7a parte de la conferencia de Ghazir
sobre los sacramentos.
Ser católico es estar encargado
siempre y en todas partes de todos y cada uno.
“A través de este itinerario
Ustedes sienten que la Catolicidad es algo cada vez más
real, más vivo y magnífico. Ser católico es ser universal. Ser
católico es ser enviado. Ser católico es ser apostólico. Ser
católico es estar siempre en misión. Ser católico es estar
encargado todo el día, siempre y en todas partes, de todos y de cada
uno.
Uno de mis amigos que había sido
amigo de Verlaine – era ya anciano y murió hace mucho tiempo –
Emilio Le Brun, a quien encontré en París y a quien conocí muy de
cerca y durante largo tiempo, me había contado que Verlaine, de
regreso a París y habiendo recaído en su borrachera y en sus vicios
después de haber salido de la prisión de Mons donde escribió
Sagesse, versos inspirados por la gracia
que había encontrado en la prisión donde, lejos de las
ocasiones, podía comulgar de verdad con la Presencia divina y
ponerse de verdad bajo la protección maternal de María. Emilio Le
Brun me contó que Verlaine, de regreso a París, cuando le pedían
que leyera Sagesse, versos escritos en estado
de gracia,
rehusaba leerlos porque se sentía indigno.
Me gusta repetir este testimonio muy
conocido, pues lo recibí personalmente de Le Brun, el cual lo había
recibido personalmente de Verlaine, de quien había sido testigo. No
quería apropiarse lo que no era suyo. Esa poesía le había sido
dada. No quería apoderarse de algo sintiéndose indigno de Dios y de
la gracia que había recibido en la prisión.
Pero vuelvo a Emilio Le Brun mismo
para ver en él, justamente, como una parábola de la preparación a
los sacramentos en una apertura a los demás. Emilio Le Brun que era
gran erudito y había traducido, entre otras cosas, los sonetos de
Shakespeare, algo bien difícil, Emilio Le Brun había conservado en
su ancianidad un culto por su padre fallecido hacía mucho tiempo. Y
la imagen de su padre le venía con frecuencia a la mente y se
preocupaba por la suerte de su padre. Se preguntaba qué habría sido
de él.
Él no era creyente. Pero lo era muy
humildemente. Me decía que había perdido la fe a los 14 años. Yo
no sé además si jamás la había tenido. Era no creyente, muy
humildemente, junto a una mujer, su esposa, que tenía una fe
admirable pero respetaba su actitud en silencio. Era humildemente
incrédulo y me decía: “Quisiera creer en la
inmortalidad del alma, sería cosa fácil: lo deseo tanto, y
porque lo deseo, porque corresponde tanto a un sentimiento que tengo,
mi razón lo rechaza. No quiero que el sentimiento me lleve a
abandonar la razón”.
Pero el problema de su papá lo
preocupaba tanto que un día me preguntó: “¿Y
qué puedo hacer, qué puedo hacer por mi padre? ¿Podría
Usted decir la misa por él?”
Y recuerdo la misa que celebré por
su papá en presencia suya, y la intensidad de su participación en
esa misa. La vivía no por sí mismo sino por su papá. Entonces, sin
decirlo, suponía que su papá estaba vivo y podía beneficiar de la
presencia y del intercambio a través del misterio del altar. Creía,
por decirlo así, en favor de otro, como los corintios, ciertos
corintios que se hacían bautizar por los difuntos, como nos lo
recuerda la primera a los corintios.
¡Pero
eso no le bastaba! La preocupación por su papá seguía presente en
su corazón y como estaba cercano a la muerte y sus fuerzas
declinaban, me habló de esa inquietud que lo atormentaba. Y como me
preguntó de nuevo qué podía hacer por su padre, le dije: “¿Quiere
que digamos un Padrenuestro por su papá? Yo lo digo y Usted repite
después de mí”.
Imaginan Ustedes la situación
asombrosa y emocionante: ese anciano que no había dicho el
Padrenuestro desde los 14 años, vuelve a encontrar las palabras y
las repite, no por sí sino por su padre. ¿Cómo
quieren que ese acto que procede sólo de la generosidad no lo haya
abierto a Dios, no lo haya introducido en la intimidad de Dios?
Comprenden entonces que cuando quedó
repentinamente en coma yo no dudé en darle la Extrema Unción,
porque él se había preparado el encuentro con el Señor a través
del acto de amor hacia su papá, que él suponía implícitamente
vivo y accesible a la Eucaristía y la oración. Y esa fe por poder,
esa fe por intermediario, era para él ciertamente la más hermosa
restitución de una fe personal que lo reintegraba en la comunión
del amor, de la cual estoy persuadido que jamás se separó y lo
disponía para el sacramento que hace de la muerte un acto de vida y
una ofrenda en favor de toda la comunidad”. (Continuará)