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2ª parte de la conferencia de
Ghazir, el 8 de agosto de 1959.
La Iglesia es la gran obra del segundo Adán. Esta
comunidad, la Iglesia,
no es separable de la persona de Jesús: "Yo soy Jesús a quien tú
persigues". En el fondo, ahí está toda la teología de la Iglesia.
Retoma: "El Misterio de la Iglesia tiene justamente
todos esos lados oscuros de que hemos
hablado, que dependen del lado humano que hay en ella, digámoslo al
menos provisoriamente, pues vamos a ver que es necesario corregir esta
expresión".
Continuación: "No hay que
extrañarse nunca, como tampoco hay que extrañarse de ver que los Evangelistas
nos cuentan las debilidades de san Pedro. Igualmente, algo que nos preservará
para siempre de todo escándalo, son las palabras mismas que nuestro Señor dijo
a Saulo, perseguidor, que va a ser el Apóstol san Pablo: "Yo soy Jesús al que tú persigues". En
el fondo, ahí está toda la teología de la Iglesia y la hemos recibido de Cristo mismo:
"Yo soy Jesús al que tú persigues. ¡Esta comunidad a la que tú te opones,
esta comunidad que tú quieres exterminar, soy yo, soy yo!"
De modo que en el mismo relámpago
que lo derriba y lo transforma radicalmente, Saulo, convertido en san Pablo, reconoce o mejor conoce al mismo tiempo
a Cristo y a la Iglesia,
a Cristo en la Iglesia,
y a la Iglesia
en Cristo. No es de extrañarse que se convierta más tarde en el mayor
teólogo de la Iglesia
y que nos introduzca magníficamente al misterio del Cuerpo Místico.
No hay que perder de vista nunca
esta identificación: "Yo soy Jesús al que tú persigues". Esta comunidad no es separable de la Persona de Jesús.
Jesús habita en ella, Jesús circula en ella, Jesús la conduce, por ella se
comunica Jesús a toda la
Humanidad, y en ella es
siempre con Él con quien tratamos.
Notemos en primer lugar que era
imposible que Nuestro Señor no fundara la Iglesia. La Iglesia es la gran obra de Jesús. Ella
proviene inmediatamente de su calidad de segundo Adán. La Encarnación debe
realizar lo que el primer Adán rehusó realizar. La misión del primer Adán tenía
ya ese aspecto vicarial, es decir que el primer Adán, lo mismo que el segundo a
un nivel mucho más alto, infinitamente más alto evidentemente, pero ya el primer Adán tenía esa función de
representar a toda la
Humanidad.
Porque el primer pensamiento que
surgía en él, el primer pensamiento que era el primer acto de la libertad que
surgía en el Universo el cual estaba hasta entonces en pañales, ese primer pensamiento
era como la edad de razón de toda la Creación, y era necesario que el primer acto de
razón de toda la Creación
fuera un acto de adhesión y de amor que habría promovido toda la creación al
plano de la libertad y toda la
Humanidad al nivel de la comunión de los santos. Es decir que
la Humanidad
no habría sido una especie animal como lo es, sino una comunidad animada por la
gracia y unida a la Presencia de Dios.
El Segundo Adán, que representa a un nivel muy superior y más maravilloso, más
admirable, como dice la (antigua)
oración del ofertorio: "¡Oh Dios que creaste al hombre en una dignidad
admirable y lo restauraste más admirablemente todavía", tiene
eminentemente esa función vicarial. Él representa a la Humanidad por ser él
sacramento vivo de la divinidad. Su papel esencial es pues reunir, unir,
derribar los muros de separación, borrar las fronteras, hacer de la Humanidad justamente una
Comunión de santos, sacar a los hombres de la
vida animal que los separa, los divide y los opone, y los arroja continuamente
en masacres unos contra otros, para que sean, sean por fin dignos de ellos
mismos y dignos de Dios.
Por consiguiente, su primera
intención, la primera intención de Jesús
debe ser afirmar su misión de segundo Adán, y pues ella debe durar hasta el
fin de los siglos, comunicarla a los
hombres que deben continuar su apostolado.
Y eso es tanto más necesario
cuanto que, como lo vimos, es imposible
ser discípulo suyo sin participar en la misión del segundo Adán, ya que
sólo en esta inmensa intención, en esta visión y acción descubriremos su
realidad". (Continuará)
Oración: ¡Oh Dios que creaste al hombre en una dignidad admirable y lo
restauraste más admirablemente todavía, danos, te pedimos, que seamos
partícipes de la divinidad del segundo Adán! Él tomó nuestra humanidad para
hacer de ella el cuerpo místico de Cristo, con el cual ella también está
sentada a la derecha del Padre, en igualdad con el Padre, el Hijo y el
Espíritu, pues el verdadero Amor no puede aceptar que permanezca inferior a
él aquél a quien ama.