1a parte de la conferencia el 7 de
agosto de 1959 a las 8 y 30, a las franciscanas de Lons-le-Saunier en
Ghazir.
El resplandor de la Presencia
divina es signo del verdadero milagro. El acontecimiento silencioso
de los estigmas de san Francisco.
“Ana de Tourville, novelista
francesa que cierto año recibió el Premio Fémina, lo cual fue una
suerte extraordinaria para ella, contó una vez esta historia estando
yo presente. Contó como durante la última guerra estaba con su
madre en Bretaña, sin modo de calefacción durante un invierno
particularmente riguroso. La familia era muy pobre y el Premio Fémina
fue una verdadera bendición, ya que le produjo millones. Pero
precisamente, en Bretaña, durante la guerra, cuando para todos los
franceses era difícil encontrar alimentos, los medios de
calefacción le faltaban por completo. Ana de Tourville vivía pues
sola con su madre y en el sótano de la casa les quedaba solo un poco
de carbón, justo de que hacer un a llamarada. Lo guardaban para el
día más frío del invierno, diciendo: “Aguantemos lo posible, y
cuando ya no podamos más, quemamos ese último resto”. Por otra
parte, la mamá de Ana de Tourville era particularmente devota de san
Juan Bosco y le tenía una confianza ilimitada,
Llegó un día en que el frío era
tan insoportable que decidieron arriesgar el todo por el todo y
quemar el resto de carbón. Al día siguiente se dijeron: “Vamos a
ver, quizá queda algo todavía. ¿Quién
sabe?” Y encontraron lo que necesitaban para calentarse. Al día
siguiente, lo mismo...¡y
así hasta el fin del invierno! Todos los días encontraban justo una
pequeña cantidad, imprevisible, lo que necesitaban para calentar lo
suficiente la casa. Todo eso de manera muy discreta, sin ver jamás
nada de particular, y naturalmente la mamá y ella misma lo
interpretaban como una gracia recibida de San Juan Bosco.
Esa manera extremamente
silenciosa y discreta de intervenir – si es sobrenatural
en este caso, lo que es posible – me hace pensar, no sé porqué,
en la multiplicación de los panes. Al escucharla, yo me decía: creo
que la multiplicación de los panes debió ser también algo
igualmente discreto. Parecía que quedaba siempre en el fondo del
cesto un poco de alimento: era siempre como un resto, una nada, pero
suficiente, suficiente, y sucedía sin ruido. Y los
que estaban un poco alejados no debían darse cuenta de nada. Tuvo
que difundirse el rumor a partir de los que estaban cerca para que se
conociera el milagro. En todo caso, la discreción me parecía
uno de los signos de la intervención divina y es lo que
puede permitirnos justamente meditar un instante sobre el milagro.
Escuché además hace mucho más
tiempo un relato de un dominicano que era una especie de patriarca
del tomismo, lo defendía vigorosamente contra el molinismo, al que
atacaba continuamente en la Revista Tomista. Y ese dominicano que
vivía en Roma, que había restaurado la basílica de Santa Sabina y
era un hombre extraordinario a su modo, contaba una vez más estando
yo presente, esta historia. Un médico tenía en su clínica una
mujer particularmente sensible, muy sugestionable, cuyo psiquismo, es
decir el estado mental era más o menos infantil, y le garantizó al
dominicano del que hablo, que iba a hacer aparecer, si él lo
deseaba, la corona de espinas en la frente de la enferma, simplemente
poniendo en su cuarto un crucifijo español extremamente realista en
que las llagas de Cristo estaban marcadas de manera particularmente
sangrienta. Y en efecto, esa noche apareció en la frente de la
enferma una imagen de la corona de espinas.
Evidentemente, ante semejante caso,
cuya absoluta autenticidad me garantizaba el dominicano, no cabía la
duda. ¡Se trata de una
enferma, de un psiquismo que no resiste a ninguna imagen, cuya
plasticidad se presta a todas las sugestiones y puede imitar,
representar y simbolizar en su cuerpo todas las ideas que se le
sugieran!
Evidentemente, si conoce un poco a
san Francisco, a nadie se le ocurrirá comparar este incidente, que
puede repetirse miles de veces además, nadie tendrá la idea de
comparar tal incidente con la estigmatización de san Francisco.
¿Porqué?
Porque aquí estamos ante un ser absolutamente excepcional, único en
la historia de la Iglesia desde los tiempos apostólicos y cuya vida
entera es un de un brillo tan eficaz, tan provechoso, tan liberador,
cuyo genio nos da la clave del Evangelio según vimos, y cuya vida,
desde su conversión, fue una identificación perpetua, perfecta, con
el Amor crucificado.
En él, pues, todo el ser se impregnó
poco a poco de la contemplación que lo invadía por entero,
alimentaba sus pensamientos e inflamaba perpetuamente su amor, y
finalmente, por una especie de lógica interna que es en él la
cumbre de la gracia, la contemplación termina por imprimirse en su
carne, y todo su ser se vuelve relación viva con el Amor
crucificado.
Si en los estigmas de san Francisco
no dudamos en ver un milagro evidente, si vemos en el Alvernia una
especie de Sinaí para la Iglesia cristiana, como un recuerdo
esencial del significado profundo del Evangelio, es decir
precisamente la proclamación, en el siglo 13 que es el siglo de las
Cruzadas, el siglo de la Inquisición y de la escolástica, la
proclamación de que el verdadero Dios, el verdadero Dios es
esa víctima destinada a la muerte del esclavo, esa fragilidad
infinita que es la fuente de toda gracia, de toda grandeza y de toda
santidad.
Porque auí el paso de Dios es
evidente, nos inclinamos con felicidad ante esa revelación que
resume todo el Evangelio, y que era particularmente oportuna en el
siglo 13, cuando el papa mismo estaba comprometido en grandes
batallas, y el mismo Inocencio III fue instigador de Cruzadas, contra
los Albigenses que fue un horroroso masacre del que encontramos
todavía huellas en el Sur de Francia, y de la Cuarta Cruzada que
terminó por saquear a Constantinopla, con la profanación de la
catedral bizantina por los cruzados, profanación de la cual los
griegos ortodoxos no han perdido el recuerdo.
Era pues infinitamente oportuno que
el mensaje evangélico fuera restituido al mundo sin ruido, sin
palabras, sin refutaciones, sin ninguna pretensión de reformar nada
o a nadie, mediante el acontecimiento silencioso que se inscribió en
la carne transfigurada de san Francisco”. (Continuará)