in

Sotamenta.Net

El sitio Internet de nuestra tribu!

Zundel

17-18/03/10. Al comienzo de toda iniciación religiosa.

Conferencia de retiro predicado por Zundel en Ghazir a las hermanas franciscanas de Lons-le-Saunier el 5 de agosto de 1959.En lo más intimo de cada persona, y en el diálogo de la persona con la persona es donde comienza toda iniciación religiosa. Y es Dios ante todo que es necesario tratar como persona. "El Padre Damián, que tenía una parroquia de leprosos. Naturalmente no podía tomar ninguna precaución hacia de ellos, ya que toda hesitación para recibirlos en su casa y acogerlos como a hijos habría sido una especie de ultraje a su dignidad humana.Sabía perfectamente bien que iba a contraer la lepra en contacto con ellos, pero justamente por el don de sí mismo iba a revelarles el tesoro confiado a sus conciencias y a sus corazones. Y un detallito nos hace sentir la delicadeza de su amor: como buen flamenco, él fumaba pipa y dejando la pipa sobre la mesa, volteaba la espalda para preparar una taza de café en el fondo de su pieza, y uno de sus amigos leprosos, fuera de su vista, chupaba una bocanada en su pipa. Naturalmente, él fingía no haberse dado cuenta, porque la menor observación habría sido catastrófica.Es evidente que, si había dejado su patria, y abandonado todo lo que amaba para entregarse a esa población de las Islas Hawai, no era para salvar su pellejo. Y eso se lo habrían dicho los leprosos: "Padre, si tenía miedo, si quería salvar su pellejo, no tenía que venir donde nosotros. Era mejor que se quedara con los suyos. Y justamente porque no quiso protegerse, porque se hizo leproso de los pies a la cabeza, por eso pudo, más que por todas sus palabras, convencerlos de que, en efecto, había en ellos un tesoro infinito.No los confundió con la piel, más allá de la piel, lamentable y devastada por la enfermedad, vio justamente la dignidad infinita del Reino de Dios que está dentro de nosotros.Y así, mucho más que por conferencias y razonamientos, fue como los leprosos de Hawai aprendieron qué era la dignidad humana y la grandeza de la persona. Justamente, en todo ser humano existe al menos como posibilidad ese mundo infinito ante el cual se arrodilla Jesús en el lavatorio de los pies. Y ese mundo infinito de la Persona, ese secreto que lleva dentro toda conciencia humana y que el Padre Damián quiso justamente poner en valor entre los leprosos, ese secreto de la persona humana es infinitamente delicado. Para acercarse a él se necesita nada menos que el arrodillamiento del Hijo de Dios.Pero es imposible llegar a un ser humano, llegar a él de verdad, en su real profundidad, sin respetar esa intimidad que tiene.Un oficial de la marina inglesa en Alejandría, durante la guerra, me contaba que había confiado a uno de sus marinos una misión extremamente peligrosa: creo que se trataba de desactivar una mina que podía hacer volar un barco y naturalmente desactivar la mina era para el soldado poner su vida en extremo peligro. Al final, cuando hubo realizado brillantemente su misión, de regreso le dio las gracias al oficial por haberle confiado esa misión mortalmente peligrosa, justamente porque veía un homenaje rendido a su persona en la confianza que le habían hecho. A través de todos los peligros, su oficial sabía que su valor sería más fuerte que el miedo y el haber mostrado absoluta confianza en su valor, era su honra más grande.Hasta los culpables exigen que se reconozca en ellos el valor de la personalidad. Ellos mismos no la respetan sin duda, la traicionan, pero si queremos llegar a ellos y llevarlos al bien, primero hay que tratarlos como personas, recordarles justamente su dignidad mediante el respeto de su intimidad que puede siempre ser restituido a su dimensión divina.Mauriac, en "Lo que estaba perdido", nos lo hace sentir admirablemente contándonos una historia lamentable que termina bien, la historia de un joven que no creía en nada, es decir de un joven rico que no se privaba de nada, que aprovechaba toda ocasión de placer, que tenía una joven esposa cancerosa y lo sabía y sabía que era sin remedio, que el cáncer acabaría por llevársela en un plazo más o menos largo.Además, ella tampoco creía en nada, sabía que su marido le era infiel regularmente, y no esperaba nada de él, ni de la vida, ni de la muerte.Por otra parte, el joven era bien educado y por consiguiente, aunque era infiel a su mujer sin ninguna vergüenza, la protegía inventando siempre una explicación plausible a sus ausencias, a sus salidas imprevistas, a sus fines de semana pasados lejos de ella. Naturalmente, ella entraba en el cuento, fingía creerle lo que le contaba, pero sabía perfectamente bien que él la traicionaba todos los días y que en el fondo no la amaba, que ella era más bien un freno a su libertad, y que con su presencia lo forzaba a vivir continuamente en la mentira.Entonces pensaba: "¿Para qué, para qué sirve? No creo en nada, no espero nada, no soy útil a nadie, soy un obstáculo para los placeres y salidas de mi marido: mejor desaparecer". Y tomó la decisión de suicidarse.Pero, por suprema lealtad, quiere hacer una ensayo final con su marido. Le pide que le dedique el próximo fin de semana. Entonces, con toda la gravedad de que es capaz, le pide que se quede con ella el domingo siguiente.Él comienza por rehusar porque ya había preparado una salida que le interesaba particularmente. Y pretexta tener negocios muy importantes que arreglar. Ella insiste. Entonces, por primera vez, él percibe en su voz algo alarmante, y cede: "Bueno, de acuerdo, me quedo, me quedo este sábado".Y a disgusto, se queda. Se instala a la cabecera de su mujer, y comienza ha leer para ella. Como lee muy bien, se encanta con su propia voz. Pero al cabo de una hora, la enferma está muy cansada, y se adormece y se pone a dormir.Entonces él se dice: "¡Maravilloso! Se durmió y ya no me necesita". Y sale de la pieza sin hacer ruido, y se va a sus placeres. Baja con cuidado las escalas, abre la puerta y al cerrarla, el ruido despierta a la mujer, la cual comprende que él no pudo mantener su promesa. Entonces, ella no significa nada para él. Toma somníferos en cantidad industrial, y muere.El marido, no saben dónde encontrarlo. Imposible darle la noticia. Se la dan a su madre. Ella lo conoce muy bien y comprende inmediatamente el origen del drama. Está perfectamente segura de que la mujer se suicidó porque su marido le era infiel y no solo eso, sino que era incapaz de darle más de una hora para acompañarla.La madre se instala pues a la cabecera de su nuera y espera el regreso de su hijo. Cuando llega, sin decir nada, pálida, rígida como un juez, lo lleva junto al cadáver de su esposa para confrontarlo con su crimen. Pero él, reacciona con su egoísmo, y se persuade de que ella se equivocó, eso es todo. Ella se equivocó en la dosis, ella no quería poner fin a su vida. Fue un error, y él no tiene ninguna responsabilidad.La madre comprende que se equivocó, no era el buen modo para darle el sentido del mal que había hecho y hacerlo volver a sí mismo.Por eso, al regreso del entierro, en vez de acogerlo friamente como a un pecador endurecido, lo atrae tiernamente contra su corazón, le toma la cabeza entre sus manos y le dice: "¡Pobre hijito!"Entonces él estalla en llanto: "¡Mamá, mamá! Dice. ¡Si crees que la vida que llevo es agradable! ¿Crees que es agradable vivir en el fango?" Puede en ese momento confesar todo, justamente porque no lo tratan como un juez a un culpable, ya no lo ponen contra el muro, no lo forzan en su amor propio, su corazón responde y él reconoce que vive en el fango y como la mamá lo percibe inmediatamente pues él llama las cosas por su nombre – sabe que el fango es fango – no está lejos de salvarse.Pero era necesario justamente llegar hasta allá, había que respetarle la dignidad humana para que primero la reconozca y decida luego de cuidarla. Ese mundo misterioso de la Persona constituye justamente en el hombre el centro del encuentro con Dios. El hombre puede vivir exteriormente como un animal, arrastrado por sus instintos no dominados, pero desde luego no es allá donde encuentra la verdad, no es allá donde percibe la música silenciosa, no es allá donde va a reconocer en sí mismo el amor infinito que lo está esperando.Para estar a la altura del Evangelio, para escuchar la Buena Nueva, para reconocer el Rostro de Cristo, es necesario primero que el hombre sea llevado a sí mismo, a su corazón, a su mente, a su grandeza y a su dignidad. En la intimidad justamente donde sólo se puede llegar con el respeto que el Padre Damián demuestra a sus leprosos, que el oficial demuestra a su marino al que confía una misión peligrosa, y que la madre redescubre en su hijo, en el respeto infinito de esa intimidad comienza toda iniciación religiosa.Pero si esto es verdad, si en el diálogo de la persona con la persona es donde comienza toda iniciación religiosa, naturalmente a Dios es al que hay que tratar como Persona. Y lo que es absolutamente trágico precisamente en la educación que llamamos cristiana, en la pedagogía catequística, en la enseñanza de la teología y en la predicación, es que se trata a Dios no como Persona sino como objeto. Se habla de Dios como se habla de dos y dos son cuatro". (Continuará) 

 

Comments

No Comments

Leave a Comment

(required)  
(optional)
(required)  
Add
Powered by Community Server (Non-Commercial Edition), by Telligent Systems