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"... el disco del tiempo... representa... la distancia de nosotros a nosotros mismos". La metafora me recuerda que en una rueda el centro permanece inmovil. En la periferia del yo
en el centro.
en la dimension de la eternidad estamos en Dios
vivimos en el tiempo
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Zundel
07/02/10 -¿Cómo reconocer una revelación divina?
3ª parte de la 3ª conferencia a las dominicanas de Beirut, en junio de 1965.
“Si admitimos, si reconocemos, conforme al discurso de Bachelard y a las intenciones expresadas por Jean Rostand, que por otra parte son las de todos los investigadores actuales, si admitimos que
la Verdad
es eso, que es Alguien, que es única, que es una Persona, que además es inefable, y que
sólo aparece al que se hace Persona
, podemos hacernos ahora la segunda pregunta:
¿Qué puede significar una revelación divina y cómo reconocerla
?
Antes de pasar a esta cuestión quisiera resumir el itinerario, como hago en “Diálogo con la Verdad”. La Verdad está en el intercambio, en el diálogo, en la distancia silenciosa que nos personaliza, refiriéndolo todo, y en primer lugar nosotros, al Otro en quien llegamos a ser nosotros mismos. No se puede hablar propiamente de verdad fuera de esa perspectiva personalista en que todo respira en el espacio de luz” (Ver “Diálogo con la Verdad”).
Si la ciencia nos introduce ya en un universo de libertad, en un universo de personas, si constituye precisamente un lazo de libertad con la realidad física, no se puede concebir, no se puede imaginar que la revelación nos mantenga en un universo-cosa.
Una revelación divina sólo puede lanzarnos de lleno en un universo-Persona, por ser la manifestación personal del Centro original del universo-Persona
.
Era lo que expresaba yo recientemente en (
la revista
) "le Lien" diciendo: "La tempestad que sumerge una nave no se preocupa de la dignidad de los hombres que perecen. Los hombres que perecen tampoco pueden inclinarse ante la dignidad de la tempestad. Si el universo no fuera una aplanadora sin ninguna exigencia inteligible, si sólo pudiéramos sufrirlo y sufrirnos, no habría verdad.
La verdad supone la posibilidad de un lazo de libertad con el universo y con nosotros mismos
. Supone que podemos romper la cubierta del universo-cosa, del mundo ciego y enceguecedor, y llegar por medio de él, en un contexto nuevo, a un universo humano donde se hace posible un diálogo de persona a persona”. (Cf. “Verdad y Libertad”, Le Lien, vol. XXX, N° 1, marzo de 1965, p.10)
Dicho de otro modo, ¿por qué una ciencia auténtica exigiría una mente liberada de toda pasión desordenada, siendo un hecho que los sabios, si lo son auténticamente, sacan de la contemplación del universo una exigencia de pureza de la cual su vida es con frecuencia un ejemplo magnífico?
Dicho esto, podemos afirmar de inmediato que una revelación divina añadida a la mediatizada por el universo del sabio no podrá situarse en el universo-cosa en que nos aprisionan las opciones pasionales, podrá situarse, más particularmente en su fase inicial, expresarse sin dificultad en el lenguaje elemental de una humanidad fuertemente anclada todavía en la materia, y ser transmitida por los hombres aún insuficientemente liberados de sí mismos, y será para depositar en ellos, o al menos a través de ellos y para beneficio de los demás, un fermento de liberación que los imante hacia un personalismo en que cesarán de sufrir, con una orientación más explícita y un impulso más eficaz que el que pueda imprimirles ninguna ciencia de que sean capaces.
Se puede presumir que esa eficacia resulta de una manifestación propiamente personal del Centro original del universo-Persona, explícitamente reconocido como una Presencia distinta de nosotros y atestiguada finalmente cuando la revelación haya alcanzado la plena madurez como intimidad trascendente enraizada en la nuestra y única capaz de sellar nuestra autonomía haciéndonos pasar del yo posesivo al yo oblativo, o lo que es lo mismo, de afuera a dentro, para citar una vez más las palabras de Agustín en la confidencia inagotable de las Confesiones: “Tú estabas dentro, y yo afuera”.
Puesto que Dios mismo se afirma como Persona en la luz que sólo puede emanar de una Persona Infinita para hacer de nosotros personas, es muy aproximadamente el esquema elemental según el cual se puede concebir una realidad divina que pueda superar la ciencia cuando crea ya un lazo de libertad con el mundo y con nosotros mismos, comprendiéndola y colmándola sin medida.
Dicho de otro modo y en los términos más sencillos, la revelación sólo puede ser Alguien,
la Revelación
sólo puede ser una Persona
y no puede proponerse doblar la ciencia y explicarnos los fenómenos, cosa que por otra parte ya no tiene sentido actualmente, ya que la ciencia no busca conocer lo que son las cosas, sino cambiar creando un universo cultural, un universo humano en que la mente pueda encontrarse inmediatamente en la luz en que se realiza su propia vida.
La revelación
no tiene que enseñarnos historia, física, cosmología, el comienzo o el fin de algo,
tiene que introducirnos en el universo de la Persona, de la libertad
y de la dignidad
, revelándonos precisamente la divinidad bajo su aspecto más personal, donde nos toca en las raíces más íntimas, donde suscita en nosotros la Persona, el ser fuente y origen. No puede ser palabras, acontecimientos o cosas.
Es claro que una revelación sólo puede ser la emergencia de la Presencia
, precisamente porque sólo puede ser la manifestación más personal de la Verdad en Persona, manifestación que sólo se puede realizar por medio de presencias humanas que se hacen cada vez más transparentes, cada vez más personales y que dejan transparentar esa Presencia como una intimidad revelada a otra.
Ustedes recuerdan las palabras admirables Ana Philipe, unas de esas que merecen vivir eternamente, escritas en el libro que le dedicó a Gerardo Philipe: “Sólo tú me veías, sólo yo te veía y ahora vivo en un mundo sin mirada”. Es difícil expresar mejor el carácter de intercambio y reciprocidad que comporta la revelación de una persona a otra.
No son las palabras las que revelan una persona a otra
, una intimidad a otra,
es la luz en que la una se convierte para la otra
.
Si las palabras pueden ser comunicación del amor, las palabras siempre las mismas, siempre idénticas, es en la medida en que están cargadas de una presencia, en que hacen pasar la corriente de la intimidad del uno a la intimidad del otro. En el campo de la persona, en el nivel supremo en que se sitúa el tercer piso del cohete que somos, no hay otro modo de intercambiar. Estamos más allá del discurso, y el conocimiento está unido a nuestro nacimiento, y es tanto más perfecto en cuanto nacemos al espíritu y somos liberados de nuestros determinismos pasionales.
No son las cosas como tales, los acontecimientos o las personas como tales, los que son objeto de la revelación, sino que hacia ellos se dirige la Presencia que se manifiesta progresivamente hasta que resplandezca plenamente la revelación en una conciencia humana tan radicalmente desapropiada de sí misma que ya no pueda oponer límites a la manifestación personal de la Verdad en persona”. (Continuará)
Published
Feb 07 2010, 10:32 AM
by
Gustavo
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