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Se da catecismo como si se enseñara una
lección de matemáticas; se propone la teología a futuros sacerdotes como
materia de examen; se habla de los ángeles y de la Trinidad como si se
tratara de geometría. ¡Y ni siquiera!, porque finalmente un verdadero geómetra
enseña geometría con respeto porque sabe que finalmente, detrás de los números,
o a través de los números existe una verdad y que la verdad es una Persona.
Vimos justamente a Juan Rostand entrar en
contacto con la biología en su laboratorio, con las células de sus ranas y
sapos, con los genes que son los factores hereditarios, lo vimos a la escucha
de la verdad en su laboratorio, justamente en una actitud de diálogo con una
Persona.
Pero, la
religión ha sido siempre enseñada como algo que se aprende de memoria, como
2 y 2 son 4. Y así se ha hecho imposible
el diálogo con Dios, porque Dios aparece siempre como algo por conocer y no
como una Persona en cuya intimidad entramos.
No se puede imaginar la catástrofe de ese
modo de tratar las cosas divinas. He escuchado sobre la causalidad divina
razonamientos como estos:
Dios es la Causa primera – miren qué
tipo de razonamiento terrible – Dios es la Causa Primera, es decir que
Dios es el Autor de todo, absolutamente todo. Y por ser la Causa Primera no puede recibir
nada de nadie, pues si pudiera recibir algo de alguien es que le faltaría algo,
no sería completo, no sería la Causa
Primera. Luego, el gozo de Dios viene sólo de Él mismo. Su
gozo es perfecto. Es tan perfecto que nada puede turbarlo, pues si algo pudiera
perturbarlo Él no sería la Causa Primera.
Por tanto, la condenación de los que se condenan no le da absolutamente nada,
pues si pudiera atentar contra su gozo, Él no sería la Causa Primera. Por
consiguiente, el gozo de los elegidos no le da absolutamente nada, porque si el
gozo de los elegidos le pudiera añadir un átomo a su felicidad Él no sería la Causa Primera. Por
consiguiente, no sólo no recibe nada de nadie, no sólo el universo entero recibe
todo de Él, sino que todo lo que Él hace lo hace para sí mismo, lo hace por su
gloria, no por nosotros sino por su gloria, pues si lo hiciera finalmente por
nosotros, seríamos nosotros la finalidad de Dios. Él no sería su propia
finalidad, no sería la Causa Primera.
Tales razonamientos se escuchan en los
auditorios de teología en Roma, de parte de la gente más ilustrada.
Dios es la Causa Primera, por
consiguiente sabe a quién le va a dar la gracia eficaz a la que no se puede
resistir y, por consiguiente, conoce a sus elegidos – no porque lo sepa leyendo
en su conciencia el uso que harán de la gracia, sino porque ha decidido darles
una gracia intrínseca e infaliblemente eficaz a la cual nadie resiste. Así todo
viene de Él. ¡Absolutamente todo! No recibe de nadie su conocimiento: le basta
con mirarse a sí mismo. Y finalmente no puede hacer nada más que mirarse a sí
mismo, si no, no sería la Causa Primera.
¿Cómo quieren que una teología fundada
sobre tales razonamientos, en que se habla de Dios como de un objeto, poniendo a nombre de la Causa
Primera todo lo que se quiera, tomado de la mecánica del
mundo, cómo
quieren encontrar al Sagrado Corazón, encontrar la Eucaristía, encontrar la Encarnación, encontrar
el misterio de la Cruz? ¡Imposible poner juntos estos Misterios de Amor y la Causalidad Primera
en que Dios es una esfera completamente cerrada sobre sí mismo y no puede
abrirse en dirección de nadie!
Y finalmente, eso es lo que se cuenta en
los catecismos, eso es lo que se dice en los sermones, y luego se pide a la
gente que ame a Dios, que se preocupen por Dios, que den su vida por Dios
cuando Dios no hace nada, pues Él es la Causa Primera y no puede
recibir nada de nadie.
Hemos olvidado justamente que Dios es una
Persona en grado supremo, que Dios es en grado supremo una intimidad, que Dios
es Amor en grado supremo, que Dios es Corazón en grado supremo y que para
reconocerlo es necesario entrar con Él ante todo en el diálogo de amor que es
el único que permite entrar en la intimidad de una persona.
¿Cómo? Uno sólo puede llegar a un ser
humano en el arrodillamiento del respeto; sólo se puede llegar a un ser humano
bajando lo ojos ante su alma, como lo hace Jesús delante de la mujer adúltera;
sólo se puede persuadir a un niño tomándolo por su intimidad más profunda,
haciendo un llamado a su corazón, ¿y podrían ustedes conocer a Dios por medio
de un razonamiento externo que no los compromete, jugando con fórmulas y
explicando simplemente el significado que pueden tener las palabras "Causa Primera"?
Pero a priori están equivocados, a priori
no tienen ninguna posibilidad de llegar a Él. Porque es claro que es únicamente
en el arrodillamiento de la intimidad con Dios, enraizándose en su intimidad,
escuchándolo como la música silenciosa como se entra en relación viva con Él.
Un joven, que murió a los 19 años, que se
llamaba Francisco, cuya biografía la escribió su padre, Augusto Valentín, el
cual sabía que estaba perdido, como sucede con frecuencia en los casos de
diabetes en los jóvenes, y el papá había hecho todo lo que podía. Lo había
formado de verdad, lo había educado y le había dado, con toda la intensidad de
su amor, un vivo sentido del Amor de Dios. Y en los papeles de Francisco,
después de su muerte, encontraron un poema justamente en que dice:
"¡Señor, tantos hay que os dan un rostro que no desearían tener ellos
mismos!" os dan un rostro que no desearían tener ellos mismos…
Eso era lo que yo pensaba en Roma al
escuchar esos razonamientos. Y si Dios fuera así, yo no quisiera ser Dios. Si
Dios es esa mecánica, esa Causa Primera, totalmente cerrada sobre sí misma, Él
es peor, peor que el hombre más mediocre. Porque podemos encontrar en una
mujer, en una prostituta como la que comparece ante Salomón para reclamar su
hijo, podemos encontrar un momento enteramente gratuito, un impulso de
generosidad absolutamente pura, únicamente hacia otro, como esa mujer que,
creyendo que iban cortar a su hijo en dos, aceptó darlo a su enemiga, porque eras
la única manera que tenía de salvarlo. Cuando vio que sólo había esa solución,
prefirió separarse de ese hijo que era el orgullo de su vida de mujer y al que
deseaba con todas sus fuerzas recuperar de la vecina que se lo había robado.
Pues si una madre, incluso la más
mediocre, es capaz de tal generosidad, ¿cómo quieren hacer de Dios una esfera
cerrada por todas partes, enteramente cerrada sobre sí misma, que no puede
recibir nada de nadie y que hace todo únicamente por su propia gloria?
Yo sé que si uno es místico puede matizar
esas palabras, hacerlas menos duras, yo lo sé. Pero también sé, por haberlos
escuchado, que tales razonamientos son desesperantes y mortales porque
justamente no se puede hacer el diagnóstico de una intimidad, no se puede
hablar de la intimidad de un hombre, de la intimidad de un niño, no se puede
tocar siquiera un alma en estado de pecado, sin comenzar por reconocer la
infinitud de su intimidad.
Conservemos entonces esta idea esencial: Dios es esencialmente una Persona. Él es
como la fuente misma de toda personalidad y sólo podemos tratarlo como se trata
una intimidad, de la que sabemos que jamás podremos agotarla, que jamás
podremos expresarla y que, para conocerla, tenemos primero que identificarnos
con ella ofreciéndole la transparencia del amor.
Entonces evitaremos dar a Dios un rostro
que nosotros no quisiéramos tener, porque es indigno del hombre y con mayor
razón indigno de Dios, y cada vez que lean en la Escritura, o en el
catecismo, o en otra parte, o que escuchen algo que les parece indigno del
hombre, piensen: eso no puede ser Dios, porque Dios es justamente la fuente de todo lo mejor que hay en nosotros,
y si un ser humano es capaz de amor, Dios lo es infinitamente más, ya que en Él
no hay nada, nada que no sea el Amor.
Como lo decía Él a santa Ángela de Foligno
mostrándole su Corazón: "Mírame, mírame y dime: ¿hay en mí algo que no sea
el Amor?" Y santa Ángela tenía que reconocer: "En efecto, Señor, en
vos no hay nada que no sea el Amor". (Fin de la conferencia).