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"... el disco del tiempo... representa... la distancia de nosotros a nosotros mismos". La metafora me recuerda que en una rueda el centro permanece inmovil. En la periferia del yo
en el centro.
en la dimension de la eternidad estamos en Dios
vivimos en el tiempo
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Zundel
25/01/2010. La Cruz de Cristo es la manifestación más evidente de la presencia de Dios dentro de nosotros que da a la vida humana una dimensión infinita.
Revista trimestral de espiritualidad de Bruselas, N °4 - Julio/Sept. 1960.
La inmensidad del mundo interior.
El corazón maternal de Dios. Comienzo.
Bruselas, como todas las ciudades del mundo, crece sin cesar con nuevas casas. Cada una de ellas se prepara a acoger nuevos hogares y en cada uno de esos hogares se enciende la lámpara del amor. Porque un hogar no está constituido por los muros de la casa, por los muebles que la disponen, sino por el don misterioso que las personas se hacen una a otra. Los esposos y los hijos esperan uno de otro, y los hijos esperan de sus padres, el bien supremo que sólo una persona es capaz de comunicar.
¿Qué hay en el corazón del hombre
para que su felicidad dependa esencialmente del don que sólo el hombre puede hacer al hombre? Wilde, el gran poeta, cuando hubo perdido su hogar, descubrió en la prisión la órbita de su alma,
la inmensidad del mundo interior
que no había encontrado antes. Y cuando fue privado de la paternidad, dijo esta frase magnífica: “El corazón de un hijo es como el corazón del Señor. Yo no soy digno ni del uno ni del otro”
.
¿Qué hay en el hombre
para que el dolor de un pequeñito haya suscitado en los grandes novelistas rusos del 19 tanta emoción y tanta pasión? Dotados de tanto genio – y pienso sobre todo en Dostoïewski – esos hombres proclamaban que en un niño inocente hay un tesoro tan sagrado e inviolable que desconocer la grandeza del niño, desconocer su carácter sagrado, es directamente un ataque contra Dios
.
¿Qué hay en el hombre
para que Camus sienta que el hombre no pertenece al mundo, que
el hombre
tiene un estatuto único, que el hombre es la única criatura que rehúsa ser lo que es y aspira a otra cosa que no puede ser contenida en ninguna dimensión, que
sólo puede respirar en lo infinito?
A la samaritana que quería situar a Dios en una montaña, Jesús le hizo comprender: “¡No, Dios no está en una montaña, Dios está dentro de ti!” Dios está en ti como una fuente que quiere brotar hasta la vida eterna
.
En el hombre está pues
todo lo cognoscible, todo lo imaginable, todo lo que los poetas han soñado, todo lo que los sabios han tratado de conocer, todo lo que los seres capaces de amar han buscado jamás en el amor. Todo eso está en nosotros como una fuente oculta, como un tesoro desconocido y con frecuencia despreciado.
La cruz de Cristo
nos hace volver ahí, justamente porque
es la manifestación más evidente de la presencia interior que da a la vida humana una dimensión infinita
. Ella es esa presencia en nosotros, pero herida, afligida, desconocida, crucificada en nosotros y por nosotros. Porque eso es lo que importa subrayar: el memorial de la cruz no significa un sacrificio que ofrecemos a la majestad de Dios para compensar los ultrajes, impotentes por otra parte, que le hemos infligido!
El memorial de la cruz nos introduce en los abismos del amor, porque el corazón de nuestro Dios es el corazón más infinitamente maternal
que podamos concebir, o mejor, que es inconcebible, como la fuente de todas las ternuras, de todos los heroísmos de que una madre humana jamás haya sido capaz. En efecto, la parábola más hermosa de Dios es el amor de la madre que se identifica con su hijo hasta vivirlo más que él mismo
.
Tuve el privilegio extraordinario de conocer el amor maternal llevado hasta el heroísmo insuperable. Conocí la espera del alma de una madre que estuvo esperando a su hijo por más de 30 años, tomando sobre sí misma el oprobio de él, sufriendo su deshonor, atormentada por su libertinaje y sus vicios, y no por sí misma, sino por él y en él. Conocí a esa madre que es una columna de oración y de silencio, que jamás se cansará de dejar la puerta abierta esperando a su hijo, el cual viene por fin, descubre el rostro de su madre, y en ese amor inagotable descubre la grandeza de su alma. Comprende que ella llevó toda su miseria, que ella lo engendró de nuevo porque creyó en su grandeza humana, creyó en la gracia, creyó en la presencia que es la vida de nuestra vida. Ella sabía que para darle ese tesoro, para restituirlo, para hacerlo sentir, para hacerlo conocer, se necesitaba nada menos que el don de sí misma, la larga y silenciosa inmolación que es la medida del alma de su hijo.
Dios se identificó con esa madre en Isaías: “Aunque una madre pueda olvidar a sus hijos y no recordar el fruto de sus entrañas, yo, dice el Señor, no os olvidaré jamás”. En el Profeta, el amor de la madre es insuperable. Sólo el amor de Dios lo puede superar, porque
Dios es infinitamente más madre que todas las madres
.
Dios no es alguien que alimenta la ira de un eterno resentimiento. Dios, el Dios que se revela en Jesucristo, no es un Dios vengador, Dios no necesita nuestra humillación. Dios no necesita nuestros homenajes. Su relación con nosotros y la nuestra con él se sitúan en otro plano, en el plano al que Jesús conduce la samaritana, porque Dios es espíritu y los adoradores que busca son los que lo adoran en espíritu y en verdad.
Y,
en el dominio del espíritu sólo hay una exigencia, la generosidad, no hay sino una ley, la gratuidad, no hay sino una relación posible, la reciprocidad
”.
(Continuará)
Published
Jan 25 2010, 10:36 AM
by
Gustavo
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