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22/01/10 – El verdadero rostro de Dios.

Revista de los carmelitas de Bruselas, oct./dic.1960, año 1°, N° 5Fin de la conferencia.Retoma: “El rostro de Dios se revela por fin, el verdadero y único rostro de Dios, desconocido, insospechado, imprevisible y maravilloso, el que está esperando el mundo de hoy y no lo conoce todavía.Continuación: "Porque, finalmente, todo el ateísmo moderno: Marx, Nietzsche, Sartre, Camus, todos esos grandes talentos, todos esos grandes hombres, cada uno a su manera, ¿porqué rechazan a Dios? Pues finalmente, lo ven siempre bajo la imagen del faraón, como un límite para el hombre, como amenaza contra el hombre, como prohibición, como entredicho, como una barrera. Como escribe Sartre en este resumen aterrador: “Si Dios existe, el hombre no es nada. Tanto sienten que si el hombre debe mantenerse de pie, si quiere ser creador, si quiere correr una aventura que valga la pena, sólo debe contar consigo mismo, no recurrir a Dios que nos dispensa de todo trabajo, de todo esfuerzo creador, porque él ya hizo todo, porque la partida está terminada, porque la suerte está echada, porque el destino está predeterminado desde toda eternidad. Y es en nombre, de la actividad humana que reivindican su ateísmo, para que el hombre sea plenamente él mismo, para que alcance toda su grandeza, en fin, para que sea creador.No saben cuanto simpatizamos con ellos. También nosotros somos hombres, también tenemos el sentido de la dignidad, un sentido ardiente e imborrable. También sabemos que una conciencia humana es inviolable, que un hombre no es un objeto del que se puede disponer como de una mercancía, que el hombre es sujeto, que debe ser verdaderamente origen y fuente de sus actos. Y el Creador mismo, en el orden de la generosidad y del amor en que todo está fundado en la reciprocidad, nos va a dar la luz inagotable del lavamiento de los pies – y esa es la inmensa revelación.¿Delante de qué se arrodilla Jesús? Ante el Reino de Dios en que hemos de convertirnos. Y no hay otro. El Reino de Dios es el Reino de amor de Dios en lo más íntimo de nosotros. Y ese Reino, Dios no puede realizarlo Él solo. Si no, Jesús no se rodillaría delante de sus discípulos. Para que ese Reino exista realmente, es necesario nuestro consentimiento, el corazón de Judas debe abrirse, el corazón de Pedro debe aceptar, el corazón de Santiago y de Juan debe despertar, todos los demás deben salir de su sueño y pronunciar el sin el cual nada puede realizarse. Y es justamente para suscitar ese consentimiento, para hacer atento cada uno de sus discípulos y nosotros a ese Reino Interior, que Jesús está de rodillas. Jamás recibió el hombre tantos honores, jamás la libertad humana recibió tanta dimensión como en el arrodillarse del Señor delante de sus discípulos y delante de nosotros.Ese es el verdadero rostro de Dios. La grandeza, no está en dominar. A Dios no le gusta la esclavitud. Dios no tiene súbditos como un faraón, Dios no domina a nadie. La Realeza de Dios está justamente en tocarnos con su libertad para suscitar la nuestra.Un mundo nuevo, un mundo desconocido, un mundo insospechado, un mundo maravilloso, puesto que como el de la novia en un verdadero matrimonio condiciona el del novio, nuestro es condición en el matrimonio que Dios quiere contraer con nosotros. Como dice el apóstol Pablo: “Os he desposado con un esposo único, para presentaros a Cristo como una virgen pura”.Eso es nuestro Dios: no un límite, no una amenaza, no un entredicho, no una venganza, sino el amor arrodillado esperando eternamente el consentimiento de nuestro amor sin el cual el Reino de Dios no puede constituirse ni establecerse. Exactamente lo contrario de lo que uno se imagina. Uno se imagina los creyentes como pobres tipos que tienen miedo, y se entregan a un poder indiscutible para llenar los huecos de su impotencia. Sí, eso es Dios: el que llena los huecos de lo que no sabemos y de todo lo que no podemos. Entonces, eso da un Dios atrasado, un Dios y un hombre despreciables. ¡No! Justamente el Evangelio, la Buena Nueva, nos abre este horizonte prodigioso, que nuestro corazón esperaba en secreto: el Evangelio nos da a conocer, el Evangelio nos revela el corazón de nuestro Dios y nos introduce en su amistad, porque en adelante ya no hay servidores, ya no hay sino amigos. Es una revolución sin precedentes.Tenemos que escuchar este llamado, como lo desea el Papa san León en su homilía de navidad, tenemos que tomar conciencia de nuestra admirable dignidad. A Dios no le gusta la sumisión de esclavo. Está esperando nuestro amor de hijos. Está esperando nuestra confianza de amigos. Quiere hacer de nosotros colaboradores de un mundo que no puede ser terminado sin nosotros. El gran novelista Pasternak, en su libro famoso, El Doctor Jivago, tiene dos o tres páginas milagrosamente hermosas sobre la novedad del Cristianismo y opone a los milagros del Antiguo Testamento, a los grandes movimientos de pueblos bajo la conducta de Moisés, el milagro silencioso de la concepción de María. Ese milagro secreto que se realiza bajo la sombra del Espíritu Santo, ese milagro que la lengua humana es incapaz de expresar. Ese milagro en que Dios viene a nosotros, ese milagro va a brillar a través de la pobreza de María, el rostro eterno del Dios vivo. Y concluye esas páginas con este resumen prodigioso tomado de la Liturgia rusa: “Adán quiso hacerse Dios y no lo logró, no llegó a serlo. Pero ahora, Dios se hizo hombre para hacer del hombre un Dios”.No se puede oponer de manera más brutal que como lo hace la liturgia rusa las dos escalas de valores, la del Antiguo Testamento, fundada sobre la imagen de dominación en que el pecado supremo era querer robar a Dios sus derechos haciéndose Dios en vez de ser esclavo inclinado en el polvo, y la nueva escala de grandezas del Nuevo Testamento, fundada únicamente sobre la generosidad en que, como decía Atanasio y después Agustín, Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios. Porque en la escala de generosidad, ya no hay rivalidad posible, porque el que da todo no pide sino comunicar todo lo que es, para hacernos penetrar en su intimidad a fin de que su vida sea la nuestra, y la nuestra la suya.Esa es la constitución de nuestra libertad: el Evangelio nos libera de ese monarca, nos liberó de la amenaza de un Dios al que se le tenía miedo y ante el cual uno creía que iba a morir. El Evangelio nos hace entrar en la intimidad del Dios vivo, que hace sobreabundar la vida y viene a nosotros como la Buena Nueva de hoy, la más candente, la más apasionante, la más magnífica. Nos pide que nos enderecemos, que alcancemos nuestra estatura que es la de Cristo, y que seamos con Dios creadores en el mismo orden de grandeza que Él, en el orden de grandeza de la generosidad, del amor y del don de sí mismo. Porque justamente, Dios se hizo hombre para se el hombre se hiciera Dios”. (Fin de la conferencia) 

 

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