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Abadía
de Bellefontaine, jueves 20 de enero de 1972 por la mañana.
Jesús va a ser revestido, va a subsistir
en la libertad eterna que es el Verbo de Dios. Jesús va a ser tomado en esa ola
inmensa, en la relación, en el impulso que arroja eternamente al Verbo en el
seno del Padre. En su humanidad, Jesús va pues a ser radicalmente liberado, va
a ser radicalmente liberado de todos los límites que nos afectan, que nos
oscurecen, que nos encierran en nosotros mismos y obstaculizan la luz de Dios
en nosotros.
Es pues cierto, a la luz de la Encarnación, que el
sentido mismo del gesto creador era la comunicación de lo más divino que hay en
Dios, es decir del concierto de las relaciones trinitarias, es decir de la
libertad infinita respecto de sí mismo, de la caridad que hace que él sea Dios,
pues toda su santidad consiste precisamente en esa caridad, en esa
desapropiación, en esa mirada subsistente de cada persona respecto de las otras
dos.
En Jesucristo, la libertad divina, la
libertad que es Dios, se inscribe en nuestra historia y está llamada a
difundirse en toda la humanidad y en toda la creación. Hay pues una coherencia
absoluta en todos nuestros pasos. Partiendo precisamente del Dios interior,
partiendo de la inviolabilidad del hombre, reconociendo a través de esa
inviolabilidad una invitación a la liberación y reconociendo en Dios el espacio
mismo, el espacio de luz y de amor en que respira nuestra libertad, recibiendo
por Jesús la revelación de la
Trinidad divina en que brilla la libertad en todo su
esplendor en el corazón de las relaciones intra-divinas, vemos a Jesús que es,
como decían en el siglo 5° y 6°, "uno
de la Trinidad",
vemos que en Jesús precisamente se inscribe en nuestra historia la libertad
divina y abraza todo el universo.
Por eso también, porque la libertad divina
se inscribe en la historia, constituyendo la subsistencia misma de esa
humanidad que es la humanidad de Nuestro Señor, por eso también encontramos en
Jesús al supremo revelador, la
Revelación definitiva e insuperable pues ninguna
transformación puede ser más radical.
Vimos en efecto desde nuestra primera
charla que en las relaciones interpersonales el conocimiento es un nacimiento,
que el conocimiento es tanto más profundo cuanto más total es la liberación,
que conocemos en cuanto amamos, en cuanto nos despojamos de nosotros, en cuanto
nos hacemos transparentes a la luz divina. Y reconocimos que la Revelación del Antiguo
Testamento debía su imperfección no a Dios que es el mismo en el Antiguo y en
el Nuevo Testamento, sino a que la humanidad estaba apenas balbuciendo, tanto
más cuanto que la
Revelación se dirigía a una colectividad que había sido
escogida para dar testimonio de la
Presencia de Dios en el universo, pues no había entonces otro
instrumento disponible.
Los límites de la Revelación, el grito de
Jeremías por la destrucción de sus enemigos o el grito del salmista, muy
simétrico en el mismo sentido, no significan un límite del amor de Dios, un
límite de su misericordia, pues la última palabra de Jesús será pidiendo perdón
por sus enemigos, por sus verdugos.
Dios tiene siempre el mismo rostro, el que
se revela en Jesucristo. El límite de la Revelación depende pues del límite de los hombres
que no podían recibirla totalmente, en su total plenitud, por no estar suficientemente liberados de sí
mismos.
En Jesucristo la humanidad ya no tiene
fronteras. En Jesucristo, la humanidad es el sacramento translúcido y diáfano
de la Presencia
divina en la cual subsiste y que tiene misión de comunicarnos retomando el
designio creador para enraizar todo el universo en el corazón de la Trinidad divina.
Jesús es el supremo revelador, pero como
ya lo hemos observado, no tanto en lo que dice pues lo que dice sólo puede
decirlo en función de su auditorio que no está preparado para la plenitud del
Verbo divino. Es su Persona, es su Presencia, es él mismo la Revelación definitiva,
que va a romper a lo largo de la historia los límites del lenguaje al que tuvo
que recurrir para hacerse entender por las personas a quienes se dirigía.
Jesús es el supremo revelador porque él es
la pobreza suprema. Aquí volvemos a encontrar el misterio de pobreza que san
Francisco presintió con todo el ardor de su amor, la pobreza divina que él
cantó en todos los caminos de la tierra, la pobreza divina que él desposó y de
la que quiso ser testigo, la pobreza divina, la pobreza de espíritu que es la
desapropiación de sí en un puro impulso de amor hacia los demás.
En Jesús la pobreza es total pues su
humanidad no posee nada, primero no se posee porque es totalmente de Otro,
porque da testimonio de Otro, porque todo lo que ella es, lo que hace, lo que
vive, lo que padece, lo que dice, es testimonio, es revelación del Otro divino
en quien subsiste. Y porque es absolutamente imposible encontrar un despojamiento
más radical, una libertad más entera, es imposible superar la Revelación de
Jesucristo, o mejor la
Revelación que es Jesucristo". (Continuará)