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April 2010 - Posts

  • 30/04/2010. Una cuestión mal planteada.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} La inmortalidad se siembra durante la vida.

    Retiro predicado en Ghazir, a las Franciscanas de Lons-le-Saunier en agosto de 1959. Conferencia del 6/08, a las 8 y 30. 1a parte. El problema es estar vivo antes de la muerte.

    El segundo nacimiento o la victoria sobre la muerte. Estar vivo antes de la muerte. Hay mucha gente que sólo vive en apariencia.

    "Una cuestión que se plantea sin cesar, que escuchamos continuamente, es la siguiente: "¿Qué pruebas hay de que los muertos viven? ¿Estamos seguros de que hay vida después de la muerte? Después de todo, nadie ha vuelto a dar testimonio. ¿Cómo saber si los muertos están vivos?" Es quizá sólo una esperanza, una creencia piadosa, ¿y cómo estar seguros?

    Es una cuestión que me parece esencialmente mal planteada. En efecto, el problema no es saber si hay vida después de la muerte, sino si hay vida antes de la muerte.

    Entenderán el sentido de este cambio de la cuestión, a partir de la novela "El Poder y la Gloria" de Graham Greene que evocaba ahora, en que el sacerdote mártir descubre que amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos.

    En cuanto al otro sacerdote, que se casó con su ama de casa, y que está bajo el yugo de esa vieja que lo maneja como un perro y lo engorda como un pavo, su decadencia es tan evidente que hasta los niños se dan cuenta y lo persiguen con apodos cuando la vieja lo llama y él se somete a sus órdenes, temblando, en total obediencia.

    Uno siente, en efecto, que este hombre que rehusó el martirio, que evitó el peligro y se puso al abrigo aceptando la pensión del gobierno ya no tiene sino la piel. Lo que lo sigue sosteniendo es la vida física, la vida del universo, la vida tomada en préstamo al universo, y que es sólo continuación del mismo, la vida de las fuerzas naturales.

    No le añade nada, y por eso ya está entregado a la muerte. ¡Porque sólo le quedan como sostén las fuerzas físicas prestadas al universo! Cuando se le agoten, ya no tendrá nada que pueda triunfar, porque renunció al combate, renunció a sostenerse a sí mismo y se entregó sólo a su piel.

    Nada puede hacernos sentir más justamente la verdad del cambio en la cuestión. Hay mucha gente viva en apariencia, pero que está viva y se sostiene sólo por las energías que toma del universo. Los sostienen como era sostenido el universo antes del nacimiento del hombre, los sostienen como a un niño en pañales, el cual no hace nada por sí mismo sino que saca todos sus poderes, ya de las fuerzas naturales que hay en él, ya de los cuidados que recibe.

    El otro sacerdote al contrario, el que escogió el martirio, a medida que despega de sí mismo, es decir de su yo animal al que estuvo sometido tanto tiempo, a medida que despega de su yo animal, él es el que sostiene su naturaleza, su biología, sus fuerzas naturales; él les añade, las reúne, las flexibiliza, les confiere una libertad cada vez más perfecta, él hace de todo su ser un impulso de generosidad.

    Y a medida que avanza hacia el martirio, triunfa cada vez más de la pasividad, de sus fuerzas naturales limitadas, triunfa sobre ellas porque las transfigura, las transforma, y el día que lo fusilan, el día que paga con el martirio su fidelidad heroica, entra en la muerte como un gran viviente. Y ante el heroísmo del mártir, todo el mundo siente justamente que esta muerte no es muerte sino al contrario, una condición de promoción, una condición de crecimiento, una condición de vida más plena, una condición de perfección que será definitiva más allá de la muerte. Entonces, la muerte del héroe, la muerte del mártir no es un obstáculo a la vida, es una condición de la vida.

    Y todo el mundo siente que está muerto el que retrocede ante la muerte para salvar su piel y acepta entregar a la muerte a los demás para salvar su piel. Está muerto antes de morir, porque se ha entregado a la muerte. No le opuso nada a sus fuerzas físicas que se agotan, y entonces ya está muerto. Es un muerto en suspenso, mientras el mártir, a través de la muerte, de la muerte escogida, de la muerte dominada, triunfa de la muerte y a través de la muerte se hace un gran viviente.

    Por eso la verdadera cuestión no es ¿hay vida después de la muerte? Sino ¿hay vida antes de la muerte? Porque justamente la inmortalidad se siembra durante la vida. La inmortalidad hay que inscribirla en nosotros, en todas las fibras de nuestro ser, no dejándonos llevar por las fuerzas de la naturaleza, sino llevándolas, transformándolas, haciéndolas cada vez más transparentes a la vida que circula en nosotros.

    Es vano querer demostrar la inmortalidad con razonamientos sacados de no sé qué, de nuestras simples ideas o de cosas parecidas, es vano porque es ponerse fuera de la experiencia.

    Se trata de vivir la muerte, de experimentarla a lo largo de la vida para darnos cuenta de que en efecto, nuestra vocación es vencerla, de que la inmortalidad no es algo terminado, la inmortalidad es una vocación, una vocación en que cada uno de nosotros debe triunfar sobre las fuerzas cósmicas, es decir sobre las fuerzas tomadas a la naturaleza, transformarlas, liberarlas, eternizarlas, para preparar la resurrección, ya que todo el ser está llamado a vivir en Dios". (Continuará)

     

  • 28-29/04/10 – Jesús segundo Adán.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Abadía de Bellefontaine, jueves 20 de enero de 1972, por la mañana.  

    Esta Revelación será desde luego finalmente siempre la Revelación de sí mismo, y para escuchar su Palabra será menester adherir a su Persona. Y sólo en la medida en que nos identifiquemos con él, o con ella si se trata de la persona, escucharemos su mensaje y encontraremos la verdad eterna e infinita a través del testimonio de la Iglesia.

    Jesús es la revelación suprema, pero también, al mismo tiempo, el liberador supremo, pues evidentemente la gracia de unión hecha a la humanidad que comienza a existir en el seno de María, la gracia de unión no le es dada para ella misma. Ahí estamos en el centro de una nueva creación en que el plan divino, el plan eterno de Dios que fue roto por la negativa inicial del amor, y por todas las que siguieron, y si estamos en el centro de la nueva creación, descubrimos inmediatamente que la gracia de unión a través de Jesucristo debe extenderse a toda la humanidad y a todo el universo.

    Toda la humanidad y todo el universo están llamados a vivir la libertad divina. Toda la creación está llamada a interiorizarse, a no padecer su existencia sino, unida a las criaturas inteligentes, todo el universo que constituye el marco de todas las criaturas inteligentes, todo el universo debe aspirar a Dios para encontrar en él su perfecta realización.

    Jesús es el liberador de la humanidad y del universo, realiza el plan de Dios que jamás ha cambiado y que es comunicarse él mismo en la aventura nupcial, en la historia de amor en que el sí de la criatura es lo único que puede cerrar el anillo de oro de las nupcias eternas.

    Tuve en Biblos la intuición de ese papel de Jesucristo. Me encontraba en ese campo de excavaciones cuya admirable historia conocen, ese terreno que fue explorado por un arqueólogo saboyano, Mauricio Dunant, que dedicó su vida a esas excavaciones con notable inteligencia, con sentido artístico consumado, sin dañar nada, limpiando cada capa para transportarla a otro lugar para que la gente pudiera comprender su viviente realidad. Y descubrió en particular un cementerio calcolítico de 2500 años antes de Jesucristo y, en ese cementerio hay dos jarras que contienen esqueletos replegados, como el feto en el seno materno, como si los esqueletos esperaran volver a la vida.

    Y ante una de esas jarras rotas, en la cual estaba particularmente bien conservado el esqueleto, de repente me vino este pensamiento: "¿Qué relación hay entre este esqueleto y mi persona? Siendo todos parte de la misma historia, ¿somos contemporáneos? ¿Estamos incluidos en un solo y mismo proyecto?"

    Entonces pensé: "¿Y quién podría darle unidad a esta historia? ¿Quién podría hacernos contemporáneos, a este esqueleto y yo, si este hombre vivió en esta orilla, vio este mar, miró estas montañas, se sintió moderno, pensó que el mundo era suyo, como pienso yo? ¿Desapareció totalmente, o es una presencia con la que puedo encontrarme?"

    Ante los restos de un antepasado, un animal actual se encuentra ante un fenómeno biológico. Tiene relación biológica con los restos, hay sucesión en la línea de descendencia. ¿Es eso lo único que me une a este esqueleto? Yo buscaba entonces qué podría hacer la unidad de la historia, y pensaba en la exigüidad de mi vida, pensaba que cada uno de nosotros tiene un espacio vital tan limitado, pues prácticamente ¿qué es el mundo para nosotros?

    Es el mundo con que tenemos contacto. El mundo que tiene incidencia en nuestra vida, algunos rostros indispensables a nuestra felicidad. Es la seguridad de poder gozar viviendo en una tierra que no sea sistemáticamente sacudida por acontecimientos sísmicos. Nuestro mundo es pequeñísimo, y el mundo más allá de ese pequeño mundo, en el fondo, no nos concierne realmente. Grabamos acontecimientos, sabemos que tienen lugar, podemos eventualmente verlos por televisión, pero eso no perturba nuestro pequeño hogar, no perturba nuestro pequeño mundo, el espacio vital que nos es indispensable.

    A partir de ahí nadie puede reunir todas las generaciones y hacer contemporáneos todos los hombres.

    Me vino entonces a la mente que el segundo Adán tenía el poder de reunir a todos los hombres y hacerlos contemporáneos precisamente porque estaba tan vacío de sí mismo, es decir que su humanidad estaba tan vacía de sí, tan desapropiada de sí, tan subsistente en el altruismo y en la libertad del Verbo que podía hacerse interior a cada uno, que podía, como han dicho magníficamente, estar en su casa dentro de los demás. Podía pues vivir cada vida más íntimamente que una madre la vida de su hijo, y en Él todas las generaciones se hacían contemporáneas, eran recuperadas del flujo del tiempo, y todos estábamos reunidos en torno a su mesa a la luz de su amor.

    Jesús es el gran unificador, el gran liberador, precisamente porque subsiste en la libertad infinita del Verbo divino. Veo que bajo este aspecto la Encarnación se inscribe en el centro de nuestras preocupaciones más actuales, ya que buscamos una libertad auténtica que legitime el sentimiento de inviolabilidad que es el fenómeno humano más constante y fundamental.

    Evidentemente, hay que entender la Encarnación a partir del Dios interior. Es claro que Dios no baja del cielo en sentido material. El cielo, como dice el papa san Gregorio, es el alma del justo. El cielo está dentro de nosotros y en ese cielo interior Dios no ha cesado nunca de estar presente ya que él lo constituye. Él está ahí desde siempre, dentro de nosotros tanto como en Jesucristo. Pero nosotros no estamos en él. "Tú estabas conmigo, dice Agustín en su encuentro decisivo con la Belleza siempre antigua y siempre nueva, tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo".

    Dios ya estaba presente. Transparentaba en cierto modo en los profetas, se encarnaba ya, porque siempre, siempre se manifiesta bajo forma de encarnación, es decir, transformando al hombre haciéndolo más libre de sí mismo y más apto para hacer presente a Dios.

    Hubo pues muchas encarnaciones parciales, dentro y fuera de Israel, por doquiera donde se manifiesta la Presencia de Dios. Pero todas esas encarnaciones eran imperfectas, en razón de los límites del hombre, y todo aspiraba, y convergía, y se realizaba, y encontraba su plenitud en la Encarnación que se cumple en nuestro Señor Jesucristo.

    Dios no tenía que venir: ya estaba presente. Pero la humanidad tenía que venir y, como dice admirablemente el símbolo de san Atanasio: "Cristo es uno, no por la conversión, por el cambio de la divinidad en carne, sino por la asunción de la humanidad a Dios". La humanidad de Jesús es la humanidad que viene a Dios. Es la humanidad asumida por Dios, es la humanidad liberada radicalmente de sí misma, enraizada en la relación subsistente que constituye la personalidad del Verbo de Dios, arrojada por esa ola eterna en el seno del Padre.

    La Presencia de Dios se inscribe así de manera perfecta en nuestra historia y nosotros los hombres vamos a saber quiénes somos en la medida en que nos dejemos asir por la humanidad de Jesucristo, en la medida en que lleguemos en Jesucristo a la libertad total, en que nos hagamos con él y por él, llevando con nosotros el universo, en la medida en que nos liberemos, y seamos con él una ofrenda de amor, una simple mirada de amor hacia Dios.

    Entonces encontraremos a Jesús como Vida de nuestra vida y percibiremos a Dios en lo más íntimo de nosotros como una música silenciosa. (Fin de la conferencia)

     

  • 27/04/10 - Jesús, segundo Adán.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Abadía de Bellefontaine, jueves 20 de enero de 1972 por la mañana.

    Jesús va a ser revestido, va a subsistir en la libertad eterna que es el Verbo de Dios. Jesús va a ser tomado en esa ola inmensa, en la relación, en el impulso que arroja eternamente al Verbo en el seno del Padre. En su humanidad, Jesús va pues a ser radicalmente liberado, va a ser radicalmente liberado de todos los límites que nos afectan, que nos oscurecen, que nos encierran en nosotros mismos y obstaculizan la luz de Dios en nosotros.

    Es pues cierto, a la luz de la Encarnación, que el sentido mismo del gesto creador era la comunicación de lo más divino que hay en Dios, es decir del concierto de las relaciones trinitarias, es decir de la libertad infinita respecto de sí mismo, de la caridad que hace que él sea Dios, pues toda su santidad consiste precisamente en esa caridad, en esa desapropiación, en esa mirada subsistente de cada persona respecto de las otras dos.

    En Jesucristo, la libertad divina, la libertad que es Dios, se inscribe en nuestra historia y está llamada a difundirse en toda la humanidad y en toda la creación. Hay pues una coherencia absoluta en todos nuestros pasos. Partiendo precisamente del Dios interior, partiendo de la inviolabilidad del hombre, reconociendo a través de esa inviolabilidad una invitación a la liberación y reconociendo en Dios el espacio mismo, el espacio de luz y de amor en que respira nuestra libertad, recibiendo por Jesús la revelación de la Trinidad divina en que brilla la libertad en todo su esplendor en el corazón de las relaciones intra-divinas, vemos a Jesús que es, como decían en el siglo 5° y 6°, "uno de la Trinidad", vemos que en Jesús precisamente se inscribe en nuestra historia la libertad divina y abraza todo el universo.

    Por eso también, porque la libertad divina se inscribe en la historia, constituyendo la subsistencia misma de esa humanidad que es la humanidad de Nuestro Señor, por eso también encontramos en Jesús al supremo revelador, la Revelación definitiva e insuperable pues ninguna transformación puede ser más radical.

    Vimos en efecto desde nuestra primera charla que en las relaciones interpersonales el conocimiento es un nacimiento, que el conocimiento es tanto más profundo cuanto más total es la liberación, que conocemos en cuanto amamos, en cuanto nos despojamos de nosotros, en cuanto nos hacemos transparentes a la luz divina. Y reconocimos que la Revelación del Antiguo Testamento debía su imperfección no a Dios que es el mismo en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, sino a que la humanidad estaba apenas balbuciendo, tanto más cuanto que la Revelación se dirigía a una colectividad que había sido escogida para dar testimonio de la Presencia de Dios en el universo, pues no había entonces otro instrumento disponible.

    Los límites de la Revelación, el grito de Jeremías por la destrucción de sus enemigos o el grito del salmista, muy simétrico en el mismo sentido, no significan un límite del amor de Dios, un límite de su misericordia, pues la última palabra de Jesús será pidiendo perdón por sus enemigos, por sus verdugos.

    Dios tiene siempre el mismo rostro, el que se revela en Jesucristo. El límite de la Revelación depende pues del límite de los hombres que no podían recibirla totalmente, en su total plenitud, por  no estar suficientemente liberados de sí mismos.

    En Jesucristo la humanidad ya no tiene fronteras. En Jesucristo, la humanidad es el sacramento translúcido y diáfano de la Presencia divina en la cual subsiste y que tiene misión de comunicarnos retomando el designio creador para enraizar todo el universo en el corazón de la Trinidad divina.

    Jesús es el supremo revelador, pero como ya lo hemos observado, no tanto en lo que dice pues lo que dice sólo puede decirlo en función de su auditorio que no está preparado para la plenitud del Verbo divino. Es su Persona, es su Presencia, es él mismo la Revelación definitiva, que va a romper a lo largo de la historia los límites del lenguaje al que tuvo que recurrir para hacerse entender por las personas a quienes se dirigía.

    Jesús es el supremo revelador porque él es la pobreza suprema. Aquí volvemos a encontrar el misterio de pobreza que san Francisco presintió con todo el ardor de su amor, la pobreza divina que él cantó en todos los caminos de la tierra, la pobreza divina que él desposó y de la que quiso ser testigo, la pobreza divina, la pobreza de espíritu que es la desapropiación de sí en un puro impulso de amor hacia los demás.

    En Jesús la pobreza es total pues su humanidad no posee nada, primero no se posee porque es totalmente de Otro, porque da testimonio de Otro, porque todo lo que ella es, lo que hace, lo que vive, lo que padece, lo que dice, es testimonio, es revelación del Otro divino en quien subsiste. Y porque es absolutamente imposible encontrar un despojamiento más radical, una libertad más entera, es imposible superar la Revelación de Jesucristo, o mejor la Revelación que es Jesucristo". (Continuará)

     

  • 26/04/10 - Jesús, segundo Adán.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Abadía de Bellefontaine, jueves 20 de enero de 1972, por la mañana.

    Si torturásemos una mosca arrancándole las alas y tomando placer sádico en hacerla sufrir o si golpeásemos un caballo hasta que sangre para descargar la ira, tendríamos normalmente una impresión, un sentimiento de indignidad.

    ¿Y qué es lo que nos prohíbe torturar una mosca o golpear un caballo hasta que sangre? El Dios que está dentro de nosotros, que es nuestro libertador, el Dios interior que viene a encontrarnos como el amor siempre ofrecido y que san Juan de la Cruz designa como la "música callada", la música silenciosa.

    El Dios secreto, el Dios que jamás se impone pero siempre se propone, ¿puede ese Dios ser el creador del universo que parece más frecuentemente ser una carnicería donde todas las especies se devoran mutuamente, donde la vida tiene como precio la muerte, donde todos los seres vivos son predadores o presas? ¿Este mundo tal cual es, tal como aparece, responde a la delicadeza infinita, al amor silencioso que nos aspira en lo más íntimo de nosotros?

    Es evidente que partiendo del Dios interior – y no existe otro –, refiriéndonos al "intus" de Agustín: "Tú estabas adentro pero yo estaba afuera", siendo Dios realmente la vida de nuestra vida, viviendo nosotros solamente por medio de Él, alcanzando sólo por Él nuestra dignidad, el respeto de nosotros mismos y de los demás y el de toda criatura, siendo Él quien nos prohíbe hacer mal a una mosca, no puede sentirse cómodo en el universo tal como está.

    Es un universo caído, es un universo descreado, es un universo que no es todavía lo que está llamado a ser. "No estamos en el mundo, como decía Rimbaud, la verdadera vida está ausente". Por eso sugería yo ayer que el sentido de la creación sólo se  nos revela a la luz de la Santísima Trinidad, en quien la vida divina no cesa de comunicarse en una desapropiación continua, en un infinito despojamiento, en el candor de una luz eterna.

    El sentido de la creación no puede ser sino la comunicación que Dios hace de sí mismo, sólo puede ser una historia de dos, una historia nupcial, una historia en que el consentimiento de las criaturas inteligibles es indispensable, por que el ser no les es impuesto sino les es dado en un respeto total de su iniciativa a fin de que no sufran el ser sino que hagan de él, como hace Dios eternamente de su ser una ofrenda total de amor.

    No he subrayado lo suficiente, o en absoluto, que la prueba original tenía precisamente ese sentido: no es una trampa puesta al hombre en sus primeros pasos, sino el primer acto en que va a realizar una decisión que decidirá de todo, es la invitación a colaborar, su vocación de creador, porque a él le corresponde precisamente coronar el universo con la libertad que será la respuesta de su amor al amor de Dios que lo invita. Pero no quiero insistir ahora en este tema.

    Lo que voy a tratar de subrayar es precisamente que la Encarnación debe leerse, interpretarse, entenderse, profundizarse, en fin, debe revelar su verdadero sentido precisamente como la comunicación a la criatura, por medio de la humanidad de nuestro Señor, como la comunicación a la criatura, es decir a toda la creación, a todo el universo, y claro está, primero a la humanidad, como la comunicación de la divina libertad.

    Lo que no pudo realizarse en el primer hombre o en la primera pareja, lo que no pudo realizarse entonces se va a realizar en plenitud en la humanidad de Jesucristo. Pues ¿Qué es la encarnación sino justamente la liberación radical  de una humanidad que está, como dice Berulio, privada de su subsistencia y revestida de la subsistencia del Verbo, mientras nosotros estamos bloqueados por nuestra subsistencia limitada que nos encierra en nosotros mismos, hasta que demos entrada a la luz que nos enraíce nuestra vida en el Dios vivo que nos espera en lo más íntimo de nuestro corazón.

    Desde el primer instante de su existencia en el seno de la bienaventurada Virgen María, la humanidad de Jesucristo está totalmente desapropiada de sí misma. No se pertenece, no puede decir "yo" por su cuenta, está totalmente abierta a Dios, subsiste por la substancia del Verbo, es decir precisamente que está revestida, que está enraizada en la libertad infinita que es el Verbo de Dios. Porque en Dios, precisamente, las relaciones intra-divinas manifiestan el desapego, la desapropiación, la libertad infinita en que la vida no es sufrida, sino eternamente comunicada, intercambiada, y dada.

    Nada puede conmovernos más que el ver precisamente en la segunda creación, pues Jesus es el segundo Adán, como María es la segunda Eva, en la segunda creación en que todo vuelve a comenzar, en que todo es recapitulado, en que todo vuelve a su jefe y a su fuente, en la segunda creación la libertad brilla como el sentido mismo del gesto creador". (Continuará)

     

  • 24-25/04/10 – Cristo revelador del hombre (fin).

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Pascua en Rolles, en 1971.

    Si murió, fue desposando nuestra muerte, muriendo de nuestra muerte, tomando sobre sí mismo todas las tinieblas, todos los desgarramientos, todas las desesperanzas, todas las agonías y todas las muertes, y por eso no murió de las heridas físicas, sino de una muerte interior, murió de la confrontación entre la inocencia infinita y el pecado que asumía y que hacía de él, en su sensibilidad, el mayor culpable de la Historia: era el pecado hecho hombre, pero todo eso sustituyéndose a nosotros, todo eso para restablecer el equilibrio, todo eso para hacer contrapeso, todo eso para hacernos salir de las tinieblas, para llamarnos a la libertad, para enraizarnos en su Persona a fin de que en él comulguemos con la eterna fuente de vida, y justamente por ser su muerte la nuestra, por haber muerto de nuestra muerte, no podía permanecer cautivo de la muerte, siendo el Príncipe de la vida.

    En su ser había una exigencia de vida que debía realizarse y el verdadero milagro, si se puede decir, no es que resucitara, lo cual es evidente, sino que muriera, porque no podía morir, lo repito, sino muriendo por identificación con nosotros, y ahora vuelve a regir la ley de su ser y Él aparece efectivamente como Príncipe de Vida más allá del sepulcro en la mañana de Pascua.

    En adelante entrevemos ya el orden de la creación. El orden de la creación no es orden de muerte, de agonía, de miseria, de separación, de odio, de codicia. El orden de la naturaleza es orden de luz y de amor, quiero decir, la naturaleza como la ve por Dios, la naturaleza deseada por Dios, la naturaleza como debe ser, la naturaleza que debemos realizar en nosotros, fuera de nosotros, en el mundo entero y en todo el universo. La creación no puede ser sino efusión de la vida divina. Dios sólo puede querer crear Espíritu, pues ¿qué es el Espíritu? Es justamente el ser que no sufre la vida como cosa, sino que la asume, la acoge, la libera, la da en una ofrenda de amor al Amor que no cesa de llamarlo y que nos está esperando en lo más íntimo nuestro.

    Jesús resucitado, vencedor de la muerte, Jesús Príncipe de vida, Jesús aparece como el revelador de nuestra vida y de la naturaleza entera y del sentido del universo entero. Todavía no estamos en el mundo, como decía Rimbaud "la verdadera vida está ausente". Todavía no estamos en el mundo, pues el hombre auténtico no existe todavía pero puede existir, debe surgir con Jesús, salir del sepulcro, y toda la naturaleza, todo el universo, toda la humanidad está llamada a resucitar con él, con Jesucristo virgen, Jesucristo libre, Jesucristo segundo Adán, Jesucristo origen de un mundo nuevo, Jesucristo revelador de nuestra humanidad.

    Fuera de Él no sabemos quién somos y aprendemos ahora justamente que estamos llamados a ser creadores con Dios, a hacer un mundo nuevo, transformándonos primero a nosotros mismos, rehusando nuestras esclavitudes, rehusando las esclavitudes internas, rehusando ser simplemente sexo, rehusando ser simplemente codicia y avaricia, tratando de transformar todo lo que somos, tratando de escuchar dentro de nosotros la música silenciosa que es la Presencia de Dios el cual, como dice san Ignacio, murmura en nosotros como agua viva. Si abrimos los oídos a ese llamado, si prestamos atención al amor de Dios que habita en nosotros, si reconocemos en Dios el despojamiento eterno, si vemos en Dios una comunión de amor en que todo es dado para siempre, si comprendemos que Dios nos llama a ser como él, amor total, don total, libertad total en la transparencia del impulso virginal, entonces habremos comenzado a comprender el sentido del misterio pascual.

    Ahora se trata de que cada uno de nosotros mire al Señor en su corazón, lo acoja en su intimidad profunda, escuche en el silencio de su corazón la Palabra eterna que es el Verbo hecho carne y que sepamos que justamente Jesucristo, solo Jesucristo ha revelado el sentido de nuestra humanidad, solo Jesucristo nos ha enseñado lo que significa la libertad, al presentarnos un Dios libre de sí en la circulación de la vida divina en el seno de las tres Personas.

    Ahora pues tenemos ante nosotros la inmensa aventura de retomar la Creación, debemos rehacer y realizar toda la Historia, y sólo podemos hacerlo transformándonos primero a nosotros, poniendo en nuestra mente y corazón la voluntad firme de liberarnos, de no sufrir las fronteras en las cuales estamos encerrados, de salir de las tinieblas, de hacernos espacio ilimitado de luz y de amor en que todos los que la vida nos ponga en el camino se sientan acogidos y, a través de nosotros, invitados y llamados a encontrar a Cristo resucitado.

    Para entender el Evangelio, que es la Buena Nueva, es esencial comprender que si Dios es Espíritu, según lo revela Jesús, también el hombre es espíritu y que no podrán comulgar el uno con el otro, que el hombre no puede conocer a Dios auténticamente, sino en la medida en que sea libre como Dios, libre en Dios, libre para Dios en la intimidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

    ¡Qué dicha, qué alegría, si Pascua es eso, qué dicha si Pascua nos introduce en la libertad de Cristo, si Pascua nos permite todavía reconocer en Jesús al Príncipe de la Vida! Si Pascua nos invita a ser lo que Él es, y si cada uno de nosotros se ingenia hoy en hacer más bella la vida poniendo claridad en todo su ser, a fin de realizar nuestra vocación y la del universo, el universo que dominamos materialmente, pero que no hemos transformado aún en custodia de la Presencia divina como debemos llegar a ser nosotros ahora, tratando de realizar la invitación del Apóstol que nos dice: "Glorificad y exaltad y honorad a Dios en vuestro cuerpo", ese cuerpo santificado por la habitación de Dios, ese cuerpo que es Templo del Señor, ese cuerpo que está llamado a resucitar y a unirse con el Señor de Pascua en los abismos del eterno Amor. ¡Amén!"

     

  • 23/04/10 - Cristo, revelador del hombre

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Pascua, en Rolle, en 1971.

    Ustedes conocen, han escuchado esta declaración, una de las más conmovedoras de la Historia: "Dios es espíritu" (Jn. 4, 24), es decir que Dios está dentro de nosotros, es decir que Dios no se contiene en ningún lugar, es decir que Dios es infinita libertad como es eterno Amor.

    Dios es Espíritu, pero como estas palabras de Jesús en el Evangelio de la Samaritana, como estas palabras de Jesús van dirigidas al hombre, a nosotros, eso quiere decir que el hombre también es espíritu. Estas dos afirmaciones son simétricas, se corresponden, ellas son indisolubles: Dios es Espíritu y el hombre es espíritu. Es al menos nuestra vocación: es lo que debemos llegar a ser.

    Y precisamente Jesucristo nuestro Señor que dijo estas palabras eternas que separan por siempre la religión auténtica de todas las supersticiones, “Dios es Espíritu y es necesario que los que lo adoran, lo adoren en espíritu y en verdad", nuestro Señor irradia en toda su Persona la luz y la libertad del Espíritu. Su humanidad es transparente, es diáfana, su humanidad es sin límites en su permeabilidad a la Presencia de Dios, su humanidad subsiste en Dios, su humanidad es el sacramento inseparable de la Presencia personal de Dios y por eso irradia a través de toda la Persona de Jesucristo el esplendor del Espíritu.

    Podemos darnos cuenta en otro relato evangélico que es admirable, que es inagotable, que es eternamente actual: es el relato que conocen de memoria, de la confrontación, quiero decir la presencia de la pecadora que viene durante una comida donde no está invitada, con todos los aderezos que la denuncian como mujer pública, viene, sin ser invitada y derrama sobre los pies del Señor, con sus perfumes, sus lágrimas. ¡Pues bien! ¿Cómo concebir semejante escena? Cómo concebir, por parte de esta mujer, un impulso tan puro, tan total, tan liberado de toda atención al ambiente humano, cómo concebir ese gesto, si no porque la virginidad de Cristo, la santidad de Cristo, la transparencia de Cristo iluminaba toda la atmósfera. Esta mujer fue introducida inmediatamente en un universo interior y no veía ya nada sino la pureza, la santidad, el Amor que podía liberarla de sí misma porque precisamente, a través de la Presencia de Jesucristo, fue llevada inmediatamente al interior de sí misma, a lo más íntimo de su alma, y descubrió muy en sí misma una llamada inmensa a la santidad, a la pureza, al don de sí y sabía, sentía, con una potencia incoercible que ése era el momento de su liberación, que sólo ese profeta venido de Nazaret podía curarla de sí misma y volverle su pureza fundamental, la pureza que viene de que el ser entero se arraiga en la Presencia de Dios que permanece en nosotros y que nos espera en lo más íntimo de nosotros mismos.

    Esta escena nos vuelve sensible la pureza de Jesucristo, la transparencia del Señor que es virgen, como nació de una virgen, Cristo que comienza a una nueva humanidad, Cristo que está en el centro de una nueva creación, de una creación del Espíritu y la libertad, ya que precisamente el Dios del que da prueba Jesucristo, es Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el Dios que es una eterna comunión de amor, es el Dios que no se aferra a sí mismo, es el Dios libre sí, el Dios que no posee nada, el Dios que sólo tiene contacto consigo al comunicarse, el Dios que no tiene nada porque da eternamente y, porque precisamente la humanidad de nuestro Señor subsiste porque se arraiga en esa pobreza divina, en ese despojamiento, en esa virginidad eterna, es a causa de eso que la humanidad misma de nuestro Señor introduce en nuestra Historia la luz infinita de una pureza inalterable y por eso el Señor viene a llamarnos a todos a la libertad, a la liberación de nosotros-mismos.

    Nos pide surgir de nuestra animalidad, convertirnos en creadores, hacer de nuestra vida un espacio ilimitado de luz y amor, tanto que cada uno nosotros se convierta en un bien común, un bien universal, un tesoro que la humanidad entera esté interesada en defender y proteger.

    Jesucristo, el revelador, es el fermento de nuestra libertad. ¿Y en qué mundo llega? ¿Es que el mundo responde a esa vocación? ¿Ha salido de verdad la humanidad de la animalidad? ¿Ha dominado sus instintos, o más bien, los ha transformado, transfigurado? ¿Ha hecho de sus pasiones el teclado de las virtudes? ¡Por supuesto que no! Nuestra experiencia lo demuestra.

    El mundo en el cual Jesucristo nace es un mundo como el nuestro, un mundo dominado por la codicia, por la codicia, por la agresividad, un mundo que no es libre, un mundo que contradice todas las intenciones de Dios, un mundo que es una caricatura de la creación auténtica, un mundo de tinieblas que no recibe la luz, un mundo por fin que sabe estas cosas: en vez de convertirnos en personas ‑ en puro impulso de amor hacia Dios que nos espera en lo más íntimo de nosotros mismos – en vez de ser creadores somos un mundo encerrado en su noche, un mundo que exalta sus codicias, que se revuelca en el erotismo, que no deja de encender por todas partes focos de guerra y agresividad, lo mismo que acumula, tanto como puede, el dinero en detrimento de la vida y su dignidad. El mundo hace estas cosas.

    En vez de convertirnos en alguien según la invitación de Flaubert cuando dice : "¿Porqué querer ser algo cuando se puede ser alguien?". En vez de convertirnos en alguien, nos convertimos en algo, en un mundo de cosas que es la negación del espíritu, un mundo de cosas que desfigura el universo, un mundo de cosas que vuelve incomprensible el gesto creativo ya que por fin no es lo que Dios quiso. Este mundo de sangre, lágrimas, codicia, agresividad y codicia, no es lo que Dios quiso y Jesucristo, virgen, Jesucristo infinitamente puro, Jesucristo infinitamente espiritual, Jesucristo cuya humanidad extiende un contagio de libertad hasta en la naturaleza, Jesucristo que cura a los enfermos, Jesucristo que calma la tormenta, Jesucristo que resucita los muertos, Jesucristo que da prueba así de una libertad incomparable, Jesucristo, porque es solidario de este mundo, porque viene a fundar una nueva creación, Jesucristo va a hacer contrapeso, contrapeso a todas nuestras denegaciones de amor, a todas las denegaciones de amor de la Historia, del principio al final, va a hacer contrapeso con su Persona y van a hacer de Él una cosa en lugar nuestro.

    Es lo que San Pablo expresa de la manera más profunda diciendo: “El que no conocía el pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros para que pasemos a ser en él justicia para Dios. “(2 Cor.5, 21) Jesucristo va pues a asumir nuestras oscuridades, Jesucristo va a sufrir el destino de las cosas, ya que será tratado como objeto, deshonorado, abofeteado, cubierto con esputos, estirado sobre la Cruz, exhalando su último suspiro en este grito espantoso de abandono: "Dios mío,¿porqué me has abandonado? “(Mt.27, 46)

    Cómo concebir que Jesucristo cuya libertad es sin límites, cuya transparencia es absoluta, cuyo amor se extiende a todo el universo, cómo concebir que pueda sufrir la muerte, él que resucitó a los muertos, sino porque murió de nuestra muerte. Jesucristo no murió de su muerte porque era, (Ac.3, 15) como dicho San Pedro, “el Príncipe de vida". Todas las fibras de su ser subsistían en Dios que es la fuente eterna de vida. Nada en él podía conocer la muerte de la cual era el vencedor". (Continuará)

     

  • 22/04/10 - Frutos del nuevo nacimiento. (M.Fromaget)

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Espero que aprecien lo mismo que yo este texto sobre el segundo nacimiento, tomado de Michel Fromaget, Maestro de Conferencias de la Universidad de Caen. "Naciendo de nuevo, el hombre realiza el sentido de su vida". Las partes en negrilla no son del autor.

    "En una civilización como la actual civilización occidental, cuya episteme oficial afirma que en el estado en que sale de vientre materno, - y por ende provisto ya de psiquismo y cuerpo humanos en acto (y no sólo virtuales) – el niño es por el hecho mismo un ser ontológicamente completo, el concepto de combate espiritual no tiene sentido. En efecto, según el paradigma antropológico dualista retenido por nuestra sociedad, el hombre tiene un solo nacimiento, y no necesita completarse, terminarse, realizarse, pasar por un nuevo nacimiento. El primero basta, le otorga los dos componentes ontológicos, físico y psíquico, necesarios para definirlo totalmente, aunque aún tenga que desarrollar sus aptitudes naturales. Pero la noción de combate espiritual sólo adquiere sentido donde la episteme antropológica afirma, al contrario, que el hombre adulto, el hombre terminado es un ser no constituido de dos sustancias ontológicas, el cuerpo y el alma, sino de tres: el cuerpo, el alma y el espíritu. Y que por lo mismo, para acceder a su plenitud, debe consentir con pasar por una transformación, por una metamorfosis, en todo punto equivalente con un segundo nacimiento. Lo que está en juego en el combate espiritual es precisamente el segundo nacimiento por el cual el hombre despierta a su dimensión espiritual, es decir le da vida a su espíritu el cual, hasta entonces, era sólo virtualidad, simple posibilidad.

    Cómo concebir ese "espíritu" es algo que no podemos desarrollar aquí. Contentémonos con notar tres puntos cuyo conocimiento bastará para comprender lo que avanzamos. Primero, que si el cuerpo es el lugar del alma – que anima el cuerpo y es inconcebible sin él – el alma es el lugar del espíritu – que la espiritualiza, lo mismo que el cuerpo, y es inconcebible sin ellos. A esto se añade que el espíritu puede ser concebido en términos comparables con el cuerpo y el alma. En efecto, el cuerpo está abierto al mundo sensible y permite actuar en ese mundo. El alma está abierta al mundo psíquico y permite actuar en él. El espíritu abre sobre el mundo espiritual – el mundo de las esencias y de las verdades últimas, el mundo de las ideas de Platón, el "Reino de los cielos" del Evangelio – y permite actuar en este mundo. Notemos también que el espíritu y el amor (no el amor sentimental sino el amor espiritual, que desea para sí mismo, o para los demás, un despertar cada vez más grande al espíritu) son inseparables y como consustanciales.

    Segundo, que consintiendo con el espíritu, naciendo de nuevo, el hombre realiza el sentido de su vida. Ésta le ha sido dada sólo con ese fin, es decir, para que llegue a ser el ser que desde toda eternidad lo está esperando y sólo en el cual encontrará la plenitud de su luz, su realización y su gozo. Como vemos, el segundo nacimiento es muy comparable con las metamorfosis del mundo animal por la magia de las cuales las orugas se transforman en mariposas, los renacuajos en salamandras, las larvas en imagos. La vida de que beneficia la imago humana, que es el hombre completo, el hombre perfecto, es decir terminado, al contrario de la vida de larva que es sólo parcial, relativa y temporal, es una vida total, absoluta y eterna. Tal es pues el fruto del segundo nacimiento: el acceso a esta vida. Deberíamos escribir: el acceso a la Vida.

    Por fin, el tercer punto es que este nacimiento por el cual se transforma el hombre natural en hombre espiritual – el hombre exterior, en hombre interior, dice San Pablo – es un proceso que encuentra enormes resistencias. Comporta, en efecto, la desaparición de la larva, la muerte del hombre exterior, el cual se opone firmemente a esta eventualidad, y por ende a la llegada del hombre interior al que trata de asfixiar por todos los medios. En este punto la metamorfosis espiritual humana se diferencia de las metamorfosis naturales y animales porque no sabemos que a las larvas les guste ahogar sus imagos, o las orugas a las mariposas. Entonces, éste es el combate espiritual, el combate del hombre interior que, inclusive antes de su actualización, trabaja con todas sus fuerzas por ver la luz y el del hombre exterior que se ingenia por transformar este nacimiento en aborto.

    (Tomado de "Contre littérature, au commencement est le cœur"; n°22, 10ème année, L'Harmattan, pages 50-52).

     

    Oración:

    Señor Dios nuestro, tú quisiste que el hombre completo fuera compuesto de cuerpo, alma y espíritu, y que nosotros comprendiéramos el sentido de nuestra vida consintiendo con el espíritu al nacer de nuevo, enséñanos, te lo suplicamos, a nacer de nuevo superándonos para llegar en ti, Jesucristo, por ese medio, a la vida total, absoluta y eterna en comunión contigo, con el Padre y el Espíritu, en la humanidad entera de hoy, de ayer y de mañana.

  • 21-22/04/10 – Necesidad del nuevo nacimiento para no morir totalmente. Lo esencial es abrirnos al Amor que ordena todas las cosas.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Final de la conferencia sobre los milagros.

    El único milagro importante finalmente es el milagro que nos transforma a nosotros mismos. Nuestro señor tamizó el brillo de lo maravilloso.

    Retoma: "En el Evangelio, nada puede alimentar nuestra sed de lo maravilloso".

    Continuación: "Nuestro Señor se opuso a lo maravilloso con todas sus fuerzas, justamente al rehusar al tentador que le sugería realizar su ministerio a golpe de milagros espectaculares que demostrarían que disponía de poderes sobrehumanos, diciéndole: "No tentarás al Señor tu Dios". Se debe pues hablar con extrema reserva de todos los milagros y ver en ellos esencialmente el paso de Dios.

    Estoy convencido de que en Lourdes no pasaría nada si no hubiera todo ese movimiento de caridad, todas esas ondas de amor que circulan y dinamizan justamente, todos los ritmos humanos. El gran milagro es esa reunión de masas innumerables venidas de todos los puntos de la tierra y que ponen en común su amor.

    Cuando uno escucha algo como esto: una mujer fue a Lourdes en un estado extremamente grave, y regresó no curada diciendo: "¡Recibí una gracia tan grande! ¿Cuál? – ¡Pues la curación de mi vecina! ¡La curación de mi vecina!" Al ir allá, ella no pidió su propia curación sino la de su vecina.

    Entonces esa circulación de amor es la que pone en movimiento todas esas energías y no hay por qué imaginar una especie de intervención mecánica de Dios. Sería imposible, una vez más, porque toda la Creación, toda la creación es la irradiación de un amor que suscita el ser y la vida por el don de sí misma.

    El único milagro importante en definitiva es el milagro que nos transforma a nosotros mismos, que supera nuestras tinieblas y egoísmo (1). Y por eso nuestro Señor se retiró cada vez más en este aspecto de milagros, y tamizó el brillo de los signos que realizaba con la mera irradiación de su presencia, y a Tomás que quería tocar y verificar, le dijo estas palabras que van tan lejos: "Bienaventurados los que creyeron sin haber visto".

    Además, no olvidemos esto tan importante: que la Resurrección de nuestro Señor sólo fue atestiguada por sus discípulos, sólo ellos la percibieron, sólo a ellos fue manifestada. Si el milagro fuera un puñetazo dado a los fenómenos naturales con el fin de probar que existe Alguien que es Señor del Universo, nuestro Señor habría ido a presentarse a Caifás y a Pilato, diciéndoles: "¡Ustedes fracasaron, fracasaron, y aquí estoy! ¡Aquí estoy! ¡Creyeron que me habían liquidado y aquí me tienen!" Pero fue tan distinto. Entonces no habremos entendido nada.

    Se habría confundido el Milagro de la Resurrección, o mejor, el Misterio de la Resurrección con cualquier resurrección de un muerto, con cualquier resurrección de muertos. La Resurrección de nuestro Señor es de un orden totalmente distinto. Como es única su muerte, también es única su resurrección y si Jesús se hubiera presentado a Pilato o a Caifás, lo cual era imposible a priori, dado lo que es él, dado el nivel, el nivel de la vida espiritual que viene a comunicar, si nuestro Señor lo hubiera hecho, no habríamos entendido nada del carácter totalmente interior de su muerte ni del carácter totalmente interior de su Resurrección.

    Justamente, sólo fue mediante fulgores esporádicos, por intermitencias como los Apóstoles comprendieron algo, sin entender y sin poder deducir nada, porque era necesario entender la Resurrección en su luz interior al nivel mismo de la muerte que es muerte de amor y que no hubiera equívoco sobre la vida eterna que hace de Jesús el Príncipe de la Vida. Justamente es por el interior como brota en Él toda la vida y su carne misma vive de esa vida eterna.

    Conservaremos pues de esta meditación un sentido extremamente respetuoso de lo sobrenatural. Conservaremos de esta meditación justamente el sentimiento de que el gran milagro del Evangelio es que nuestro Señor tamizó el brillo de lo maravilloso. No quiso ser un animador de ferias, un mago. No quiso divertir las multitudes, no quiso confiarse a la gente que lo seguía haciendo milagros, fue lo primero que dijo a Nicodemo cuando éste le dijo: "Maestro, ¡nadie puede hacer los signos que tú haces si no le fuera dado de arriba!" Y Jesús detiene sus elogios diciendo: "¡No, no se trata de eso! ¡No se trata de eso! ¡Nadie puede entrar en el Reino de Dios si no nace de nuevo, si no nace de nuevo!"

    Y eso justamente nos da una garantía tan interior de una verdad incomparablemente espiritual en el Evangelio de Jesucristo, que lo maravilloso no cuenta, jamás es acentuado, siempre está tamizado y lo esencial es el nuevo nacimiento (1) en que uno cambia su corazón, uno cambia su alma, y se identifica con el Amor eterno.

    Para que esta conferencia quede asociada con una imagen, recuerden a Ana de Tourville y el carbón que no se agota, que viene en pequeñas cantidades, pero siempre suficiente. Después de todo, lo esencial es que no seamos esclavos de las realidades materiales hasta el punto de tener que preocuparnos y que podamos justamente abrirnos al Amor que ordena todas las cosas, que unifica, que pacifica, que ordena todos los ritmos del mundo y de la humanidad misma, y puede hacer de nosotros una "música silenciosa" si nosotros escuchamos bien".

    Fin de la conferencia.

    Nota (1). Si lo encuentran, les haría bien leer el excelente capítulo de Mr Fromaget sobre la necesidad del nuevo nacimiento del hombre al Espíritu, si no queremos morir totalmente.

     

  • 20/04/10 – El verdadero taumaturgo hace milagros porque el paso de Dios está inscrito en su ser entero.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 5ª parte de la conferencia sobre los milagros.

    En el Evangelio nada puede alimentar nuestra la sed de lo maravilloso.

    De uno u otro modo, se debe evitar creer, se debe evitar absolutamente creer que Dios pone el dedo en el engranaje. ¡No es posible porque Dios no tiene dedos! Dios no puede poner el dedo en el engranaje. No puede sostener un avión que cae. Lo que puede suceder es que si hay un estado de oración, si todos los pasajeros del avión están en estado de receptividad, puede suceder que el piloto mismo sea invadido por esas ondas, iluminado por esa presencia, y tenga los reflejos necesarios para utilizar justamente los últimos recursos y evitar una catástrofe.

    Pero es evidente que la acción divina, que una acción íntima, acción de una sonrisa, acción de un amor, dinamice, ponga en movimiento las energías espirituales, primero justamente la fina punta del alma, luego la imaginación, luego se extienda a la sensibilidad, es decir que poco a poco ordene todos los ritmos e influencie finalmente los ritmos mismos del universo que son en cierto modo, nuestro cuerpo.

    Nosotros procedemos salimos de la tierra, nos alimentamos de la tierra, y en cierto modo somos tierra. Respiramos una atmósfera proveniente de los árboles, de la prodigiosa química vegetal que purifica la atmósfera absorbiendo ácido carbónico y le devuelve el oxígeno. ¡Vivimos en el universo, pero el universo también vive en nosotros! Hay reciprocidad y es muy  natural que si el universo nos sostiene bajo ciertos aspectos y nos alimenta, nos brinda los alimentos que comemos y los gases atmosféricos que respiramos, y es natural que también nosotros podamos ordenar los ritmos del universo y transformarlos.

    Pero justamente si el santo puede hacerlo, si el verdadero taumaturgo, el que hace milagros auténticos, puede hacerlos, es ante todo justamente porque el paso de Dios se inscribe en su mente, en su corazón, en su conciencia, en su amor, en su sensibilidad, en todo su ser, y entonces ese ritmo, ese ritmo divino que lo invade totalmente irradia en su derredor, pacifica, pone en movimiento justamente la circulación divina que había podido ser interrumpida o interceptada por el rechazo de amor de las demás personas.

    Todo esto es extremamente importante y creo que estas imágenes son útiles, y además son bellas y nos introducen en un mundo demasiado poco conocido como es el de la física contemporánea, lo mismo que el de la psicología contemporánea. ¿Porqué seguir viviendo según nociones obsoletas? Lo esencial es conservar justamente la certeza de que el milagro es siempre, ante todo, el paso de Dios.

    Por otra parte, nuestro Señor nos dio la mayor lección posible de sobriedad. Recuerden el noveno capítulo de san Juan que narra en detalle la curación del ciego de nacimiento. Nuestro Señor no lo cura sino que lo manda a la fuente a lavarse, lo manda a lavarse en la fuente de Siloé. ¡Es ahí donde se cura! Jesús le pone lodo en los ojos, como si utilizara un remedio casero: "¡Lo que yo hago no es nada! Vaya, lávese en la fuente de Siloé". Y el hombre regresa curado.

    Como si nuestro Señor no quisiera que se hablara del acontecimiento, y en efecto, no lo quiere. ¡Cuantas veces leemos esa consigna en el Evangelio! Nuestro Señor toma aparte al enfermo, al sordomudo, o al ciego, y le dice que no lo cuente a nadie, así como también prohíbe a Jairo hablar del milagro de la resurrección de su hija, y prohíbe a los discípulos hablar de la Transfiguración. Y dice con frecuencia, por ejemplo a la hemorroisa, la mujer que sufría de flujo de sangre: "Tu fe te ha salvado, es obra de tu fe. No es el hecho de tocarme sino tu fe". Y cuando el oficial de Cafarnaún viene a suplicarle con tanta insistencia que cure a su hijo que está de muerte, nuestro Señor dice esas palabras que expresan tanta lasitud: "¡Si ustedes no ven signos no creen!"

    Entonces, nada en el Evangelio, nada en el Evangelio puede alimentar nuestra sed de lo maravilloso". (Continuará)

     

    Note (1) : « L'Univers entier est notre corps, et nous dépendons de tout l'Univers par la dépendance de notre terre à tout l'Univers.  En un sens nous sommes tout l'Univers. Et tout ce que nous faisons, tout l'Univers en est informé, et en subit les conséquences. 

     

     

  • 19/04/10 – Podemos ver en el cuerpo ante todo una especie de irradiación armoniosa o disonante…

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 4ª parte de la conferencia sobre los milagros.

    El último fruto de la gracia es el equilibrio… El ritmo de los demás se transforma al contacto de un santo.

    Retoma: "Jung observó además algo extremamente sugestivo; observó que nosotros proyectamos cada uno lo que somos. Uno proyecta sus sueños, proyecta sus odios, proyecta sus resentimientos. Ve el mundo a través de sus propios ojos y su mirada está hecha de sus impulsos, de sus pasiones, de sus rechazos, como también, afortunadamente, puede estar hecha de su generosidad, de su inocencia y de su pureza".

    Continuación: "(Jung) piensa justamente que el estado de la humanidad, el estado de la sociedad resulta en gran parte de tales proyecciones que emitimos todos en la atmósfera. Alguien que se hace consciente de ese estado, sabe que todo lo que está al revés en el mundo lo está igualmente en su vida. Si sólo aprende a tratar correctamente su propia onda, habrá realizado algo concreto por el mundo. Habrá logrado resolver al menos una parte, aunque sea infinitesimal, del gigantesco problema no resuelto de nuestra época.

    Tales problemas son en buena parte tan difíciles porque están emponzoñados por las proyecciones recíprocas. Cada uno piensa que el otro es su enemigo, que sus intenciones son malas, que lo van a atacar, como todos proyectan sobre los demás el mismo temor, el mismo resentimiento, la misma desconfianza, las relaciones humanas están emponzoñadas y estalla finalmente la guerra y lanzan la bomba atómica. ¿Cómo ver claro sin mirarse a sí mismo y sin ver las tinieblas que introducimos inconscientemente en todas las acciones?

    Habría pues en nosotros como un centro emisor de ondas que rodean a los demás. Además, el lenguaje corriente habla muy justamente de "atmósfera" o de "ambiente". Con su presencia, cada uno crea una atmósfera y la palabra es perfectamente justa.

    Y si la física moderna puede reproducir cierta realidad – observen que la física de mañana va probablemente a cambiar, a cambiar considerablemente este cuadro – pero en fin, hay ciertamente algo de verdad, pues funciona. Entonces, en todo caso, podemos tener del cuerpo una imagen mucho más sutil, mucho más delicada, y ver en el cuerpo ante todo una especie de irradiación que puede ser armoniosa o disonante. Ah, es muy posible finalmente que si la gracia divina es dinámica, es decir, si vivifica el ser entero, es infinitamente probable que ponga orden en todo eso.

    Aunque haya santos desequilibrados – se puede ser santo y desequilibrado evidentemente, pero no es lo ideal – los santos más simpáticos y que tienen más acción es claro que son perfectamente equilibrados. Y el último fruto de la gracia es precisamente el equilibrio.

    Se ha dicho de una gran santa, de Santa Hildegarda, algo magnífico por lo que significa. Se ha dicho que "ella estaba por encima de la debilidad del éxtasis". Es magnífico, ya que el éxtasis es justamente una especie de dislocación temporal, en que el cuerpo no soporta el peso de la gracia que invade el ser y se pone en una especie de estado cataléptico, en un estado de muerte, porque justamente el choque es demasiado violento.

    Cuando un alma es suficientemente dócil al influjo de la gracia, como era la Santísima Virgen, escapa al éxtasis porque todo su ser, justamente, todo su ser está abierto a la corriente de la gracia y responde a ella espontáneamente dejándose penetrar de los pies a la cabeza por la luz de la Presencia divina.

    Se puede pensar que un santo, estando pacificado su cuerpo, como san Francisco – recuerden que estaba desnudo, desnudo, en el momento de su muerte, pero era una desnudez transfigurada: todo el mundo veía en él la imagen del crucificado, todo el mundo sentía en ese cuerpo el rostro de la eternidad que lo llenaba haciendo de esa muerte su apoteosis – entonces, es cierto que un santo que ha realizado hasta el final en sí mismo el reino de la gracia, en el que se afirma la gracia hasta las últimas fibras del ser, es un ser prodigiosamente equilibrado que irradia sobre su derredor esa armonía, y genera una atmósfera, un ambiente que ordena, que pacifica, es decir que el ritmo de los demás se transforma a su contacto, y es fácil entonces prolongar esta imagen y concebir precisamente que es mediante los ritmos ordenados por la gracia, donde el paso de Dios se inscribe de modo admirable, que es mediante semejantes ritmos como se realiza una curación, por ejemplo, o cualquier otro acontecimiento visible". (Continuará)

     

  • 17-18/04/10 - La salud es el silencio del cuerpo.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 3ª parte de la conferencia sobre los milagros.

    "Además de la física contemporánea, otro aspecto nos permite entrever, y es que no solamente vemos cada vez mejor actualmente que no se puede separar el alma física del alma psíquica, y que manifiestamente existe una continua interacción del cuerpo sobre la psique y de la psique sobre el cuerpo, sino que estamos cada vez más ante un mundo inaccesible, porque el mundo material que creemos conocer se nos escapa cada vez más.

    Por ejemplo, aquí tienen una imagen que permite medir inmediatamente el camino recorrido desde 1900: un kilo de carbón, si lo convirtiéramos todo en energía, es decir si sacáramos toda la irradiación que se puede obtener desintegrando los átomos, un kilo de carbón convertido totalmente en energía, daría 25 trillones de kilovatios, es decir lo que dan todas las centrales de los Estados Unidos funcionando juntas continuamente durante dos meses. Un solo kilo de carbón podría abastecer en electricidad a los Estados Unidos durante dos meses.

    Es decir que finalmente la materia, lo que llamamos materia, es una fuente prodigiosa de energía. Es decir que la materia y la energía son intercambiables: se puede transformar la energía en luz, la luz en materia, un corpúsculo en irradiación, la irradiación en corpúsculo y, como dice Banett, autor de este libro: "La materia y la energía son intercambiables. Si la materia se despoja de su masa y se desplaza a la velocidad de la luz, la llamamos radiaciones, rayos Y si la energía se enfría y se vuelve inerte, si podemos medir su masa, la llamamos materia. La propiedad llamada masa, lo que podemos tocar, lo que pesamos, es simplemente energía concentrada.

    Es decir que para los físicos actuales, luz, materia, radiaciones, masa, todo eso es intercambiable. Es muy curioso y esto puede quizás impresionarlas más pues corresponde a su experiencia: se ha observado que las vitaminas D, medicamentos que tomamos bajo forma material, las vitaminas D que contribuyen a la distribución del fósforo y del calcio en el cuerpo, las vitaminas D pueden ser remplazadas por rayos ultravioletas. Entonces los rayos ultravioletas tienen el mismo efecto que la vitamina D, la vitamina D tiene el mismo efecto que el rayo ultravioleta… Y se supone que finalmente la vitamina desencadena en el cuerpo cierta forma de irradiación. Y esto nos lleva a pensar que el cuerpo, todo el cuerpo es una radiación, un sistema de radiación que según cierto ritmo alcanza su equilibrio, el cual puede ser perturbado, puesto en jaque, y justamente la medicación, desencadenando un nuevo ritmo, restablece el equilibrio.

    Se observó hace mucho tiempo, y es además el punto de partida de toda la física moderna, que ciertas pantallas, ciertas superficies, sólo podían emitir sus átomos, los componentes más elementales, siendo bombardeadas por partículas de cierto ritmo. Para responder a las partículas que bombardean la pantalla era necesario difundir cierta radiación, cierto largo de onda, cierta frecuencia. Era inútil acumular los materiales: sólo ese ritmo preciso era capaz de desalojar, por ejemplo, el electrón de la pantalla bombardeada.

    Entonces, cada vez más, sentimos que el mundo es un compuesto de radiaciones que nos aparecen bajo la forma espesa de la experiencia sensorial: creemos tocar una masa cuando estamos en contacto con toda una irradiación de cierto ritmo y de cierta frecuencia… Entonces, nada nos impide pensar que mientras más equilibrado esté un hombre, mientras más unido esté con Dios, más se ordenan sus ritmos, más musical se vuelve su cuerpo, más se concentran las ondas en él y se armonizan unas con otras. Y por eso difunde alrededor suyo la paz y la unidad.

    Recuerdo la admirable definición de la salud que me había dado por una enferma, una dama muy gravemente enferma. Era en París, en el barrio de Picpus, y estaba tan grave que su marido vino a buscarme para que le llevara la Santa Comunión. Ya era de noche cuando llegamos a la clínica. Nos dijeron: "No entren en su cuarto porque es su único recurso: ella debe concentrar todas sus fuerzas en este combate. Si pasa la noche, se salva. Pero si distrae un átomo de sus energías, todo puede ser comprometido". Entonces esperamos hasta la mañana. Como era el mes de julio, el sol salía temprano. Nos habían dicho: "Si ve el amanecer, se salva". Cuando escuchamos los primeros trinos de los pájaros, la enfermera vino a anunciarnos: "¡Está viva! ¡Está viva!" Estaba salvada.

    Unos días después, cuando pude volver a verla, me dijo ella, hablando de la experiencia terrible de la enfermedad en que había llegado casi a las puertas de la agonía, que en el tumulto de su organismo dislocado, comprendió que la salud "era el silencio del cuerpo", el silencio del cuerpo… ¡Eso es! Hay pues un ritmo armonioso, la salud, y un ritmo disonante y dislocado, la enfermedad, y los remedios, las intervenciones tienen finalmente como objetivo volver a poner en movimiento los ritmos de manera que concuerden, se concierten, y produzcan una música silenciosa…

    Jung observó además algo extremamente sugestivo; observó que cada uno de nosotros proyectamos lo que somos. Uno proyecta sus sueños, proyecta sus odios, proyecta sus resentimientos. Ve el mundo a través de sus propios ojos y su mirada está hecha de sus impulsos, de sus pasiones, de sus rechazos, como también, afortunadamente, puede estar hecha de su generosidad, de su inocencia y de su pureza". (Continuará)

  • 16/04/10 – Estamos cada vez más inclinados a enfatizar la interacción entre la psique y el cuerpo humano…

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 2ª parte de la conferencia sobre los milagros, el 7 de agosto de 1959, en Ghazir.

    El elemento decisivo en los milagros es el paso de la presencia de Dios, es un evento-advenimiento a través del cual se manifiesta la venida de Dios... 

    Retoma: "Era pues infinitamente oportuno que el mensaje evangélico fuera restituido al mundo sin ruido, sin palabras, sin refutaciones, sin ninguna pretensión de reformar nada o a nadie, mediante el acontecimiento silencioso que se inscribió en la carne transfigurada de san Francisco”.

    Continuación: "Y lo que vale para san Francisco es válido para todos los milagros: si hay milagro, el elemento milagroso es el paso de Dios.

    Es necesario que en el acontecimiento se perciba primero el paso de Dios; cuando narran un hecho difícil de identificar, difícil de entender, si es simplemente algo que sale en las noticias, algo ofrecido a la curiosidad humana, podemos estar seguros de que es un falso milagro. Un milagro es ante todo un acontecimiento silencioso en que la Presencia de Dios viene a nosotros y se impone en primer lugar, de suerte que el evento visible desaparece en el brillo de esa Presencia y sólo está ahí para atestiguarla.

    Entonces, el elemento decisivo de un milagro es el paso de la Presencia de Dios, lo que yo llamo un evento-advenimiento, un evento a través del cual justamente se manifiesta la venida de Dios. Un evento-advenimiento. ¡Y sino hay advenimiento no es nada!

    No nos dejemos impresionar por relatos de cosas milagrosas. Hay cantidades de hechos públicos que sólo alimentan la superstición. Y no les digo nada nuevo si les digo que la causa del P. Charbel ha sido retardada y está suspendida por ahora porque en las oficinas de las congregaciones romanas se han echado a la basura cantidades de relatos de milagros y que la inmensa mayoría de los hechos no podían ser verificados y se basaban sobre todo en la imaginación exaltada de testigos poco dignos de fe.

    Naturalmente, podemos plantearnos otra pregunta. Si la presencia de Dios es el elemento primero, visto que hay un acontecimiento visible – los estigmas eran visibles, una curación puede ser verificada, una resurrección de alguien considerado como muerto o un cambio en la atmósfera, como una tempestad calmada – dado que hay un acontecimiento visible, ¿qué relación hay entre la presencia de Dios y el acontecimiento visible? ¿Es un llamado de Dios, o, para expresarnos con más sobriedad, es que la presencia divina estimula la imaginación, que es una facultad creadora admirable y muy poderosa? ¿Es que la imaginación en ciertos casos, es el instrumento que permite justamente a la Presencia Divina manifestarse en una vida santa, imprimir en un acontecimiento el sello visible de una intervención sobrenatural? ¿Porqué no?

    La imaginación puede ser instrumento mediador de la intervención divina. Jung, psicólogo muy conocido, uno de los grandes maestros de la psicología y gran sabio en el campo de la exploración de la vida psíquica, nos dice: "Es indudable que las neurosis tienen causas psíquicas. En efecto, es muy difícil aceptar que una modificación orgánica pueda ser curada en un abrir y cerrar de ojos por una simple confesión. Pero yo fui testigo de la curación de una fiebre histérica de 39°, 39 grados, en unos minutos, mediante la confesión de su causa psicológica. Y cómo explicar el caso de enfermedades claramente físicas, aliviadas e inclusive curadas por una simple conversación sobre ciertos conflictos psíquicos dolorosos. Observé un caso de psoriasis (enfermedad de la piel si no me equivoco), un caso de psoriasis que cubría casi todo el cuerpo, y que mejoró en 90% después de unas semanas de tratamiento psicológico. En otro caso, un paciente había sido operado de una distensión del colon. Le habían retirado 40 cm. pero pronto se manifestó una importante distensión del resto del colon. El paciente estaba desesperado y rehusaba hacerse operar de nuevo, aunque el cirujano consideraba la operación absolutamente indispensable. Cuando se ventilaron ciertos hechos psicológicos íntimos, el colon se puso a funcionar normalmente"

    Actualmente estamos cada vez más inclinados a ver – y Jung lo está en primer lugar porque ha pasado su vida curando enfermos que sufren de desequilibrios psíquicos – estamos cada ves más inclinados a enfatizar la interacción entre la psique y el cuerpo; entre la psique, es decir la vida mental, la vida de la imaginación en particular, y la vida física. Jung observa que hay personas excepcionalmente dotadas, que son capaces de razonar y que no logran defenderse contra la invasión de un psiquismo cuyo control les escapa. Creen tener un cáncer que destruye completamente su vida, por lo menos esa idea destruye completamente su vida. Y Jung comenta uno de esos casos diciendo: "¿Qué debemos hacer ahora, qué debemos responder a ese enfermo de cáncer imaginario? Yo diría: Sí, amigo, sufres en efecto de una enfermedad canceriforme, tienes una enfermedad mortal, pero siendo imaginaria, no va a matar tu cuerpo. Pero terminará por matar tu alma – no el alma espiritual, sino el alma psicológica. Ya emponzoñó tus relaciones humanas y tu felicidad personal y se va a extender cada vez más hasta cubrir toda tu existencia psíquica. Al final ya no tendrás nada de humano, serás solamente un tumor maligno y destructor".

    Y en el caso precisamente de las enfermedades cancerosas, no hay duda de que con mucha frecuencia los tormentos psíquicos que hacen que uno "se consuma" como dicen, no hay duda de que tales tormentos psíquicos son con frecuencia causas de cáncer.

    Entonces, dada su inmensa influencia sobre la vida, sobre el sistema circulatorio, sobre el sistema nervioso, ¿(no podría) la imaginación, como facultad plástica, ser el instrumento mediador del milagro en ciertos casos, en una curación por ejemplo o inclusive en la estigmatización de san Francisco? dado también que todo eso proviene del interior, de arriba, ¿porqué es que la última impresión de la contemplación en la carne no se realizaría por medio de la imaginación, la cual sería entonces el instrumento sobrenaturalizado de Dios?" (Continuará)

     

  • 15/04/10 - Discreción de las intervenciones milagrosas. Los estigmas de san Francisco de Asís.

    1a parte de la conferencia el 7 de agosto de 1959 a las 8 y 30, a las franciscanas de Lons-le-Saunier en Ghazir.

    El resplandor de la Presencia divina es signo del verdadero milagro. El acontecimiento silencioso de los estigmas de san Francisco.

    “Ana de Tourville, novelista francesa que cierto año recibió el Premio Fémina, lo cual fue una suerte extraordinaria para ella, contó una vez esta historia estando yo presente. Contó como durante la última guerra estaba con su madre en Bretaña, sin modo de calefacción durante un invierno particularmente riguroso. La familia era muy pobre y el Premio Fémina fue una verdadera bendición, ya que le produjo millones. Pero precisamente, en Bretaña, durante la guerra, cuando para todos los franceses era difícil encontrar alimentos, los medios de calefacción le faltaban por completo. Ana de Tourville vivía pues sola con su madre y en el sótano de la casa les quedaba solo un poco de carbón, justo de que hacer un a llamarada. Lo guardaban para el día más frío del invierno, diciendo: “Aguantemos lo posible, y cuando ya no podamos más, quemamos ese último resto”. Por otra parte, la mamá de Ana de Tourville era particularmente devota de san Juan Bosco y le tenía una confianza ilimitada,

    Llegó un día en que el frío era tan insoportable que decidieron arriesgar el todo por el todo y quemar el resto de carbón. Al día siguiente se dijeron: “Vamos a ver, quizá queda algo todavía. ¿Quién sabe?” Y encontraron lo que necesitaban para calentarse. Al día siguiente, lo mismo...¡y así hasta el fin del invierno! Todos los días encontraban justo una pequeña cantidad, imprevisible, lo que necesitaban para calentar lo suficiente la casa. Todo eso de manera muy discreta, sin ver jamás nada de particular, y naturalmente la mamá y ella misma lo interpretaban como una gracia recibida de San Juan Bosco.

    Esa manera extremamente silenciosa y discreta de intervenir – si es sobrenatural en este caso, lo que es posible – me hace pensar, no sé porqué, en la multiplicación de los panes. Al escucharla, yo me decía: creo que la multiplicación de los panes debió ser también algo igualmente discreto. Parecía que quedaba siempre en el fondo del cesto un poco de alimento: era siempre como un resto, una nada, pero suficiente, suficiente, y sucedía sin ruido. Y los que estaban un poco alejados no debían darse cuenta de nada. Tuvo que difundirse el rumor a partir de los que estaban cerca para que se conociera el milagro. En todo caso, la discreción me parecía uno de los signos de la intervención divina y es lo que puede permitirnos justamente meditar un instante sobre el milagro.

    Escuché además hace mucho más tiempo un relato de un dominicano que era una especie de patriarca del tomismo, lo defendía vigorosamente contra el molinismo, al que atacaba continuamente en la Revista Tomista. Y ese dominicano que vivía en Roma, que había restaurado la basílica de Santa Sabina y era un hombre extraordinario a su modo, contaba una vez más estando yo presente, esta historia. Un médico tenía en su clínica una mujer particularmente sensible, muy sugestionable, cuyo psiquismo, es decir el estado mental era más o menos infantil, y le garantizó al dominicano del que hablo, que iba a hacer aparecer, si él lo deseaba, la corona de espinas en la frente de la enferma, simplemente poniendo en su cuarto un crucifijo español extremamente realista en que las llagas de Cristo estaban marcadas de manera particularmente sangrienta. Y en efecto, esa noche apareció en la frente de la enferma una imagen de la corona de espinas.

    Evidentemente, ante semejante caso, cuya absoluta autenticidad me garantizaba el dominicano, no cabía la duda. ¡Se trata de una enferma, de un psiquismo que no resiste a ninguna imagen, cuya plasticidad se presta a todas las sugestiones y puede imitar, representar y simbolizar en su cuerpo todas las ideas que se le sugieran!

    Evidentemente, si conoce un poco a san Francisco, a nadie se le ocurrirá comparar este incidente, que puede repetirse miles de veces además, nadie tendrá la idea de comparar tal incidente con la estigmatización de san Francisco.

    ¿Porqué? Porque aquí estamos ante un ser absolutamente excepcional, único en la historia de la Iglesia desde los tiempos apostólicos y cuya vida entera es un de un brillo tan eficaz, tan provechoso, tan liberador, cuyo genio nos da la clave del Evangelio según vimos, y cuya vida, desde su conversión, fue una identificación perpetua, perfecta, con el Amor crucificado.

    En él, pues, todo el ser se impregnó poco a poco de la contemplación que lo invadía por entero, alimentaba sus pensamientos e inflamaba perpetuamente su amor, y finalmente, por una especie de lógica interna que es en él la cumbre de la gracia, la contemplación termina por imprimirse en su carne, y todo su ser se vuelve relación viva con el Amor crucificado.

    Si en los estigmas de san Francisco no dudamos en ver un milagro evidente, si vemos en el Alvernia una especie de Sinaí para la Iglesia cristiana, como un recuerdo esencial del significado profundo del Evangelio, es decir precisamente la proclamación, en el siglo 13 que es el siglo de las Cruzadas, el siglo de la Inquisición y de la escolástica, la proclamación de que el verdadero Dios, el verdadero Dios es esa víctima destinada a la muerte del esclavo, esa fragilidad infinita que es la fuente de toda gracia, de toda grandeza y de toda santidad.

    Porque auí el paso de Dios es evidente, nos inclinamos con felicidad ante esa revelación que resume todo el Evangelio, y que era particularmente oportuna en el siglo 13, cuando el papa mismo estaba comprometido en grandes batallas, y el mismo Inocencio III fue instigador de Cruzadas, contra los Albigenses que fue un horroroso masacre del que encontramos todavía huellas en el Sur de Francia, y de la Cuarta Cruzada que terminó por saquear a Constantinopla, con la profanación de la catedral bizantina por los cruzados, profanación de la cual los griegos ortodoxos no han perdido el recuerdo.

    Era pues infinitamente oportuno que el mensaje evangélico fuera restituido al mundo sin ruido, sin palabras, sin refutaciones, sin ninguna pretensión de reformar nada o a nadie, mediante el acontecimiento silencioso que se inscribió en la carne transfigurada de san Francisco”. (Continuará)



  • 14/04/10 - Es imposible encontrar a Jesús y recibir su gracia sin estar abierto a todos.

    Final de la conferencia sobre los sacramentos, Ghazir 7 de agosto de 1959.

    “En esta perspectiva pues debemos considerar el organismo sacramental. Puede que estemos áridos y secos. Puede que las oraciones nos parezcan “arena en la boca”, como decía un cartujo, quiero decir las oraciones reglamentarias, las oraciones comunitarias, los ejercicios comunes. No deben inquietarse por eso. Iremos a la fuente personal, de la que hablé el otro día. La encontraremos en el momento deseado, pero primero entraremos plenamente en los ejercicios comunitarios, y ante todo en la liturgia comunitaria por los demás y no por nosotros mismos.

    Comulguemos por los demás, para ser el viático de los moribundos, de todos los que van a ser víctimas de un accidente de tren, de avión, de barco, de carretera, de automóvil. Reunamos a todos los muertos del día, todos los cautivos, todos los enfermos, todos los no creyentes, todos los que están lejos, los que se creen separados: que comulguen a través de nosotros y nosotros habremos sido su viático.

    Seamos la confesión de todos los que rehúsan reconocerse culpables, y curemos las heridas de los solitarios que nadie consuela en su abandono. Y nuestra vida sera cada vez más una vida apostólica. No olvidemos que san Francisco de Sales, que deseaba fundar una orden activa, “la Visitación”, y enviar sus Visitandinas a llevar la salvación a todos los hogares necesitados de la gracia, no lo pudo, a causa de la novedad misma de su empresa – pues la religión y la vida religiosa femenina eran consideradas hasta entonces como vida enclaustrada – y terminó por enclaustrar a sus Visitandinas. Pero les conservó el nombre de Visitandinas. Y tuvo razón porque siempre estamos en misión, tanto en el claustro como en la vida activa.

    Eso vale también para nosotros: siempre estamos en misión y lo estamos esencialmente cuando consideramos el organismo sacramental, cuando comulgamos, cuando nos confesamos, lo mismo que cuando fuimos bautizados y confirmados, y cuando fuimos ordenados, y cuando recibimos la Extrema Unción. Siempre lo hacemos en la comunidad, por la comunicad y para la comunidad, porque justamente el amor de Jesús es un amor católico, un amor universal, y es imposible encontrar a Jesús y recibir su gracia sin estar abiertos a todos, como Francisco lo comprendió cuando por primera vez encontró personalmente a Jesucristo al besar al hermano leproso”.

    (Fin de la conferencia).



    Oración: ¡Señor Jesús! ¡No podemos encontrarte sin estar abiertos a todos! ¡No podemos recibir tu gracia sin abrirnos a todos! ¡Siempre recibimos los sacramentos en la comunidad cristiana, por ella y para ella!

    Tu amor es siempre universal. ¡Te pedimos que nuestro amor lo sea igualmente! ¡Que nadie esté jamás excluido! ¡Que nadie sea jamás excluido! ¡Tu quieres que todos se salven! ¡Que ese sea también nuestro deseo, y mantén en nosotros una oración constante por la salvación universal! ¡Que seamos verdaderamente católicos!



  • 13/04/10 - Ser católico

    7a parte de la conferencia de Ghazir sobre los sacramentos.

    Ser católico es estar encargado siempre y en todas partes de todos y cada uno.

    “A través de este itinerario Ustedes sienten que la Catolicidad es algo cada vez más real, más vivo y magnífico. Ser católico es ser universal. Ser católico es ser enviado. Ser católico es ser apostólico. Ser católico es estar siempre en misión. Ser católico es estar encargado todo el día, siempre y en todas partes, de todos y de cada uno.

    Uno de mis amigos que había sido amigo de Verlaine – era ya anciano y murió hace mucho tiempo – Emilio Le Brun, a quien encontré en París y a quien conocí muy de cerca y durante largo tiempo, me había contado que Verlaine, de regreso a París y habiendo recaído en su borrachera y en sus vicios después de haber salido de la prisión de Mons donde escribió Sagesse, versos inspirados por la gracia que había encontrado en la prisión donde, lejos de las ocasiones, podía comulgar de verdad con la Presencia divina y ponerse de verdad bajo la protección maternal de María. Emilio Le Brun me contó que Verlaine, de regreso a París, cuando le pedían que leyera Sagesse, versos escritos en estado de gracia, rehusaba leerlos porque se sentía indigno.

    Me gusta repetir este testimonio muy conocido, pues lo recibí personalmente de Le Brun, el cual lo había recibido personalmente de Verlaine, de quien había sido testigo. No quería apropiarse lo que no era suyo. Esa poesía le había sido dada. No quería apoderarse de algo sintiéndose indigno de Dios y de la gracia que había recibido en la prisión.

    Pero vuelvo a Emilio Le Brun mismo para ver en él, justamente, como una parábola de la preparación a los sacramentos en una apertura a los demás. Emilio Le Brun que era gran erudito y había traducido, entre otras cosas, los sonetos de Shakespeare, algo bien difícil, Emilio Le Brun había conservado en su ancianidad un culto por su padre fallecido hacía mucho tiempo. Y la imagen de su padre le venía con frecuencia a la mente y se preocupaba por la suerte de su padre. Se preguntaba qué habría sido de él.

    Él no era creyente. Pero lo era muy humildemente. Me decía que había perdido la fe a los 14 años. Yo no sé además si jamás la había tenido. Era no creyente, muy humildemente, junto a una mujer, su esposa, que tenía una fe admirable pero respetaba su actitud en silencio. Era humildemente incrédulo y me decía: “Quisiera creer en la inmortalidad del alma, sería cosa fácil: lo deseo tanto, y porque lo deseo, porque corresponde tanto a un sentimiento que tengo, mi razón lo rechaza. No quiero que el sentimiento me lleve a abandonar la razón”.

    Pero el problema de su papá lo preocupaba tanto que un día me preguntó: “¿Y qué puedo hacer, qué puedo hacer por mi padre? ¿Podría Usted decir la misa por él?”

    Y recuerdo la misa que celebré por su papá en presencia suya, y la intensidad de su participación en esa misa. La vivía no por sí mismo sino por su papá. Entonces, sin decirlo, suponía que su papá estaba vivo y podía beneficiar de la presencia y del intercambio a través del misterio del altar. Creía, por decirlo así, en favor de otro, como los corintios, ciertos corintios que se hacían bautizar por los difuntos, como nos lo recuerda la primera a los corintios.

    ¡Pero eso no le bastaba! La preocupación por su papá seguía presente en su corazón y como estaba cercano a la muerte y sus fuerzas declinaban, me habló de esa inquietud que lo atormentaba. Y como me preguntó de nuevo qué podía hacer por su padre, le dije: “¿Quiere que digamos un Padrenuestro por su papá? Yo lo digo y Usted repite después de mí”.

    Imaginan Ustedes la situación asombrosa y emocionante: ese anciano que no había dicho el Padrenuestro desde los 14 años, vuelve a encontrar las palabras y las repite, no por sí sino por su padre. ¿Cómo quieren que ese acto que procede sólo de la generosidad no lo haya abierto a Dios, no lo haya introducido en la intimidad de Dios?

    Comprenden entonces que cuando quedó repentinamente en coma yo no dudé en darle la Extrema Unción, porque él se había preparado el encuentro con el Señor a través del acto de amor hacia su papá, que él suponía implícitamente vivo y accesible a la Eucaristía y la oración. Y esa fe por poder, esa fe por intermediario, era para él ciertamente la más hermosa restitución de una fe personal que lo reintegraba en la comunión del amor, de la cual estoy persuadido que jamás se separó y lo disponía para el sacramento que hace de la muerte un acto de vida y una ofrenda en favor de toda la comunidad”. (Continuará)



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