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15/03/10 - Las preguntas de santo Tomás sobre la encarnación.

6ª parte de la conferencia de retiro dado en Ghazir a las franciscanas de Lons-le-Saunier el 6 de agosto de 1959. Y santo Tomás se plantea otras preguntas. Se las cito simplemente porque eso ayuda a la imaginación, eso le ayuda justamente a liberarse de ciertos límites. Se  pregunta: "¿Habría podido el Padre encarnarse lo mismo que el Hijo?", y responde: Sí. "¿Y habría podido el Espíritu Santo encarnarse lo mismo que el Hijo?" y responde: Sí. ¿Habría podido encarnarse la Trinidad entera?" y responde: Sí.Pues justamente la Encarnación no pone ningún cambio en Dios, como dice admirablemente santo Tomás, y el Credo de san Atanasio antes de él. Se trata de una asunción, de una apertura de la humanidad al sol que es el misterio adorable de la Santísima Trinidad, y estando unida a la Persona del Hijo, por eso mismo, la humanidad de nuestro Señor está unida a la Persona del Padre y del Espíritu Santo, ya que la divinidad es UNA en el surgimiento de tres Personas.Santo Tomás se plantea otra pregunta que no es menos luminosa: "¿Habría podido ser Cristo otra persona que Jesús? ¿Habría podido haber dos o tres Cristos, o finalmente, todos los hombres habrían podido ser Cristo?" y responde: Sí. En sí no es imposible que cada uno de nosotros fuera despojado del yo propietario y se uniera inmediatamente al Verbo de Dios o, lo que es equivalente, a la Santísima Trinidad.Pero en ese caso, como dice santo Tomás, todos esos Cristos no habrían tenido nada que comunicar. El sentido de la Encarnación es la constitución del segundo Adán, el segundo Adán, que va a asumir, a tomar sobe sí, a encargarse de todos los demás, desde el comienzo del mundo y, en la única luz, en la luz divina, en la luz infinita que se va a comunicar a todos.Justamente, la vocación de Cristo, es realizar la unidad del género humano comunicándose a todos, ya que si la humanidad que brota en el seno de María está unida personalmente al Verbo de Dios, no es para ella sola, es para todos y cada uno, de manera que finalmente, toda la humanidad, como dice San Pablo, sea una sola persona en Jesús.Nada es más emocionante que contemplar la humanidad de Nuestro Señor. Porque finalmente hubo un momento, pues la Encarnación es un momento, quiero decir, la eclosión de la humanidad de nuestro Señor en el seno de María, hubo un momento en que un alma, un alma totalmente nueva, precisamente la que María lleva en su seno virginal, esa alma toda nueva fue confrontada con la misión única que la hace subsistir en el Verbo de Dios como la humanidad sacramento y, por consiguiente, es confrontada con el deber inaudito de inscribir en una vida de hombre todo el misterio de la divinidad, tomando a cargo por el mismo hecho toda la humanidad y todo el universo. ¡Qué carga aplastante! Cuando vemos esa humanidad, cuando haya nacido, cuando la vemos al final de su carrera en el huerto de la agonía, tenemos la intuición de lo que pudo ser la misión de la santa humanidad de nuestro Señor, confrontada con la divinidad que es su único y solo yo, que no absorbe sino que la absorbe y la encarga de expresar justamente, en plena luz, en plena transparencia, es decir en plena pobreza, y en dimisión suprema, todo el Misterio de la Pobreza divina.Todo eso es infinitamente profundo y lo sentimos aún más si recordamos que las antiguas fórmulas litúrgicas, como en la tradición apostólica de san Hipólito a comienzos del siglo tercero, las fórmulas litúrgicas, las oraciones litúrgicas, terminan con frecuencia con las palabras: "Por Jesús, tu hijo, a ti sea la gloria, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo". 

 

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