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3ª parte de la conferencia del 8 de agosto
de 1959, en Ghazir.
Nadie puede estar fuera de Su amor y es
imposible participar en Su vida sin participar al mismo tiempo en Su misión...
"Si se quiere limitar a Jesús a uno
mismo, hacer de Él un Salvador para sí mismo, se lo convierte inmediatamente en
ídolo porque, justamente, Él no es un hombre sino El Hijo del Hombre que reúne
toda la humanidad y recapitula toda la Historia. Nadie puede estar fuera de Su Amor, y es
imposible participar en Su vida sin participar al mismo tiempo y en la misma
manera en Su misión.
Para que continúe la Encarnación se
necesitan hombres que retomen, si se puede decir, el "programa de
Jesús", es decir que tengan derecho de reunir toda la humanidad en Su nombre, y que en lo posible estén
consumidos en su propia vida, en su vida personal por el fuego de amor que se
encendió en el corazón de los Apóstoles el día de Pentecostés, para que la
misión de que están encargados coincida con el don de su vida.
Esas dos cosas van idealmente juntas: ser
enviado por Cristo para reunir, ser en nombre de Cristo el Sacramento de la
unidad del mundo que debe sacar de Él su unidad, y estar normalmente
comprometido en una vida de santidad, es decir en un camino de caridad
universal sin fronteras ni límites.
Pero vista la fragilidad humana – el caso
de san Pedro lo prueba del modo más típico – puede suceder que la misión, que
pone a un hombre en ese cargo de unificador, sea negada por su vida. Puede suceder que el que prosiga la obra de
Pedro sea también un renegado, que juegue también el papel de Satanás, y se
muestre también como anticristo.
Pero justamente la identificación que Nuestro
Señor hace de la comunidad consigo mismo, esa identificación es absolutamente indispensable
pues, si Cristo no hubiera permanecido con nosotros, si no estuviera presente
en la Humanidad
hasta el fin de los siglos, no tendríamos ya sino palabras, el Evangelio sería
una doctrina que se comentaría al infinito, como comentaban los fariseos el
Antiguo Testamento. Se haría de él un sistema, una respuesta a preguntas, una
construcción de ideas y de nociones y, finalmente, todo se perdería en el juego
de palabras, en el tumulto de los discursos, en el endurecimiento del
farisaísmo.
¡Pero no! Jesús va a perdurar. Y el cristianismo no será una doctrina, el
cristianismo no será un sistema, el cristianismo no será un gobierno. El cristianismo será una Persona, Jesucristo.
El cristianismo es Alguien. El Cristianismo es Jesús.
Pero si se asocian hombres a Su Obra, – y
es imposible que no se asocien ya que su obra debe continuar y al mismo tiempo,
para ser su discípulo, hay que entrar en sus intenciones y en su misión de
Segundo Adán – si se asocian hombres a su obra, para que el cristianismo siga siendo siempre Jesús, para que Él siga siendo Jesús, es necesario que tales hombres sólo estén
asociados a la misión del Señor a título de sacramento.
Y esa es justamente la clave del misterio:
si la Iglesia
es Jesús, si la Iglesia
es Alguien, si es una Persona, todo lo demás es sacramento, todo lo demás, ya sean los
hombres: el Papa, los Obispos, los Sacerdotes, los Confirmados, los Bautizados,
ya sean los libros: el Antiguo y el Nuevo Testamento, el Misal, el Ritual, los
decretos de los Concilios o el Derecho Canónico, las encíclicas o la
predicación, todo eso, como el agua, el vino, el fuego y el incienso, como el
óleo y el pan, como todas las cosas finalmente, absolutamente todo lo que hay en la Iglesia y no es Jesús sólo
puede ser el sacramento (1) que representa y comunica a Jesús, a
cualquier nivel.
Y eso justamente nos obliga a corregir la
expresión que utilicé ahora diciendo que había en la Iglesia
un lado humano. No, en la Iglesia no existe lado
humano porque el lado humano como tal no pertenece a la Iglesia.
Si yo soy la Iglesia, si soy sacerdote,
es únicamente en cuanto que no soy yo. Si
soy yo, ya no soy el enviado de Cristo. Sólo soy sacerdote para Él, en Él y desapareciendo
en Su Persona. Si pretendo ocuparme de lo
mío, el sacerdocio no lo cauciona y eventualmente los fieles están obligados a
alejarse de eso, si es contrario al Reino de Dios.
Justamente el sacramento (1) es la caución
absoluta de que en la Iglesia
sólo se puede tratar de Jesucristo, y si ya no se trata de Jesucristo, ya no es
la Iglesia,
lo mismo que Pedro ya no es Pedro cuando es Satanás, como ya no es Pedro cuando
niega al Señor. Entonces no sólo ya no estamos llamados a unirnos a Él, sino
que debemos separarnos de Él, por no ser ya sacramento de Jesús.
El sacramento responde a la fe, es decir
que es la fe sola, justamente la que
permite reconocer en la
Iglesia únicamente la calidad de sacramento, es decir de
signo que representa y que comunica a Jesús. (1) Esto va muy lejos porque
quiere decir que nadie en el mundo puede decirnos quién es la Iglesia, nadie puede
decirnos qué significa un dogma, nadie puede decirnos qué significa un
sacramento sino con palabras que son también sacramentos". (Continuará)
Nota
(1): Se puede decir que la "sacramentalidad" de todo en la Iglesia no es muy
reconocida en la Iglesia
de hoy. Jesús está realmente presente y actuando en la Iglesia, mucho más de lo
que pensamos generalmente, en cada instante de la historia de la Iglesia y en cada uno de
sus miembros. En ella, todo es sacramento de Su presencia. Pero no se trata de
presencia física.
La presencia real de Jesús no es pues
solamente en la Eucaristía,
la cual es además mucho más sacramento de Su ofrenda perfecta que de Su
presencia real.
"Es la fe la que permite reconocer en
la Iglesia la
calidad de sacramento, es decir de signo que representa y comunica a Jesús".