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Zundel

14/05/10 – Hoy se trata de devenir el bien, hoy se trata de amar.

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"Recuerdo la escuela, el colegio donde el hermano cocinero, siendo el menos instruido de la casa, recibía todas las confidencias de los alumnos. No iban donde los profesores que podían tener licencias, que podían mantener discursos sabios. Iban donde ese hermano cocinero que, en su humildad, vivía simplemente la Presencia de Dios, la hacía brillar en su cocina, la comunicaba a todo el que venía y daba justamente a esos jóvenes la certeza de que había ahí una fuente, alguien bastante generoso como para escucharlos y bastante sabio para ayudarles.

En el Nuevo Testamento, el bien no es algo por hacer, es Alguien por amar. Y es todo lo que hay que enseñar a los niños. No se trata de repetirles y repetirles una moral tan molesta como la lluvia en país desierto, o mejor en un país donde llueve demasiado, molesta como la lluvia. No se trata de darles consejos todo el tiempo, sino de hacerles respirar el amor que está esperando el suyo. Que comprendan que no estamos bajo el yugo, que no tenemos riendas, que no somos esclavos, que Dios nos honora maravillosamente, ya que no cesa de pedir nuestra amistad. Él confiere un valor incomparable a nuestra personalidad ya que no pide dones sino nuestras personas y que justamente todo se vuelve fácil o, al menos, todo se vuelve más fácil si lo hacemos en el amor y por amor.

El bien es Alguien por amar y no algo por hacer. Más aún, no se puede hacer, hay que devenirlo, pues el bien somos nosotros, somos nosotros en estado de don. Y ése es un magnífico descubrimiento porque ahí es donde la libertad obtiene su revelación.

Vimos el terror del hombre primitivo delante de su libertad, el terror del simio que se da cuenta de que ya no lo es, cuando está obligado a decidir sin saber qué ni por qué.

Pero justamente, por estar ante un Dios que es todo amor, un Dios que es infinitamente libre por estar eternamente despegado de sí mismo, por ser incapaz de todo retorno sobre sí, porque en el "Yo es Otro", en el Evangelio tenemos la revelación del bien perfecto en una libertad absoluta. Y así, justamente, de él aprendemos que ser libre es darse.

Ser libre no es escoger entre una cosa y otra, entre un haz de heno y un haz de espárragos. Ser libre es poder despegarse de sí mismo y hacer un don de toda su persona. Eso es el bien, y nada más. El bien y la libertad se identifican en su base, pues el bien y la libertad consisten justamente el uno en la otra, e igualmente, en el surgimiento de una persona que es toda  entera un impulso hacia otro.

Y esto nos da inmediatamente la posibilidad de considerar nuestro pasado de manera creadora: no se trata de mirar el pasado, de evaluarlo, de analizarlo, en función de las faltas que hemos cometido. Podemos lamentarnos eternamente por el bien que hemos hecho, o por el bien que no hemos hecho, podemos lamentarnos eternamente por el mal cometido: así tornamos sólo en torno de nosotros, y con mucha frecuencia, la seudo-contrición con que nos afligimos, no es sino una herida de amor propio. Lo que nos pesa es la falta de elegancia, lo que nos pesa es no haber estado tan bien como creíamos; lo que nos pesa finalmente es precisamente la herida del amor propio.

Pero la herida del amor propio no es contrición. La verdadera contrición se da únicamente sobre esto: no he amado el amor. "Lloro, como decía Jacopone de Todi, lloro porque el amor no es amado". – "Io piango perchè l'amore non è amato".

Ese es el único motivo de una verdadera contrición: lloro porque no he amado al amor. Pero si lloramos realmente por no haber amado al amor, no se trata de detenernos en la mirada tornada hacia el pasado, pues no hay sino una sola manera de reparar las faltas de amor y es redoblando en el amor amando mejor hoy, pues la verdadera contrición finalmente se confunde con un acto de amor.

Es inútil gemir por haber omitido hacer el bien ayer. Se trata de devenir el bien ahora, se trata de amar hoy. Y por eso, como la Magdalena, como la mujer adúltera, como el buen ladrón, uno puede hacerse santo en un instante si la conversión va hasta la raíz del ser, y la persona entera ya no es sino impulso hacia Dios". (Continuará)

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