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13/05/2010. – En el campo del Evangelio siempre estamos delante de Alguien que nos ama y espera nuestro amor…

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Retoma. "Dios nos pide amistad. No necesita obras. ¿Qué haría con ellas? No pudiendo recibir nada en el orden material porque no puede poseer nada, siendo el Gran Pobre en quien todo es don, siendo esencialmente personal pies toda su Vida surge en la relación en que "Yo es Otro", ¿cómo puede unírsenos sino justamente amándonos y ofreciéndonos su amor? ¿Y cómo podemos unirnos con Él sino amándolo y dándole nuestro amor? Es el único lazo posible entre Dios y nosotros".

Continuación: "Y de ahí viene el conflicto entre Jesús y los fariseos: los fariseos estaban centrados en la observancia de tradiciones y costumbres, filtrando el mosco y tragándose el camello. El conflicto es en realidad sobre la naturaleza de Dios.

No es el mismo Dios, el de Jesús y el de los fariseos, pues el Dios de que ellos hablan, el Dios que se hicieron a su propia medida, que formaron según su modelo, es el Dios al que dieron el rostro de ellos, es un falso dios, es un ídolo, y el Dios de Jesucristo es el Dios en que subsiste su humanidad, es el Dios frágil, el Dios que pronto será inmolado, el Dios que es eternamente el Amor crucificado.

Y por eso, mientras más insisten los fariseos sobre el cumplimiento de las buenas obras, mientras más se dan a las obras más allá de lo que se les pide, más de lo que exige la Ley, más se alejan realmente de la verdadera virtud, porque todo lo que hacen es "dando y dando", es una especie de transacción comercial que quieren hacer con Dios para tener la certeza de estar en el buen lado, para estar seguros de tener derecho a la recompensa. ¡Hacen tanto que finalmente Él les queda debiendo! Es lo que ilustra magníficamente la parábola del fariseo y el publicano.

Pero justamente, no se trata de hacer sino de ser, no de hacer obras sino de darse. Ya no hay moral, ya no hay Ley, ya no hay mandamientos, sino una exigencia de cada instante, desde la mañana hasta la noche y desde la noche hasta la mañana, la exigencia misma del amor conyugal, la exigencia sin la cual no existe verdadero matrimonio, sin la cual la familia, sin la cual el hogar se vuelve un infierno. Hay pues que darlo todo, todo, desde la mañana hasta la noche y desde la noche hasta la mañana, pero darlo todo dándose. El Evangelio es una mística, ya no es una moral.

Una moral es una conformidad con una Ley, una mística es una toma de posición delante de Alguien. Es una actitud personal hacia una persona y en el campo del Evangelio estamos siempre delante de Alguien, delante de Alguien que nos ama y espera nuestro amor.

No importa pues que hagamos esto o aquello, tener un papel importante o secundario. Nada importa sino nosotros, nada es importante sino la persona, nada tiene importancia sino el amor, como lo canta magníficamente san Pablo en Corintios: "Aunque diera todo a los pobres, aunque tuviera la fe hasta transportar las montañas, aunque entregara mi cuerpo a las llamas… todo eso no es nada, no significa nada, no vale nada si no hay a la base de todo el don de sí mismo. Y ésa es la experiencia que hemos hecho y que hacemos cada vez más profundamente a medida que avanzamos en la vida.

Hay quienes se agitan prodigiosamente, que hacen cantidades de cosas, que están siempre en el frente, que viven a la punta de su sistema nervioso y que finalmente se desinflan porque están vacíos. Hay hecho muchas cosas pero han omitido lo único necesario que era darse ellos mismos. Y en todo ese ruido, en toda esa agitación, pusieron cosas en movimiento sin jamás llegar al fondo de una persona. Pueden reunir alrededor de ellos otros agitados como ellos, pueden hacer cosas monumentales en colaboración con otros, pero falta la verdadera Vida, la verdadera Vida está ausente porque la Presencia no está circulando, no se siente en ellos la transparencia a Dios, ahí no se siente la zona de silencio donde se escucha la vocecita de Dios. En su presencia, uno no se siente liberado, no se siente uno crecer, no se siente iluminado, no se siente liberado, se siente más bien contagiado por su agitación y su fiebre. Uno jamás está lleno ni colmado.

Es una especie de juicio infalible que es como un juicio final: el hombre que vive en presencia de Dios, el hombre que vive la vida de Jesucristo, el hombre que está realmente en el diálogo, que se mantiene delante de Dios, el hombre que Lo mira y Lo escucha, cualquier cosa que haga, cualquier cosa que diga, que hable o que se calle, que trabaje o que descanse, obra de manera formidable (de manera maravillosa) porque crea a su derredor una nueva vida, suscita a su derredor un espacio y se respira a Dios en su presencia.

Y esto es inimitable... ¡inimitable!  Hay gente que puede hablar de Dios, que sabe todo de Dios, que no cesan de disertar sobre Dios pero que jamás nos dan a Dios! Uno siente que todo es una construcción, es aprendido, es un discurso bien organizado, y si no fueran teólogos hablarían de otras cosas con la misma lógica, con la misma facilidad, con la misma elocuencia, pero es vacío y hueco porque no tienen experiencia de una vida enraizada en Dios". (Continuará)

 

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