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Pascua, en Rolle, en 1971.
Ustedes conocen, han escuchado esta declaración, una de las más conmovedoras
de la Historia:
"Dios es espíritu" (Jn. 4, 24), es decir que
Dios está dentro de nosotros, es decir que Dios no se contiene en ningún lugar,
es decir que Dios es infinita libertad como es eterno Amor.
Dios es Espíritu, pero como estas palabras
de Jesús en el Evangelio de la
Samaritana, como estas palabras de Jesús van dirigidas al
hombre, a nosotros, eso quiere decir que el hombre también es espíritu. Estas
dos afirmaciones son simétricas, se corresponden, ellas son indisolubles: Dios
es Espíritu y el hombre es espíritu. Es al menos nuestra vocación: es lo que
debemos llegar a ser.
Y precisamente Jesucristo nuestro Señor que
dijo estas palabras eternas que separan por siempre la religión auténtica de
todas las supersticiones, “Dios es Espíritu y es necesario que los que lo
adoran, lo adoren en espíritu y en verdad", nuestro Señor irradia en toda
su Persona la luz y la libertad del Espíritu. Su humanidad es transparente, es
diáfana, su humanidad es sin límites en su permeabilidad a la Presencia de Dios, su
humanidad subsiste en Dios, su humanidad es el sacramento inseparable de la Presencia personal de
Dios y por eso irradia a través de toda la Persona de Jesucristo el esplendor del Espíritu.
Podemos darnos cuenta en otro relato
evangélico que es admirable, que es inagotable, que es eternamente actual: es el
relato que conocen de memoria, de la confrontación, quiero decir la presencia
de la pecadora que viene durante una comida donde no está invitada, con todos los
aderezos que la denuncian como mujer pública, viene, sin ser invitada y derrama
sobre los pies del Señor, con sus perfumes, sus lágrimas. ¡Pues bien! ¿Cómo
concebir semejante escena? Cómo concebir, por parte de esta mujer, un impulso
tan puro, tan total, tan liberado de toda atención al ambiente humano, cómo
concebir ese gesto, si no porque la virginidad de Cristo, la santidad de
Cristo, la transparencia de Cristo iluminaba toda la atmósfera. Esta mujer fue
introducida inmediatamente en un universo interior y no veía ya nada sino la
pureza, la santidad, el Amor que podía liberarla de sí misma porque precisamente,
a través de la Presencia
de Jesucristo, fue llevada inmediatamente al interior de sí misma, a lo más íntimo
de su alma, y descubrió muy en sí misma una llamada inmensa a la santidad, a la
pureza, al don de sí y sabía, sentía, con una potencia incoercible que ése era el
momento de su liberación, que sólo ese profeta venido de Nazaret podía curarla
de sí misma y volverle su pureza fundamental, la pureza que viene de que el ser
entero se arraiga en la
Presencia de Dios que permanece en nosotros y que nos espera en
lo más íntimo de nosotros mismos.
Esta escena nos vuelve sensible la pureza
de Jesucristo, la transparencia del Señor que es virgen, como nació de una virgen,
Cristo que comienza a una nueva humanidad, Cristo que está en el centro de una
nueva creación, de una creación del Espíritu y la libertad, ya que precisamente
el Dios del que da prueba Jesucristo, es Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el
Dios que es una eterna comunión de amor, es el Dios que no se aferra a sí mismo,
es el Dios libre sí, el Dios que no posee nada, el Dios que sólo tiene contacto
consigo al comunicarse, el Dios que no tiene nada porque da eternamente y,
porque precisamente la humanidad de nuestro Señor subsiste porque se arraiga en
esa pobreza divina, en ese despojamiento, en esa virginidad eterna, es a causa
de eso que la humanidad misma de nuestro Señor introduce en nuestra Historia la
luz infinita de una pureza inalterable y por eso el Señor viene a llamarnos a
todos a la libertad, a la liberación de nosotros-mismos.
Nos pide surgir de nuestra animalidad,
convertirnos en creadores, hacer de nuestra vida un espacio ilimitado de luz y
amor, tanto que cada uno nosotros se convierta en un bien común, un bien
universal, un tesoro que la humanidad entera esté interesada en defender y
proteger.
Jesucristo, el revelador, es el fermento
de nuestra libertad. ¿Y en qué mundo llega? ¿Es que el mundo responde a esa
vocación? ¿Ha salido de verdad la humanidad de la animalidad? ¿Ha dominado sus
instintos, o más bien, los ha transformado, transfigurado? ¿Ha hecho de sus
pasiones el teclado de las virtudes? ¡Por supuesto que no! Nuestra experiencia lo
demuestra.
El mundo en el cual Jesucristo nace es un
mundo como el nuestro, un mundo dominado por la codicia, por la codicia, por la
agresividad, un mundo que no es libre, un mundo que contradice todas las
intenciones de Dios, un mundo que es una caricatura de la creación auténtica,
un mundo de tinieblas que no recibe la luz, un mundo por fin que sabe estas
cosas: en vez de convertirnos en personas ‑ en puro impulso de amor hacia Dios
que nos espera en lo más íntimo de nosotros mismos – en vez de ser creadores somos
un mundo encerrado en su noche, un mundo que exalta sus codicias, que se revuelca
en el erotismo, que no deja de encender por todas
partes focos de guerra y agresividad, lo mismo que acumula, tanto como puede,
el dinero en detrimento de la vida y su dignidad. El mundo hace estas cosas.
En vez de convertirnos en alguien según la
invitación de Flaubert cuando dice : "¿Porqué querer ser algo cuando
se puede ser alguien?". En vez de convertirnos en alguien, nos
convertimos en algo, en un mundo de cosas que es la negación del espíritu, un
mundo de cosas que desfigura el universo, un mundo de cosas que vuelve
incomprensible el gesto creativo ya que por fin no es lo que Dios quiso. Este mundo
de sangre, lágrimas, codicia, agresividad y codicia, no es lo que Dios quiso y
Jesucristo, virgen, Jesucristo infinitamente puro, Jesucristo infinitamente
espiritual, Jesucristo cuya humanidad extiende un contagio de libertad hasta en
la naturaleza, Jesucristo que cura a los enfermos, Jesucristo que calma la
tormenta, Jesucristo que resucita los muertos, Jesucristo que da prueba así de
una libertad incomparable, Jesucristo, porque es solidario de este mundo,
porque viene a fundar una nueva creación, Jesucristo va a hacer contrapeso,
contrapeso a todas nuestras denegaciones de amor, a todas las denegaciones de
amor de la Historia,
del principio al final, va a hacer contrapeso con su Persona y van a hacer de Él
una cosa en lugar nuestro.
Es lo que San Pablo expresa de la manera
más profunda diciendo: “El que no conocía el pecado, Dios lo hizo pecado por
nosotros para que pasemos a ser en él justicia para Dios. “(2 Cor.5, 21) Jesucristo
va pues a asumir nuestras oscuridades, Jesucristo va a sufrir el destino de las
cosas, ya que será tratado como objeto, deshonorado, abofeteado, cubierto con
esputos, estirado sobre la Cruz,
exhalando su último suspiro en este grito espantoso de abandono: "Dios
mío,¿porqué me has abandonado? “(Mt.27, 46)
Cómo concebir que Jesucristo cuya libertad
es sin límites, cuya transparencia es absoluta, cuyo amor se extiende a todo el
universo, cómo concebir que pueda sufrir la muerte, él que resucitó a los muertos,
sino porque murió de nuestra muerte. Jesucristo no murió de su muerte porque
era, (Ac.3, 15) como dicho San Pedro, “el Príncipe de vida". Todas
las fibras de su ser subsistían en Dios que es la fuente eterna de vida. Nada
en él podía conocer la muerte de la cual era el vencedor". (Continuará)