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Zundel
13/02/10 – Bajo la palabra Dios se pueden poner cosas bien diferentes.
1ª parte de la 1ª conferencia de M. Zundel a las franciscanas de Lons le Saunier en Ghazir, del 3 al 10 de agosto de 1959.
Lunes 3 de agosto, 4 p.m.
¿De qué Dios se trata?
“Un nombre que todos conocen es el de Karl Marx. Ustedes saben que él es el fundador del comunismo, el gran doctor del comunismo, pues las obras de Karl Marx son leídas, estudiadas y comentadas. Él amaba profundamente al pueblo. Por otra parte, era muy culto: era abogado, de origen burgués, era un hombre de condición acomodada, y se interesó por el problema obrero con una entrega extraordinaria. Le dedicó finalmente su vida entera al problema obrero. Él era fundamentalmente ateo – o al menos eso creía. Y he aquí cómo justificaba su incredulidad, su rechazo de la fe en Dios.
Decía: “La libertad...” – era la libertad lo que deseaba defender ante todo – decía: “la libertad es cuando el ser sólo depende de uno mismo. Por eso, o bien el hombre es creado por otro del cual depende, y no es libre, o bien su ser sólo depende de él mismo, es decir, él es libre, pero entonces Dios no existe.
Un ser sólo aparece como independiente en la medida en que es su propio dueño, y lo es sólo en la medida en que se da a si mismo la existencia. Un hombre que vive gracias a otro se considera dependiente. Y yo vivo completamente gracias a otro si no solamente le debo la conservación de mi vida sino que además él creó mi vida, si él es su fuente. Mi vida tiene su fuente necesariamente fuera de mí si no es mi propia creación. Por eso es tan difícil sacar de la conciencia popular la idea de creación. Pero para el hombre socialista, (es decir para Marx mismo), ya que toda la historia universal no es sólo procreación del hombre por el trabajo humano, devenir de la naturaleza para el hombre, él tiene la prueba irrefutable de que se engendra a sí mismo, y ese es el proceso de la creación.
Por eso desde su primera obra, Marx había dicho: “La filosofía no lo oculta, ella hace suya la profesión de fe de Prometeo”. Prometeo es un personaje mítico de la antigüedad que había robado a los dioses el fuego del cielo y había sido crucificado sobre una roca a la que había sido encadenado. Los dioses se habían vengado porque quiso robar el fuego del cielo. Entonces, la filosofía no lo oculta: hace suya la profesión de fe de Prometeo. En una palabra, odio a todos los dioses. Y la filosofía opone esa divisa a todos los dioses del cielo y de la tierra que no reconocen la conciencia humana como la divinidad suprema”.
Para él entonces no existe sino una divinidad, la conciencia humana. Y si Dios existe – pero para él no existe – sólo puede ser enemigo de la conciencia humana, porque si se acepta la existencia de un dios, la conciencia humana es dependiente y esclava, y no es posible la libertad. En nombre de la libertad pues, Marx rechaza absolutamente la existencia de Dios.
Y es curioso – ya que todas esas corrientes se unen – es curioso que en una novela de un autor alemán, llamada “Der gruner Heinrich”, “Enrique el Verde”, un niño regresa un día de la escuela. Es protestante, llega de la escuela y se pone a la mesa. Vive solo con su madre viuda, y no hizo su oración antes de sentarse a la mesa. Su mamá le dice: “¿No hiciste la oración? – “No, no la hice”. - ¿No la quieres hacer? – No, no quiero. – ¡Tienes que hacerla! – ¡No la voy a hacer! – Entonces no comes. – Pues no voy a comer”. Y el niño se marcha.
Ahí vemos pues nacer en un niño las mismas reacciones: no quiere que lo fuercen a algo y afirma su libertad rehusando hacer su oración, y prefiere no comer, lo cual es mucho para un niño, más bien que someterse a la obligación de hacer una oración. Hay pues en el mundo una cantidad de gente que rechaza a Dios porque ven en él el enemigo número uno de la libertad. Ahí tienen un primer cuadro.
Y aquí tienen otro, bien extraordinario. La Revista Bíblica, la revista de los dominicanos de Jerusalén, es una revista sabia, una revista admirable que publica todos los trabajos que conciernen la Biblia, donde encontramos artículos de primera importancia, y que es una revista conocida en el mundo entero. Fue creada por el P. Lagrange a fines del siglo pasado, tiene entonces más de 50 años de existencia, y es un instrumento de trabajo indispensable a todos los que se ocupan de Sagrada Escritura.
Y en la Revista Bíblica del primero de enero de 1958 hay un artículo del P. Festugière. El P. Festugière es un dominicano de París, ingresado relativamente tarde en la orden, un helenista de primera categoría. Un helenista, es decir un gran conocedor de Grecia, de la lengua griega, de todo lo griego, de la historia y la filosofía griega. Es miembro del Instituto, de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras. Es una celebridad en el mundo entero y uno de los mejores conocedores de Grecia y de la lengua griega.
Y el P. Festugière a quien conozco un poco pues lo encontré una o dos veces en París, el P. Festugière hace en la Revista Bíblica la reseña de una obra muy importante sobre la religión romana, escrita por Jean Bayet. Y el artículo del P. Festugière que contiene unas quince páginas, lo cual es muy importante y supone que el libro reseñado es también muy importante – el artículo da al P. Festugière la ocasión de hacer toda una serie de reflexiones que me llenaron de estupor.
Dice esto en particular: “Nos sentimos continuamente dependientes de fuerzas oscuras, de fuerzas de la naturaleza, de fuerzas como el granizo, la lluvia si dura demasiado, la sequía, capaces de destruir las cosechas. Nos sentimos continuamente dependientes de fuerzas oscuras que apenas podemos nombrar, las sentimos presentes por doquiera, por doquiera activas, decidiendo nuestra felicidad o nuestra desgracia. Buscamos pues apaciguar la divinidad difundida por doquiera en la naturaleza, ponernos en paz con ella y percibimos, sentimos más o menos claramente, que para apaciguarla es necesario realizar exactamente los ritos que le agradan. El temor es dominante en esta actitud religiosa, lo mismo el escrúpulo. Tal actitud no ha desaparecido: subsiste en las condiciones modernas, subsiste en el cristianismo”.
Admite pues que las religiones, todas las religiones, comenzaron por el temor del hombre ante las fuerzas desconocidas que lo rodean, sobre las que no tiene poder, y busca justamente apaciguar a los señores de esas fuerzas, señores que ignora. Trata de domesticarlos para hacérselos favorables. Para el P. Festugière, ése es el origen de la religión.
El miedo ha dominado entonces la actitud religiosa y, como acabo de decirlo, esa actitud no ha desaparecido, subsiste en el cristianismo.
“Muchas almas muy sinceramente cristianas, muy auténticamente religiosas, están obsedidas por la preocupación de realizar siempre, en el momento necesario y en el rito adecuado los deberes prescritos. Nos hemos burlado del farisaísmo y sin duda todos los fariseos contemporáneos de Cristo presentan una deformación de la religión, pero el farisaísmo original no era eso, era una observancia escrupulosa de la letra, porque con el respeto de la letra nos aseguramos de ser agradables a Dios, estamos en paz con Él.
Bajo esta forma, el farisaísmo es eterno y el Evangelio mismo impone la estricta obediencia a los mandamientos. Si observamos que en la religión romana los mandamientos son más propiamente culturales que morales, habremos definido con bastante justeza, me parece, la actitud religiosa del Romano…” “Nos sentimos rodeados de fuerzas, y esas fuerzas, desde tiempos inmemoriales, nos aparecen como personas”.
Y más adelante se lee: “Se puede naturalmente reprochar a esta religión el ser una especie de mercado. Se ofrecen sacrificios a los dioses para obtener sus favores. Se hace un contrato con ellos, se les hacen promesas que se cumplen si ellos son fieles en ayudar quienes los invocan”.
Se trata todavía de la religión romana, pero el P. Festugière, de acuerdo con el autor que reseña, dice: “Después de todo, había quizás este aspecto en la religión romana. Pero eso no impide que también existiera un sentimiento religioso incontestable”. Y ahí es cuando dice: “El contrato, si le reprochan a la religión romana el haber sido un contrato “dando y dando” con los dioses, en que “yo doy tanto y ustedes dan tanto”, se puede decir del matrimonio que es también un contrato. El matrimonio es un contrato. ¿Es puro contrato sin reciprocidad de confianza y de amor?”
Y he aquí algo que nos impresiona más: “Los miembros de las órdenes religiosas pronuncian tres votos, de castidad, pobreza y obediencia. En otros términos, alienan en manos de Dios, representado por el Superior de la Orden los tres bienes esenciales del hombre. Por su parte, el Superior, en nombre de Dios, promete al joven profeso la Vida eterna. Es pues un contrato entre el hombre y Dios: ¿hablaremos de un mercado? Se necesita no haber asistido nunca a una profesión, jamás haber encontrado un profeso en el momento en que se compromete, para reducir a un sórdido mercado ese compromiso, que es de verdad un contrato, un acto contractual. Simplemente, el adolescente se da – como se daba antiguamente un joven caballero al príncipe al que deseaba servir – se liga por contrato con el misterio infinito que es Dios. Y el sentido propio de ese contrato es el siguiente: aunque Dios lo trate como quiera – generalmente mal – y aunque el misterio divino se oscurezca mucho a lo largo de la vida, el hombre permanecerá fiel. De suerte que de parte del hombre todo consiste en el contrato a permanecer fiel a pesar de todo”. Y es lo que hacían también los romanos.
Y llega ahora a los períodos en que los romanos comienzan a descuidar su religión, comienzan a introducir en Roma otras religiones que parecen más capaces de conmover a los dioses más cercanos a los hombres, justamente los defensores de la religión atribuyeron todas las catástrofes que sobrevinieron al Imperio al hecho de que abandonaban los dioses tradicionales. “¡Si cesan los sacrificios, nada funciona! Pero hubo gente que permaneció fiel hasta el final a la religión romana. Y si ninguna catástrofe, ninguna catástrofe pudo debilitar la fe romana, las relaciones de confianza recíproca jurídicamente establecidas entre las dos partes, una de las cuales puede dominar a la otra, es algo mucho más profundo y más auténticamente religioso que una transacción comercial”.
Y aquí tenemos una frase extraordinaria, sorprendente e inquietante: “Los dioses nunca cesaron de incumplir el contrato. Y sin embargo, el contrato subsistió. Se sentía pues confusamente que una de las partes, Dios, tiene derechos soberanos y merece, a pesar de todo, que se le sirva. Después de todo, pagana, cristiana, la pobre humanidad se debate en el misterio. Sería seguramente más sencillo no creer, pero el hecho es que creemos”. Eso es curioso bajo la pluma de un religioso.
Y algo que me parece mucho más inquietante todavía: “No es lo mismo con las religiones paganas y con la cristiana. La religión cristiana, en efecto, es eminentemente moral. Impone, especialmente en asuntos de la carne, un código moral de extremo rigor. Condena el amor de sí mismo, el orgullo de la vida, y va entonces contra instintos entre los más poderosos concebibles del animal humano (dice el P. Festugière) y se entiende que un joven, consciente de sus fuerzas, la rechace con asco y con odio. Tanto más cuanto que esta religión, habiendo introducido la noción teológica de pecado para las faltas morales, es decir la ofensa directa a Dios, hace pesar sobre la existencia entera el peso insoportable de una culpabilidad, el riesgo de un juicio y de un castigo eterno que arriesga impedir toda acción y apagar toda alegría”.
Pues me parece demasiado, demasiado trágico que un religioso, que escogió hacerse monje, que es un gran sabio, escriba cosas de tanto desencanto sobre la religión, uniendo todas las religiones finalmente al miedo del hombre ante las fuerzas de la naturaleza, mostrando que después de todo, todas las religiones aceptan contratos en que el hombre acepta las condiciones de Dios a condición que Dios sea fiel a sus promesas. En general, Dios no es fiel a sus promesas. Pero el hombre persevera en la fe. Sería más sencillo no creer, y sin embargo creemos, es un hecho. Y finalmente, el cristianismo no hizo sino agravar todo eso, porque no sólo nos presenta un Dios que generalmente trata mal a los que se dan a Él, sino que envenena la vida con mandamientos severos y terribles, de suerte que un ser joven y sano debería rehusarlos con asco y horror.
¡Y me parece que cuando un religioso escribe eso, es que realmente su vida está profundamente herida! Es realmente necesario que ya no se sienta cómodo en su religión para poder escribir de esa manera.
Y entonces, Dios mío, alguien puede estar en estado de crisis, ¡eso sólo nos invita orar por él! ¡Pero es triste! Ciertamente la Revista Bíblica no se atrevió a rehusar el artículo por la importancia del personaje, pero es evidente, - ¡afortunadamente se trata de una revista que sólo es leída por sabios! – es evidente que un artículo como ése no puede ser garantía para la fe de los lectores. Y si les hablo de él, es porque representa otro aspecto de Dios.
Marx rechaza a Dios en nombre de la libertad, y un religioso cristiano lo acepta a pesar, a pesar de todas las desventajas de la situación, a pesar de que muchas veces Dios no responde cuando lo llaman, a pesar de toda la dureza de una ley que va contra los deseos más profundos de la naturaleza: ¿es realmente Dios el enemigo de nuestra libertad, es el que hace pesar sobre la vida el yugo feroz de una exigencia que ensombrece la existencia toda, o es Dios alguien diferente?
Esos dos ejemplos muestran en todo caso que cuando se pronuncia la palabra “Dios” se puede estar hablando de cosas bien diferentes. Marx ve en él el enemigo de la libertad, el P. Festugière, un desconocido cuyo misterio es impenetrable y que hace pesar sobre la vida un yugo casi insoportable”. (Continuará)
Published
Feb 13 2010, 05:32 PM
by
Gustavo
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