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26/03/10 – La infalibilidad pontificia.

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La Iglesia entera es una inmensa dimisión en la persona de Jesucristo, no puede ser sino un inmenso sacramento.

El sentido de la infalibilidad pontificia es lo contrario de lo que imaginamos

"Nada más triste en cierto sentido que la lectura de la historia de Pío IX y ver que Pío IX, que estaba extremamente preocupado por hacer definir la infalibilidad del papa, y no aceptaba ninguna especie de resistencia sobre este punto, fue aclamado por sus cortesanos cuando la infalibilidad fue efectivamente definida por el Concilio Vaticano. Gritaban: "¡Viva el papa infalible, viva el papa infalible!" como un homenaje rendido a la persona de Pío IX.

No podemos equivocarnos más que los cortesanos de Pío IX pues la infalibilidad quería decir exactamente esto: "Usted no es nada, nada, nada; la infalibilidad significa que usted no es nada, que no es su palabra lo que escuchamos, no queremos oírla. No somos discípulos suyos. No queremos su sabiduría, ni siquiera su virtud. La infalibilidad es la garantía de que a través de usted tratamos con Jesucristo, que sólo de Jesucristo somos discípulos. Sólo existe una palabra que es para nosotros toda la verdad, es Jesucristo, y usted es sólo un sacramento y en ese título es como usted implica nuestra fe. Pero por medio de usted, y si necesario, a pesar de usted, nuestra fe llega inmediatamente a la intimidad del Señor".

Y noten que esto es tan cierto que todo el mundo admite que los Padres de un Concilio con el concurso de Pedro o que el Papa solo, pero él nunca está solo, porque toda la Iglesia está finalmente detrás de una definición dogmática, y si el Concilio no se reúne, es virtualmente reunido por las consultas hechas antes; pero sea el papa, o un hombre, sea un Concilio unido al papa, todo el mundo admite que los Padres del Concilio, que el papa cuando define un dogma no comprende lo que pasa más que la mujercita que barre la sala del Concilio o los corredores del Vaticano. Es decir que ellos no pueden comprender el dogma de otra manera sino como ella, por la fe y el amor, porque el dogma no es fruto de su sabiduría, no es fruto de su experiencia, no es fruto de su genio, ni siquiera es fruto de su virtud. El dogma responde exactamente, en el Concilio o en el papa, a una función de Consagración, es exactamente lo análogo del gesto del sacerdote que dice sobre el Pan y el Vino: "Esto es mi Cuerpo, esto es mi Sangre". Y como la Presencia eucarística sólo se ofrece a los sacerdotes de la misma manera que a todos los fieles, es decir que se ofrece a la fe y al amor, pidiéndoles toda su presencia y toda su generosidad, exactamente de la misma manera el dogma solicita la fe del papa o de los Padres en un Concilio, como solicita la fe de la mujer iletrada que barre los corredores del Vaticano.

Eso es admirable porque justamente la infalibilidad es lo contrario de lo que imaginamos, lo contrario de lo que imaginamos. Y ahora que se habla de un Concilio Universal (pronto se iba a reunir el Concilio Vaticano 2), qué urgente es afirmarlo, qué urgente es gritarlo a los cuatro vientos, hacer comprender en Constantinopla, y en Alejandría, y en Antioquia, que la infalibilidad no quiere decir: hay una Sede por encima de las demás, hay un obispo que está por encima de todos los demás, sino que significa que la Iglesia entera es una inmensa dimisión en la Persona de Jesucristo, que la Iglesia entera sólo puede ser un sacramento que comunica la Palabra, y la Presencia, y la vida de Jesús, y que Pedro es simplemente Pedro infalible, último retoque hecho a esa creencia, es el último sello puesto sobre esta afirmación: ¡La Iglesia es Jesús! Pedro es el sello de la unidad en la fe, el sello de la adhesión de toda la Humanidad redimida y santificada en la Persona de Jesús que es la vida de nuestra vida.

Por eso justamente, cuando hemos comprendido la Iglesia, cuando la vivimos en el misterio de la fe, cuando la vemos toda como un sacramento, nunca nos molesta en ella lo humano. ¿Qué puede importarnos? El sacramento nos exenta, el sacramento nos libera, nos libera del hombre en principio y radicalmente. Jamás estamos sometidos al hombre, jamás. Pues jamás el hombre es ni puede ser para nosotros otra cosa que un sacramento. Y cuando piensa dominarnos, es tiempo perdido porque no tiene influencia sobre nuestra fe y nuestra fe nos pone en contacto inmediato con la intimidad de Nuestro Señor y en esa intimidad es como leemos el dogma, como la confidencia de Su Amor.

En su intimidad es como entramos en toda la vida sacramental. En su intimidad es como recibimos el Derecho Canónico que es un misterio de fe, como todo lo de la Iglesia, porque vemos justamente en lo que llamamos la legislación de la Iglesia sólo el cuidado de reunir el Cuerpo de Cristo en orden, en armonía y en la unidad, y que el Derecho Canónico es por eso un sacramento de amor". (Continuará)

 

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