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26/01/10 – Es esencial que tomemos conciencia de nuestra grandeza...

Final de la conferencia sobre el corazón maternal de Dios.La Cruz nos llama al matrimonio espiritual en que todos los grandes místicos vieron el término de nuestra identificación con Dios. Retoma: “Y, en el dominio del espíritu sólo hay una exigencia, la generosidad, no hay sino una ley, la gratuidad, no hay sino una relación posible, la reciprocidad”.Continuación. “Por eso si Dios se ofende con nuestras ofensas, si se ofende por nuestras fallas, por nuestra indignidad, por nuestro egoísmo, si se ofende quizá por nuestra indiferencia, no es por él sino por nosotros. No es en él sino en nosotros.Ese amor ofendido en nosotros y por nosotros es el que se revela en la cruz de Jesús. Y el sacrificio de la cruz no es el sacrificio que aplaca la ira, que desarma la justicia, es la extraña justicia de la madre que se sustituye a su hijo culpable y que hace de todo su ser el contrapeso de luz y de amor que abre el corazón del hijo a la luz y al amor. Pues para el amor no hay más recurso, más posibilidad que esa: el amor es pura generosidad, el amor quiere hacernos entrar justamente en su ciclo de generosidad, y sólo puede liberarnos de nosotros mismos y de nuestras posesiones, y de nuestras adherencias por medio de su infinita pobreza.En la cruz de Jesús, el amor eterno tiende los brazos hacia nosotros. En la cruz de Jesús se nos quiere restituir la presencia íntima que nos habita, ofendida en nosotros y por nosotros. O mejor, quiere hacernos presentes a ella, a fin de que el bien que ella es, el tesoro infinito que constituye, sea verdaderamente para nosotros la fuente de todas las alegrías y el espacio mismo en que respira nuestra libertad.En una palabra, lo que nos enseña la cruz es la inmensa grandeza del hombre. El hombre que comienza a salir del globo terrestre, el hombre que se prepara a viajes espaciales, el hombre que ha descubierto mediante sus cálculos la inmensidad del universo y que es más grande que el universo pues como decía san Juan de la Cruz “un solo pensamiento del hombre es más grande que el mundo entero y solo Dios puede llenarlo.Al hombre de hoy, al hombre de 1960, la cruz de Cristo aparece justamente como la revelación y la realización de su propia grandeza, grandeza semejante a la de Dios, procedente de la de Dios, totalmente llena de la de Dios, grandeza de generosidad y de amor. Porque ¿de qué sirve ir hasta los astros, de qué sirve salir del planeta, si es para llevar a la luna o a Mercurio o a Venus nuestros conflictos y rivalidades?Es claro que a la conquista del espacio debe corresponder la inmensidad del alma, una expansión incomparable de nuestro amor. Y ¿cómo puede ensancharse nuestro amor sino descubriendo en cada hombre, en el más sencillo y desarmado, descubriendo en cada uno toda la extensión del Reino de Dios? Porque en adelante, como dijo Pasternak, la historia de una sola alma, la historia de un alma individual llena toda la extensión del universo.Sí, es esencial que tomemos conciencia de nuestra grandeza, que tomemos conciencia de la inmensidad del don de Dios que hace de nosotros sus hijos, hijos iguales, para crear con él un universo de luz, de alegría y de belleza. La cruz de nuestro Señor, fruto de la pasión de Dios por la humanidad, del inmenso amor que es nuestra cuna, nos revela de manera incomparable nuestra vocación de hijos ya que nos llama al matrimonio espiritual en que todos los grandes místicos vieron el fin de nuestra identificación con Dios.Y eso queremos retener al mirar la cruz: el llamado a la grandeza, el llamado a la unión, el llamado a la identificación, recordando que Dios es más madre que todas las madres, que en el corazón de Dios hay una pasión sorprendente y maravillosa y que la pasión de Dios es justamente la grandeza del hombre”. (Fin del extracto) 

 

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