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13/04/10 - Ser católico

7a parte de la conferencia de Ghazir sobre los sacramentos.

Ser católico es estar encargado siempre y en todas partes de todos y cada uno.

“A través de este itinerario Ustedes sienten que la Catolicidad es algo cada vez más real, más vivo y magnífico. Ser católico es ser universal. Ser católico es ser enviado. Ser católico es ser apostólico. Ser católico es estar siempre en misión. Ser católico es estar encargado todo el día, siempre y en todas partes, de todos y de cada uno.

Uno de mis amigos que había sido amigo de Verlaine – era ya anciano y murió hace mucho tiempo – Emilio Le Brun, a quien encontré en París y a quien conocí muy de cerca y durante largo tiempo, me había contado que Verlaine, de regreso a París y habiendo recaído en su borrachera y en sus vicios después de haber salido de la prisión de Mons donde escribió Sagesse, versos inspirados por la gracia que había encontrado en la prisión donde, lejos de las ocasiones, podía comulgar de verdad con la Presencia divina y ponerse de verdad bajo la protección maternal de María. Emilio Le Brun me contó que Verlaine, de regreso a París, cuando le pedían que leyera Sagesse, versos escritos en estado de gracia, rehusaba leerlos porque se sentía indigno.

Me gusta repetir este testimonio muy conocido, pues lo recibí personalmente de Le Brun, el cual lo había recibido personalmente de Verlaine, de quien había sido testigo. No quería apropiarse lo que no era suyo. Esa poesía le había sido dada. No quería apoderarse de algo sintiéndose indigno de Dios y de la gracia que había recibido en la prisión.

Pero vuelvo a Emilio Le Brun mismo para ver en él, justamente, como una parábola de la preparación a los sacramentos en una apertura a los demás. Emilio Le Brun que era gran erudito y había traducido, entre otras cosas, los sonetos de Shakespeare, algo bien difícil, Emilio Le Brun había conservado en su ancianidad un culto por su padre fallecido hacía mucho tiempo. Y la imagen de su padre le venía con frecuencia a la mente y se preocupaba por la suerte de su padre. Se preguntaba qué habría sido de él.

Él no era creyente. Pero lo era muy humildemente. Me decía que había perdido la fe a los 14 años. Yo no sé además si jamás la había tenido. Era no creyente, muy humildemente, junto a una mujer, su esposa, que tenía una fe admirable pero respetaba su actitud en silencio. Era humildemente incrédulo y me decía: “Quisiera creer en la inmortalidad del alma, sería cosa fácil: lo deseo tanto, y porque lo deseo, porque corresponde tanto a un sentimiento que tengo, mi razón lo rechaza. No quiero que el sentimiento me lleve a abandonar la razón”.

Pero el problema de su papá lo preocupaba tanto que un día me preguntó: “¿Y qué puedo hacer, qué puedo hacer por mi padre? ¿Podría Usted decir la misa por él?”

Y recuerdo la misa que celebré por su papá en presencia suya, y la intensidad de su participación en esa misa. La vivía no por sí mismo sino por su papá. Entonces, sin decirlo, suponía que su papá estaba vivo y podía beneficiar de la presencia y del intercambio a través del misterio del altar. Creía, por decirlo así, en favor de otro, como los corintios, ciertos corintios que se hacían bautizar por los difuntos, como nos lo recuerda la primera a los corintios.

¡Pero eso no le bastaba! La preocupación por su papá seguía presente en su corazón y como estaba cercano a la muerte y sus fuerzas declinaban, me habló de esa inquietud que lo atormentaba. Y como me preguntó de nuevo qué podía hacer por su padre, le dije: “¿Quiere que digamos un Padrenuestro por su papá? Yo lo digo y Usted repite después de mí”.

Imaginan Ustedes la situación asombrosa y emocionante: ese anciano que no había dicho el Padrenuestro desde los 14 años, vuelve a encontrar las palabras y las repite, no por sí sino por su padre. ¿Cómo quieren que ese acto que procede sólo de la generosidad no lo haya abierto a Dios, no lo haya introducido en la intimidad de Dios?

Comprenden entonces que cuando quedó repentinamente en coma yo no dudé en darle la Extrema Unción, porque él se había preparado el encuentro con el Señor a través del acto de amor hacia su papá, que él suponía implícitamente vivo y accesible a la Eucaristía y la oración. Y esa fe por poder, esa fe por intermediario, era para él ciertamente la más hermosa restitución de una fe personal que lo reintegraba en la comunión del amor, de la cual estoy persuadido que jamás se separó y lo disponía para el sacramento que hace de la muerte un acto de vida y una ofrenda en favor de toda la comunidad”. (Continuará)



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