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28-29/04/10 – Jesús segundo Adán.

Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Abadía de Bellefontaine, jueves 20 de enero de 1972, por la mañana.  

Esta Revelación será desde luego finalmente siempre la Revelación de sí mismo, y para escuchar su Palabra será menester adherir a su Persona. Y sólo en la medida en que nos identifiquemos con él, o con ella si se trata de la persona, escucharemos su mensaje y encontraremos la verdad eterna e infinita a través del testimonio de la Iglesia.

Jesús es la revelación suprema, pero también, al mismo tiempo, el liberador supremo, pues evidentemente la gracia de unión hecha a la humanidad que comienza a existir en el seno de María, la gracia de unión no le es dada para ella misma. Ahí estamos en el centro de una nueva creación en que el plan divino, el plan eterno de Dios que fue roto por la negativa inicial del amor, y por todas las que siguieron, y si estamos en el centro de la nueva creación, descubrimos inmediatamente que la gracia de unión a través de Jesucristo debe extenderse a toda la humanidad y a todo el universo.

Toda la humanidad y todo el universo están llamados a vivir la libertad divina. Toda la creación está llamada a interiorizarse, a no padecer su existencia sino, unida a las criaturas inteligentes, todo el universo que constituye el marco de todas las criaturas inteligentes, todo el universo debe aspirar a Dios para encontrar en él su perfecta realización.

Jesús es el liberador de la humanidad y del universo, realiza el plan de Dios que jamás ha cambiado y que es comunicarse él mismo en la aventura nupcial, en la historia de amor en que el sí de la criatura es lo único que puede cerrar el anillo de oro de las nupcias eternas.

Tuve en Biblos la intuición de ese papel de Jesucristo. Me encontraba en ese campo de excavaciones cuya admirable historia conocen, ese terreno que fue explorado por un arqueólogo saboyano, Mauricio Dunant, que dedicó su vida a esas excavaciones con notable inteligencia, con sentido artístico consumado, sin dañar nada, limpiando cada capa para transportarla a otro lugar para que la gente pudiera comprender su viviente realidad. Y descubrió en particular un cementerio calcolítico de 2500 años antes de Jesucristo y, en ese cementerio hay dos jarras que contienen esqueletos replegados, como el feto en el seno materno, como si los esqueletos esperaran volver a la vida.

Y ante una de esas jarras rotas, en la cual estaba particularmente bien conservado el esqueleto, de repente me vino este pensamiento: "¿Qué relación hay entre este esqueleto y mi persona? Siendo todos parte de la misma historia, ¿somos contemporáneos? ¿Estamos incluidos en un solo y mismo proyecto?"

Entonces pensé: "¿Y quién podría darle unidad a esta historia? ¿Quién podría hacernos contemporáneos, a este esqueleto y yo, si este hombre vivió en esta orilla, vio este mar, miró estas montañas, se sintió moderno, pensó que el mundo era suyo, como pienso yo? ¿Desapareció totalmente, o es una presencia con la que puedo encontrarme?"

Ante los restos de un antepasado, un animal actual se encuentra ante un fenómeno biológico. Tiene relación biológica con los restos, hay sucesión en la línea de descendencia. ¿Es eso lo único que me une a este esqueleto? Yo buscaba entonces qué podría hacer la unidad de la historia, y pensaba en la exigüidad de mi vida, pensaba que cada uno de nosotros tiene un espacio vital tan limitado, pues prácticamente ¿qué es el mundo para nosotros?

Es el mundo con que tenemos contacto. El mundo que tiene incidencia en nuestra vida, algunos rostros indispensables a nuestra felicidad. Es la seguridad de poder gozar viviendo en una tierra que no sea sistemáticamente sacudida por acontecimientos sísmicos. Nuestro mundo es pequeñísimo, y el mundo más allá de ese pequeño mundo, en el fondo, no nos concierne realmente. Grabamos acontecimientos, sabemos que tienen lugar, podemos eventualmente verlos por televisión, pero eso no perturba nuestro pequeño hogar, no perturba nuestro pequeño mundo, el espacio vital que nos es indispensable.

A partir de ahí nadie puede reunir todas las generaciones y hacer contemporáneos todos los hombres.

Me vino entonces a la mente que el segundo Adán tenía el poder de reunir a todos los hombres y hacerlos contemporáneos precisamente porque estaba tan vacío de sí mismo, es decir que su humanidad estaba tan vacía de sí, tan desapropiada de sí, tan subsistente en el altruismo y en la libertad del Verbo que podía hacerse interior a cada uno, que podía, como han dicho magníficamente, estar en su casa dentro de los demás. Podía pues vivir cada vida más íntimamente que una madre la vida de su hijo, y en Él todas las generaciones se hacían contemporáneas, eran recuperadas del flujo del tiempo, y todos estábamos reunidos en torno a su mesa a la luz de su amor.

Jesús es el gran unificador, el gran liberador, precisamente porque subsiste en la libertad infinita del Verbo divino. Veo que bajo este aspecto la Encarnación se inscribe en el centro de nuestras preocupaciones más actuales, ya que buscamos una libertad auténtica que legitime el sentimiento de inviolabilidad que es el fenómeno humano más constante y fundamental.

Evidentemente, hay que entender la Encarnación a partir del Dios interior. Es claro que Dios no baja del cielo en sentido material. El cielo, como dice el papa san Gregorio, es el alma del justo. El cielo está dentro de nosotros y en ese cielo interior Dios no ha cesado nunca de estar presente ya que él lo constituye. Él está ahí desde siempre, dentro de nosotros tanto como en Jesucristo. Pero nosotros no estamos en él. "Tú estabas conmigo, dice Agustín en su encuentro decisivo con la Belleza siempre antigua y siempre nueva, tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo".

Dios ya estaba presente. Transparentaba en cierto modo en los profetas, se encarnaba ya, porque siempre, siempre se manifiesta bajo forma de encarnación, es decir, transformando al hombre haciéndolo más libre de sí mismo y más apto para hacer presente a Dios.

Hubo pues muchas encarnaciones parciales, dentro y fuera de Israel, por doquiera donde se manifiesta la Presencia de Dios. Pero todas esas encarnaciones eran imperfectas, en razón de los límites del hombre, y todo aspiraba, y convergía, y se realizaba, y encontraba su plenitud en la Encarnación que se cumple en nuestro Señor Jesucristo.

Dios no tenía que venir: ya estaba presente. Pero la humanidad tenía que venir y, como dice admirablemente el símbolo de san Atanasio: "Cristo es uno, no por la conversión, por el cambio de la divinidad en carne, sino por la asunción de la humanidad a Dios". La humanidad de Jesús es la humanidad que viene a Dios. Es la humanidad asumida por Dios, es la humanidad liberada radicalmente de sí misma, enraizada en la relación subsistente que constituye la personalidad del Verbo de Dios, arrojada por esa ola eterna en el seno del Padre.

La Presencia de Dios se inscribe así de manera perfecta en nuestra historia y nosotros los hombres vamos a saber quiénes somos en la medida en que nos dejemos asir por la humanidad de Jesucristo, en la medida en que lleguemos en Jesucristo a la libertad total, en que nos hagamos con él y por él, llevando con nosotros el universo, en la medida en que nos liberemos, y seamos con él una ofrenda de amor, una simple mirada de amor hacia Dios.

Entonces encontraremos a Jesús como Vida de nuestra vida y percibiremos a Dios en lo más íntimo de nosotros como una música silenciosa. (Fin de la conferencia)

 

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