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5ª parte de la conferencia del 8 de agosto
de 1959, en Ghazir.
La Iglesia entera es una inmensa dimisión en la persona de
Jesucristo, no puede ser sino un inmenso sacramento.
El
sentido de la infalibilidad pontificia es lo contrario de lo que imaginamos…
"Nada más triste en cierto sentido que la lectura de la historia de
Pío IX y ver que Pío IX,
que estaba extremamente preocupado por hacer definir la infalibilidad del papa,
y no aceptaba ninguna especie de resistencia sobre este punto, fue aclamado por
sus cortesanos cuando la infalibilidad fue efectivamente definida por el
Concilio Vaticano. Gritaban: "¡Viva el papa infalible, viva el papa
infalible!" como un homenaje rendido a la persona de Pío IX.
No podemos equivocarnos más que los
cortesanos de Pío IX pues la infalibilidad quería
decir exactamente esto: "Usted no es nada, nada, nada; la infalibilidad significa que usted no es
nada, que no es su palabra lo que
escuchamos, no queremos oírla. No somos discípulos suyos. No queremos su
sabiduría, ni siquiera su virtud. La infalibilidad es la garantía de que a través de
usted tratamos con Jesucristo, que
sólo de Jesucristo somos discípulos. Sólo existe una palabra que es para
nosotros toda la verdad, es Jesucristo, y usted es sólo un sacramento y en ese título es como usted implica nuestra fe. Pero por medio de
usted, y si necesario, a pesar de usted, nuestra fe llega inmediatamente a la
intimidad del Señor".
Y noten que esto es tan cierto que todo el
mundo admite que los Padres de un Concilio con el concurso de Pedro o que el
Papa solo, pero él nunca está solo, porque toda la Iglesia está finalmente
detrás de una definición dogmática, y si el Concilio no se reúne, es
virtualmente reunido por las consultas hechas antes; pero sea el papa, o un
hombre, sea un Concilio unido al papa, todo el mundo admite que los Padres del
Concilio, que el papa cuando define un dogma no comprende lo que pasa más que
la mujercita que barre la sala del Concilio o los corredores del Vaticano. Es
decir que ellos no pueden comprender el dogma de otra manera sino como ella,
por la fe y el amor, porque el dogma no es fruto de su sabiduría, no es fruto
de su experiencia, no es fruto de su genio, ni siquiera es fruto de su virtud. El dogma responde exactamente, en el
Concilio o en el papa, a una función de Consagración, es exactamente lo
análogo del gesto del sacerdote que dice sobre el Pan y el Vino: "Esto es
mi Cuerpo, esto es mi Sangre". Y como la Presencia eucarística
sólo se ofrece a los sacerdotes de la misma manera que a todos los fieles, es
decir que se ofrece a la fe y al amor, pidiéndoles toda su presencia y toda su
generosidad, exactamente de la misma manera el dogma solicita la fe del papa o
de los Padres en un Concilio, como solicita la fe de la mujer iletrada que
barre los corredores del Vaticano.
Eso es admirable porque justamente la infalibilidad es lo contrario de lo que
imaginamos, lo contrario de lo que imaginamos. Y ahora que se habla de un
Concilio Universal (pronto se iba a
reunir el Concilio Vaticano 2), qué urgente es afirmarlo, qué urgente es gritarlo
a los cuatro vientos, hacer comprender en Constantinopla, y en Alejandría, y en
Antioquia, que la infalibilidad no quiere decir: hay una Sede por encima de las
demás, hay un obispo que está por encima de todos los demás, sino que significa que la Iglesia entera es una
inmensa dimisión en la Persona
de Jesucristo, que la Iglesia
entera sólo puede ser un sacramento que comunica la Palabra, y la Presencia, y la vida de Jesús, y que Pedro es
simplemente Pedro infalible, último retoque hecho a esa creencia, es el último
sello puesto sobre esta afirmación: ¡La Iglesia es Jesús! Pedro es el sello de la unidad
en la fe, el sello de la adhesión de toda la Humanidad redimida y
santificada en la Persona
de Jesús que es la vida de nuestra vida.
Por eso justamente, cuando hemos
comprendido la Iglesia,
cuando la vivimos en el misterio de la fe, cuando la vemos toda como un
sacramento, nunca nos molesta en ella lo humano. ¿Qué puede importarnos? El sacramento nos exenta, el sacramento nos
libera, nos libera del hombre en principio y radicalmente. Jamás estamos
sometidos al hombre, jamás. Pues jamás
el hombre es ni puede ser para nosotros otra cosa que un sacramento. Y
cuando piensa dominarnos, es tiempo perdido porque no tiene influencia sobre
nuestra fe y nuestra fe nos pone en contacto inmediato con la intimidad de
Nuestro Señor y en esa intimidad es como leemos el dogma, como la confidencia
de Su Amor.
En su intimidad es como entramos en toda
la vida sacramental. En su intimidad es como recibimos el Derecho Canónico que
es un misterio de fe, como todo lo de la Iglesia, porque vemos justamente en lo que
llamamos la legislación de la
Iglesia sólo el cuidado de reunir el Cuerpo de Cristo en
orden, en armonía y en la unidad, y que el Derecho Canónico es por eso un
sacramento de amor". (Continuará)