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"... el disco del tiempo... representa... la distancia de nosotros a nosotros mismos". La metafora me recuerda que en una rueda el centro permanece inmovil. En la periferia del yo
en el centro.
en la dimension de la eternidad estamos en Dios
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Zundel
26-27/02/10 – El ayuno corporal para rejuvenecer el corazón.
Lausana 3r domingo de Cuaresma, 1960
“¡No voy a morir, voy a vivir!” (Ps 118/17).
Alabamos el ayuno de Gandhi por haber hecho retroceder la ocupación inglesa y encaminado la India hacia la independencia, pero no cabe duda de que en la mente de Gandhi ese ayuno correspondía a algo mucho más profundo todavía, a una liberación personal que lo llevaba a la victoria sobre su biología, la que además consagró mediante voto de castidad emitido en sus treintas y observado integralmente hasta la muerte a los casi ochenta años.
Este gran hombre, gloria de nuestro siglo, sabía que tenemos vocación de dignidad, de grandeza y de belleza, que exige que asumamos nuestro cuerpo conforme además con la oración de la liturgia de hoy, en el secreto que pide la santidad, no solamente de la mente sino de los cuerpos.
En eso hay algo que nos conmueve infinitamente porque es imposible realizar la unidad humana, la armonía de la existencia, si ponemos a un lado el cuerpo y el espíritu en otro, y si los ponemos en oposición y rivalidad continuas, como si hubiera necesariamente que desvalorizar el cuerpo y destruirlo para exaltar el espíritu.
Es seguro que ciertas fórmulas peden inducir en error, como la que se le atribuye a San Juan de Alcántara, que habría hecho un pacto con su cuerpo para no dejarlo en paz hasta la muerte. Esas expresiones excesivas no corresponden a la armonía y la belleza de la liturgia que nos recuerda hoy que el cuerpo está llamado a la santidad, lo mismo que el alma espiritual.
El ser humano debe constituir una perfecta unidad y es espíritu en la carne como en el pensamiento. Si justamente la personalidad le debe imprimir su dirección a todo nuestro ser, es necesario que la carne pueda hacerse también música, y lo hace además tan fácilmente, como lo hemos experimentado todos.
Nuestra sensibilidad puede vibrar con la música, y sin esa vibración la música no existe. Puede también vibrar con la pintura, y con el espectáculo de la naturaleza, ¡y no existe emoción si la sensibilidad no vibra! La carne tiene pues vocación espiritual, vocación de eternidad, que preludia ya la divina resurrección. Y en esta perspectiva debemos entender la cuaresma, cuyas observancias penitenciales han sido reducidas a nada, pero no deja por tanto de invitarnos a la disciplina armonizante que quiere justamente que establezcamos el cuerpo en la libertad, en la dignidad y en la belleza.
Durante un entierro en que participaba un día, me impresionó la fealdad, no de los parientes del difunto, sino de los simpatizantes, de los amigos presentes en la ceremonia por cortesía, la fealdad de ciertos hombres y mujeres de sesenta o más años digamos, su engrosamiento, su peso, la rigidez de sus rasgos, y yo me preguntaba porqué se habían dejado afear hasta ese punto. Es claro que dejar la biología tomar la ventaja sobre la libertad es una especie de ofensa a la Presencia divina en un cristiano. El testimonio que debemos dar a Dios, tenemos que darlo con el cuerpo tanto como con el pensamiento, y es absolutamente imposible que la belleza de Dios, la gracia del Señor se manifieste en cuerpo deformado por nuestra negligencia. No se trata de deformidades físicas congénitas o resultantes de enfermedad, las cuales pueden tener una belleza inmensa si la persona ejerce en todo su ser su resplandor creador. Porque la belleza que debemos instaurar en el cuerpo es una belleza que brota del interior. Es lo que vemos en ciertos artistas como Clara Haskil, que son música, tanto que ya no se ve en ellos más que música, y lo son tanto justamente porque ya no piensan en sí mismos, porque están suspendidos en una contemplación que los orienta totalmente hacia la Belleza divina, porque la respiran, porque la viven, porque ella estructura todo su ser, y se vuelve su único rostro.
Es claro que eso es la belleza humana: una belleza que surge y brota del interior e imprime en todas las fibras de la carne la luz pacífica y serena del espíritu.
Y eso es indispensable si es verdad que el cuerpo está llamado a la santidad, pues la santidad para el cristiano no es otra cosa que la irradiación de la Presencia misma de Jesucristo. ¡Para el cristiano, la santidad es alguien! Para el cristiano, la santidad es la vida divina, la vida eterna que se imprime desde ahora en nosotros, que se enraíza en todas las fibras de nuestro ser y se vuelve testimonio luminoso de la Presencia de Dios.
San Pablo nos hace comprender que el matrimonio es un misterio inmenso, un misterio que se enraíza en la unión nupcial de Cristo y la Iglesia. Al dar al matrimonio esa dimensión mística, es claro que san Pablo considera la consecuencia sacada por una teología muy profunda, a saber, que los esposos que son los ministros del Sacramento, son el uno para el otro, durante toda su vida, una fuente de gracia, y una especie de sacramento vivo. Y lo son, desde luego, con todo su ser, con el cuerpo igualmente, el cual vive santificado por el sacramento y puede ser el uno para el otro comunicación continua de Dios. ¿Y por qué no? ¿Por qué, en vez de considerar las cosas siempre por lo bajo, por el lado de la biología, por qué no considerarlas por lo alto, por el lado del sacramento y de la vocación eterna?
Está perfectamente claro que tenemos que crear el cuerpo, como también la personalidad y que en fin de cuentas es la misma cosa.
El ser humano tiene raíces biológicas, nace de cierta manera – como el animal, de la tierra, de la biología, de la especie y de la raza – pero eso no es sino el comienzo: nace con vocación de humanidad, con vocación de dignidad, de libertad, de belleza y de santidad.
El cuerpo no nos puede ser dado en la dimensión divina, nosotros debemos instaurarla en nosotros mismos, desarrollarla, e ir continuamente hacia nuestra juventud.
No cabe duda de que la Cuaresma, precisamente por abrirnos a la resurrección, por ser sólo el preludio de la conmemoración eterna de la victoria de Cristo sobre la muerte, no cabe duda de que quiere imprimir en nosotros el sentimiento de que la vida debe ser cada día, y cada día más, una victoria sobre la muerte.
El cristiano no es alguien, no puede ser alguien que languidece en la meditación de la muerte, pensando que está condenado a convertirse en polvo, sino al contrario, alguien llamado cada día a construirse desde el interior, a penetrar con la vida divina las fibras de su carne, a ir hacia la juventud inmortal, a ir hacia el nacimiento eterno, de modo que la muerte no sea la disolución de sí mismo sino el último impulso de una vida unificada hacia su fuente eterna.
Hay algo insostenible e insoportable en la predicación de la muerte cuando no está centrada precisamente en la resurrección del Señor y cuando no constituye – deliberadamente – una invitación a triunfar de la muerte.
Published
Feb 26 2010, 11:14 AM
by
Gustavo
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