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23/03/10 – La Iglesia es la gran obra de Jesús. Ella proviene inmediatamente de su calidad de segundo Adán.

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La Iglesia es la gran obra del segundo Adán. Esta comunidad, la Iglesia, no es separable de la persona de Jesús: "Yo soy Jesús a quien tú persigues". En el fondo, ahí está toda la teología de la Iglesia.

Retoma: "El Misterio de la Iglesia tiene justamente todos esos lados oscuros de que hemos hablado, que dependen del lado humano que hay en ella, digámoslo al menos provisoriamente, pues vamos a ver que es necesario corregir esta expresión".

Continuación: "No hay que extrañarse nunca, como tampoco hay que extrañarse de ver que los Evangelistas nos cuentan las debilidades de san Pedro. Igualmente, algo que nos preservará para siempre de todo escándalo, son las palabras mismas que nuestro Señor dijo a Saulo, perseguidor, que va a ser el Apóstol san Pablo: "Yo soy Jesús al que tú persigues". En el fondo, ahí está toda la teología de la Iglesia y la hemos recibido de Cristo mismo: "Yo soy Jesús al que tú persigues. ¡Esta comunidad a la que tú te opones, esta comunidad que tú quieres exterminar, soy yo, soy yo!"

De modo que en el mismo relámpago que lo derriba y lo transforma radicalmente, Saulo, convertido en san Pablo, reconoce o mejor conoce al mismo tiempo a Cristo y a la Iglesia, a Cristo en la Iglesia, y a la Iglesia en Cristo. No es de extrañarse que se convierta más tarde en el mayor teólogo de la Iglesia y que nos introduzca magníficamente al misterio del Cuerpo Místico.

No hay que perder de vista nunca esta identificación: "Yo soy Jesús al que tú persigues". Esta comunidad no es separable de la Persona de Jesús. Jesús habita en ella, Jesús circula en ella, Jesús la conduce, por ella se comunica Jesús a toda la Humanidad, y en ella es siempre con Él con quien tratamos.

Notemos en primer lugar que era imposible que Nuestro Señor no fundara la Iglesia. La Iglesia es la gran obra de Jesús. Ella proviene inmediatamente de su calidad de segundo Adán. La Encarnación debe realizar lo que el primer Adán rehusó realizar. La misión del primer Adán tenía ya ese aspecto vicarial, es decir que el primer Adán, lo mismo que el segundo a un nivel mucho más alto, infinitamente más alto evidentemente, pero ya el primer Adán tenía esa función de representar a toda la Humanidad.

Porque el primer pensamiento que surgía en él, el primer pensamiento que era el primer acto de la libertad que surgía en el Universo el cual estaba hasta entonces en pañales, ese primer pensamiento era como la edad de razón de toda la Creación, y era necesario que el primer acto de razón de toda la Creación fuera un acto de adhesión y de amor que habría promovido toda la creación al plano de la libertad y toda la Humanidad al nivel de la comunión de los santos. Es decir que la Humanidad no habría sido una especie animal como lo es, sino una comunidad animada por la gracia y unida a la Presencia de Dios.

El Segundo Adán, que representa a un nivel muy superior y más maravilloso, más admirable, como dice la (antigua) oración del ofertorio: "¡Oh Dios que creaste al hombre en una dignidad admirable y lo restauraste más admirablemente todavía", tiene eminentemente esa función vicarial. Él representa a la Humanidad por ser él sacramento vivo de la divinidad. Su papel esencial es pues reunir, unir, derribar los muros de separación, borrar las fronteras, hacer de la Humanidad justamente una Comunión de santos, sacar a los hombres de la vida animal que los separa, los divide y los opone, y los arroja continuamente en masacres unos contra otros, para que sean, sean por fin dignos de ellos mismos y dignos de Dios.

Por consiguiente, su primera intención, la primera intención de Jesús debe ser afirmar su misión de segundo Adán, y pues ella debe durar hasta el fin de los siglos, comunicarla a los hombres que deben continuar su apostolado.

Y eso es tanto más necesario cuanto que, como lo vimos, es imposible ser discípulo suyo sin participar en la misión del segundo Adán, ya que sólo en esta inmensa intención, en esta visión y acción descubriremos su realidad". (Continuará)

 

Oración: ¡Oh Dios que creaste al hombre en una dignidad admirable y lo restauraste más admirablemente todavía, danos, te pedimos, que seamos partícipes de la divinidad del segundo Adán! Él tomó nuestra humanidad para hacer de ella el cuerpo místico de Cristo, con el cual ella también está sentada a la derecha del Padre, en igualdad con el Padre, el Hijo y el Espíritu, pues el verdadero Amor no puede aceptar que permanezca inferior a él aquél a quien ama.

 

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