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4ª parte de la conferencia sobre los milagros.
El último fruto de la gracia es el
equilibrio… El ritmo de los demás se transforma al contacto de un santo.
Retoma:
"Jung observó
además algo extremamente sugestivo; observó que nosotros proyectamos cada uno
lo que somos. Uno proyecta sus sueños, proyecta sus odios, proyecta sus
resentimientos. Ve el mundo a través de sus propios ojos y su mirada está hecha
de sus impulsos, de sus pasiones, de sus rechazos, como también,
afortunadamente, puede estar hecha de su generosidad, de su inocencia y de su
pureza".
Continuación: "(Jung)
piensa justamente que el estado de la humanidad, el estado de la sociedad
resulta en gran parte de tales proyecciones que emitimos todos en la atmósfera.
Alguien que se hace consciente de ese estado, sabe que todo lo que está al
revés en el mundo lo está igualmente en su vida. Si sólo aprende a tratar
correctamente su propia onda, habrá realizado algo concreto por el mundo. Habrá
logrado resolver al menos una parte, aunque sea infinitesimal, del gigantesco
problema no resuelto de nuestra época.
Tales problemas son en buena parte tan
difíciles porque están emponzoñados por las proyecciones recíprocas. Cada uno
piensa que el otro es su enemigo, que sus intenciones son malas, que lo van a
atacar, como todos proyectan sobre los demás el mismo temor, el mismo
resentimiento, la misma desconfianza, las relaciones humanas están emponzoñadas
y estalla finalmente la guerra y lanzan la bomba atómica. ¿Cómo ver claro sin
mirarse a sí mismo y sin ver las tinieblas que introducimos inconscientemente
en todas las acciones?
Habría pues en nosotros como un centro
emisor de ondas que rodean a los demás. Además, el lenguaje corriente habla muy
justamente de "atmósfera" o de "ambiente". Con su
presencia, cada uno crea una atmósfera y la palabra es perfectamente justa.
Y si la física moderna puede reproducir
cierta realidad – observen que la física de mañana va probablemente a cambiar,
a cambiar considerablemente este cuadro – pero en fin, hay ciertamente algo de
verdad, pues funciona. Entonces, en todo
caso, podemos tener del cuerpo una imagen mucho más sutil, mucho más
delicada, y ver en el cuerpo ante todo
una especie de irradiación que puede ser armoniosa o disonante. Ah, es muy
posible finalmente que si la gracia divina es dinámica, es decir, si vivifica
el ser entero, es infinitamente probable que ponga orden en todo eso.
Aunque haya santos desequilibrados – se
puede ser santo y desequilibrado evidentemente, pero no es lo ideal – los
santos más simpáticos y que tienen más acción es claro que son perfectamente
equilibrados. Y el último fruto de la
gracia es precisamente el equilibrio.
Se ha dicho de una gran santa, de Santa
Hildegarda, algo magnífico por lo que significa. Se ha dicho que "ella
estaba por encima de la debilidad del éxtasis". Es magnífico, ya que el
éxtasis es justamente una especie de dislocación temporal, en que el cuerpo no
soporta el peso de la gracia que invade el ser y se pone en una especie de
estado cataléptico, en un estado de muerte, porque justamente el choque es
demasiado violento.
Cuando un alma es suficientemente dócil al
influjo de la gracia, como era la Santísima Virgen, escapa al éxtasis porque todo
su ser, justamente, todo su ser está abierto a la corriente de la gracia y
responde a ella espontáneamente dejándose penetrar de los pies a la cabeza por
la luz de la Presencia
divina.
Se puede pensar que un santo, estando pacificado
su cuerpo, como san Francisco – recuerden que estaba desnudo, desnudo, en el
momento de su muerte, pero era una desnudez transfigurada: todo el mundo veía
en él la imagen del crucificado, todo el mundo sentía en ese cuerpo el rostro
de la eternidad que lo llenaba haciendo de esa muerte su apoteosis – entonces,
es cierto que un santo que ha realizado
hasta el final en sí mismo el reino de la gracia, en el que se afirma la
gracia hasta las últimas fibras del ser, es
un ser prodigiosamente equilibrado que irradia sobre su derredor esa armonía,
y genera una atmósfera, un ambiente que ordena, que pacifica, es decir que el ritmo de los demás se transforma a su
contacto, y es fácil entonces prolongar esta imagen y concebir precisamente
que es mediante los ritmos ordenados por la gracia, donde el paso de Dios se
inscribe de modo admirable, que es mediante semejantes ritmos como se realiza
una curación, por ejemplo, o cualquier otro acontecimiento visible".
(Continuará)