder divino: el faraón que domina a su pueblo, el cual no es sino polvo a sus pies.Así ha concebido la humanidad la grandeza. La humanidad jamás ha podido comprender la grandeza de otra manera que bajo la forma de la dominación. El más grande es el que aplasta, el que tiene súbditos, el que manda y exige obediencia. Es aquél para quien el pueblo es sólo polvo. Por eso divinizan a los faraones. Ellos reciben la investidura de la divinidad y exigen obediencia y reconocimiento como dioses. El faraón es Dios. Es la impresión que uno tiene inmediatamente ante el espectáculo de esas estatuas gigantescas en que el faraón multiplicó su rostro como el rostro de la divinidad. Pero si el faraón es Dios, Dios es también un faraón.Esta imagen de la grandeza divina va a atravesar la historia. Dios va a aparecer también como un monarca, como un déspota, como el dueño absoluto ante el cual nosotros no somos sino nada, y Él puede imponernos su yugo y castigarnos con castigos extremos si nos sustraemos a su voluntad. Y en la Biblia misma, en el Antiguo Testamento que por otra parte es en esencia un movimiento hacia Jesús – ése es todo su valor – es cierto que la imagen de Dios es esa imagen regia, con mayor frecuencia la de un dominador, de un déspota absoluto, cuya presencia provoca la muerte.Así, vemos a Isaías aterrorizado en su primera vocación: va a morir. Y cuando los hebreos se encuentran al pie del Sinaí, y van a afrontar la presencia de Dios, gritan a Moisés diciendo: “¡Háblanos tú! ¡Que no nos hable Dios, porque si Dios nos habla, moriremos!”Si los hombres dieron a los reyes en la antigüedad el rostro de la divinidad, también le dieron a la divinidad el rostro de los reyes. Así concebimos todos nosotros la grandeza. La grandeza consiste en dominar, en estar por encima de los demás; la grandeza está en recibir aplausos; la grandeza está en tener súbditos. En cualquier orden, la grandeza está en mirar hacia abajo una multitud que admira y ofrece el tributo de sus homenajes. Y todos estamos infectados, intoxicados con esta imagen de la grandeza, ya que devorados como estamos por el amor propio, sólo pensamos en ponernos en valor, en eclipsar a los demás, haciendo hablar de nosotros.Esta imagen corrompe nuestra mente, corrompe también la religión, pues justamente el Evangelio nos trajo otra escala de valores. A la escala de valores fundada en la dominación, en aplastar la fragilidad humana con el poder divino, según la imagen que los hombres de entonces podían hacerse, el Evangelio opone otra escala de valores, increíble y maravillosa, cuyas consecuencias todavía no hemos empezado a comprender.El jueves santo, a unas horas de la agonía, los apóstoles entraron en el Cenáculo sin comprender. A la mesa misma de la Cena se disputaban el primer lugar. Porque sólo quedan primeros puestos, y Santiago y Juan – Juan, el discípulo amado mismo – reclamaron, por medio de su madre, los primeros puestos. Sueñan con sentarse sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. No saben, como decía Jesús, de qué espíritu son. Están, como nosotros, dominados por esa imagen de dominación. Para ellos, la grandeza está en mirar desde arriba, en tener súbditos y recibir homenajes.Y Jesús va a introducirnos ahora en la verdadera grandeza. Pone agua en un recipiente, se ciñe de un lienzo y se va a arrodillar delante de ellos, les va a lavar los pies, haciendo el gesto que los esclavos hebreos mismos habrían rehusado a sus amos. Y Pedro, dominado todavía por su imagen de la grandeza, de la falsa grandeza, se escandaliza: “¡No, Señor! ¡Es imposible!” Quiere desviar a Jesús de ese acto humilde, como quería antes desviarlo de la cruz. Jesús le tiene que decir que no tendrá parte en el Reino si no se deja. Y ahora Jesús, de rodillas, le lava los pies a Judas que lo había vendido, a Pedro que lo va a negar, a Santiago y Juan que van a dormir en el huerto de la agonía, de todos los demás que van a huir cuando sea entregado y aparezca como el condenado, condenado a la infamia.Ahí es donde comienza la Nueva Alianza, ahí es donde el velo se rompe y aparece el verdadero rostro de Dios y se nos revela esa nueva e incomparable escala de grandeza: la verdadera grandeza no consiste en dominar, la verdadera grandeza es la generosidad, la generosidad… El más grande es el que más da, el que lo da todo, el que da infinitamente, el que no tiene nada, el que es sólo amor y sólo puede amar.El rostro de Dios se revela por fin, el verdadero y único rostro de Dios, desconocido, insospechado, imprevisible y maravilloso, el que está esperando el mundo de hoy y no lo conoce todavía”. (Continuará) 

 

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