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Zundel

18-19/02/10 – El misterio de la Trinidad libera la mente y el corazón.

Reciban, acojan hoy y los días siguientes el estudio de un texto de Zundel absolutamente excepcional.Es la segunda parte de la conferencia del retiro del 5 de agosto de 1959 en Ghazir, dado a las franciscanas de Lons-le-Saunier. Le dieron como título: "La Trinidad, misterio de la pobreza de Dios". La historia de san Francisco ocupa un buen lugar porque vivió de manera admirable el misterio de la Trinidad, por el culto de la pobreza, y también porque Zundel se dirige aquí a hijas de san Francisco, mejor preparadas por eso a entrar en el misterio. Lo dividimos en cinco parágrafos, para cada uno de los días siguientes.OraciónDios nuestro, Padre, Hijo, Espíritu, ¡haz que recibamos el misterio luminoso de la Trinidad divina! ¡En el cielo jamás habremos terminado de recibir su luz! Te suplicamos que seamos iluminados ya aquí en la tierra con su claridad, que libere cada vez más nuestra inteligencia y nuestro corazón tan frecuentemente prisionero de la representación de un falso dios! El misterio de la Trinidad. La Trinidad, misterio de la pobreza de Dios. Primer parágrafo."Aprendimos en el catecismo que la Trinidad es un misterio, un misterio impenetrable y nos contaron ese cuento falso de Agustín que caminando en la playa vio un niño que quería meter el mar en una conchita. ¡No es verdad! ¡No es verdad! Si Jesús habló de la Trinidad, no fue para confundir la inteligencia sino para liberarla.El misterio, el misterio cristiano, no es algo oscuro. Es algo deslumbrante de luz. Es una luz que no se puede expresar, que no se puede agotar. ¡Es lo contrario de un velo, de un límite, de un muro contra el cual chocamos! Es todo el espacio que se abre, y podemos avanzar eternamente, eternamente, eternamente… y será siempre nuevo, siempre, siempre. ¡Jamás llegaremos a agotarlo!Si Jesús nos confió ese secreto, fue porque ese secreto es la libertad (la liberación) de nuestra inteligencia y de nuestro corazón (1). Porque es necesario confesar que mientras nos encontremos ante del Dios solitario del judaísmo o del Islam, somos aplastados. ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Dios es alguien centrado sobre sí mismo? ¿Es solitario, se alaba, se mira, se admira, se ama, y nos pide que lo alabemos y lo amemos? ¡Eso es asfixiante, eso ahoga…!Y se comprende que la pequeñita egipcia de nueve añitos, habiendo oído decir que Dios era la Causa Primera, que todo viene de Él, que todo vuelve a Él, que hace todo por sí mismo, que tiene todo, que nada le podemos quitar, que es infinitamente feliz, que es indiferente a la desgracia y a la felicidad de los demás porque Su gozo es entero en Él mismo, decía: "¡Qué suerte tiene! ¿Y eso le llegó así no más? No tuvo nada que hacer para ser Dios, eso lo tiene desde siempre… ¡Cosa curiosa! Y ¡qué suerte la suya! ¿Porqué Él y nosotros no? ¡En el fondo, eso no es justo! ¡Todos deberíamos tener la oportunidad!" y en su cabecita, esperaba que le llegara el turno de ser Dios…Como decía Nietzsche, el filósofo alemán: "Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser dios?Justamente, porque la niñita, como sus catequistas y como Nietzsche tenían todos un Dios en altura, en la línea de la pirámide. Lo veían allá arriba, allá arriba, allá arriba, como la aplanadora que nos aplasta con su Poder y Majestad.No sabían que Dios es el que está arrodillado para el Lavatorio de los pies. Y justamente, la Trinidad nos abre el Corazón de Dios: La Trinidad nos enseña que Dios no es solitario. Es único, pero no solitario – único pero no solitario, que justamente, no es alguien que se mira y se admira, que se alaba, se inciensa y se ama, porque en Él, toda la vida brota, brota, brota como una comunicación que va del Padre al Hijo, del Hijo al Padre, en la Unidad del Espíritu Santo, porque en Dios está el Otro, porque en él "Yo es Otro", porque en Él la vida es "Tú eres Yo"… "Tú eres Yo"… el Padre lo dice al Hijo, el Hijo lo dice al Padre, y el Hijo y el Padre al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo al Hijo y al Padre". (Continuará) (1) Mientras no se haya entrado, al menos un poco, en esta comprensión del misterio de la Trinidad, no se puede entender nada respecto de Dios ni respecto del hombre. De ahí la importancia capital, y Zundel se atreverá entonces a decir: "¡Hay que recomenzar todo!" y eso no se ha hecho todavía en la Iglesia, 50 años después de que todo eso haya sido dicho. Porque no conocemos esas cosas o porque pueden parecer menospreciar las bases de la doctrina de la Iglesia, lo que los hombres de Iglesia sólo pueden rehusar para comenzar. Es urgente, ahora que nuestros contemporáneos del siglo 21 aceptan cada vez más difícilmente un Dios en la cumbre de la pirámide. De ahí la indiferencia general actual hacia el cristianismo que les parece exigir fe en un dios totalmente inaceptable y completamente exterior al hombre. 

 

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