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24-25/04/10 – Cristo revelador del hombre (fin).

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Si murió, fue desposando nuestra muerte, muriendo de nuestra muerte, tomando sobre sí mismo todas las tinieblas, todos los desgarramientos, todas las desesperanzas, todas las agonías y todas las muertes, y por eso no murió de las heridas físicas, sino de una muerte interior, murió de la confrontación entre la inocencia infinita y el pecado que asumía y que hacía de él, en su sensibilidad, el mayor culpable de la Historia: era el pecado hecho hombre, pero todo eso sustituyéndose a nosotros, todo eso para restablecer el equilibrio, todo eso para hacer contrapeso, todo eso para hacernos salir de las tinieblas, para llamarnos a la libertad, para enraizarnos en su Persona a fin de que en él comulguemos con la eterna fuente de vida, y justamente por ser su muerte la nuestra, por haber muerto de nuestra muerte, no podía permanecer cautivo de la muerte, siendo el Príncipe de la vida.

En su ser había una exigencia de vida que debía realizarse y el verdadero milagro, si se puede decir, no es que resucitara, lo cual es evidente, sino que muriera, porque no podía morir, lo repito, sino muriendo por identificación con nosotros, y ahora vuelve a regir la ley de su ser y Él aparece efectivamente como Príncipe de Vida más allá del sepulcro en la mañana de Pascua.

En adelante entrevemos ya el orden de la creación. El orden de la creación no es orden de muerte, de agonía, de miseria, de separación, de odio, de codicia. El orden de la naturaleza es orden de luz y de amor, quiero decir, la naturaleza como la ve por Dios, la naturaleza deseada por Dios, la naturaleza como debe ser, la naturaleza que debemos realizar en nosotros, fuera de nosotros, en el mundo entero y en todo el universo. La creación no puede ser sino efusión de la vida divina. Dios sólo puede querer crear Espíritu, pues ¿qué es el Espíritu? Es justamente el ser que no sufre la vida como cosa, sino que la asume, la acoge, la libera, la da en una ofrenda de amor al Amor que no cesa de llamarlo y que nos está esperando en lo más íntimo nuestro.

Jesús resucitado, vencedor de la muerte, Jesús Príncipe de vida, Jesús aparece como el revelador de nuestra vida y de la naturaleza entera y del sentido del universo entero. Todavía no estamos en el mundo, como decía Rimbaud "la verdadera vida está ausente". Todavía no estamos en el mundo, pues el hombre auténtico no existe todavía pero puede existir, debe surgir con Jesús, salir del sepulcro, y toda la naturaleza, todo el universo, toda la humanidad está llamada a resucitar con él, con Jesucristo virgen, Jesucristo libre, Jesucristo segundo Adán, Jesucristo origen de un mundo nuevo, Jesucristo revelador de nuestra humanidad.

Fuera de Él no sabemos quién somos y aprendemos ahora justamente que estamos llamados a ser creadores con Dios, a hacer un mundo nuevo, transformándonos primero a nosotros mismos, rehusando nuestras esclavitudes, rehusando las esclavitudes internas, rehusando ser simplemente sexo, rehusando ser simplemente codicia y avaricia, tratando de transformar todo lo que somos, tratando de escuchar dentro de nosotros la música silenciosa que es la Presencia de Dios el cual, como dice san Ignacio, murmura en nosotros como agua viva. Si abrimos los oídos a ese llamado, si prestamos atención al amor de Dios que habita en nosotros, si reconocemos en Dios el despojamiento eterno, si vemos en Dios una comunión de amor en que todo es dado para siempre, si comprendemos que Dios nos llama a ser como él, amor total, don total, libertad total en la transparencia del impulso virginal, entonces habremos comenzado a comprender el sentido del misterio pascual.

Ahora se trata de que cada uno de nosotros mire al Señor en su corazón, lo acoja en su intimidad profunda, escuche en el silencio de su corazón la Palabra eterna que es el Verbo hecho carne y que sepamos que justamente Jesucristo, solo Jesucristo ha revelado el sentido de nuestra humanidad, solo Jesucristo nos ha enseñado lo que significa la libertad, al presentarnos un Dios libre de sí en la circulación de la vida divina en el seno de las tres Personas.

Ahora pues tenemos ante nosotros la inmensa aventura de retomar la Creación, debemos rehacer y realizar toda la Historia, y sólo podemos hacerlo transformándonos primero a nosotros, poniendo en nuestra mente y corazón la voluntad firme de liberarnos, de no sufrir las fronteras en las cuales estamos encerrados, de salir de las tinieblas, de hacernos espacio ilimitado de luz y de amor en que todos los que la vida nos ponga en el camino se sientan acogidos y, a través de nosotros, invitados y llamados a encontrar a Cristo resucitado.

Para entender el Evangelio, que es la Buena Nueva, es esencial comprender que si Dios es Espíritu, según lo revela Jesús, también el hombre es espíritu y que no podrán comulgar el uno con el otro, que el hombre no puede conocer a Dios auténticamente, sino en la medida en que sea libre como Dios, libre en Dios, libre para Dios en la intimidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡Qué dicha, qué alegría, si Pascua es eso, qué dicha si Pascua nos introduce en la libertad de Cristo, si Pascua nos permite todavía reconocer en Jesús al Príncipe de la Vida! Si Pascua nos invita a ser lo que Él es, y si cada uno de nosotros se ingenia hoy en hacer más bella la vida poniendo claridad en todo su ser, a fin de realizar nuestra vocación y la del universo, el universo que dominamos materialmente, pero que no hemos transformado aún en custodia de la Presencia divina como debemos llegar a ser nosotros ahora, tratando de realizar la invitación del Apóstol que nos dice: "Glorificad y exaltad y honorad a Dios en vuestro cuerpo", ese cuerpo santificado por la habitación de Dios, ese cuerpo que es Templo del Señor, ese cuerpo que está llamado a resucitar y a unirse con el Señor de Pascua en los abismos del eterno Amor. ¡Amén!"

 

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