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19/04/10 – Podemos ver en el cuerpo ante todo una especie de irradiación armoniosa o disonante…

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El último fruto de la gracia es el equilibrio… El ritmo de los demás se transforma al contacto de un santo.

Retoma: "Jung observó además algo extremamente sugestivo; observó que nosotros proyectamos cada uno lo que somos. Uno proyecta sus sueños, proyecta sus odios, proyecta sus resentimientos. Ve el mundo a través de sus propios ojos y su mirada está hecha de sus impulsos, de sus pasiones, de sus rechazos, como también, afortunadamente, puede estar hecha de su generosidad, de su inocencia y de su pureza".

Continuación: "(Jung) piensa justamente que el estado de la humanidad, el estado de la sociedad resulta en gran parte de tales proyecciones que emitimos todos en la atmósfera. Alguien que se hace consciente de ese estado, sabe que todo lo que está al revés en el mundo lo está igualmente en su vida. Si sólo aprende a tratar correctamente su propia onda, habrá realizado algo concreto por el mundo. Habrá logrado resolver al menos una parte, aunque sea infinitesimal, del gigantesco problema no resuelto de nuestra época.

Tales problemas son en buena parte tan difíciles porque están emponzoñados por las proyecciones recíprocas. Cada uno piensa que el otro es su enemigo, que sus intenciones son malas, que lo van a atacar, como todos proyectan sobre los demás el mismo temor, el mismo resentimiento, la misma desconfianza, las relaciones humanas están emponzoñadas y estalla finalmente la guerra y lanzan la bomba atómica. ¿Cómo ver claro sin mirarse a sí mismo y sin ver las tinieblas que introducimos inconscientemente en todas las acciones?

Habría pues en nosotros como un centro emisor de ondas que rodean a los demás. Además, el lenguaje corriente habla muy justamente de "atmósfera" o de "ambiente". Con su presencia, cada uno crea una atmósfera y la palabra es perfectamente justa.

Y si la física moderna puede reproducir cierta realidad – observen que la física de mañana va probablemente a cambiar, a cambiar considerablemente este cuadro – pero en fin, hay ciertamente algo de verdad, pues funciona. Entonces, en todo caso, podemos tener del cuerpo una imagen mucho más sutil, mucho más delicada, y ver en el cuerpo ante todo una especie de irradiación que puede ser armoniosa o disonante. Ah, es muy posible finalmente que si la gracia divina es dinámica, es decir, si vivifica el ser entero, es infinitamente probable que ponga orden en todo eso.

Aunque haya santos desequilibrados – se puede ser santo y desequilibrado evidentemente, pero no es lo ideal – los santos más simpáticos y que tienen más acción es claro que son perfectamente equilibrados. Y el último fruto de la gracia es precisamente el equilibrio.

Se ha dicho de una gran santa, de Santa Hildegarda, algo magnífico por lo que significa. Se ha dicho que "ella estaba por encima de la debilidad del éxtasis". Es magnífico, ya que el éxtasis es justamente una especie de dislocación temporal, en que el cuerpo no soporta el peso de la gracia que invade el ser y se pone en una especie de estado cataléptico, en un estado de muerte, porque justamente el choque es demasiado violento.

Cuando un alma es suficientemente dócil al influjo de la gracia, como era la Santísima Virgen, escapa al éxtasis porque todo su ser, justamente, todo su ser está abierto a la corriente de la gracia y responde a ella espontáneamente dejándose penetrar de los pies a la cabeza por la luz de la Presencia divina.

Se puede pensar que un santo, estando pacificado su cuerpo, como san Francisco – recuerden que estaba desnudo, desnudo, en el momento de su muerte, pero era una desnudez transfigurada: todo el mundo veía en él la imagen del crucificado, todo el mundo sentía en ese cuerpo el rostro de la eternidad que lo llenaba haciendo de esa muerte su apoteosis – entonces, es cierto que un santo que ha realizado hasta el final en sí mismo el reino de la gracia, en el que se afirma la gracia hasta las últimas fibras del ser, es un ser prodigiosamente equilibrado que irradia sobre su derredor esa armonía, y genera una atmósfera, un ambiente que ordena, que pacifica, es decir que el ritmo de los demás se transforma a su contacto, y es fácil entonces prolongar esta imagen y concebir precisamente que es mediante los ritmos ordenados por la gracia, donde el paso de Dios se inscribe de modo admirable, que es mediante semejantes ritmos como se realiza una curación, por ejemplo, o cualquier otro acontecimiento visible". (Continuará)

 

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