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21-22/04/10 – Necesidad del nuevo nacimiento para no morir totalmente. Lo esencial es abrirnos al Amor que ordena todas las cosas.

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El único milagro importante finalmente es el milagro que nos transforma a nosotros mismos. Nuestro señor tamizó el brillo de lo maravilloso.

Retoma: "En el Evangelio, nada puede alimentar nuestra sed de lo maravilloso".

Continuación: "Nuestro Señor se opuso a lo maravilloso con todas sus fuerzas, justamente al rehusar al tentador que le sugería realizar su ministerio a golpe de milagros espectaculares que demostrarían que disponía de poderes sobrehumanos, diciéndole: "No tentarás al Señor tu Dios". Se debe pues hablar con extrema reserva de todos los milagros y ver en ellos esencialmente el paso de Dios.

Estoy convencido de que en Lourdes no pasaría nada si no hubiera todo ese movimiento de caridad, todas esas ondas de amor que circulan y dinamizan justamente, todos los ritmos humanos. El gran milagro es esa reunión de masas innumerables venidas de todos los puntos de la tierra y que ponen en común su amor.

Cuando uno escucha algo como esto: una mujer fue a Lourdes en un estado extremamente grave, y regresó no curada diciendo: "¡Recibí una gracia tan grande! ¿Cuál? – ¡Pues la curación de mi vecina! ¡La curación de mi vecina!" Al ir allá, ella no pidió su propia curación sino la de su vecina.

Entonces esa circulación de amor es la que pone en movimiento todas esas energías y no hay por qué imaginar una especie de intervención mecánica de Dios. Sería imposible, una vez más, porque toda la Creación, toda la creación es la irradiación de un amor que suscita el ser y la vida por el don de sí misma.

El único milagro importante en definitiva es el milagro que nos transforma a nosotros mismos, que supera nuestras tinieblas y egoísmo (1). Y por eso nuestro Señor se retiró cada vez más en este aspecto de milagros, y tamizó el brillo de los signos que realizaba con la mera irradiación de su presencia, y a Tomás que quería tocar y verificar, le dijo estas palabras que van tan lejos: "Bienaventurados los que creyeron sin haber visto".

Además, no olvidemos esto tan importante: que la Resurrección de nuestro Señor sólo fue atestiguada por sus discípulos, sólo ellos la percibieron, sólo a ellos fue manifestada. Si el milagro fuera un puñetazo dado a los fenómenos naturales con el fin de probar que existe Alguien que es Señor del Universo, nuestro Señor habría ido a presentarse a Caifás y a Pilato, diciéndoles: "¡Ustedes fracasaron, fracasaron, y aquí estoy! ¡Aquí estoy! ¡Creyeron que me habían liquidado y aquí me tienen!" Pero fue tan distinto. Entonces no habremos entendido nada.

Se habría confundido el Milagro de la Resurrección, o mejor, el Misterio de la Resurrección con cualquier resurrección de un muerto, con cualquier resurrección de muertos. La Resurrección de nuestro Señor es de un orden totalmente distinto. Como es única su muerte, también es única su resurrección y si Jesús se hubiera presentado a Pilato o a Caifás, lo cual era imposible a priori, dado lo que es él, dado el nivel, el nivel de la vida espiritual que viene a comunicar, si nuestro Señor lo hubiera hecho, no habríamos entendido nada del carácter totalmente interior de su muerte ni del carácter totalmente interior de su Resurrección.

Justamente, sólo fue mediante fulgores esporádicos, por intermitencias como los Apóstoles comprendieron algo, sin entender y sin poder deducir nada, porque era necesario entender la Resurrección en su luz interior al nivel mismo de la muerte que es muerte de amor y que no hubiera equívoco sobre la vida eterna que hace de Jesús el Príncipe de la Vida. Justamente es por el interior como brota en Él toda la vida y su carne misma vive de esa vida eterna.

Conservaremos pues de esta meditación un sentido extremamente respetuoso de lo sobrenatural. Conservaremos de esta meditación justamente el sentimiento de que el gran milagro del Evangelio es que nuestro Señor tamizó el brillo de lo maravilloso. No quiso ser un animador de ferias, un mago. No quiso divertir las multitudes, no quiso confiarse a la gente que lo seguía haciendo milagros, fue lo primero que dijo a Nicodemo cuando éste le dijo: "Maestro, ¡nadie puede hacer los signos que tú haces si no le fuera dado de arriba!" Y Jesús detiene sus elogios diciendo: "¡No, no se trata de eso! ¡No se trata de eso! ¡Nadie puede entrar en el Reino de Dios si no nace de nuevo, si no nace de nuevo!"

Y eso justamente nos da una garantía tan interior de una verdad incomparablemente espiritual en el Evangelio de Jesucristo, que lo maravilloso no cuenta, jamás es acentuado, siempre está tamizado y lo esencial es el nuevo nacimiento (1) en que uno cambia su corazón, uno cambia su alma, y se identifica con el Amor eterno.

Para que esta conferencia quede asociada con una imagen, recuerden a Ana de Tourville y el carbón que no se agota, que viene en pequeñas cantidades, pero siempre suficiente. Después de todo, lo esencial es que no seamos esclavos de las realidades materiales hasta el punto de tener que preocuparnos y que podamos justamente abrirnos al Amor que ordena todas las cosas, que unifica, que pacifica, que ordena todos los ritmos del mundo y de la humanidad misma, y puede hacer de nosotros una "música silenciosa" si nosotros escuchamos bien".

Fin de la conferencia.

Nota (1). Si lo encuentran, les haría bien leer el excelente capítulo de Mr Fromaget sobre la necesidad del nuevo nacimiento del hombre al Espíritu, si no queremos morir totalmente.

 

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