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11-12/02/10 - Ite missa est... ¡Pueden irse, es la misión!

Nuestra Señora del Valentín, Lausana, domingo de las vocaciones, 6° después de Epifanía, 11 de febrero de 1962“¿Quiénes eran los Apóstoles cuando recibieron la misión de evangelizar el mundo? Una docena de hombres de un país muy pequeño, sin ninguna influencia sobre la marcha del mundo y sin embargo a ellos, que no tenían grandes conocimientos, ni vastos horizontes, a ellos les fue confiado el mundo mismo para que lo iluminaran con la luz de Cristo. Pero ¿de qué fuerzas disponían? ¿De dónde sacaban el valor para afrontar todas las dificultades, hasta el martirio, sino justamente del hecho de haber sido enviados? Tenían el profundo sentimiento de que no eran ellos quienes actuaban, sino Otro, y que ese Otro, desde lo más íntimo de ellos mismos, les permitía afrontar todos los peligros, soportar todos los suplicios y tocar todos los corazones.Pero el envío, la misión, la fuerza que los Apóstoles sacaban de la certeza de ser llevados por la Presencia del Señor, esa certeza debemos tenerla nosotros también, porque todos somos enviados. No cesamos de decir que la Iglesia es apostólica, es decir, enviada, y ser de Iglesia es lo mismo que ser enviado.Les pedían ahora oraciones por las vocaciones sacerdotales y religiosas. ¿Porqué hay tan pocas vocaciones? Porque el pueblo cristiano en general perdió la convicción de ser enviado, perdió el sentido de la misión, ya no es como está llamado a ser, un pueblo sacerdotal.Todo cristiano tiene la misma misión. Todo cristiano es tan enviado como el sacerdote. El sacerdote es sin duda un lazo visible, un lazo sacramental de la unidad del Cuerpo Místico de Jesucristo, pero su misión, indispensable, no dispensa a los demás cristianos de ser testigos como el sacerdote, testigos de Jesucristo, y todo cristiano es enviado, desde el bautismo.Además, san Pablo lo recuerda formalmente a los esposos cuando presenta el matrimonio como el sacramento mismo del Cuerpo Místico, afirmando que el matrimonio es el misterio que representa y que realiza la unidad del cuerpo místico, el sacramento que representa y realiza la unión de Jesucristo con toda la Humanidad. Los esposos también son consagrados y por la consagración, enviados a realizar en el mundo la obra de Jesucristo, para ser sus testigos, para comunicar la luz de Su Presencia y la alegría de Su Amor.Y los no casados tienen igualmente la misión de representar a Jesucristo y de darlo, y el mismo san Pablo, que coloca el matrimonio a esa altura incomparable, que ve en el matrimonio una misión divina, una misión universal, el mismo san Pablo glorifica el trabajo, une la pureza de su apostolado al trabajo de sus manos, recuerda a los corintios que todo su honor está justamente en realizar su apostolado gratuitamente, y de ganarse el pan mediante el trabajo de sus manos, pues fabricaba tiendas con sus amigos Áquila y Priscila. El trabajo, para él, hacía parte de la misión, continuaba el trabajo del artesano de Nazaret. También para nosotros tiene, debe tener siempre un valor sagrado, debe constituir una misión y un testimonio, porque es imposible amar a Cristo sin querer difundir su Luz y comunicar Su Presencia.De la certeza de ser enviados, debemos pues sacar el valor para actuar, el entusiasmo para trabajar, la perfección de nuestro servicio, sea cual fuere, porque dondequiera que estemos representamos a Cristo y comprometemos Su Vida.Además, el Evangelio de hoy nos muestra cómo tenemos más posibilidad de realizar con fruto la misión: comenzando por las cosas pequeñas. Ustedes recuerdan que el primer milagro de Jesús se realiza en las bodas de Caná, con ocasión de un banquete, de una fiesta nupcial, en que el vino llegaba a faltar y los esposos corrían el riesgo de quedar mal ante sus invitados. Entonces María interviene, intercede, y por su oración obtiene, por el Corazón del Señor, el milagro que saca del paso a los esposos y les permite conservar de por vida el recuerdo de un día perfectamente exitoso, y que era como el dintel de su felicidad.Es algo muy pequeño, pero así comienzan las cosas grandes, pues la vida está hecha de pequeñeces, de detalles, y el cuidado de arreglar las cosas cada día, de establecer en nuestro medio un clima de paz, de concordia, de benevolencia, de gentileza, de cortesía, será el cumplimiento más fecundo de nuestra misión.¿No encontramos al final del Evangelio, en el relato adorable de los discípulos de Emaús, que los discípulos, que no habían entendido las palabras de Jesús, que no sabían que el peregrino que los acompañaba en el camino era el Señor mismo, no vemos cómo se abren sus ojos? Simplemente porque ejercieron la hospitalidad al que tomaban por un peregrino y un viajero, porque lo forzaron casi a entrar en su casa y a sentarse a su mesa, porque fueron simplemente fraternales para con él, de repente sus ojos se abrieron y reconocieron al Señor en la fracción del pan. Con actos semejantes, con el cuidado de las pequeñeces, será como cumpliremos la misión que se nos confía en cada liturgia, pues las últimas de la misa son “Ite, missa est”, “¡Pueden irse, es la misión!”.Estamos aquí justamente para sacar la fuerza de la misión, para recibirla de nuevo de la boca y del corazón del Señor, a fin de que recomencemos el trabajo esta semana con la convicción de que somos enviados.Cualquier cosa que hagamos, cualquiera que sea nuestro trabajo, cualquiera que sea el medio en que gastemos nuestras fuerzas, tenemos que hacer hombres, hacer seres humanos que lleven en sí los mismos deseos, los mismos sufrimientos, las mismas esperanzas, las mismas preocupaciones que nosotros y que esperan, sin atreverse a decírnoslo, esperan de nosotros la respuesta a sus problemas, y esperan con tanto más impaciencia que saben que nosotros somos, como se dice, practicantes, que saben que pretendemos ser cristianos y se imaginan que realmente tenemos algo que llevarles.Y en efecto, tenemos algo esencial que llevarles, es la Presencia misma del Señor lo que tenemos que comunicarles y si todos los que estamos aquí esta noche consideramos realmente que somos enviados, si comenzamos la semana con la convicción de realizar una misión divina, de ser llevados por la Presencia y la gracia del Señor, a través de los gestos humanos indispensables para ganar el pan cotidiano, puede pasar, si ponemos en ello todo el respeto, toda la bondad, toda la benevolencia, toda la sonrisa y la cortesía, puede pasar la Presencia de Jesús, sabremos que la Iglesia toda entera es apostólica, que la Iglesia toda entera es sacerdotal y que el pueblo cristiano es un pueblo de sacerdotes. En esa medida crecerán naturalmente las vocaciones sacerdotales y religiosas porque, si todo el pueblo cristiano es un pueblo de sacerdotes y apóstoles, será como natural que surjan de él los jefes y los cuadros que de manera oficial deben desempeñar el papel de sacramentos de la unidad del Cuerpo Místico del Señor.Esta noche pues, recordando que el cristianismo fue difundido por doce pescadores de Galilea que no tenían ninguna posibilidad de éxito ni más apoyo que la certeza de la Presencia del Señor dentro de ellos, queremos pedir que también nosotros, tan limitados, tan frágiles, tan poco generosos como seamos, seamos tanto más estimulados cuanto más convencidos estemos de que la vida, el Evangelio, la gracia, la alegría, la luz del Señor ha sido puesta en nuestras manos, y que eso es lo que significan las breves palabras con que termina esta liturgia: “Ite, Missa est”, “¡Pueden irse, es la misión!” 

 

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