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Pascua en Rolles, en 1971.
Si murió, fue desposando nuestra muerte,
muriendo de nuestra muerte, tomando sobre sí mismo todas las tinieblas, todos
los desgarramientos, todas las desesperanzas, todas las agonías y todas las
muertes, y por eso no murió de las heridas físicas, sino de una muerte
interior, murió de la confrontación entre la inocencia infinita y el pecado que
asumía y que hacía de él, en su sensibilidad, el mayor culpable de la Historia: era el pecado
hecho hombre, pero todo eso sustituyéndose a nosotros, todo eso para
restablecer el equilibrio, todo eso para hacer contrapeso, todo eso para
hacernos salir de las tinieblas, para llamarnos a la libertad, para enraizarnos
en su Persona a fin de que en él comulguemos con la eterna fuente de vida, y
justamente por ser su muerte la nuestra, por haber muerto de nuestra muerte, no
podía permanecer cautivo de la muerte, siendo el Príncipe de la vida.
En su ser había una exigencia de vida que
debía realizarse y el verdadero milagro, si se puede decir, no es que
resucitara, lo cual es evidente, sino que muriera, porque no podía morir, lo
repito, sino muriendo por identificación con nosotros, y ahora vuelve a regir
la ley de su ser y Él aparece efectivamente como Príncipe de Vida más allá del sepulcro en la mañana de Pascua.
En adelante entrevemos ya el orden de la
creación. El orden de la creación no es orden de muerte, de agonía, de miseria,
de separación, de odio, de codicia. El orden de la naturaleza es orden de luz y
de amor, quiero decir, la naturaleza como la ve por Dios, la naturaleza deseada
por Dios, la naturaleza como debe ser, la naturaleza que debemos realizar en
nosotros, fuera de nosotros, en el mundo entero y en todo el universo. La
creación no puede ser sino efusión de la vida divina. Dios sólo puede querer
crear Espíritu, pues ¿qué es el Espíritu? Es justamente el ser que no sufre la
vida como cosa, sino que la asume, la acoge, la libera, la da en una ofrenda de
amor al Amor que no cesa de llamarlo y que nos está esperando en lo más íntimo
nuestro.
Jesús resucitado, vencedor de la muerte,
Jesús Príncipe de vida, Jesús aparece
como el revelador de nuestra vida y de la naturaleza entera y del sentido del universo
entero. Todavía no estamos en el mundo, como decía Rimbaud "la verdadera vida está ausente".
Todavía no estamos en el mundo, pues el hombre auténtico no existe todavía pero
puede existir, debe surgir con Jesús, salir del sepulcro, y toda la naturaleza,
todo el universo, toda la humanidad está llamada a resucitar con él, con
Jesucristo virgen, Jesucristo libre, Jesucristo segundo Adán, Jesucristo origen
de un mundo nuevo, Jesucristo revelador de nuestra humanidad.
Fuera de Él no sabemos quién somos y
aprendemos ahora justamente que estamos llamados a ser creadores con Dios, a
hacer un mundo nuevo, transformándonos primero a nosotros mismos, rehusando
nuestras esclavitudes, rehusando las esclavitudes internas, rehusando ser
simplemente sexo, rehusando ser simplemente codicia y avaricia, tratando de
transformar todo lo que somos, tratando de escuchar dentro de nosotros la
música silenciosa que es la
Presencia de Dios el cual, como dice san Ignacio, murmura en
nosotros como agua viva. Si abrimos los oídos a ese llamado, si prestamos
atención al amor de Dios que habita en nosotros, si reconocemos en Dios el
despojamiento eterno, si vemos en Dios una comunión de amor en que todo es dado
para siempre, si comprendemos que Dios nos llama a ser como él, amor total, don
total, libertad total en la transparencia del impulso virginal, entonces
habremos comenzado a comprender el sentido del misterio pascual.
Ahora se trata de que cada uno de nosotros
mire al Señor en su corazón, lo acoja en su intimidad profunda, escuche en el
silencio de su corazón la
Palabra eterna que es el Verbo hecho carne y que sepamos que
justamente Jesucristo, solo Jesucristo ha revelado el sentido de nuestra
humanidad, solo Jesucristo nos ha enseñado lo que significa la libertad, al
presentarnos un Dios libre de sí en la circulación de la vida divina en el seno
de las tres Personas.
Ahora pues tenemos ante nosotros la
inmensa aventura de retomar la
Creación, debemos rehacer y realizar toda la Historia, y sólo podemos
hacerlo transformándonos primero a nosotros, poniendo en nuestra mente y
corazón la voluntad firme de liberarnos, de no sufrir las fronteras en las
cuales estamos encerrados, de salir de las tinieblas, de hacernos espacio
ilimitado de luz y de amor en que todos los que la vida nos ponga en el camino
se sientan acogidos y, a través de nosotros, invitados y llamados a encontrar a
Cristo resucitado.
Para entender el Evangelio, que es la Buena Nueva, es esencial
comprender que si Dios es Espíritu, según lo revela Jesús, también el hombre es
espíritu y que no podrán comulgar el uno con el otro, que el hombre no puede
conocer a Dios auténticamente, sino en la medida en que sea libre como Dios,
libre en Dios, libre para Dios en la intimidad del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo.
¡Qué dicha, qué alegría, si Pascua es eso,
qué dicha si Pascua nos introduce en la libertad de Cristo, si Pascua nos
permite todavía reconocer en Jesús al Príncipe
de la Vida!
Si Pascua nos invita a ser lo que Él es, y si cada uno de nosotros se ingenia
hoy en hacer más bella la vida poniendo claridad en todo su ser, a fin de
realizar nuestra vocación y la del universo, el universo que dominamos
materialmente, pero que no hemos transformado aún en custodia de la Presencia divina como
debemos llegar a ser nosotros ahora, tratando de realizar la invitación del Apóstol
que nos dice: "Glorificad y exaltad
y honorad a Dios en vuestro cuerpo", ese cuerpo santificado por la
habitación de Dios, ese cuerpo que es Templo del Señor, ese cuerpo que está
llamado a resucitar y a unirse con el Señor de Pascua en los abismos del eterno
Amor. ¡Amén!"