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09-10/02/10 - La diferencia de Dios es que no tiene ninguna.

Nuestra Sra. del Valentín, Lausana, domingo 11 de febrero de 1962, 6° después de Epifanía.“Durante la Semana de la Unidad, una religiosa había tenido ocasión de conversar con sus alumnos de diferentes confesiones, sobre el problema de la unidad y naturalmente había tenido toda la delicadeza para no herir a nadie, tanto que después de la clase sentía ciertos escrúpulos al pensar: “Sin embargo, los alumnos católicos no deben olvidar que sólo la Iglesia Católica tiene los signos distintivos de la verdadera Iglesia”.Comprendo ese escrúpulo – común además a todas las confesiones – de que el deseo de unidad no se convierta en una forma de infidelidad a una proposición que uno considera muy sinceramente verdadera, y si cito la inquietud de la religiosa es simplemente porque nos permite, no digo precisar las ideas, sino orientar el corazón hacia la respuesta que Cristo mismo nos daría.Y creo que la respuesta, admirablemente formulada por Fenelón, el gran arzobispo de Cambray, absolutamente además sin referirse a la cuestión y quizás sin haber previsto la importancia de sus palabras. Son unas palabras de Fenelón que leemos en un tratado filosófico (1) sobre la existencia y los atributos de Dios. Fenelón quería mostrar la diferencia entre Dios y las criaturas, cada una de las cuales está encerrada en su naturaleza, es ser este ser y no otro, y estar rigurosamente determinada en su poder de obrar. Entonces escribe la frase que me gusta citar, tan corta y tan plena: “La diferencia de Dios es que no tiene ninguna”. La diferencia de Dios es que no tiene ninguna, mientras que cada criatura está encerrada en los límites de su naturaleza. La naturaleza de Dios es ser sin límites, ser infinito, ser la plenitud de la existencia que absolutamente nada limita, porque su existencia es la mismísima plenitud del Amor.La diferencia de Dios es que no tiene ninguna. Me parece que todos los escrúpulos de la conciencia confesional nos orientan en este sentido.Entre las iglesias cristianas, no tenemos sino una pregunta que hacernos, o mejor, un solo problema y es éste: el Verdadero Dios no puede ser sino Aquél cuya diferencia consiste en no tener ninguna.Y el Verdadero Cristo sólo puede ser Aquél cuya diferencia es no tener diferencia. Y la verdadera Iglesia no puede ser sino aquella cuya diferencia está en no tener ninguna. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir, para comenzar por Jesucristo, que él no viene a limitar nuestra noción de Dios. Al contrario, viene a amplificarla al infinito. Y justamente el combate que Lo llevó hasta la muerte de la Cruz es un combate maravilloso por la libertad humana.Recuerden ese rasgo tan emocionante: un Sábado, estando con hambre, los discípulos están cogiendo espigas para comerse el grano, y unos arrogantes Doctores de la Ley los acusan de trabajar el día Sábado y de violar así la sacrosanta Ley. Entonces nuestro Señor toma su defensa diciendo: “El Sábado es para el hombre y no el hombre para el Sábado” (Mc 2, 27). Muestra justamente que toda la orientación de la religión tiende a la liberación del hombre, a su perfecta realización en el amor de Dios.Y estando la Humanidad de Jesucristo absolutamente despojada de sí misma, toda la vida de Jesucristo en su Humanidad consiste en ofrecer a Dios una perfecta transparencia para permitirnos leer a través de su corazón la Eterna Pobreza de Dios. Jesucristo nos revela a Dios precisamente como El que se da infinitamente, el que es sólo Amor y sólo espera de nosotros el amor, es decir como El que quiere hacernos semejantes a Él, hacer de nosotros una fuente surgente de luz y de bondad. Y Jesús nos conduce al Dios Pobreza, al Dios cuya diferencia es no tener ninguna. ¿Cómo va a reunir la humanidad sino justamente bajo el signo de la pobreza?Y en su pensamiento, la Iglesia, es decir la unidad del género humano tal como él la desea, tal como él la vive, sólo puede consistir precisamente en la apertura ilimitada del corazón que hace de cada uno un espacio donde todos los demás hombres pueden respirar, donde todos los demás hombres se sienten acogidos y donde aprenden que en Dios ellos están en casa.Me parece que ese es prácticamente el único signo de la Iglesia auténtica. Se podrán hacer mil teorías, abstractas, sobre los títulos y la legitimidad de una institución cualquiera para representar a Dios. Es absolutamente cierto que la única manera de ser cristiano, según la mente de Jesucristo, es no tener fronteras.Porque Jesucristo no es un teórico que viene a traernos ideas sobre Dios. Jesucristo es la Divinidad que se dirige personalmente a nosotros a través de una Humanidad que no puede poseer nada, apropiarse nada, limitar nada y que nos transmite en toda su pureza la luz de la Eterna Inocencia y de la Eterna Bondad. Y desde luego, a la luz de la Eterna Inocencia y del Eterno Amor, sólo podemos vivir en un clima de universalidad.No podemos dar testimonio del don infinito que es Dios sino por el don de nosotros mismos y es absolutamente seguro que, si cerramos el corazón, si limitamos el don de nosotros, si pretendemos hacer de la verdad una posesión y un monopolio, estamos esencialmente opuestos al espíritu de Jesucristo.Por tanto, la unidad del mundo cristiano sólo podrá realizarse en la medida en que cada uno de nosotros viva la Pobreza Divina, en la medida en que cada uno sea una acogida sin segundas intenciones, en la medida en que cada uno dé testimonio de un Dios que es simplemente la luz del Eterno Amor. Porque es evidente que si Dios es únicamente Amor, si es únicamente don de Sí mismo, si en Su Corazón no hay parcialidad, ni fronteras, si quiere comunicarse en Su Plenitud a toda criatura, es perfectamente seguro que la única manera de dar testimonio de Su Presencia es siendo también nosotros don sin límite e irreversible.¿Y quién rechazaría el Evangelio si fuera presentado a cada uno como un hogar, como una morada, como un corazón, como ternura infinitamente materna que nunca ha cesado de esperarlo? Mientras el Evangelio no tenga ese aspecto, mientras la Iglesia, cualquier cosa que pretenda ser, no sea concretamente para nosotros el Corazón mismo del Señor que late en todos los corazones humanos, es inútil pensar en la Unidad o hablar de ella.Por eso, para que el esfuerzo, milagrosamente realizado además, de una simpatía cada vez mayor de todos los hombres unos hacia otros, y de todas las confesiones unas para con otras, queremos prolongar el movimiento con la gracia del Señor apropiándonos, es decir haciendo nuestras, es decir alimentándonos de las palabras admirables de Fenelón: la diferencia de Dios es que no tiene ninguna.Me parece que esa es la más hermosa definición de un espíritu auténticamente católico, es decir auténticamente universal, que no se sientan límites en él y que la verdad aparezca no como una idea que uno se hace sobre algo, sino simplemente como la Luz de la Llama de Amor”.(1) Fenelón, “De la existencia de Dios”, cap. V § 65.  

 

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