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24-25/02/10 – No creo en la utilidad de lo que hago.

Lausana“¡Qué suerte tiene usted! me decía una gran enferma. Yo no hago nada. Mi vida es inútil. Todos los dones que pude haber recibido fueron malgastados. Pero Ud. tiene al menos la sensación de que lo que está haciendo es útil”. A lo cual pude responder: “Yo no creo, no creo en la utilidad de lo que hago. Al contrario, estoy convencido de que la acción es una trampa y una ilusión”.San Ignacio de Antioquía, mártir de comienzos del siglo segundo, en camino hacia el martirio precisamente, escribía a las Iglesias de Asia que lo habían acogido al pasar, diciendo entre otras cosas estas palabras prodigiosas: “Ser, sin hablar, ser sin hablar, ser sin hablar, es mejor que hablar sin ser”, y a los romanos que tenían consideración por su edad avanzada y querían intervenir para evitarle el martirio, les dirigió esta súplica: “Sobre todo, no intervengan. Déjenme comenzar por fin a ser discípulo, pues cuando haya sido molido por el diente de los animales (pues debía ser condenado a los suplicios del anfiteatro), cuando haya sido molido por el diente de los animales yo seré por fin palabra de Dios”.Evidentemente hay una oposición, con frecuencia radical, entre la acción y el ser. Actuamos, nos agitamos, nos gastamos y creemos dedicarnos – y no existimos y lo que hacemos finalmente es disimular y ocultar la nada que somos.El campo de la “acción” es el campo de los medios. Se dan al hombre las técnicas. Además las técnicas son preciosas, y yo soy el primero en utilizarlas y quererlas. Mero las técnicas no significan nada si no creamos al hombre mismo. Pues finalmente el hombre es rebasado por sus técnicas. Las técnicas abundan. Pronto podrá el hombre crear un universo de fantasía que responda exactamente a los decretos de su voluntad, pero si no sabe en qué dirección crear, si no tiene idea del objetivo que busca, todo ese despliegue de medios sólo llevará a resultados catastróficos y falsificaciones.La acción es necesaria sin duda, pero ante todo hay que existir de manera auténtica que sitúa los valores al interior de la mente y del corazón. Es claro que sólo el ser que existe de manera auténtica es capaz de emocionarnos y de transformarnos.Es una justicia implacable. Decimos que la vida es injusta y que es atroz. Y es verdad, en primera aproximación. Existe sin embargo una justicia infalible e implacable que es imposible de esquivar y es precisamente que el ser no se puede disfrazar, que no se puede engañar con la existencia, siempre somos lo que somos – y nada más.Y cuando usurpamos un personaje, cuando nos revestimos de virtudes fingidas, aunque nos entreguemos con heroísmo, basta con escarbar un poco bajo las apariencias para ver que con frecuencia todo lo que llamamos acción – inclusive la Acción Católica – es una manera de emplear energías nerviosas para equilibrarnos, mucho más que una búsqueda del Reino de Dios.Y ésa es justamente la cuestión: ¿cuál es el hombre que va a transformar al hombre? ¿Cuál es el hombre capaz de conmovernos profundamente? ¿Cuál es el hombre que nos conmueve y nos conduce a una verdadera conversión? Es siempre y únicamente el que se convierte, el que está en la verdad de la vida, el que se coloca frente a Dios, el que respira Su Presencia y comunica Su Amor.Hemos leído cantidad de libros. Hemos escuchado cantidad de sermones. Tenemos cantidades de ideas y consejos. Y todo eso no sirve para nada. Pues para conmovernos, para transformarnos, necesitamos que alguien pague el precio, nos ayude y nos eleve hasta el Corazón de Dios donde comienza el diálogo que constituye nuestra verdadera intimidad.Y para eso no existen métodos, ni recetas, ni trucos. La verdadera acción que crea al hombre no puede ser trucada: sólo consiste justamente en la autenticidad del ser.La mujer que logró la conversión de su hijo, ese hijo que le había sido arrancado desde el nacimiento por un padre brutal y celoso de su mujer y que, para tiranizarla la había separado de su hijo y le había prohibido toda influencia moral y espiritual sobre él, cuando después de 30 años de oración, de sacrificios, de silencio, de sufrimientos, lo llevó de nuevo a Dios, fue sin palabras. Lo llevó a Dios porque él había visto el Rostro de Dios a través del rostro de su madre. No necesitó más catecismo que el brillo maravilloso de un ser que se había olvidado totalmente.Y de hecho, esa mujer era una obrera que había escuchado de su hijo estas palabras prodigiosas: “Mamá, si me hubieras hablado de él jamás lo habría hecho. Si reconocí a Dios fue a través de ti, mirándote, respirando su Presencia en ti”. Era lo que había realizado esa mujer: la plenitud del ser en una existencia perfectamente auténtica, porque ella no se miraba. Había sufrido tanto, había dado tanto que ya no se veía a sí misma: miraba a Dios y atraía a los demás en la dirección de su mirada. Y era imposible acercarse a ella sin ser conducido a un nivel superior y sin desear comulgar con la Presencia que la llenaba.Eso es lo importante. Hay un enorme desperdicio de energía humana. El hombre trabaja, el hombre inventa, multiplica su poder sobre la naturaleza, y eso es admirable… Pero justamente lo que queda por hacer, incompleto y cada vez más insuficiente, es el hombre mismo, el hombre tan precioso, el hombre que es el Reino de Dios, el hombre que es el único que puede revelar a Dios en el Universo, vivir Su Vida y llevar por doquiera su luz. 

 

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