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27/04/10 - Jesús, segundo Adán.

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Jesús va a ser revestido, va a subsistir en la libertad eterna que es el Verbo de Dios. Jesús va a ser tomado en esa ola inmensa, en la relación, en el impulso que arroja eternamente al Verbo en el seno del Padre. En su humanidad, Jesús va pues a ser radicalmente liberado, va a ser radicalmente liberado de todos los límites que nos afectan, que nos oscurecen, que nos encierran en nosotros mismos y obstaculizan la luz de Dios en nosotros.

Es pues cierto, a la luz de la Encarnación, que el sentido mismo del gesto creador era la comunicación de lo más divino que hay en Dios, es decir del concierto de las relaciones trinitarias, es decir de la libertad infinita respecto de sí mismo, de la caridad que hace que él sea Dios, pues toda su santidad consiste precisamente en esa caridad, en esa desapropiación, en esa mirada subsistente de cada persona respecto de las otras dos.

En Jesucristo, la libertad divina, la libertad que es Dios, se inscribe en nuestra historia y está llamada a difundirse en toda la humanidad y en toda la creación. Hay pues una coherencia absoluta en todos nuestros pasos. Partiendo precisamente del Dios interior, partiendo de la inviolabilidad del hombre, reconociendo a través de esa inviolabilidad una invitación a la liberación y reconociendo en Dios el espacio mismo, el espacio de luz y de amor en que respira nuestra libertad, recibiendo por Jesús la revelación de la Trinidad divina en que brilla la libertad en todo su esplendor en el corazón de las relaciones intra-divinas, vemos a Jesús que es, como decían en el siglo 5° y 6°, "uno de la Trinidad", vemos que en Jesús precisamente se inscribe en nuestra historia la libertad divina y abraza todo el universo.

Por eso también, porque la libertad divina se inscribe en la historia, constituyendo la subsistencia misma de esa humanidad que es la humanidad de Nuestro Señor, por eso también encontramos en Jesús al supremo revelador, la Revelación definitiva e insuperable pues ninguna transformación puede ser más radical.

Vimos en efecto desde nuestra primera charla que en las relaciones interpersonales el conocimiento es un nacimiento, que el conocimiento es tanto más profundo cuanto más total es la liberación, que conocemos en cuanto amamos, en cuanto nos despojamos de nosotros, en cuanto nos hacemos transparentes a la luz divina. Y reconocimos que la Revelación del Antiguo Testamento debía su imperfección no a Dios que es el mismo en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, sino a que la humanidad estaba apenas balbuciendo, tanto más cuanto que la Revelación se dirigía a una colectividad que había sido escogida para dar testimonio de la Presencia de Dios en el universo, pues no había entonces otro instrumento disponible.

Los límites de la Revelación, el grito de Jeremías por la destrucción de sus enemigos o el grito del salmista, muy simétrico en el mismo sentido, no significan un límite del amor de Dios, un límite de su misericordia, pues la última palabra de Jesús será pidiendo perdón por sus enemigos, por sus verdugos.

Dios tiene siempre el mismo rostro, el que se revela en Jesucristo. El límite de la Revelación depende pues del límite de los hombres que no podían recibirla totalmente, en su total plenitud, por  no estar suficientemente liberados de sí mismos.

En Jesucristo la humanidad ya no tiene fronteras. En Jesucristo, la humanidad es el sacramento translúcido y diáfano de la Presencia divina en la cual subsiste y que tiene misión de comunicarnos retomando el designio creador para enraizar todo el universo en el corazón de la Trinidad divina.

Jesús es el supremo revelador, pero como ya lo hemos observado, no tanto en lo que dice pues lo que dice sólo puede decirlo en función de su auditorio que no está preparado para la plenitud del Verbo divino. Es su Persona, es su Presencia, es él mismo la Revelación definitiva, que va a romper a lo largo de la historia los límites del lenguaje al que tuvo que recurrir para hacerse entender por las personas a quienes se dirigía.

Jesús es el supremo revelador porque él es la pobreza suprema. Aquí volvemos a encontrar el misterio de pobreza que san Francisco presintió con todo el ardor de su amor, la pobreza divina que él cantó en todos los caminos de la tierra, la pobreza divina que él desposó y de la que quiso ser testigo, la pobreza divina, la pobreza de espíritu que es la desapropiación de sí en un puro impulso de amor hacia los demás.

En Jesús la pobreza es total pues su humanidad no posee nada, primero no se posee porque es totalmente de Otro, porque da testimonio de Otro, porque todo lo que ella es, lo que hace, lo que vive, lo que padece, lo que dice, es testimonio, es revelación del Otro divino en quien subsiste. Y porque es absolutamente imposible encontrar un despojamiento más radical, una libertad más entera, es imposible superar la Revelación de Jesucristo, o mejor la Revelación que es Jesucristo". (Continuará)

 

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