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30/01/10 - La biología no tiene derechos.

Convento de las dominicanas, Beirut, junio de 1965. 1ª conferencia.“¿Cómo miran a los niños? ¿Cómo miran a sus hijos? Es evidente que miran a sus hijos buscando en ellos la expresión de su rostro, el misterio de su vida interior. Ustedes saben muy bien que eso es lo que les interesa, y toda su ansiedad está precisamente en que no pueden actuar directamente sobre su vida interior.Pueden percibir las fallas de su comportamiento, las fallas de su carácter, pero son absolutamente incapaces e impotentes de actuar sobre los mecanismos profundos de su personalidad.Y sin embargo eso es lo que buscan apasionadamente. Ese es el objetivo de todos sus esfuerzos, llegar, por el exterior, por los fenómenos, por las apariencias, por el comportamiento, llegar a la fuente profunda que está al origen de todos los valores.La mayor parte del tiempo fracasa y se establece una especie de arreglo, una especie de convención en que el hijo sabe lo que puede pedir y lo que puede rehusar, y los padres terminan por resignarse y dejar la vida del hijo a las inspiraciones de la gracia o de la suerte.Pero es claro que sólo pueden amar a un hijo prestando atención a las fuentes profundas de su vida, tratando de descubrir el misterio de su personalidad – sin violarlo claro está, pero únicamente para dejarlo aparecer.Y eso es verdad sobre todo en el amor conyugal, evidentemente. Esa es la gran promesa del amor – rara vez realiza además – revelar a otro lo más íntimo de sí mismo. Es lo que le da al amor el punto de partida, esa especie de temblor maravilloso de esperanzas infinitas, como si la felicidad estuviera ya al alcance de la mano y pudiera disponer de una fuente inagotable.Generalmente las decepciones no tardan en producirse. Encontramos los límites del otro, nos damos cuenta de que no es una divinidad, que es un ser como millones de otros – que quizá le convenía a él más que a nosotros. Pero puesto que la unión ya está sellada y es real, buscamos siempre la fuente que creímos descubrir en él, y los únicos momentos de armonía profunda son precisamente aquellos en que las almas comunican y el interior se expresa al exterior, es decir en que se produce justamente la adecuación perfecta del exterior y del interior. Ésas son las horas estrelladas, tanto más preciosas cuanto que son escasas.Buscamos pues instintivamente – y ese instinto es el movimiento más profundo de la mente – buscamos pues espontáneamente en los demás y en nosotros mismos, y sobre todo en los que nos están confiados, en los que tenemos a cargo y que constituyen lo más precioso de nuestro universo, buscamos en ellos la fuente única, el secreto no intercambiable que los constituye en su personalidad eterna.Es la misma cuestión que nos planteábamos delante de la muerte. Si un hombre muere en la cuarentena – digamos Merleau-Ponty – o alguien como él, de más o menos la misma edad, en un accidente si se trata de Camus, ¿qué habría podido realizar si hubiera vivido 40 años más? ¿Habría encontrado o descubierto más cosas y mejores? ¿Habría sido más constructiva su acción? ¿Cómo saberlo? pero esa es ciertamente la cuestión. ¿Realizó su vida? ¿Dio todo lo que podía? ¿Pudo llegar hasta sí mismo? ¿Descubrió el secreto que era el centro de su misterio? ¿Llegó a ser realmente él mismo?La Madre Bruno murió a los 42 años. Era el centro de esta casa, ella sostenía toda su vida. Su sonrisa era el sol de todas las existencias aquí reunidas. Y su muerte nos parece sin duda una catástrofe irreparable, a menos que, justamente, ella siga viva como lo hace ciertamente por el brillo de una vida perfectamente realizada, que dio todo lo que podía dar, que lo dio todo, y por lo mismo realizó todo y sigue siendo una presencia viva y vivificante.Y siempre es ésa la cuestión: llegar a la verdadera humanidad, al foco central, al corazón de la personalidad. Ése es el verdadero problema, el único, y sigue no resuelto. Lo perdemos de vista, y basta con prestar atención a las conversaciones que constituyen la trama de la existencia de la inmensa mayoría de los hombres para darse cuenta de que no viven. Viven por intermitencia, rara vez. La mayor parte del tiempo observan la vida de los demás, la juzgan, la critican, la condenan, ven generalmente con claridad sus límites, pero rara vez perciben su drama. Casi nunca se identifican con la vida de los demás. No comprenden que los demás son exactamente el mismo problema no resuelto que ellos y finalmente, lo que es más raro todavía, es que alguien llegue hasta sí mismo.Si no llega hasta sí mismo, es porque está detenido por el yo biológico. El yo biológico es tan invasor, tan activo, tan eficaz, tan en el centro de todo que no nos damos cuenta de ello. Tan poquito nos damos cuenta que casi nadie lo cuestiona.Defendemos el yo cuando lo atacan, lo defendemos con uñas y dientes, lo defendemos bajo todas sus formas. Lo defendemos en la raza, lo defendemos en la cultura, lo defendemos en la lengua, lo defendemos en los ascendientes, lo defendemos en la religión que tenemos sin haberla escogido, como tampoco escogimos la herencia, defendemos el yo bajo todas sus formas, en todas sus raíces y al defenderlo confirmamos nuestras adhesiones, es decir nuestras esclavitudes.Y finalmente nos identificamos verdaderamente con algo que no somos. Porque el “yo”, como he tenido con frecuencia la ocasión de anotarlo, el “yo” no es nosotros, y toda la psicología infantil nos enseña que ese “yo” es la resultante de influencias que hemos recibido pasivamente, que hemos sido perfectamente incapaces de controlar y se han sedimentado en el universo subterráneo que constituye nuestro inconsciente.Y ese dinamismo extraordinariamente poderoso, inagotable y omnipresente, está a la base de todas nuestras actividades, de todas nuestras costumbres, de toda nuestra conducta. Nos esforzamos por rectificar en ciertos momentos las tendencias y los impulsos que emanan de ese subterráneo, pero como ya lo he dicho con frecuencia, lo aceptamos.Nos las arreglamos para adaptarnos socialmente, es decir, nos ponemos la máscara social adaptada a las circunstancias que se nos imponen, y nos la quitamos cuando las circunstancias ya no requieren la actitud convencional esperada, y detrás de la fachada social, detrás de los discursos, a través de todos los programas está el yo biológico, el egocentrismo profundo, radical, que es como la oscura voluntad de vivir de la araña caída en una bañera y que no puede volver a subir porque la pared es tan lisa que no encuentra asperidad alguna en qué apoyarse.Y va a luchar infatigablemente horas y horas para salir del abismo porque quiere vivir – no que lo quiera conscientemente, sino que ésa es la raíz misma de la biología – toda biología quiere mantenerse en el ser y la nuestra lo quiere tanto más apasionadamente cuanto que la biología puede tomar de la razón una especie de infinitud.La razón misma está enraizada en la biología, la cual no puede nada sin ser rectificada y purificada. La razón da a la biología un motivo más para defenderse porque justamente introduce en ella biología una especie de mimetismo del infinito.Se habla de los derechos humanos, de los derechos de las naciones, de los derechos de las clases. Y claro está que los derechos humanos existen, pero el hombre no existe todavía. Esos derechos sólo están fundados en las exigencias y responsabilidades de una libertad realizada y que emerge al final de una evolución en que el hombre justamente vuelve a crearse a sí mismo pasando por el nuevo nacimiento.Pero hasta ese momento, esos derechos no tienen sentido ya que, finalmente, se le atribuyen a una biología absolutamente incapaz de fundarlos. Entonces precisamente, la biología prolongada por todas esas condiciones y garantías, por todas las reivindicaciones racionales, inteligentes, en que se trata de dignidad y de personalidad, la biología se siente tanto más justificada para defenderse y negarse a dimitir.Por eso finalmente quedamos sin salida. Las fronteras son herméticas, infranqueables, pues cada uno defiende – en nombre de los mismos principios e invocando los mismos derechos – una biología que no tiene ningún derecho.La biología no tiene derechos, ya que la biología es precisamente una resultante y una esclavitud”. (Continuará)  

 

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