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Zundel

11-12/03/10 - De la Humanidad de Jesucristo.

4ª parte de la conferencia de M. Zundel en Ghazir el 6 de agosto de 1959.Desde su concepción, la humanidad de Jesús es revestida de la personalidad divina, es radicalmente despojada de todo yo humano para tener sólo la atracción del yo divino… Es una humanidad-sacramento.Sto. Tomás nos lo explica con extrema precisión. Y hay que agradecer aquí a sto. Tomás por habernos dado justamente, en una fórmula de extrema concisión, una manera admirable de derrumbar inmediatamente las falsas imágenes que cerraban el camino e impedían el acceso a ese misterio.Al comienzo del Tratado de la Encarnación (S.Th.III a, 1,1, ad 1um.), como siempre, Santo Tomás plantea una objeción. Todos los artículos de la Suma Teológica y de la Suma contra los gentiles y de casi todas sus obras comienzan por una objeción.Una objeción formulada aquí en estos términos: la Encarnación se sitúa en el tiempo, es decir que Dios no está siempre encarnado. La Encarnación tiene fecha. Tiene comienzo y la celebramos justamente el 25 de diciembre, simbólicamente, ya que no conocemos la fecha del nacimiento de Cristo, pero el 25 de diciembre celebramos esa novedad absolutamente increíble de la Encarnación.Ahora bien, dice santo Tomás, en Dios no puede haber nada nuevo. En Dios todo es eterno. En Dios no puede haber novedad, y entonces la Encarnación es imposible pues constituiría algo nuevo en Dios. Y responde: "La Encarnación no constituye ninguna novedad en Dios, pues no introduce ningún cambio en Él"."Ningún cambio en Él". La Encarnación, dice textualmente santo Tomás, significa que Dios se unió de manera nueva a la criatura, o mejor, dice corrigiéndose, que une consigo la criatura de manera nueva. (Quod (Deus) novo modo creaturae se univit, vel potius eam sibi).Entonces, todo el cambio está del lado de la humanidad que brota en el seno de la bienaventurada Virgen María, toda la novedad está del lado de la humanidad que es asumida, unida personalmente a la divinidad.Es lo que dice también, y de manera extremamente rica, el símbolo llamado de San Atanasio, que recitamos el domingo, que se recitaba antes el domingo en Prima (1), que se recita ahora en la fiesta de la Santísima Trinidad: "La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre. Es Dios, engendrado de la misma substancia que el Padre, antes del tiempo, y hombre, engendrado de la substancia de su Madre Santísima en el tiempo. Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana. Es igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad. El cual, aunque es Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo. Uno, - escuchen bien esta frase que es admirable – Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios".¡Es admirable! UNO, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios…" UNO, no por confusión de naturalezas, sino por la unidad de la Persona". No se puede decir más claramente que en la encarnación todo el cambio está por el lado de la humanidad. La divinidad es eternamente lo que es, está presente siempre. Es la humanidad la que estaba ausenteSe encaminaba sin duda hacia la luz a través de los sabios, de los héroes, a través de los profetas, se encaminaba hacia la luz pero jamás una humanidad se había abierto a fondo hasta comunicar personalmente la Presencia de Dios.¿Y en qué consiste el cambio en la santa humanidad de nuestro Señor? ¿Qué sucede en esa humanidad que comienza a existir en el seno de María, en esa humanidad que es criatura, criatura en el seno de María? ¿Qué sucede en esa humanidad? Precisamente esto: que ella está inmediatamente revestida de la personalidad divina (2), que es radicalmente despojada de todo yo humano, del yo animal, del yo propietario, del yo en que recaemos sin cesar, del yo que en nosotros se opone a la Luz, del yo que hace de Dios una caricatura y un ídolo, del yo que descrea el universo desfigurando a Dios. Ese yo no existe en Jesús. Su humanidad no puede apegarse a sí misma, está completamente, completamente purificada, radicalmente liberada del yo-peso, del yo animal, para estar imantada solamente por la atracción del yo divino, del yo en que "Yo es Otro", del yo del Verbo que no es sino una relación viva con el Padre.Y entonces, a diferencia de la nuestra que gravita en un yo animal, opaco, limitado, propietario, en Jesús la humanidad gravita alrededor de ese sol, subsiste en él, es su único yo, todo parte de ese yo y todo vuelve a él, de suerte que esa humanidad no puede ni siquiera decir "Yo".Hay sin duda en esa humanidad, como acabamos de decirlo en el símbolo de san Atanasio, hay en ella, esa humanidad es un alma racional, es cuerpo humano, es inteligencia humana, es una voluntad humana, es un corazón humano, es una sensibilidad humana, es una criatura humana perfecta, pero justamente su eje de gravitación no está en ella, su eje de gravitación no puede ser un repliegue sobre sí misma, ella es incapaz de decir "Yo" y de expresarse, porque es una humanidad-Sacramento, una humanidad transparente, una humanidad diáfana, una humanidad infinitamente despojada, una humanidad tan pobre de sí misma que no puede sino expresar al Otro y, en ella, justamente, como en la Trinidad, en ella, Yo es Otro, al máximo, Yo es Otro.Y esa es justamente la maravilla del misterio de Jesús: que en ella encontramos – como era de esperar, pues de él recibimos este mundo nuevo – en el misterio de Jesús volvemos a encontrar, al máximo, la santísima Pobreza.Yo me siento herido cuando me dicen: "Jesús afirmó que era Dios y lo demostró", como una especie de pregón de feria que sube a la tribuna y dice: "¡Atención! ¡Aquí estoy!" Eso es tan poquito… La humanidad de nuestro Señor es una humanidad en estado de dimisión, una humanidad que no tiene nada, que no puede tener nada, que es absolutamente incapaz de poseerse a sí misma, que no puede ni siquiera decir "yo".Por eso resuena en san Marcos el grito que los demás evangelistas no retuvieron, pero que es admirable: al joven que viene a preguntarle el secreto de la vida eterna diciendo: "Maestro Bueno…" – "¿Porqué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno". Justamente porque ese joven no veía en él, no veía que la humanidad era el Sacramento, el Sacramento que revela, que comunica y que es consumado por la divinidad". (Continuará) Oración: ¡Santa humanidad de Jesucristo, reveladora perfecta, perfecto sacramento de Dios! ¡Humanidad diáfana, perfectamente transparente de Dios, humanidad infinitamente despojada de sí misma, Tú sólo puedes expresar al Otro divino! ¡Tú no tienes otro yo que el yo del Padre, del Hijo y del Espíritu!¡Enséñanos a dejar expresarse, en y por nosotros también, ese mismo y único Yo de Dios! Enséñanos una nueva calidad de vida en un don de nosotros cada vez más total y perfecto.Lo pedimos al Padre en el Espíritu Santo, en ti y por ti, Jesucristo. (1) Prima: oración de la mañana en el breviario romano (N. del T.)(2) Nota de P. Debains. Nos podemos preguntar porqué todas nuestras humanidades no están también desde el origen revestidas de la personalidad divina (¡cuánto mejor habría sido!), mientras que en la Trinidad divina, desde toda eternidad, mucho antes de la inserción de la encarnación redentora en la historia de la humanidad, la felicidad es perfecta, y aparentemente sin dificultad.Llegamos entonces a pensar, para colmar nuestra mente, que para Dios mismo, la plenitud de la felicidad eterna no le fue dada así no más. ¡Es impensable, es imposible! ¡Misterio inmenso!Lo cierto es que cuando Dios se encarna, cuando muere y resucita para subir al cielo y, en esa humanidad y permaneciendo como criatura, se sienta a la derecha del Padre, en perfecta igualdad con Él, y eso después de una prueba infinitamente dolorosa, mientras que como lo deja entender santo Tomás, ¡una sola gota de su sangre habría sido suficiente para salvar numerosas humanidades! ¡Inmenso misterio!Lo cierto es también que Jesucristo, en el modo infinitamente doloroso de pasar al Padre, nos hizo conocer quién es Dios… El Dios que nadie ha visto jamás, pero que el Hijo único, que está en el seno del Padre nos da a conocer (Juan 1,18)Dios, nuestro Dios, Padre, Hijo y Espíritu, revelado en la prueba del paso de Jesucristo al Padre, ¿sería entonces, de manera infinitamente misteriosa, eternamente "sometido a prueba", al mismo tiempo que infinitamente vencedor de la prueba? ¿Y su eterna y perfecta felicidad sería entonces el fruto de esa victoria eterna? ¿Dios no sería ya Dios así no más, sin haber hecho nada para fundar su felicidad perfecta? y la niñita que esperaba su turno de ser Dios quedaría plenamente satisfecha.¿Un Dios eternamente probado al mismo tiempo que perfecto vencedor de la prueba y que llega en y por su victoria a la felicidad perfecta? Es un pensamiento muy atrevido que no encontramos en la doctrina tradicional de la Iglesia, y poco conforme con la doctrina de Deo Uno. 

 

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