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6ª parte de la conferencia de Ghazir el 8 de
agosto de 1959.
La Iglesia es el sacramento del amor… Es esencial que
vivamos su misterio por la fe.
Retoma: "El sacramento nos exenta, el sacramento nos
libera, nos libera del hombre, en principio y radicalmente. Nunca estamos
sometidos al hombre, jamás. Porque el
hombre no es, para nosotros, y no puede ser jamás otra cosa que un sacramento.
Y cuando cree dominarnos, es tiempo perdido porque no tiene ningún control
sobre nuestra fe, y nuestra fe nos pone en contacto inmediato con la intimidad
de Nuestro Señor, y en esa intimidad es donde leemos el dogma como la
confidencia de Su Amor.
En su intimidad es como entramos en toda la
vida sacramental. En su intimidad recibimos el Derecho Canónico que es un
misterio de fe, como todo lo de la
Iglesia, porque vemos justamente en lo que llamamos la
legislación de la Iglesia
sólo el cuidado de reunir el Cuerpo de Cristo en orden, en la armonía y la
unidad, y que por eso el Derecho Canónico es un sacramento de amor".
Continuación: "Era además el nombre que
daba san Ignacio de Antioquía a la
Iglesia entera. A principios del siglo segundo, San Ignacio
de Antioquía la llamaba "Ágape":
el Amor. La Iglesia
es el Amor. La Iglesia es el sacramento del Amor. No puede
ser otra cosa.
La Iglesia no puede jamás alejarnos de Dios, jamás. Un hombre de Iglesia, tomado
en su función sacramental y por una visión de fe, jamás puede separarnos de
Dios, ya que no tiene ningún control sobre nosotros para inducirnos a ello, y si
pretendiera alejarnos de Dios cesaría de ser la Iglesia para nosotros, y
se uniría al Satanás del Evangelio, se uniría a la negación de Pedro y sería
como él o como lo somos nosotros cada vez que somos infieles, se uniría al
Anticristo.
Importa pues esencialmente que vivamos el
misterio de la Iglesia
en la fe. No se trata de leer una Encíclica así no más, consultando el
diccionario para saber lo que quieren decir las palabras. Si la Encíclica es en verdad
Palabra de la Iglesia,
es Palabra de Jesús; es un sacramento, un sacramento, y el verdadero sentido de
la Encíclica,
sean cuales fueren las intenciones del papa, las cuales no nos interesan en
modo alguno, porque lo que cuenta no es lo que el papa tiene en la mente, sino
lo que Jesús tiene en su Corazón. Y puede suceder que una Encíclica o de una
definición dogmática tenga intenciones muy humanas como motivo psicológico. Eso
no tiene ninguna importancia, porque nosotros no estamos ligados a la
definición que es un sacramento que hace de esa Palabra, que era pan y vino
como lo que servimos a la mesa ordinaria, que hace de esa Palabra en
adelante una Eucaristía de verdad.
Todo eso es admirable, admirable – y no es sino
la consecuencia de la afirmación esencial que fue el comienzo de la conversión
de Saulo: "Yo soy Jesús". La Iglesia es Jesús. Y el carácter sacramental de la Iglesia nos da al mismo
tiempo la clave de una sociología única – una sociología, es decir una manera
de reunir a los hombres.
Pues en efecto, es la primera vez, la primera vez que se reúne a los hombres por el
interior (1) con esa intensidad, con
ese rigor. El peligro de toda reunión es nivelar, nivelar una muchedumbre.
Tomen la muchedumbre más inocente: en un partido de fútbol, cincuenta mil
personas en un estadio, eso hace una de esas aglutinaciones, un conglomerado de
pasiones, de chillidos, de gritos, de brazos levantados al mismo tiempo, de
pasiones furiosas según sea un lado o el otro el que gane. En la pasión
colectiva cada uno ha perdido su alma, su personalidad.
El beneficio incomparable, la invención divina
del misterio de la Iglesia
es reunir a los hombres en la fe, justamente identificar de manera inseparable la Comunidad y la soledad.
Es algo tan extraordinario que vale la pena detenerse en ello.
Quizá no lo hagan con frecuencia, pero si
asisten a un concierto y que el concierto es dado por grandes músicos, quizá
después al escuchar la radio, pueden hacer la experiencia que se tiene a veces
e una sala de concierto, en que hay un momento en que la ejecución es tan
perfecta, en que la música suscita un silencio tal que se la percibe como una
presencia, y toda la sala está
suspendida de esa presencia, respira en
esa Presencia. Y cada uno lo siente, cada uno siente la presencia si está
suficientemente en silencio para acogerla. Es justamente que ha llegado a su
más íntima soledad. Es una revelación para él, es una luz en él, es un gozo:
está colmado, está liberado. Todo el espacio se abre en su mente y en su
corazón que pudo dar nacimiento a la obra maestra en la mente de su creador. Y
al mismo tiempo, en esa soledad llena de una Presencia maravillosa, cada uno
siente que los demás comunican en la misma Presencia, que todos juntos están
centrados en la misma belleza y que todos juntos respiran y comunican tanto más
intensamente unos con otros cuanto que cada uno está más recogido en su más
íntima soledad.
Esa es justamente la única manera plenamente
humana de reunir a los hombres: reunirlos por dentro (1), fundar la comunidad sobre la conciencia, hacer de la comunidad un
intercambio de soledades cada una de las cuales enriquece a las demás, tanto
más justamente cuanto más profundo es su recogimiento y su soledad más personal.
Se puede decir entonces que no hay soledad
auténtica y verdadera que no sea un bien común para el mundo entero, y que no
hay comunidad verdadera que no tenga sus bases en la soledad. ¡Pues bien! La Iglesia sacramento realiza
de manera perfecta, perfecta a los ojos de la fe que nos libera siempre de lo
que no es Jesucristo, la
Iglesia realiza de manera perfecta la comunidad que
tiene sus bases en la soledad.
Y por eso, si en la Iglesia siempre estamos en
misión, si en la Iglesia
siempre somos enviados, si en la
Iglesia participamos siempre en el segundo Adán y en su
función unitiva, si no podemos adherir a
Cristo sin tomar a cargo toda la
Humanidad y todo el universo, es verdad que al mismo
tiempo y mientras más cumplamos esta misión, tanto más entramos en la soledad
de una comunión única y cada vez más personal con Jesús. Ese es el equilibrio
prodigioso, único, que será, creo, la única solución posible al comunismo, como
veremos más adelante. Pero ¿cómo no maravillarse desde ya de que la Iglesia no pueda ser otra
cosa?" (Continuará)
Nota (1). Recuerden esta expresión admirable:
"La única manera plenamente humana de reunir a los hombres es reunirlos
por dentro". Esa es la especificidad de la Iglesia. Si Dios es puro
interior, la reunión de los hombres en ella se realizará por el interior del
hombre. La soledad, con la oración incesante que pide el Evangelio, profundiza
el interior del hombre, haciéndolo apto para ser cada vez más auténticamente
miembro de la Iglesia.