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Maurice Zundel, Retiro de Ghazir, del 3 al
10 de agosto 1959. 3ª parte de la conferencia del sábado 8 a las 6 y 30.
"Recuerdo la escuela, el colegio
donde el hermano cocinero, siendo el menos instruido de la casa, recibía todas
las confidencias de los alumnos. No iban donde los profesores que podían tener
licencias, que podían mantener discursos sabios. Iban donde ese hermano
cocinero que, en su humildad, vivía simplemente la Presencia de Dios, la
hacía brillar en su cocina, la comunicaba a todo el que venía y daba justamente
a esos jóvenes la certeza de que había ahí una fuente, alguien bastante
generoso como para escucharlos y bastante sabio para ayudarles.
En el Nuevo Testamento, el bien no es algo
por hacer, es Alguien por amar. Y es todo lo que hay que enseñar a los niños. No se trata de repetirles y repetirles una moral tan molesta como la
lluvia en país desierto, o mejor en un país donde llueve demasiado, molesta
como la lluvia. No se trata de darles consejos todo el tiempo, sino de hacerles respirar el amor que está
esperando el suyo. Que comprendan que no
estamos bajo el yugo, que no tenemos riendas, que no somos esclavos, que Dios nos honora maravillosamente, ya que
no cesa de pedir nuestra amistad. Él
confiere un valor incomparable a nuestra personalidad ya que no pide dones sino nuestras personas y que justamente todo se vuelve fácil o, al menos, todo se vuelve más
fácil si lo hacemos en el amor y por amor.
El bien es Alguien por amar y no algo por hacer. Más aún, no se puede hacer, hay que devenirlo, pues el bien somos
nosotros, somos nosotros en estado de don. Y
ése es un magnífico descubrimiento porque ahí es donde la libertad obtiene su
revelación.
Vimos el terror del hombre primitivo
delante de su libertad, el terror del simio que se da cuenta de que ya no lo
es, cuando está obligado a decidir sin saber qué ni por qué.
Pero justamente, por estar ante un Dios
que es todo amor, un Dios que es infinitamente libre por estar eternamente
despegado de sí mismo, por ser incapaz de todo retorno sobre sí, porque en el
"Yo es Otro", en el Evangelio tenemos la revelación del bien perfecto
en una libertad absoluta. Y así, justamente, de él aprendemos que ser libre es darse.
Ser libre no es escoger entre una cosa y
otra, entre un haz de heno y un haz de espárragos. Ser libre es poder
despegarse de sí mismo y hacer un don de toda su persona. Eso es el bien, y
nada más. El bien y la libertad se identifican en su base, pues el bien y la libertad consisten justamente
el uno en la otra, e igualmente, en el surgimiento de una persona que es toda entera un impulso hacia otro.
Y esto nos da inmediatamente la
posibilidad de considerar nuestro pasado
de manera creadora: no se trata de mirar el pasado, de evaluarlo, de
analizarlo, en función de las faltas que hemos cometido. Podemos lamentarnos
eternamente por el bien que hemos hecho, o por el bien que no hemos hecho,
podemos lamentarnos eternamente por el mal cometido: así tornamos sólo en torno
de nosotros, y con mucha frecuencia, la seudo-contrición con que nos afligimos,
no es sino una herida de amor propio. Lo que nos pesa es la falta de elegancia,
lo que nos pesa es no haber estado tan bien como creíamos; lo que nos pesa
finalmente es precisamente la herida del amor propio.
Pero la herida del amor propio no es
contrición. La verdadera contrición
se da únicamente sobre esto: no he amado
el amor. "Lloro, como decía Jacopone de Todi, lloro porque el amor no
es amado". – "Io piango perchè l'amore non è amato".
Ese es el único motivo de una verdadera
contrición: lloro porque no he amado al amor. Pero si lloramos realmente por no
haber amado al amor, no se trata de detenernos en la mirada tornada hacia el
pasado, pues no hay sino una sola manera
de reparar las faltas de amor y es redoblando en el amor amando mejor hoy, pues la verdadera
contrición finalmente se confunde con un acto de amor.
Es inútil gemir por haber omitido hacer el
bien ayer. Se trata de devenir el bien
ahora, se trata de amar hoy. Y por eso, como la Magdalena, como la mujer
adúltera, como el buen ladrón, uno puede
hacerse santo en un instante si la conversión va hasta la raíz del ser, y
la persona entera ya no es sino impulso hacia Dios". (Continuará)