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Retoma: "Sin que la joven se diera cuenta, esa confidencia fue una
catástrofe, porque a él le dio la impresión de haber sido engañado y de haberse
implicado en esta situación simplemente para asegurar la tranquilidad de los
padres".
Continuación: "Desde entonces se retira, se sumerge en sus negocios,
se vuelve insoportable, se encierra en un mutismo hostil y la esposa que no
entiende nada, y no tiene la menor idea de que su confidencia fue la que
provocó la catástrofe, la esposa, desde luego muy herida, pero viendo que no
había nada qué hacer, y muy religiosa por temperamento y con varios hijos que
cuidar, se repliega sobre sus deberes de madre, y acepta ante Dios el
sacrificio de su felicidad conyugal.
El padre, viendo a la madre dada por entero a los hijos – y ¿cómo, si no,
ejercer su ternura, ya que él se ha retirado? – necesita a quién darla, y la da
a sus hijos – y él se imagina que la madre se une con los hijos contra él. Su
hostilidad se agrava entonces cada vez más, y mientras los hijos crecen,
aparecen claramente dos bandos, el de la madre con los hijos, y el del padre,
solitario, mudo y hostil. Y él lleva su hostilidad hasta hacerse servir carne
el Viernes Santo, para herir los sentimientos religiosos de su mujer.
Conociendo sólo la ternura de la madre, los hijos son profundamente
hostiles al padre, y mientras más crecen más se enraíza en ellos la hostilidad.
La vida los lleva a casarse, y los crecen hasta que el viejo abogado, que ha
envejecido entre tanto, llega a tener una nieta que acaba de casarse. Por otra
parte, todo el que entra en la familia se une al bando de la madre y se convierte para él en un nuevo enemigo. Su
fortuna es colosal y en el fondo es el único bien que mantiene cierta
solidaridad de los hijos para con el padre. La fortuna es inmensa, y
naturalmente ellos desean heredarla, y están obligados a mantener cierta
presencia para que el padre no los desherede.
¡Pero la situación se prolonga y dura! Quisieran que muriera y que una
circunstancia favorable los libere de su presencia. Él, naturalmente, se da
cuenta, conoce exactamente los sentimientos de ellos y los conoce tanto mejor
que cuando por la noche se retira cansado a su cuarto antes que los demás, apaga
la luz y deja la ventana abierta para saber todo lo que se dice en la terraza.
Oye entonces los murmullos, oye ecos, y una noche escucha justamente que el
marido de la nieta propone nada menos que internarlo en un ancianato,
secuestrarlo, encerrarlo, hacerlo declarar incapaz de administrar sus negocios
y así apoderarse de su fortuna, en vez de esperar una muerte que tarda
realmente en llegar.
Al oír esa conversación, entra naturalmente en un furor indescriptible y al
día siguiente anuncia a su mujer que se va de viaje.
Ella, que no estaba en el complot, pues se había retirado antes de esa
conversación cínica, no estando en el complot, lo mira y se siente cansada. Por
primera vez en su vida, la observa, sola. Ve que ella está consternada,
acabada. Comienza a llenarlo un sentimiento de compasión. Quisiera no irse,
pero se endurece pensando en las terribles palabras de ese nieto de adopción,
con la complicidad de los demás, escuchadas en la noche anterior.
Está pues resuelto a ir a París, desheredarlos a todos y transferir toda su
fortuna a un hijo natural que había tenido con una de sus clientas, una institutriz
que él había defendido en un asunto muy grave, y que, en reconocimiento, se
había entregado a él, y le había dado un hijo. Por otra parte, muy justamente,
él había seguido sosteniéndolos, nada les faltaba. En este aspecto, él había
cumplido todos sus deberes, pero decidió transferir toda su fortuna a ese hijo
natural al que no conoce. Llega pues a París y cuenta a su antigua clienta,
madre de ese hijo, su intención, y confía a ese hijo natural con quien se
encuentra por primera vez, que él sería le heredero de toda su fortuna.
Se da cuenta con estupor que eso no parece encantarles, que en el fondo les
da más bien miedo, miedo de entrar en esa historia, miedo de complicaciones
extraordinarias para toda la familia que de toda evidencia los atacaría, se
defendería con garras y dientes contra el testamento. Él trata de persuadirlos,
se instala en su vecindario durante algún tiempo, y pide al hijo natural que
recoja su correo. Y comienza a dudar por otra parte de que el muchacho sea
capaz de asumir semejante carga, cuando un día, paseándose en París, ve en el
reflejo de una vitrina la sombra de su yerno en un almacén. Observa de nuevo y
ve a su hijo en el almacén, y ve que su hijo natural está con ellos. Entonces
comprende, comprende: "Vendió la mecha y va a negociar con los herederos
legítimos, va a pactar con ellos.
Entonces se retira, se esconde, y los dejar ir. Los sigue. Van a la iglesia
de San Germán y allá arreglan los negocios, se ponen de acuerdo sobre la
pensión que recibirá el hijo natural, duplicada en cambio del abandono total del
testamento hecho en su favor.
Se retira entonces habiendo visto lo que deseaba, y cuando se encuentra
ante su hijo natural, finge no haber visto nada, no saber nada, le hace una
pregunta y hace soltar el secreto. Lo pone entonces contra el muro diciéndole:
"¡Imbécil! Naturalmente te vendiste, te las arreglaste con los demás. Pues
yo voy a hacer exactamente lo que ellos querían: ¡doblaré tu pensión y daré mi
fortuna a otro!" y rompe entonces definitivamente con la mujer y el hijo,
y su correo permanece dos o tres días sin ser retirado.
Cuando va a retirarlo, hay una carta de su hijo que le pide regresar lo más
pronto posible, porque su esposa está enferma. Comienza entonces a conmoverse,
y toma el primer tren, y cuando llega, ella ha muerto…. Ella está muerta.