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23/01/10 - La pobreza de Dios en la Trinidad.

Se apreciará este texto magnífico de la Revista de los Carmelitas de Bruselas. Aunque ya se hayan dicho, estas cosas son siempre nuevas, e importantes… y aún desconocidas… “Una niñita que había estado en el catecismo y lo había seguido con asiduidad, trataba de representarse a Dios. Le habían dicho que Dios es todopoderoso, que puede todo lo que quiere, que nada le resiste, que es rico y posee todos los bienes, que es tan feliz que nuestras desgracias no pueden conmoverlo, ni ninguna alegría nuestra puede enriquecerlo y que así es desde toda eternidad. Dios es colmado, saturado de bienes, desbordante de riquezas y dotado de un poder irresistible. Y la chiquilla se decía: “¡Tiene suerte el buen Dios! Pues finalmente no lo ha merecido, siempre ha sido así. En el fondo, eso no es justo. ¡Cada uno debería ser Dios, por turnos!” y esperaba tranquilamente su turno para ser Dios.Hay algo conmovedor y admirable en la reflexión de esa niña que se une a la objeción de Nietzsche: “Si hubiera dioses, ¿cómo soportaría yo no ser Dios? A esta objeción terrible no hay sino una respuesta, la que dio san Francisco de Asís. Francisco, el hijo del mercader, destinado por su padre al negocio, Francisco, rico, colmado por su padre que le deja toda la libertad, que sueña con otra cosa, Francisco, alimentado de novelas de caballería y que no piensa sino en la gloria de los campos de batalla, Francisco, comienza la carrera como hombre de guerra, durante una pequeña guerra entre Perusa y Asís. Pero tiene una ambición más grande: quiere ir a la gran guerra del sur de Italia. Y se va, magníficamente equipado, cuando lo detiene una voz que le dice interiormente: “¿Que vale más, servirle al dueño, o al servidor?” Y comprende que como guerrero, será caballero bajo órdenes de un capitán, el cual estará a órdenes de un príncipe. ¡Será sólo servidor de un servidor! ¡Es demasiado poco para él! Regresa y espera su destino. Sabe que un día llenará el mundo con su gloria y que se casará con la más hermosa princesa que pueda existir. Y espera.La enfermedad lo hace pensar, el beso al leproso le hace encontrar la intimidad de Cristo Jesús, la voz del crucifijo de San Damiano le ordena reconstruir su casa y finalmente escucha en el evangelio de san Mateo el llamado decisivo. Va a encontrar por fin la princesa a la cual se ha prometido: Dama Pobreza.La Señora Pobreza, es su único tesoro, su única herencia, y le va a cantar por todos los caminos de la tierra. Esa dama, amada y defendida con pasión, bajo cuya imagen se representa a Dios, es la inmensa aventura, la más grande de la historia cristiana. Francisco fue el primero en comprenderlo. Vivió con ardiente intensidad la identificación de Dios con la pobreza. “Bienaventurados los pobres de espíritu”, dice Jesús al comienzo de las bienaventuranzas. Es la primera bienaventuranza porque es la bienaventuranza de Dios. Dios es pobre, dice Francisco, y el pobrecillo está ante el gran pobre. Y así, Francisco, el poeta de la pobreza, nos da la clave del misterio insondable y maravilloso que es el misterio de la Santísima Trinidad. La Trinidad, que se presenta como un rompecabezas insoluble, la Trinidad sobre la que tantos teólogos han ejercido su admirable sutileza, pero sin llegar jamás al corazón de esa vida desbordante, por no haber comprendido que la clave de la Trinidad es la pobreza.Trinidad quiere decir que Dios, aunque es único, no es solitario. Dios no es alguien centrado sobre sí mismo, que se mira y se complace en sí mismo, que se alaba y nos pide que lo alabemos y adoremos, con una petición egocéntrica y posesiva. No, la vida de Dios es vida trinitaria: es decir que Dios no tiene contacto con su ser y con sus actos sino comunicandolos. Dios no se mira. En Dios el conocimiento es la mirada, el impulso del Padre hacia el Hijo y la mirada y el impulso del Hijo hacia el Padre. El conocimiento es un intercambio, un don consustancial,  un don total, porque lo que constituye al Padre es únicamente el impulso, la mirada hacia el Hijo. No tiene nada, sino el darse por entero al Hijo, el cual no tiene sino el darse al Padre y juntos, no poseen el amor, lo dan, lo comunican en una aspiración viva hacia el Espíritu Santo, el cual es una respiración viva hacia el Padre y el Hijo. De suerte que en Dios todo es eternamente dado, comunicado, despojado en una pobreza tan absoluta que es necesario decir que Dios no tiene nada, que no puede tener nada, no puede poseer nada, que la divinidad no pertenece a nadie, pues no le pertenece al Padre sino en su impulso hacia el Hijo y al Hijo en su impulso hacia el Padre, y al Espíritu en la respiración de amor hacia el Padre y el Hijo.Eso podemos entenderlo inmediatamente además por una experiencia cotidiana, la de la trinidad humana, la familia, que es la más bella imagen de la trinidad divina. En una familia hay al menos tres personas: el padre, la madre y el hijo. Y las tres viven la misma vida, la misma alegría, la misma felicidad, el mismo amor y su armonía está hecha únicamente de la mirada del uno hacia los otros dos.Cuando el hombre mira a su mujer y piensa en ella olvidándose a sí mismo, cuando la mujer mira a su marido y piensa en él olvidándose a sí misma, y cuando el hijo mira a su padre y su madre olvidándose a sí mismo, es la felicidad. La vida circula, la vida brota, la vida se comunica, la armonía es perfecta. Y lo sentimos de inmediato, esa felicidad no le pertenece a nadie. El padre no puede decir “soy yo, es mía, es para mí” pues la destruiría inmediatamente. Sería lo mismo si la madre quisiera apropiársela y si el hijo pretendiera monopolizarla. Es un bien que sólo puede existir en estado de comunicación, en estado de despojamiento, en estado de don.Entonces Dios no es un Dios solitario, sino un Dios cuya vida entera es puro surgimiento de amor sin ningún retorno posible sobre sí mismo. Nosotros podemos siempre deshacer la unión, romper la armonía, separarnos los unos de los otros. En Dios no existe adherencia a sí mismo, porque en Dios el yo es todo impulso, todo comunicación, todo altruismo, todo don, todo comunión, todo amor. En él se realiza el presentimiento de Rimbaud: “Yo es otro”. “Yo” es otro, por eso hay que decir con Francisco de Asís, o mejor a través de él que no dijo nada pero lo vivió todo, hay que decir: “Dios es Dios porque no tiene nada”. Él es puro ser, puro valor, porque no tiene nada, porque no puede poseer nada, porque lo perdió todo eternamente, porque es el despojamiento subsistente, infinito, personificado y eterno”. (Continuará) Oración: ¡Dios de Jesucristo, único Dios verdadero! ¡Padre que no tiene nada sino dar todo al Hijo! ¡Dios pobre que sólo tiene contacto con su ser comunicándolo! En ti todo es eternamente dado, comunicado, despojado en una pobreza absoluta, ¡tú no tienes ni puedes tener nada!¡Dios cuyo yo es puro impulso, pura comunicación, puro altruismo, puro don, pura comunión, puro amor! Dios todo ser, todo valor, porque no tienes nada, ya que perdiste todo eternamente.¡Concédenos, te suplicamos, penetrar cada vez más en la intimidad de tu misterio haciéndonos operadores en un don generoso y total a cada instante de nuestra vida!  

 

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