Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
st1\:*{behavior:url(#ieooui) }
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
2ª parte de la conferencia sobre lo
único necesario.
Retoma. "Dios nos pide amistad. No necesita obras. ¿Qué haría con ellas? No
pudiendo recibir nada en el orden material porque no puede poseer nada, siendo
el Gran Pobre en quien todo es don, siendo esencialmente personal pies toda su
Vida surge en la relación en que "Yo es Otro", ¿cómo puede unírsenos
sino justamente amándonos y ofreciéndonos su amor? ¿Y cómo podemos unirnos con Él sino amándolo y dándole nuestro amor?
Es el único lazo posible entre Dios y nosotros".
Continuación: "Y de ahí viene el conflicto entre Jesús y los fariseos:
los fariseos estaban centrados en la observancia de tradiciones y costumbres, filtrando
el mosco y tragándose el camello. El conflicto es en realidad sobre la naturaleza de Dios.
No es el mismo Dios, el de Jesús y
el de los fariseos, pues el Dios de que ellos hablan, el Dios que se hicieron a
su propia medida, que formaron según su modelo, es el Dios al que dieron el rostro
de ellos, es un falso dios, es un ídolo, y el Dios de Jesucristo es el Dios en
que subsiste su humanidad, es el Dios frágil, el Dios que pronto será inmolado,
el Dios que es eternamente el Amor crucificado.
Y por eso, mientras más insisten los
fariseos sobre el cumplimiento de las buenas obras, mientras más se dan a las
obras más allá de lo que se les pide, más de lo que exige la Ley, más se alejan realmente
de la verdadera virtud, porque todo lo que hacen es "dando y dando",
es una especie de transacción comercial que quieren hacer con Dios para tener
la certeza de estar en el buen lado, para estar seguros de tener derecho a la
recompensa. ¡Hacen tanto que finalmente Él les queda debiendo! Es lo que
ilustra magníficamente la parábola del fariseo y el publicano.
Pero justamente, no se trata de hacer sino de ser, no de
hacer obras sino de darse. Ya no hay
moral, ya no hay Ley, ya no hay mandamientos, sino una exigencia de cada instante, desde la mañana hasta la noche y
desde la noche hasta la mañana, la
exigencia misma del amor conyugal, la exigencia sin la cual no existe
verdadero matrimonio, sin la cual la familia, sin la cual el hogar se vuelve un
infierno. Hay pues que darlo todo,
todo, desde la mañana hasta la noche y desde la noche hasta la mañana, pero
darlo todo dándose. El Evangelio es una
mística, ya no es una moral.
Una moral es una conformidad con una
Ley, una mística es una toma de posición delante de Alguien. Es una actitud
personal hacia una persona y en el campo
del Evangelio estamos siempre delante de Alguien, delante de Alguien que nos
ama y espera nuestro amor.
No importa pues que hagamos esto o
aquello, tener un papel importante o secundario. Nada importa sino nosotros, nada es importante sino la persona, nada
tiene importancia sino el amor, como lo canta magníficamente san Pablo en
Corintios: "Aunque diera todo a los pobres, aunque tuviera la fe hasta
transportar las montañas, aunque entregara mi cuerpo a las llamas… todo eso no
es nada, no significa nada, no vale nada si no hay a la base de todo el don de
sí mismo. Y ésa es la experiencia que hemos hecho y que hacemos cada vez más
profundamente a medida que avanzamos en la vida.
Hay quienes se agitan
prodigiosamente, que hacen cantidades de cosas, que están siempre en el frente,
que viven a la punta de su sistema nervioso y que finalmente se desinflan
porque están vacíos. Hay hecho muchas cosas pero han omitido lo único necesario que era darse ellos mismos. Y en
todo ese ruido, en toda esa agitación, pusieron cosas en movimiento sin jamás
llegar al fondo de una persona. Pueden reunir alrededor de ellos otros agitados
como ellos, pueden hacer cosas monumentales en colaboración con otros, pero
falta la verdadera Vida, la verdadera
Vida está ausente porque la
Presencia no está circulando, no se siente en ellos la
transparencia a Dios, ahí no se siente la zona de silencio donde se escucha
la vocecita de Dios. En su presencia, uno no se siente liberado, no se siente
uno crecer, no se siente iluminado, no se siente liberado, se siente más bien
contagiado por su agitación y su fiebre. Uno jamás está lleno ni colmado.
Es una especie de juicio infalible
que es como un juicio final: el hombre
que vive en presencia de Dios, el hombre que vive la vida de Jesucristo, el
hombre que está realmente en el diálogo, que se mantiene delante de Dios, el
hombre que Lo mira y Lo escucha, cualquier cosa que haga, cualquier cosa que
diga, que hable o que se calle, que trabaje o que descanse, obra de manera formidable (de manera maravillosa) porque crea a su derredor una nueva vida,
suscita a su derredor un espacio y se respira a Dios en su presencia.
Y esto es inimitable... ¡inimitable!
Hay gente que puede hablar de Dios, que sabe todo de Dios, que no cesan de
disertar sobre Dios pero que jamás nos dan a Dios! Uno siente que todo es una
construcción, es aprendido, es un discurso bien organizado, y si no fueran
teólogos hablarían de otras cosas con la misma lógica, con la misma facilidad,
con la misma elocuencia, pero es vacío y hueco porque no tienen experiencia de
una vida enraizada en Dios". (Continuará)