in

Sotamenta.Net

El sitio Internet de nuestra tribu!

Zundel

15/04/10 - Discreción de las intervenciones milagrosas. Los estigmas de san Francisco de Asís.

1a parte de la conferencia el 7 de agosto de 1959 a las 8 y 30, a las franciscanas de Lons-le-Saunier en Ghazir.

El resplandor de la Presencia divina es signo del verdadero milagro. El acontecimiento silencioso de los estigmas de san Francisco.

“Ana de Tourville, novelista francesa que cierto año recibió el Premio Fémina, lo cual fue una suerte extraordinaria para ella, contó una vez esta historia estando yo presente. Contó como durante la última guerra estaba con su madre en Bretaña, sin modo de calefacción durante un invierno particularmente riguroso. La familia era muy pobre y el Premio Fémina fue una verdadera bendición, ya que le produjo millones. Pero precisamente, en Bretaña, durante la guerra, cuando para todos los franceses era difícil encontrar alimentos, los medios de calefacción le faltaban por completo. Ana de Tourville vivía pues sola con su madre y en el sótano de la casa les quedaba solo un poco de carbón, justo de que hacer un a llamarada. Lo guardaban para el día más frío del invierno, diciendo: “Aguantemos lo posible, y cuando ya no podamos más, quemamos ese último resto”. Por otra parte, la mamá de Ana de Tourville era particularmente devota de san Juan Bosco y le tenía una confianza ilimitada,

Llegó un día en que el frío era tan insoportable que decidieron arriesgar el todo por el todo y quemar el resto de carbón. Al día siguiente se dijeron: “Vamos a ver, quizá queda algo todavía. ¿Quién sabe?” Y encontraron lo que necesitaban para calentarse. Al día siguiente, lo mismo...¡y así hasta el fin del invierno! Todos los días encontraban justo una pequeña cantidad, imprevisible, lo que necesitaban para calentar lo suficiente la casa. Todo eso de manera muy discreta, sin ver jamás nada de particular, y naturalmente la mamá y ella misma lo interpretaban como una gracia recibida de San Juan Bosco.

Esa manera extremamente silenciosa y discreta de intervenir – si es sobrenatural en este caso, lo que es posible – me hace pensar, no sé porqué, en la multiplicación de los panes. Al escucharla, yo me decía: creo que la multiplicación de los panes debió ser también algo igualmente discreto. Parecía que quedaba siempre en el fondo del cesto un poco de alimento: era siempre como un resto, una nada, pero suficiente, suficiente, y sucedía sin ruido. Y los que estaban un poco alejados no debían darse cuenta de nada. Tuvo que difundirse el rumor a partir de los que estaban cerca para que se conociera el milagro. En todo caso, la discreción me parecía uno de los signos de la intervención divina y es lo que puede permitirnos justamente meditar un instante sobre el milagro.

Escuché además hace mucho más tiempo un relato de un dominicano que era una especie de patriarca del tomismo, lo defendía vigorosamente contra el molinismo, al que atacaba continuamente en la Revista Tomista. Y ese dominicano que vivía en Roma, que había restaurado la basílica de Santa Sabina y era un hombre extraordinario a su modo, contaba una vez más estando yo presente, esta historia. Un médico tenía en su clínica una mujer particularmente sensible, muy sugestionable, cuyo psiquismo, es decir el estado mental era más o menos infantil, y le garantizó al dominicano del que hablo, que iba a hacer aparecer, si él lo deseaba, la corona de espinas en la frente de la enferma, simplemente poniendo en su cuarto un crucifijo español extremamente realista en que las llagas de Cristo estaban marcadas de manera particularmente sangrienta. Y en efecto, esa noche apareció en la frente de la enferma una imagen de la corona de espinas.

Evidentemente, ante semejante caso, cuya absoluta autenticidad me garantizaba el dominicano, no cabía la duda. ¡Se trata de una enferma, de un psiquismo que no resiste a ninguna imagen, cuya plasticidad se presta a todas las sugestiones y puede imitar, representar y simbolizar en su cuerpo todas las ideas que se le sugieran!

Evidentemente, si conoce un poco a san Francisco, a nadie se le ocurrirá comparar este incidente, que puede repetirse miles de veces además, nadie tendrá la idea de comparar tal incidente con la estigmatización de san Francisco.

¿Porqué? Porque aquí estamos ante un ser absolutamente excepcional, único en la historia de la Iglesia desde los tiempos apostólicos y cuya vida entera es un de un brillo tan eficaz, tan provechoso, tan liberador, cuyo genio nos da la clave del Evangelio según vimos, y cuya vida, desde su conversión, fue una identificación perpetua, perfecta, con el Amor crucificado.

En él, pues, todo el ser se impregnó poco a poco de la contemplación que lo invadía por entero, alimentaba sus pensamientos e inflamaba perpetuamente su amor, y finalmente, por una especie de lógica interna que es en él la cumbre de la gracia, la contemplación termina por imprimirse en su carne, y todo su ser se vuelve relación viva con el Amor crucificado.

Si en los estigmas de san Francisco no dudamos en ver un milagro evidente, si vemos en el Alvernia una especie de Sinaí para la Iglesia cristiana, como un recuerdo esencial del significado profundo del Evangelio, es decir precisamente la proclamación, en el siglo 13 que es el siglo de las Cruzadas, el siglo de la Inquisición y de la escolástica, la proclamación de que el verdadero Dios, el verdadero Dios es esa víctima destinada a la muerte del esclavo, esa fragilidad infinita que es la fuente de toda gracia, de toda grandeza y de toda santidad.

Porque auí el paso de Dios es evidente, nos inclinamos con felicidad ante esa revelación que resume todo el Evangelio, y que era particularmente oportuna en el siglo 13, cuando el papa mismo estaba comprometido en grandes batallas, y el mismo Inocencio III fue instigador de Cruzadas, contra los Albigenses que fue un horroroso masacre del que encontramos todavía huellas en el Sur de Francia, y de la Cuarta Cruzada que terminó por saquear a Constantinopla, con la profanación de la catedral bizantina por los cruzados, profanación de la cual los griegos ortodoxos no han perdido el recuerdo.

Era pues infinitamente oportuno que el mensaje evangélico fuera restituido al mundo sin ruido, sin palabras, sin refutaciones, sin ninguna pretensión de reformar nada o a nadie, mediante el acontecimiento silencioso que se inscribió en la carne transfigurada de san Francisco”. (Continuará)



Comments

No Comments

Leave a Comment

(required)  
(optional)
(required)  
Add
Powered by Community Server (Non-Commercial Edition), by Telligent Systems